jueves, 17 de mayo de 2012

La filósofa Martha Nussbaum ganó el Príncipe de Asturias


Fue distinguida en el área de las Ciencias Sociales por su contribución a la filosofía del derecho y de la política, y por su "concepción ética del desarrollo económico".

MARTHA NUSSBAUM. Estudió en la Universidad de Nueva York y se doctoró en derecho y ética en Harvard (AP).

La filósofa estadounidense Martha Nussbaum fue distinguida el miércoles con el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por su contribución a las humanidades, la filosofía del derecho y de la política, y por su concepción ética del desarrollo económico.
"La profesora Nussbaum ha abordado el estudio del desarrollo económico y la ética al entender la pobreza como una privación de capacidades humanas, planteamiento que ha tenido una gran repercusión en diversos organismos internacionales", dijo el jurado en el fallo.
Nussbaum, de 65 años, estudió en la Universidad de Nueva York y se doctoró en derecho y ética en Harvard en 1975. Está considerada como una de las voces filosóficas más innovadoras e influyentes del panorama actual.
Nussbaum defiende en su obra una concepción universal de los derechos de la mujer que sea capaz de superar los límites del relativismo cultural.
Sus teorías arrancan del convencimiento de que personas que entienden de distinta manera el bien pueden ponerse de acuerdo sobre algunos principios éticos universales que sean aplicables dondequiera que se dé una situación de desigualdad y de injusticia, dijo sobre su pensamiento la Fundación Príncipe de Asturias en un comunicado.
Nussbaum sucede en el palmarés de Ciencias Sociales al psicólogo estadounidense Howard Gardner.
El de Ciencias Sociales es el segundo de los ocho premios Príncipe de Asturias que se conceden este año, en su 32da edición. El arquitecto español Rafael Moneo fue distinguido con el galardón en la categoría de Artes.
Más premios. En las próximas semanas se fallarán los Príncipe de Asturias correspondientes Comunicación, Humanidades, Investigación Científica y Técnica, Letras, Cooperación Internacional, Deportes y Concordia.
Cada uno de los premios, creados en 1981, está dotado con 50.000 euros (65.000 dólares) y una escultura diseñada por el artista Joan Miró.
Los galardones se entregarán en octubre en Oviedo, en un acto presidido por los príncipes de Asturias, Felipe de Borbón y Letizia Ortiz, herederos de la corona española.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Carlos Fuentes / 1928 - 2012 Adiós a un grande de las letras hispanas


El autor mexicano murió a los 83 años; ganador del Cervantes y el Príncipe de Asturias, dejó una obra prolífica de ficción y ensayo


CIUDAD DE MEXICO.- El mundo perdió ayer a uno de los más grandes exponentes de las letras hispanas. El escritor y ensayista mexicano Carlos Fuentes, autor de La muerte de Artemio Cruz y ganador del Premio Cervantes, entre otros logros de una vida prolífica que lo situó entre los autores más descollantes de la llamada nueva novela latinoamericana, murió a los 83 años.
Aún queda fresca en la memoria su reciente participación, dos semanas atrás, en la 38a Feria del Libro de Buenos Aires, en la que brindó una clase magistral. Fueron 45 minutos de pie, sin tomar siquiera un vaso de agua, en los que expuso con claridad sus ideas ante un auditorio fascinado de 800 personas, que siguieron atentamente cada una de sus palabras. Fue una clase en la que expresó su preocupación por la degradación política en América latina, confesó que lee todos los años el Quijote como si fuera la primera vez y mencionó al escritor Juan Rulfo y a su novela Pedro Páramo como su herencia mexicana más inmediata.
Quizá por esa razón la noticia de su deceso, cuando eran ayer las primeras horas de la tarde en Buenos Aires, golpeó con fuerza en el mundo de las letras y la cultura.
El intelectual y escritor mexicano, que formó parte del boom latinoamericano de los años 60, murió en el Hospital Angeles del Pedregal, en el sur de la capital mexicana, tras haber sufrido, en su casa, durante la madrugada y de forma inesperada, "una hemorragia grave del tubo digestivo", según informó Arturo Ballesteros, el médico que lo atendió.
"La literatura latinoamericana, por su diversidad, su tamaño y sobre todo su calidad, ya pertenece a la gran literatura mundial", señaló durante una entrevista con LA NACION, el día anterior a su exposición en la Feria.
Durante esa entrevista dijo recordar "el fervor del público" de su visita anterior, una década atrás, y recordó su deslumbramiento por Buenos Aires, ciudad que conoció cuando tenía 15 años. Fuentes anunció además en esa oportunidad que en noviembre publicaría una nueva obra, titulada Federico en su balcón , sobre un diálogo imaginario entre Nietzsche y Dios.

Entre sus obras más significativas de una obra que alternó la ficción y el ensayo pueden citarse, por caso, Aura , de 1962; La muerte de Artemio Cruz , del mismo año; Terra Nostra (1975), oGringo Viejo (1985). Desde que escribió La región más transparente , en 1958, Fuentes recibió las más prestigiosas distinciones de la literatura en castellano: el Premio Cervantes (1987), el Príncipe de Asturias (1994), el Biblioteca Breve (1967) y el Rómulo Gallegos (1977). Nunca ganó el Nobel de Literatura, aunque se lo mencionó como candidato durante años. Su última distinción fue el doctorado Honoris Causa de la Universidad de las Islas Baleares, España, anunciada apenas días atrás.
El eximio autor mexicano manifestó en una oportunidad sobre su obra que "había cosas que no podían decirse más que en español", donde, según él, había una especie de tierra virgen para el escritor. Hijo de un diplomático mexicano, Fuentes nació el 11 de noviembre de 1928 en Panamá, pero pasó sus primeros años en Quito, Montevideo y Río de Janeiro. Hizo la primaria en los Estados Unidos, aunque nunca dejó de visitar México: ése era el lugar de sus vacaciones y también el país donde estaban sus raíces, algo que siempre le inculcó su padre.
Al conocerse la muerte, las reacciones en todo el mundo no tardaron en llegar. El presidente mexicano, Felipe Calderón, se refirió a su muerte en Twitter: "Lamento profundamente el fallecimiento de nuestro querido y admirado Carlos Fuentes, escritor y mexicano universal. Descanse en paz". El director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua, dijo que la muerte de Fuentes supone la pérdida de una figura irreemplazable. "Se van los grandes y no se ve en el horizonte quienes le sustituyan", remató. En tanto, el director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, expresó "su gran tristeza" por la muerte de un hombre que supo combinar lo mexicano con la dimensión universal del español. "Se nos ha ido uno de los grandes, no sólo como escritor sino como el gran profeta que fue del español como lengua de continuidad", dijo.
Fuentes estuvo casado dos veces y tuvo tres hijos. La primera, Cecilia; lo sobrevive su esposa, la periodista mexicana Silvia Lemús, con quien se casó en segundas nupcias en los años 1970, unión de la que nacieron sus hijos Carlos Rafael, que padecía hemofilia y murió en 1999 a los 25 años, y Natasha que falleció años después, a los 32,por causas desconocidas.
Hoy se llevará a cabo un homenaje de cuerpo presente en el Palacio de Bellas Artes, en el centro histórico de la Ciudad de México, una distinción que se otorga sólo a destacados personajes del ámbito cultural del país.

viernes, 4 de mayo de 2012

"El «alumno-cliente» cree que su identidad la otorga el consumo"


El escritor francés Daniel Pennac se refirió al comportamiento de los chicos en las aulas
Por Leonardo Tarifeño  | LA NACION

El francés Daniel Pennac se convirtió en un referente mundial de la reivindicación de la lectura gracias a su ya clásico Como una novela (1993), pero mucho antes de ese libro, durante su adolescencia, vivió la escuela como una auténtica pesadilla.
"Cuando no era el último de la clase, era el penúltimo. Siempre había oído decir que yo había necesitado todo un año para aprender la letra A. La letra A, en un año. El desierto de mi ignorancia comenzaba a partir de la infranqueable B", recuerda en Mal de escuela , sus extraordinarias memorias como oveja negra del aula, la obra que lo trajo a Buenos Aires para su presentación en la Feria del Libro.
Elegante, irónico y muy crítico de la influencia que la sociedad de consumo tiene en la educación actual, Pennac admite que haber sido un mal alumno lo ayudó a ser un buen profesor. "Yo sé lo que sienten los marginados, sé lo que implica mentir en la clase primero y en la casa después. La experiencia del dolor ha sido clave para tratar de que mis propios alumnos no pasen por eso", explica, con una sonrisa a mitad de camino entre la complicidad y la resignación.
-En Mal de escuela dice que algunos malos alumnos necesitan que algo o alguien los saque de la realidad escolar para no desarrollar "la pasión del fracaso". ¿Qué o quién lo ayudó a usted?
-En mi caso, cuatro profesores y mi primer amor. Todos ellos me dieron la sensación de existir, me permitieron creer que podía tener una existencia fuera de la identidad escolar. Esos profesores se dirigían a mí, por alguna razón vieron en mí algo que parecía interesarles. Y eso me salvó. No se preocupaban tanto por el desempeño escolar, y la paradoja es que gracias a eso mismo mi desempeño escolar mejoró mucho.
-¿Por ejemplo?
-Bueno, cuando uno es mal alumno miente todo el tiempo. Entonces, al profesor de francés se le ocurrió metamorfosear la mentira y convertirla en creación novelesca. Me dijo: "No te voy a pedir una tarea más, no me des más explicaciones, sólo quiero que cada semana escribas unos diez párrafos de una novela". Y así entré a la literatura.
-¿Qué aprendió de cada uno de esos profesores?
-Muchas cosas. En primer lugar, el sentido del otro. La enseñanza como conversación: eso mismo hice con mis alumnos durante todos estos años. Cuando sos profesor, tenés entre 100 y 130 alumnos por año, y la relación pedagógica exige que esos 130 alumnos sientan que existen individualmente para el profesor. En segundo lugar, aprendí la reciprocidad. Si yo me rompo el alma corrigiendo minuciosamente un trabajo, espero que el alumno tenga en cuenta esas correcciones. El tercer aspecto es el compañerismo. Uno mantiene una relación de años con los alumnos, y para enriquecerla debe haber autoridad y juego. Si yo les pido que me reciten un texto de memoria, acepto que ellos también me exijan lo mismo a mí.
-Suena poco convencional.
-En realidad son técnicas muy simples. El profesor de matemática me enseñó otra cosa. En sus clases, los alumnos tenían derecho a decir "estoy cansado", "no hice los deberes porque tengo problemas en casa" o "me gustaría que usted, profesor, se enfermara durante unas semanas". Podían decir lo que quisieran menos una sola cosa: "Eso no me interesa".Allí otra vez hay algo muy simple, la base misma de la pedagogía, es decir, reconocer que todos los temas pueden y deben ser interesantes? si uno tiene la predisposición para interesarse por ellos.
-En una época en la que el bullying se ha instalado como una tendencia mundial, ¿cómo se lucha contra ese fenómeno?
-No es un fenómeno de una época en particular; es una enfermedad constitutiva de la institución escolar de todos los países. Es un producto inevitable del encierro y la reclusión. Como dice el filósofo cristiano René Girard, cuando se forma un grupo, naturalmente se produce la tendencia de rechazar a uno de sus miembros. Y a ese miembro le adjudican todos los defectos posibles. En las sociedades primitivas se lo condena a muerte, en las empresas de hoy, o en la escuela, al exilio o la marginación.
-En Mal de escuela se refiere al "alumno-cliente", el experto en consumismo de apenas 20 años. ¿La irrupción del "alumno-cliente" es el fenómeno más peligroso de la educación actual?
-Los jóvenes se han convertido en clientes de la sociedad de consumo. Son tanto o más consumistas que los adultos y eso ocurre en todos los sectores sociales. Hoy los alumnos son clientes y creen que su identidad la otorga el consumo.
-En su rol de profesor, ¿cómo enfrenta esa situación?
-Cuando los chicos van a la escuela, se comportan con los profesores como si fueran clientes. Sólo que la cultura no es un bien de consumo. ¿Qué es un cliente? Es alguien que sólo tiene en cuenta sus propios deseos. ¿Y cómo funciona la escuela? La escuela no se dirige a nuestros deseos, sino a nuestras necesidades.

viernes, 27 de abril de 2012

Ver leer


Se ve cada vez más gente con tabletas digitales en los subtes, trenes y aviones. Es el fin de un placer privado de los que viajan con ellos: espiar las tapas para saber qué están leyendo
Por Eduardo Berti  | Para LA NACION




Viajo bastante en el subte de Madrid, ciudad en la que vivo desde hace unos tres años, y en estos últimos meses (consecuencia, supongo, de los regalos de Navidad y Reyes) he notado que, de cada tres viajes que hago, al menos en uno me topo con alguien que lee un Kindle o algo parecido. No busco hacer estadísticas a partir de mi experiencia, atada a horarios y recorridos puntuales, pero sí puedo decir que ayer, mientras viajaba en la línea 5 con una lectora de Papyre sentada a mi derecha, me había puesto a cavilar cómo cambian nuestros hábitos de lectura y la percepción del acto de lectura ajeno, cuando la anciana que viajaba a mi izquierda, absorta en su revista con monstruosas fotos de la duquesa de Alba, bajó en la estación Diego de León y (lo juro sobre una Biblia, pero que sea de papel) en su reemplazo se sentó una mujer con un ebook Sony, de modo que, por primera vez en mi vida (aunque, sospecho, no la última), me vi entre dos lectoras electrónicas.
No estoy en contra de las novedades ni de los cambios porque, entre varias razones, nos conceden la eterna juventud de las primeras veces. En cuanto a los promocionados libros electrónicos, me inspiran curiosidad. Me agrada la invención de una pantalla que, en teoría, es menos dañina para los ojos que la de las computadoras habituales. Los libros electrónicos me parecen prácticos cuando una mudanza equivale a mover cientos de volúmenes o, por ejemplo, cuando necesitamos consultar de la noche a la mañana cierto libro que no se consigue en nuestra ciudad y no podemos esperar a que el correo nos lo traiga. También pienso que se prestan muy bien para el material de consulta (diccionarios, enciclopedias), pero, la verdad sea dicha, a la hora de leer una novela, un poema o un relato sigo prefiriendo llevar a la cama o al sillón un buen libro de papel. Al mismo tiempo, me preocupa que debido a los formatos digitales los libros se pirateen con la impunidad con que hoy se descarga música, sin hablar de que los músicos compensan el perjuicio (al menos en forma parcial) con conciertos o derechos de reproducción en radio o en TV, por ejemplo, mientras que los escritores no tenemos alternativas: sólo cobramos regalías por cada libro vendido y cuando nos invitan a lecturas públicas (en una librería o en una biblioteca) con suerte nos dan las gracias, salvo en contados países como Alemania donde estas lecturas son pagas.
Mucho antes de los ebooks, el escritor Julien Gracq observó en su ensayo Leyendo escribiendo(1980) que "los últimos quince años, que no parece deban contar tanto en la historia de nuestra literatura, han aportado más cambios en la industria de la edición y en el comercio del libro que los que se conocían desde Gutenberg". Todo permite suponer, siguiendo este razonamiento de Gracq, que los lectores (sobre todo las lectoras) de los subterráneos del mundo han cambiado de envase mucho más que de contenido. Pero no estoy seguro de ello. Y si mi humilde estudio estadístico del tema flaquea al llegar a este punto no es casual: puedo hacer con facilidad un censo de los colores, las marcas y los formatos de los llamados "ereaders", pero soy incapaz de decir qué autores y qué títulos se están leyendo puesto que esa información ha pasado a ser invisible. Hay algo en este fenómeno que podría compararse con la ya antigua irrupción delwalkman , cuando la música se volvió un secreto al oído. Sin embargo, en el caso de la música, había (y sigue habiendo) filtraciones de malos auriculares y volúmenes elevados y no hacía falta, como pasa con los ebooks, una actitud excesivamente indiscreta para saber, como mínimo, si nuestra vecina de asiento está leyendo un ensayo, una novela, una revista o un material de trabajo.
Tuve dos tías que eran maestras de literatura en Buenos Aires. Una de ellas cometía el "desliz" de leer, de tanto en tanto, algún libro impropio para su rango. Recuerdo cuando quiso leer una comentada biografía de Carlos Monzón (entonces en la cumbre de su fama) y, como nadie debía verla con "eso", decidió forrar la cubierta para ocultar el delito. Hay otra gente que procede como mi tía, pero dista de ser legión; para los que amamos los libros, por lo tanto, estar en un transporte público, en una sala de espera o en un café suele ser un termómetro de lo que "se está leyendo". No sólo detectamos títulos y autores, sino que al ver a alguien con una obra que leímos nos tienta, por ejemplo, evaluar si ha alcanzado ya esa escena que nuestra memoria atesora tal vez algo trastocada. Los ebooks, lamentablemente, borran huellas y experiencias por el estilo. Cada página se ve igual a la otra, como el libro de mármol de alguna estatua.
Ver leer es, desde siglos, un espectáculo tan informativo como sensual. Uno de mis cuadros predilectos en el Museo de Orsay, de París, es La lectora , de Fantin-Latour, eslabón de toda una cadena de obras que presentan a una mujer con un libro: desde Renoir o Monet hasta Picasso o Balthus, desde la "lectora sumisa" hasta la "lectora distraíida" de Magritte. Acerca de La lectora sumisa de Magritte, César Aira escribió hace poco un comentario en el que recuerda cierta inspirada idea de Marcel Duchamp: que el título es "un color más" del cuadro (más en el caso de pintores como Magritte o De Chirico, excelentes tituladores). Se me ocurre, a partir de esto, que la pérdida del dato del título del libro que lee nuestra vecina en el subte o en el bus, en el tren o en el avión es, con permiso de Duchamp, "un color menos". ¿Ya no podremos decir, como antes, "era alta, pálida, rubia y estaba leyendo a Stendhal?" ¿Qué diremos? "¿Era morena, de ojos verdes y tenía un ebook marca Samsung?".

Un corazón tan recio


En su última novela, que publica Alfaguara, Alicia Dujovne Ortiz traza una autobiografía lírica -y, naturalmente, ficticia- de Teresa de Ávila. Anticipamos algunos fragmentos
Por Alicia Dujovne Ortiz  | Para LA NACION

Rodrigo viene a buscarme para llevarme de vuelta a casa. No tardará mucho en partir. Otro al que envidio y ya van tres: unas monjas, un bebé, un futuro Conquistador que se marcha a convertir indios con la fuerza de su espada. La espada y la cruz, ahora de verdad -trato de persuadirme para encontrar consuelo-, ahora no como un juego de niños para buscar el martirio a dos pasitos de papá y mamá. Eso sí que es un destino, no como el de mi hermana con su estridente esposo. Cómo quisiera ser varón, armarme hasta los dientes y subirme a una carabela con las velas infladas y pelear contra aquellos infieles de piel canela y con unas plumas que no les salen de la carne, como al principio se pensó, sino que se las ponen de adorno. Los muestran en Sevilla, dicen, y ellos se quedan acuclillados con aire ausente dejándose mirar, como faltos de alma.
Pero mi hermano habla menos de convertir que de ganar. La Honra. Irse lejos a guerrear por conseguir lo que ni su padre ni sus tíos poseen en España, el Don. Lo siento mayor, él siempre ha sido mi faldero y ahora aparece resuelto, endurecido, sacando pecho, fanfarroneando ante mí mientras yo me debato entre mis dos demonios, la mucha repulsión por la vida de casada y la poca atracción por la monjil. Quizás me equivoque pero me da la sensación de que Rodrigo me mira con sorna.
-No te vayas a quedar para vestir santos -dice palmeándome la espalda.
Con altivez le contesto que me hable de él y sus proyectos más que de mí. ¿Por qué alistarse en la expedición de Don Pedro de Mendoza? Porque el maestro de campo, Juan Osorio, es viejo conocido de la familia, y porque en ese viaje se embarca lo más granado de Castilla. Treinta y dos jóvenes nobles, o aspirantes a serlo, se encaminan hacia el Río de la Plata, descubierto por Don Juan de Solís. Es cierto que a Solís se lo co?, bueno, que Solís murió por aquellos parajes pero ¿acaso me imagino lo que representa un Río tan enorme como un mar, y tan enteramente relleno de plata?
-Esperá -lo interrumpo-, ¿qué me ibas de decir de Solís?
Vacila. Por fin vence el deseo de impresionar a la hermanita que antes lo llevaba de las narices y...
-Se lo comieron los indios. Pero no te preocupes, él viajó en cascaritas de nuez y con arcabuces enmohecidos, nosotros somos invencibles, nunca se ha enviado a aquellas tierras expedición más fuerte.
No lo dejo, no quiero que me vea espeluznada, le sonrío como si nada fuera. A mí tampoco me amilanan unos indios caníbales. Pero él muestra el coraje del que se va, y yo escondo la pena del que no tiene derecho ni a mover un pie por delante del otro. ¿Voy a decirle que ya me compongo de muchos trozos separados como para perder el último? ¿La última atadura? Aunque el pensar en "trozo" y en "perder" me pinte fieras dentaduras clavadas en su cuerpo, aprieto fuerte los ojos como sé hacerlo para espantar la visión del abuelo.
Sin embargo, más que los indios con sus dientes agudos me espanta el que Rodrigo se crea a rajatabla lo que el tal Osorio le cuenta para llenarle la cabeza, lo que el tal Mendoza con su semblante verdoso promete conseguir. Caballero demasiado enfermizo, se murmura, para afrontar el mar. A mí, sólo la incertidumbre me parece fuera de duda. Si mi madre pudo morirse a mis doce años; si una vieja pudo ponerme al tanto de una historia que no debí saber, para enseguida hacerse humo como si nunca hubiese existido; si los honores de que goza mi familia pueden desmoronarse como castillo de naipes, de sólo mediar la aparición de un estreñido de los que nunca faltan que se acuerde del abuelo; si el amor puede deshacérseme entre los dedos como las arenillas de la fuente; si el matrimonio es un continuo poner hijos en el mundo mientras el cuerpo aguante; si a una mujer no la dejan hacer lo que desea, guerrear, querer...; si todo es nada; ¿adónde sino en el atrio de un convento, caminando a pasitos con la vista en el suelo me hallaré segura?
***
De más provecho que la plegaria a gritos me resulta el gesto que va con ella, juntar las manos. Un calor delicioso vibra en el espacio entre una palma y la otra, y toda yo quedo unida de mí a mí, juntada yo conmigo hasta reunir las partes. Ya no existen divisiones ni líneas medianeras mientras ponga mis manos a conversar entre ellas como hermanas que se encuentran después de un viaje. Un par de hormigas que se rozan con sus antenas para darse noticias de lo que han recogido en sus andanzas no se entienden mejor. Hasta no haberlo probado no se capta la maravilla de que las palmas se correspondan entre sí, de que una piel se hermane con la otra, de que los cinco dedos coincidan con los otros cinco, yema contra yema, susurrándose cositas inaudibles, tan amistosos y completándose tan bien todos ellos como las dos mitades de una fruta.
No se lo digo a sor María para que no me crea loca de atar (¡cuántas veces el temor de parecerlo me sellará los labios, hasta que al fin, el contar con un amigo definitivo que se pega contra mí como si él fuera una mano y yo la otra me doblará el coraje!), pero lo cierto es que al dejar los brazos separados me siento sola, y al apretar ligeramente sus extremos, en buena compañía.
***
Ya más muerta que viva me acuestan en el cuarto de mi niñez. Entonces me acuerdo. De golpe. Es tenderme entre almohadas y recobrar la memoria, como si todo hubiera estado esperándome allí, colgando de los artesonados de ese techo que yo miraba de chica, antes de dormirme, mientras pensaba en la vieja que rezongaba por los rincones con sus palabras raras.
Tengo que taparme la boca por no gritar. Cuando se apagan las últimas luces, hago un esfuerzo y me incorporo. De dónde saco fuerzas no sé. Conozco el camino, puedo deslizarme despacio por los corredores y bajar la escalera resbaladiza sin encender la vela. Tanteando hallo el arcón de los trapos inmundos. Todo está en su sitio. Envuelvo el manuscrito, me lo escondo bajo el brazo y me lo traigo a mi cama. Lo abro en cualquier sitio, como antes. Reconozco la lengua, un romance de otro tiempo que se entiende como si fuera de hoy. Busco su título, "Zohar" y, más abajo, "El Libro de los Esplendores". Su autor: un judío llamado Moisés de León. Al comenzar asegura no ser el autor sino el descubridor del manuscrito. Lo paso por alto, demasiado apuro llevo como para fijarme en la autoría.
En uno de los cielos más altos y más misteriosos hay un palacio conocido por el Palacio del Amor -leo-. Aquí están reunidas las almas más amadas del Rey. Y aquí está el Rey de los cielos unido con sus amadas almas en el Beso de Amor.
Me tiemblan las manos, menos por el temor de que a mi padre se le ocurra entrar que por lo bello que descubro. Lo bello y lo prohibido. ¡Y tan gemelo del castillo de Francisco de Osuna! Pero la vieja me lo ha arropado todo entre tantos misterios y tantos entredichos que cualquier crujido de la madera me eriza la piel, y cada rumor de alas en el jardín es mi abuelo de los viernes rogándome tener cautela.
Sigo leyendo: Las almas de los justos son superiores a todos los poderes y a todos los que sirven en el mundo superior. Aunque su lugar es tan alto, abandonan, sin embargo, su fuente y vienen abajo, a la tierra. Nosotros podemos comparar esto a un rey que no tiene sino un hijo y lo envía a un país lejano para alimentarse, fortalecerse y hacerse sano. Y cuando esto ha sido cumplido envía a la reina, su madre, para traer a su hijo otra vez al hogar. Así también hace el Santo Rey con su hijo: el alma justa. Lo envía a este mundo, en donde puede fortalecerse e iniciarse, por medio del estudio, en los usos seguidos en el palacio del Rey. Entonces, cuando Él oye que su hijo ha crecido y que ha llegado el tiempo de volverlo a traer al palacio, muestra su amor por él enviando a la Reina -la Shekhinah- a buscarlo. Y cuando esta alma deja la tierra es acompañada por la Reina, que la lleva al palacio, en donde ha de vivir eternamente.
¿Pero de quién habla este judío, de Jesús? ¿Quién es el hijo único enviado a un país lejano? ¿Y la Reina, la Shekhinah, quién es, la Virgen? ¿Estas cosas de hebreos se asemejan a las nuestras como dos gotas de agua? ¿Pero cuáles son las nuestras? Cuanto más raro y, a la vez, cercano y familiar me parece todo, más me hace llorar; y llorando y llorando como una Magdalena llego a ese par de frases que cambian el curso de mi vida.
La primera vuelve a mí como nimbada por el haz polvoriento que la alumbró en mi infancia: Todas las puertas del cielo están cerradas, excepto la Puerta de las Lágrimas.
¿El tío Pedro habrá intentado darme a entender secretos que no están en el Tercer Abecedario, ni en ningún otro libro marcado por la cruz? ¿Acaso habrá sabido que yo desde pequeña lo sé? ¿El, que judaizó de chico junto a Juan Sánchez de Toledo, me ha enviado un guiño, un gesto, una señal? ¿Por eso el texto de San Jerónimo sobre el pecado de mentir? ¿Era ésa su angustia, mentir? No tengo la respuesta, el tío entra al convento tal como lo tenía planeado, tras la boda del hijo, y ya no nos veremos a solas. Creo que ambos nos evitamos para no confesarnos lo que mejor callar.
Hay otra frase que me abre más aún las puertas del cielo, una cuyo significado no comprendo, pero que, a todas luces, lo contiene todo y que, contrariamente a la primera, yo recuerdo letra por letra sin haberla sabido nunca, como si esas palabras estuvieran pintadas en mi mente con una claridad maravillosa: En el Séptimo Palacio reside el Misterio de los Misterios.
¡Bonita monja que leyendo libros de herejes solloza de amor! La línea roja que en vano me busqué ante el espejo, la noche antes de irme en pos del martirio en tierra de moros, aparece nítidamente sobre mí. Traidora. Judas. El Libro de los Esplendores , guardado antes en un sótano y ahora bajo mi cama, me condena sin remedio. Los siete viernes de Sánchez de Toledo preparan la hoguera de Teresa, la peor, la encendida por los remordimientos. Arderé de culpa el resto de la vida..