lunes, 11 de abril de 2011

Leonardo Favio

La memoria de los ojos es un impactante trabajo que recorre la obra cinematográfica de uno de los realizadores más venerados de la Argentina. Lo que sigue es un extracto.


Favio llegó con una camisa nueva. "Me la compré especialmente para esta noche", contó ante las cámaras de TV. No era una entrega de premios, de esas que tantas veces protagonizó. Tampoco un homenaje, porque él no quería que lo llamáramos así. Era una pequeña función de gala: se proyectaba el cortometraje El amigo (1960), su primer trabajo como cineasta. La obra había estado perdida y volvía a mostrarse después de 46 años de su primera exhibición, esta vez en la Biblioteca Nacional. Más de trescientas personas colmaban el auditorio Jorge Luis Borges para la función que organizamos desde La Nave de los Sueños, en conjunto con la Biblioteca. Nuestro encuentro con Favio había comenzado unos meses antes, en su oficina-casa-búnker de la calle Pasteur. Tomamos té y conversamos de cine argentino, sobre todo de cortometrajes. Fue entonces cuando nos habló de El amigo; le había perdido el rastro, así que nos pusimos a buscarlo. Hasta que una copia apareció en manos de un coleccionista. La proyección del 2 de junio de 2006 fue el punto de partida de este libro. Tuvimos el honor de presentarla junto con Horacio González, director de la Biblioteca, frente a un Favio sonriente, quien en las horas previas a la función había decidido modificar su trabajo. Detalles del corto no lo convencían, de manera que, casi medio siglo después de realizarlo y con una carrera única en sus espaldas, lo modificó y nos hizo llegar una copia. Sentado en la primera fila, él nos corregía con sus dedos en tijera: yo contaba que había retocado su película, él me señalaba que, simplemente, la había cortado. La pequeña modificación es apenas un reflejo de su obsesión como artista. Hay historias fabulosas respecto de cambios que hizo a último momento o décadas más tarde de los estrenos, por imperfecciones ("traspiés", según él) que le quitaban el sueño. Martín Andrade, amigo de Favio y parte de su equipo histórico de trabajo, nos contó que durante el estreno de Gatica, el Mono, por ejemplo, el director "iba y venía a la sala de proyección para ajustar el sonido, su gran obsesión". Son conocidas las corridas en taxi horas antes de alguna première, con versiones modificadas para reemplazar las que estaban por exhibirse. Favio mismo nos dijo que anhelaba hacer un cambio en El dependiente ("no debería haber filmado así la toma con los extras que miran a Fernández, cuando golpea la puerta de la ferretería") y otra de Crónica de un niño solo, cuando el protagonista, Polín, besa una revista en el patronato con una imagen sensual: "Tendría que haber usado una revista de historietas". "Llegó a cortar un rollo dentro de la cabina, durante la proyección de Moreira", recuerda Rodolfo Mórtola, uno de sus hombres de mayor confianza, quien considera que, para Favio, cada plano es tan importante como una película en sí. "Es una persona que se exige mucho. Recuerdo el rodaje de Nazareno..., cuando lo encontré entre los matorrales, llorando. Me dijo: «No me sale». Le respondí: «Te está saliendo perfecta». Para él puede estar fallando una película por un solo plano, entonces cada toma puede ser una angustia grande." Son, en varios sentidos, obras en transición. No se trata únicamente de cambios en su cine, sino también en su público, que se renueva con Favio como con ningún otro realizador argentino. Si cada largometraje se completa con los espectadores, a medida que nuevas generaciones se asoman a sus películas, éstas adquieren un nuevo significado. Este libro propone continuar su obra a través de un recorte generacional. Periodistas nacidos en los años 70, que no vivimos su etapa en blanco y negro y nos quedamos fuera de las salas en tiempos de su convocatoria récord (recién veíamos la luz), nos hemos reunido en esta publicación para ofrecer una nueva mirada sobre su filmografía, que por supuesto no será la última, ya que seguirá siendo revisada y analizada. Favio es uno de los mayores referentes de la cultura nacional y, tal vez, el cineasta más influyente. Es, además, uno de los pocos creadores que tiene el privilegio de ser admirado por grupos antagónicos en relación con los gustos por el arte. Ni el espectador más elitista menciona su mirada popular como una crítica. Favio propone arte de masas, aunque busque alejarse de la palabra artista y prefiera definirse como un trabajador de la cultura. Tiene en su haber las dos películas más taquilleras de la historia del cine argentino: Juan Moreira y Nazareno Cruz y el lobo, que convocaron entre ambas a más de 6 millones de espectadores. También el disco récord, Fuiste mía un verano, aunque ésa es otra historia (increíble, ya que llegó a vender un promedio de 11 mil discos por día, y un millón y medio de placas en total). Pero este libro recorre sólo su obra como director de cine, disciplina en la que ningún otro logró reunir tanto público y, al mismo tiempo, tanto prestigio. Como reconocimiento generalizado de su obra, se puede mencionar una encuesta que el diario Perfil publicó en 2005, sobre las películas argentinas más destacadas. Respondieron cien personas del ambiente cinematográfico -directores, críticos, actores, guionistas, productores y periodistas-, que eligieron a El dependiente como el mejor film de la historia. Entre los mejores diez quedaron también Éste es el romance del Aniceto...; Soñar, soñar, y Crónica de un niño solo. En un sondeo de la revista Tres Puntos, realizado en 1998, el orden había sido distinto. La mejor película de la historia resultó Éste es el romance..., y el mejor director, Leonardo Favio. También el Museo Nacional de Cine Argentino organizó, en 2000, una encuesta entre críticos, historiadores e investigadores de cine de todo el país. La consigna: Cuáles son los 100 mejores films del cine sonoro argentino. A la cabeza del ranking quedó Crónica..., con más del 75 por ciento de los votos.

En su corto El amigo aparecieron elementos que serían luego parte intrínseca de toda su filmografía, desde los encuentros multitudinarios con personajes curiosos -circos, kermeses, fiestas populares- hasta la niñez retratada con ternura y cientos de actores de conjunto, como el director suele nombrar a los extras. En su película de 10:40 minutos, vendedores de globos dan la bienvenida a un parque de diversiones donde un locutor anuncia a "Carozo, el maravilloso faquir de Avellaneda" y al profesor Mandrake, "que no es un cuentero, sino un grafólogo que no hace trucos ni magia". Pasen señores, pasen, pasen... En la puerta del parque está el protagonista, un niño lustrabotas que se queda dormido y, en el sueño, se hace amigo de un impecable chico de zapatos blancos que acaba de ingresar. Juntos miran al hombre forzudo, pasan por la exhibición de rock and roll y planean ir al zoológico, a un circo o andar en bote. "Qué lindo", imaginan. Con poco dinero y latas de película cuenteadas, Favio salió a filmar a lo grande una historia pequeña, basada en un cuento propio. El rodaje se llevó a cabo en el antiguo Parque Japonés, un lugar que Favio conocía a la perfección. Allí había pasado gran parte de sus primeros tiempos en Buenos Aires, haciendo changas para los artistas o pidiendo plata "para viajar", con el uniforme que se había quedado en su paso efímero por la Marina. Favio pudo filmar gracias a sus amigos del parque y otros, los técnicos, que trabajaban en un noticiero de cine, el Panamericano.

El protagonista se despierta y su padre lo pasa a buscar.

Niño: -¿Qué es un amigo, papá?

Padre: -Amigo, compañero, hermano... Todo lo mismo.

Con una frase de Victor Hugo cierra el cortometraje: Un hada está escondida en todo lo que ves.

revista@lanacion.com.ar

LOS AUTORES

Coordinado por el periodista Martín Wain, el libro posee textos de varios autores y el prólogo está a cargo del director de la Biblioteca Nacional, Horacio González. La memoria de los ojos fue escrita por los periodistas Constanza Bertolini, José María Brindisi, Javier Firpo, Hernán Guerschuny, Mariano Kairuz, Paulo Pécora, Pablo Perantuono, Sebastián Ramos y Martín Wain. La obra fue editada por La Nave de los Sueños y La otra boca.