jueves 11 de marzo de 2010

EL VERTIGO DE LAS LISTAS de Umberto Eco

Por Hugo Beccacece De la Redacción de LA NACION
¿Quién no sucumbió alguna vez al encanto de una lista? Sin embargo, con frecuencia se piensa en ellas como el emblema del aburrimiento. Es un error, fruto de un juicio apresurado. Basta pensar en los siete pecados capitales para darse cuenta de que, detrás de una enumeración, nos puede aguardar el cielo o el infierno. ¿Qué esperar entonces de una lista de listas? Una de las posibles respuestas está al alcance de todos. Hace un tiempo, el Museo del Louvre le pidió al erudito, sutil y goloso Umberto Eco que organizara durante el mes de noviembre de 2009 una muestra, acompañada por una serie de conferencias, proyecciones y conciertos sobre un tema de su elección. De inmediato, Eco pensó en las listas, un asunto que le ha interesado desde la juventud. El resultado fue la exposición El vértigo de las listas y el libro homónimo, editado por Lumen en español, que ahora se distribuye en la Argentina.
El semiólogo italiano quiso completar con esta obra una suerte de trilogía cuyas dos primeras partes son La historia de la belleza y La historia de la fealdad . Los tres libros tienen una estructura común. Cada capítulo está dividido en tres partes: una reflexión teórica de Eco, uno o varios textos literarios que la ejemplifican, y una serie de ilustraciones artísticas (pinturas, dibujos, fotografías). Hojear cada uno de esos tres volúmenes es un placer estético por el acertado criterio con que se seleccionaron las imágenes, a menudo tan raras como bellas o monstruosas.
Eco, entregado al hechizo de los etcéteras, de las comas que separan nombres de objetos, animales, gemas, iglesias y... etc., elabora una clasificación de las listas que revela cuánto ha pensado en ellas. Empieza por dos, célebres, que se hallan en la Ilíada de Homero. La primera: Aquiles ha perdido sus armas y su madre, la ninfa Tetis, le pide a Hefesto que forje un nuevo escudo para el guerrero. El dios del fuego crea entonces una pieza formidable en la que representa la tierra, el mar, el cielo, las estrellas y dos ciudades. En una de esas ciudades, se ve una fiesta nupcial con los novios y los invitados, y una plaza donde se desarrolla un juicio. En la otra, aparece un castillo, atacado por un ejército. A un costado, hay pastores, que son asaltados y asesinados por ladrones. Hefesto acumula siluetas de personajes, paisajes, construcciones en esa plancha de metal destinada a defender el pecho de Aquiles. Pero no se trata sólo de cosas o de hechos que ocurren al mismo tiempo, también hay una serie de acciones que se suceden. Aunque la enumeración es larga y resulta inverosímil que todas esas imágenes quepan en un bruñido círculo, la lista no sólo es finita, además tiene una forma y no sugiere más que lo que está a la vista.
El segundo ejemplo homérico es el catálogo de las naves griegas que combaten contra los troyanos. Ese elenco se despliega en el canto II de la Ilíada y en él no se menciona toda la flota y a sus capitanes, a pesar de que los 350 versos están atestados de nombres de regiones, ciudades y caudillos; lo que busca sugerir el poema es la enorme superioridad numérica de las fuerzas que sitian las murallas de Troya. Aunque ese número es finito, nadie podría contarlo porque es demasiado alto, es casi infinito. Ese infinito tiene que ver con la cantidad, no con el sentimiento. Eco hace una distinción. A veces, la perfección de una cosa que se admira puede producir el sentimiento subjetivo de algo que nos supera, que está más allá de este mundo finito: en eso consiste el infinito de la estética, que no se deja expresar con cifras, es más bien una intensidad, la de lo sublime.
Algo, no sólo su sobrepeso, hace pensar que el semiólogo italiano tiene buen diente en la mesa, pero también en el resto de la vida. En ese sentido, este libro es una confesión encubierta. Eco opone las listas prácticas a las poéticas. Como ejemplo de las primeras pone la de las compras, la de invitados a una fiesta, el inventario de objetos de cualquier lugar, el menú de un restaurante, pero también la enumeración de amantes de Don Giovanni que hace su criado, Leporello, en la ópera de Mozart. Las listas poéticas, en cambio, responden a la necesidad de establecer un registro parcial "de aquello que escapa a la capacidad de control y de denominación, como ocurre con el catálogo de las naves de Homero". A veces, intentan producir un efecto artístico o un estado de ensoñación. Con frecuencia, se trata de una sucesión de palabras con cierto ritmo y sonoridad, que actúan como un mantra, como un medio de liberarnos del ajetreo cotidiano y de adentrarnos en la vida interior, en el yo más profundo. El recitado de las letanías de la Virgen María, su larga serie de atributos, tiene esas características. Dejarse llevar por esas sonoridades genera una sensación de vértigo, como reza el título del libro de Eco. Ya no somos nosotros los que dominamos las palabras. Ellas nos llevan de la mano o más bien, de la lengua. Pero Eco nos advierte que una lista práctica puede convertirse en poética; basta, como siempre, con la intención. Podemos no entrar en un restaurante, más aún, podemos estar sometidos a la más estricta de las dietas, pero leer con placer la lista de los platos que nos ofrece un establecimiento mientras nos entregamos a la memoria de los sabores, que acosa el paladar. Proust recorría las guías turísticas sin ninguna finalidad utilitaria: se demoraba en los nombres de lugares a los que nunca iría porque sabía que la realidad sólo encierra decepción. En cambio, los sonidos de las palabras, las imágenes que uno asocia con ellas, le permitían viajar sin moverse de su cuarto.
Precisamente Eco dedica todo un capítulo a las listas de lugares y, entre los autores más proclives a ellas, menciona a Charles Dickens, James Joyce, Proust, Italo Calvino y a Walt Whitman, que jamás se privo de hacer todo tipo de enumeraciones. Cuando se refiere a estos catálogos geográficos, Eco señala que muchos de ellos están hechos con avidez, con voracidad. Y, en esa aclaración, uno puede adivinar otra confesión del autor. Su pasión por las listas es la de un hombre voraz que devora, por medio de las palabras, el mundo que se le enfrenta. Eco pone como ejemplo de ese impulso omnívoro un capítulo de Finnegans Wake en que Joyce inserta centenares de nombres de ríos de distintos países. En los cuadros que representan ciudades, uno encuentra a menudo la ansiedad de quien busca mostrarlo todo porque, al mismo tiempo, quisiera estar en todos lados. Eso hace que Eco se ocupe del lugar de todos los lugares, el sótano donde se halla el célebre Aleph de Jorge Luis Borges: el maravilloso punto, escondido en una casa porteña, que permite ver simultáneamente todas las cosas que existen o existieron en el universo. Esa vocación de totalidad se expresa de todos modos por un elenco incompleto de objetos colocados en determinados lugares, de paisajes, pueblos, ciudades bajo cierta luz y, al mismo tiempo, bajo otra luz. En verdad, la enumeración es, en este caso, una epifanía. Eco cita un fragmento del cuento de Borges en el que se revela el problema de algunas listas "completas", que no pueden serlo: la enumeración siquiera parcial de un conjunto infinito. Dice Borges:
En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces, ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es.
A veces la enumeración aparece en una serie de figuras retóricas destinadas a fines muy concretos. La insistencia por medio de una acumulación de frases de significado semejante, destinada a atacar a alguien, aparece en la Primera Catilinaria , de Cicerón:
¿Hasta cuándo, Catilina, has de abusar de nuestra paciencia? ¿Cuándo nos veremos libres de tus sediciosos intentos? ¿A qué extremos se arrojará tu desenfrenada audacia? ¿No te arredran ni la nocturna guardia del Palatino, ni la diurna vigilancia de la ciudad, ni las alarmas del pueblo, ni el acuerdo de los hombres honrados, ni este fortísimo lugar donde el Senado se reúne, ni las frases amables y semblantes de todos los senadores? ¿No comprendes que tus designios están al descubierto?
Se trata de una amplificación oratoria que alcanza su clímax en la sucesión de los "no" y de los "ni". En cada una de esas frases se está diciendo lo mismo, pero la enumeración, muchas veces neutra, cobra un carácter dramático y amenazante en este caso por el hecho de repetir una y otra vez la misma idea.
En los capítulos consagrados a las mirabilia , las cosas dignas de ser admiradas, y a los horrores, Eco se libra al gusto por las curiosidades. La Historia natural de Plinio es el modelo de las enciclopedias antiguas y medievales y, en ella, tienen cabida todo tipo de hechos y de datos, agrupados con un criterio poco definido. Pero, como dice Eco, lo que fascinaba a los lectores comunes en la Antigüedad y en la Edad Media era la lista de los portentos, de los seres monstruosos mencionados, por ejemplo, en el Liber monstrorum diversi generibus , de Isidoro de Sevilla, o los Otia Imperialia , de Gervasio de Tilbury. La lista de entradas que proporciona Eco impresiona por la diversidad: la sal agrigentina, el higo egipcio, la carne imputrescible de Nápoles, los baños de Pozzuoli, las puertas del infierno, el combate de los escarabajos. Ese caos tiene un interés poético para los autores contemporáneos, sobre todo de ficción, porque saben que esas listas no remiten a nada real sino a la mera fantasía de la época. Y, una vez más, Eco menciona a su caballito de batalla: Borges, en El libro de los seres imaginarios enumera dragones, pigmeos, el elefante que predijo el nacimiento de Buda, los elfos, la zorra china.
El humor y el exceso son los rasgos de las enumeraciones interminables de Rabelais y de sus personajes. Lo que las caracteriza es precisamente que se extienden páginas y páginas y que revelan una inventiva inagotable. El salto entre una mención y la siguiente es lo que provoca el asombro y la carcajada. Cada coma está destinada no sólo a la respiración, a separar lo que es distinto, sino a dar un nuevo giro a la inventiva.
La diversión irreverente es otro de los atractivos del libro de Eco. En especial, la lista de reliquias comprende partes del cuerpo de los santos diseminadas en toda Europa, en las iglesias más apartadas las unas de las otras. La mandíbula de un mártir puede encontrarse en un templo del sur de Italia, pero su nariz, en un convento del norte, mientras que un diente se conserva en un museo de Hungría. Harapos, anillos, pelos son objeto de preservación y respeto. Esos extraños conjuntos recuerdan las escenas finales de El Gatopardo , de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, cuando el autor se refiere a la última gloria que le queda a la otrora poderosa familia de los príncipes de Salina: las reliquias religiosas conservadas como signo de antigua nobleza, hasta que la misma iglesia ordena destruirlas porque son falsas y el esplendor de los Salina se disuelve en una nube de polvo amarillento viejo de siglos.
El libro de Eco no deja de estudiar las listas caóticas, las que no parecen responder a ningún criterio, en las que todo está mezclado, el tipo de listas incongruentes a las que era tan afecto Borges. Una vez más, el argentino es el ejemplo privilegiado para definir la "lista no normal", la que hace estallar la definición misma de lista. Borges cita en el ensayo "El idioma analítico de John Wilkins" la lista de los animales de la enciclopedia china Emporio celestial de conocimientos benévolos . Según esa obra, los animales se clasificarían en "1) pertenecientes al emperador, 2) embalsamados, 3) amaestrados, 4) lechones, 5) sirenas, 6) fabulosos, 7) perros sueltos, 8) incluidos en esta clasificación, 9) que se agitan como locos, 10) innumerables, 11) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, 12) etcétera, 13) que acaban de romper el jarrón, 14) que de lejos parecen moscas". La enumeración tiene como fin cuestionar los criterios racionales aceptados por el común de los mortales y mostrarnos la arbitrariedad de cualquier clasificación. Es inconcebible por ejemplo que "etc." aparezca en mitad de la sucesión y no al final. Del mismo modo, cuando se nombran los animales "incluidos en esta clasificación", es como si los cimientos de la lógica temblaran, porque en una enumeración de animales, se introduce un concepto. Dice Eco:
O bien el de los animales es un conjunto normal y por tanto no ha de contenerse a sí mismo, cosa que sí ocurre en la lista de Borges: O bien si fuese un conjunto-no-normal, la lista sería incongruente porque entre los animales aparecería algo que no es animal porque es un conjunto. Con la clasificación de Borges la poética de la lista alcanza su punto de máxima herejía y abomina de todo orden lógico preestablecido.
Al establecer una clasificación de las listas, el libro de Eco tiene el carácter de una lista de listas y revela que, a pesar del tono neutral de toda enumeración y de su austeridad expresiva, hay pocas cosas tan personales como esa sucesión de palabras agrupadas por la razón o más bien por el capricho.

martes 16 de febrero de 2010

La amistad y los libros

Mario Vargas Llosa Para LA NACION

Me pasó hace algunos años con Javier Cercas y ahora me acaba de pasar de nuevo con Héctor Abad Faciolince. Cuando leí la extraordinaria novela de aquél, Soldados de Salamina, no sólo me quedó en el cuerpo ?bueno, en el espíritu? ese sentimiento de felicidad y gratitud que nos depara siempre la lectura de un hermoso libro, sino, además, una necesidad urgente de conocerlo, estrecharle la mano y agradecérselo en persona. Gracias a Juan Cruz, uno de cuyos méritos es estar inevitablemente donde se lo necesita, no mucho después, en una extraña noche en que Madrid parecía haber quedado desierta y como esperando la aniquilación nuclear, conocí a Cercas, en un restaurante lleno de fantasmas. De inmediato descubrí que la persona era tan magnífica como el escritor y que siempre seríamos amigos.
Me ocurre muy rara vez sentir esa urgencia por conocer personalmente a los autores de los libros que me conmueven o maravillan. Me he llevado ya algunas tremendas decepciones al respecto y, de manera general, pienso que es preferible quedarse con la imagen ideal que uno se hace de los escritores que admira, antes que arriesgarse a cotejarla con la real. Salvo que uno tenga la aplastante sospecha de que vale la pena intentarlo.
Después de leer, hace algún tiempo, El olvido que seremos, la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años, deseé ardientemente que los dioses o el azar me concedieran el privilegio de conocer a Héctor Abad Faciolince para poder decirle de viva voz lo mucho que le debía.
Es muy difícil tratar de sintetizar qué es El olvido que seremos sin traicionarlo, porque, como todas las obras maestras, es muchas cosas a la vez. Decir que se trata de una memoria desgarrada sobre la familia y el padre del autor ?que fue asesinado por un sicario? es cierto, pero mezquino e infinitesimal, porque el libro es, también, una sobrecogedora inmersión en el infierno de la violencia política colombiana, en la vida y el alma de la ciudad de Medellín, en los ritos, pequeñeces, intimidades y grandezas de una familia, un testimonio delicado y sutil del amor filial, una historia verdadera que es, asimismo, una soberbia ficción, por la manera como está escrita y construida, y uno de los más elocuentes alegatos que se hayan escrito en nuestro tiempo y en todos los tiempos contra el terror como instrumento de la acción política.
El libro es desgarrador pero no truculento, porque está escrito con una prosa que nunca se excede en la efusión del sentimiento, precisa, clara, inteligente, culta, que manipula con destreza sin fallas el ánimo del lector, ocultándole ciertos datos, distrayéndolo, a fin de excitar su curiosidad y expectativa, obligándolo de este modo a participar en la tarea creativa, mano a mano con el autor. Los cráteres del libro son dos muertes ?la de la hermana y la del padre?, una por enfermedad y otra por obra del salvajismo político, y en la descripción de ambas hay más silencios que elocuciones, un pudor elegante que curiosamente multiplica la tristeza y el espanto con que vive ambas tragedias el encandilado lector.
Contra lo que podría parecer por lo que llevo dicho El olvido que seremos no es un libro que desmoralice, a pesar de la presencia devastadora que tienen en sus páginas el sufrimiento, la nostalgia y la muerte. Por el contrario, como ocurre siempre con las obras de arte logradas, es un libro cuya belleza formal, la calidad de la expresión, la lucidez de las reflexiones, la gracia y finura con que está retratada esa familia tan entrañable y cálida que uno quisiera que fuera la suya propia, hacen de él un libro que levanta el ánimo, muestra que aún de las más viles y crueles experiencias, la sensibilidad y la imaginación de un creador generoso e inspirado pueden valerse para defender la vida y mostrar que hay en ella, pese a todo, además de dolor y frustración, también goce, amor, ideales, sentimientos elevados, ternura, piedad, fraternidad y carcajadas.
Los dioses o el azar fueron benevolentes conmigo y organizaron las cosas de manera que en el reciente festival literario del Hay, de Cartagena, y, por supuesto, gracias a la intermediación del ubicuo Juan Cruz, conociera en persona a Héctor Abad Faciolince. Naturalmente, la persona estaba a la altura de lo que escribía. Era culto, simpático, generoso, y conversar con él resultó casi tan entretenido y enriquecedor como leerlo. A los diez minutos de estar charlando con él en el Club de Pesca de Cartagena, bajo una luna llena de carta postal, algunas siluetas de roedores merodeando por el embarcadero y frente a un suculento arroz con coco, supe que sería un buen amigo y compañero para siempre, y que hasta el fin de nuestros días tendríamos en la agenda el tema de Onetti, que a mí me gusta mucho y a él lo aburre. Espero tener tiempo y luces suficientes para persuadirlo de que relea textos como El infierno tan temido o La vida breve, y descubra lo cerca que está el mundo de Onetti del suyo, por la autenticidad moral, la maestría técnica que ambos delatan y la impecable radiografía de América latina que, sin proponérselo, han trazado ambos en sus ficciones.
En las tres horas y media que demora el vuelo de Cartagena a Lima leí el último libro de Héctor Abad Faciolince: Traiciones de la memoria. Son tres historias autobiográficas, acompañadas de fotografías de lugares, objetos y personas que ilustran y completan el relato. La primera, "Un poema en el bolsillo", es de lejos la mejor y la más larga, y, en cierta forma, un complemento indispensable a El olvido que seremos. En el bolsillo del padre asesinado en Medellín, el joven Abad Faciolince encontró un poema manuscrito que comienza con el verso: "Ya somos el olvido que seremos". De entrada, le pareció de Borges. Confirmar la exacta identidad de su autor le costó una aventura de varios años, hecha de viajes, encuentros, rastreos bibliográficos, entrevistas, andar y desandar por pistas falsas, peripecia verdaderamente borgeana de erudición y juego, una pesquisa que se diría no vivida sino fantaseada por un escribidor "podrido de literatura", de buen humor, picardía y abundantes alardes de imaginación.
Esta averiguación parece al principio un empeño personal y privado, una manera más para el hijo destrozado por la muerte terrible del padre, de conservar viva y muy próxima su memoria, de testimoniarle su amor. Pero, poco a poco, a medida que la investigación va cotejando opiniones de profesores, críticos, escritores, amigos, y el narrador se encuentra vacilante y aturdido entre las versiones contradictorias, aquella búsqueda saca a la luz temas más permanentes: la identidad de la obra literaria, sobre todo, y la relación que existe, a la hora de juzgar la calidad artística de un texto, entre ésta y el nombre y el prestigio del autor.
Respetables académicos y especialistas demuestran desdeñosos que el poema no es más que una burda imitación y, de pronto, una circunstancia inesperada, un súbito intruso, pone patas arriba todas las certezas que se creían alcanzadas, hasta que las pruebas llegan a ser rotundas e inequívocas: el poema es de Borges, en efecto. Pero su valencia literaria ha ido modificándose, elevándose o cayendo en originalidad e importancia, a medida que en la cacería aumentara o disminuyera la posibilidad de que Borges fuera su autor. El texto se lee con fascinación, sobre todo cuando se tiene la sensación de que, aunque todo lo que se cuenta sea cierto, aquello es, o más bien se ha vuelto, gracias a la magia con que está contado, una bella ficción.
Esta historia y las dos otras ? la del joven escribidor medio muerto de hambre y tratando de sobrevivir en Turín y el ensayo sobre los "ex futuros" tuvieron la virtud de hacerme olvidar durante tres horas y media que estaba a diez mil metros de altura y volando a ochocientos kilómetros por hora sobre los Andes y la Amazonía, sensación que siempre me llena de pavor y claustrofobia. Está visto que me pasaré el resto de la vida contrayendo deudas con este escribidor colombiano.
© LA NACION

martes 20 de octubre de 2009

Llegó el momento de inventar el libro

¿Qué pasaría si la mayor novedad cultural no fuera digital, sino producto de la imprenta? Tal la hipótesis que plantea el escritor mexicano

Por Juan Villoro Para LA NACION - México D.F., 2009

¿Qué tan novedoso debe ser un invento? La importancia de un producto suele depender de su capacidad de sustituir a otro. La tecnología necesita contrastes; sus aportaciones se miden en relación con lo que había antes. El inventor es el hombre que llega después.
Lo nuevo existe en serie: es la última parte de una secuencia, requiere de algo que lo anteceda. Esto lleva a una pregunta: ¿Podemos inventar hacia atrás? ¿Qué pasa si le asignamos otro orden a la historia de la técnica?
Imaginemos una sociedad con escritura y alta tecnología, pero sin imprenta. Un mundo donde se lee en pantallas y se dispone de muy diversos soportes electrónicos. Abundan los receptores de textos e incluso se han diseñado pastillas con resúmenes de libros y métodos hipnóticos para absorber documentos. Esa civilización ha transitado de la escritura en arcilla a los procesadores de palabras sin pasar por el papel impreso. ¿Qué sucedería si ahí se inventara el libro? Sería visto como una superación de la computadora, no sólo por el prestigio de lo nuevo, sino por los asombros que provocaría su llegada.
Los irrenunciables beneficios de la computación no se verían amenazados por el nuevo producto, pero la gente, tan veleidosa y afecta a comparar peras con manzanas, celebraría la ultramodernidad del libro.
Después de años ante las pantallas, se dispondría de un objeto que se abre al modo de una ventana o una puerta. Un aparato para entrar en él.
Por primera vez el conocimiento se asociaría con el tacto y con la ley de gravedad. El invento aportaría las inauditas sensaciones de lo que sólo funciona mientras se sopesa y acaricia. La lectura se transformaría en una experiencia física. Con el papel en las manos, el lector advertiría que las palabras pesan y que pueden hacerlo de distintos modos.
La condición portátil del libro cambiaría las costumbres. Habría lectores en los autobuses y en el metro, a los que se les pasaría la parada por ir absortos en las páginas (así descubrirían que no hay medio de transporte más poderoso que un libro).
La variedad de ediciones fomentaría el coleccionismo; los pretenciosos podrían encuadernar volúmenes que no han leído y los cazadores de rarezas podrían buscar títulos esquivos y acaso inexistentes. Sólo los tradicionalistas extrañarían la primitiva edad en que se leía en pantalla.
En su variante de bolsillo, el libro entraría en la ropa y sería llevado a todas partes. Esta ubicuidad fomentaría prácticas escatológicas en las que no nos detendremos. Baste decir que acompañaría a quienes necesitaran de distracción para ir al baño.
Las más curiosas consecuencias del invento tardarían algún tiempo en advertirse. Una de ellas está al margen de la ciencia y la comprobación empírica, pero sin duda existe. El libro se mueve solo. Lo dejas en el escritorio y aparece en el buró; lo colocas en la repisa de los poetas románticos y emerge en un coloquio de helenistas. Las bibliotecas no conocen el sosiego.
El hecho de que incluso los tomos pesados se desplacen sin ser vistos representaría un misterio menor, como el de los calcetines a los que se les pierde un par en el camino a la azotea, si no fuera porque los libros se mueven por una causa: buscan a sus lectores o se apartan de ellos. Hay que merecerlos. El password de un libro es el deseo de adentrarse en él.
Las pantallas son magníficas, pero les somos indiferentes. En cambio, los libros nos eligen o repudian.
Otras virtudes serían menos esotéricas. ¡Qué descanso disponer de una tecnología definitiva! El sistema operativo de un libro no debe ser actualizado. Su tipografía es constante. Eso sí: su mensaje cambia con el tiempo y se presta a nuevas interpretaciones.
Para quienes vivimos en tristes ciudades en las que se va la luz, como México D.F., el libro representa un motor de búsqueda que no requiere de pilas ni electricidad.
Qué alegrías aportaría el inesperado invento del libro en una comunidad electrónica. Después de décadas de entender el conocimiento como un acervo interconectado, un sistema de redes, se descubriría la individualidad. Cada libro contiene a una persona. No se trata de un soporte indiferenciado, un depósito donde se pueden borrar o agregar textos, sino de un espacio irrepetible. Llevarse un libro de vacaciones significaría empacar a un sueco intenso o a una ceremoniosa japonesa.
Con el advenimiento del libro, la gente se singularizaría de diversos modos. Esto tendría que ver con los plurales contenidos y la manera de leerlos, pero también con el diseño. Los fetichistas podrían satisfacer anhelos que desconocían.
¿Hasta dónde podemos apropiarnos de un artefacto? El libro es el único aparato que se inventó para ser dedicado, ya sea por los autores o por quienes lo regalan. Qué extraño sería instalar un programa de Word que comenzara con una cariñosa dedicatoria a la esposa de Bill Gates. En cambio, el libro llegó para ser firmado y para escribir un deseo en la primera página.
Las novedades deslumbran a la gente. El libro ya cambió al mundo. Si se inventara hoy, sería mejor.

miércoles 16 de septiembre de 2009

MILLENIUM por Mario Varga Llosa

Millennium , la hazaña narrativa de Stieg Larsson
Lisbeth Salander debe vivir
Mario Vargas Llosa El País


MADRID.-Comencé a leer novelas a los diez años y ahora tengo setenta y tres. En todo ese tiempo debo haber leído centenares, acaso millares de novelas, releído un buen número de ellas y algunas, además, las he estudiado y enseñado. Sin jactancia puedo decir que toda esta experiencia me ha hecho capaz de saber cuándo una novela es buena, mala o pésima y, también, que ella ha envenenado a menudo mi placer de lector al hacerme descubrir a poco de comenzar una novela sus costuras, incoherencias, fallas en los puntos de vista, la invención del narrador y del tiempo, todo aquello que el lector inocente (el "lector-hembra" lo llamaba Cortázar para escándalo de las feministas) no percibe, lo que le permite disfrutar más y mejor que el lector-crítico de la ilusión narrativa.
¿A qué viene este preámbulo? A que acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium , unas 2100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Victor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página: "¿Y ahora qué, qué va a pasar?" y demorando la lectura por la angustia premonitoria de saber que aquella historia se iba a terminar pronto, sumiéndome en la orfandad. ¿Qué mejor prueba de que la novela es el género impuro por excelencia, el que nunca alcanzará la perfección que puede llegar a tener la poesía? Por eso es posible que una novela sea formalmente imperfecta, y, al mismo tiempo, excepcional. Comprendo que a millones de lectores en el mundo entero les haya ocurrido, les esté ocurriendo y les vaya a ocurrir lo mismo que a mí y sólo deploro que su autor, ese infortunado escribidor sueco, Stieg Larsson, se muriera antes de saber la fantástica hazaña narrativa que había realizado.
Repito, sin ninguna vergüenza: fantástica. La novela no está bien escrita (o acaso en la traducción el abuso de jerga madrileña en boca de los personajes suecos suena algo falsa) y su estructura es con frecuencia defectuosa, pero no importa nada, porque el vigor persuasivo de su argumento es tan poderoso y sus personajes tan nítidos, inesperados y hechiceros que el lector pasa por alto las deficiencias técnicas, engolosinado, dichoso, asustado y excitado con los percances, las intrigas, las audacias, las maldades y grandezas que a cada paso dan cuenta de una vida intensa, chisporroteante de aventuras y sorpresas, en la que, pese a la presencia sobrecogedora y ubicua del mal, el bien terminará siempre por triunfar.
La novelista de historias policiales Donna Leon calumnió a Millennium afirmando que en ella sólo hay maldad e injusticia. ¡Vaya disparate! Por el contrario, la trilogía se encuadra de manera rectilínea en la más antigua tradición literaria occidental, la del justiciero, la del Amadís, el Tirante y el Quijote, es decir, la de aquellos personajes civiles que, en vista del fracaso de las instituciones para frenar los abusos y las crueldades de la sociedad, se echan sobre los hombros la responsabilidad de deshacer los entuertos y castigar a los malvados. Eso son, exactamente, los dos héroes protagonistas, Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist: dos justicieros.
La novedad, y el gran éxito de Stieg Larsson, es haber invertido los términos acostumbrados y haber hecho del personaje femenino el ser más activo, valeroso, audaz e inteligente de la historia, y de Mikael, el periodista fornicario, un magnífico segundón, algo pasivo pero simpático, de buena entraña y un sentido de la decencia infalible y poco menos que biológico.
¡Qué sería de la pobre Suecia sin Lisbeth Salander, esa hacker querida y entrañable! El país al que nos habíamos acostumbrado a situar, entre todos los que pueblan el planeta, como el que ha llegado a estar más cerca del ideal democrático de progreso, justicia e igualdad de oportunidades, aparece en Los hombres que no amaban a las mujeres , La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire como una sucursal del infierno, donde los jueces prevarican, los psiquiatras torturan, los policías y espías delinquen, los políticos mienten, los empresarios estafan, y tanto las instituciones como el establishment en general parecen presa de una pandemia de corrupción de proporciones priístas o fujimoristas.
Menos mal que está allí esa muchacha pequeñita y esquelética, horadada de colguijos, tatuada con dragones, de pelos puercoespín, cuya arma letal no es una espada ni un revólver sino un ordenador con el que puede convertirse en Dios -bueno, en Diosa-, ser omnisciente, ubicua, violentar todas las intimidades para llegar a la verdad, y enfrentarse, con esa desdeñosa indiferencia de su carita indócil con la que oculta al mundo la infinita ternura, limpieza moral y voluntad justiciera que la habita, a los asesinos, pervertidos, traficantes y canallas que pululan a su alrededor.
La novela abunda en personajes femeninos notables, porque en este mundo, en el que todavía se cometen tantos abusos contra la mujer, hay ya muchas hembras que, como Lisbeth, han conquistado la igualdad y aun la superioridad, invirtiendo en ello un coraje desmedido y un instinto reformador que no suele ser tan extendido entre los machos, más bien propensos a la complacencia y el delito.
Entre ellas, es difícil no tener sueños eróticos con Monica Figuerola, la policía atleta y giganta para la que hacer el amor es también un deporte, tal vez más divertido que los aerobics pero no tanto como el jogging. Y qué decir de la directora de la revista Millennium , Erika Berger, siempre elegante, diestra, justa y sensata en todo lo que hace, los reportajes que encarga, los periodistas que promueve, los poderosos a los que se enfrenta, y los polvos que se empuja con su esposo y su amante, equitativamente. O de Susanne Linder, policía y pugilista, que dejó la profesión para combatir el crimen de manera más contundente y heterodoxa desde una empresa privada, la que dirige otro de los memorables actores de la historia, Dragan Armanskij, el dueño de Milton Security.
La novela se mueve por muy distintos ambientes, millonarios, rufianes, jueces, policías, industriales, banqueros, abogados, pero el que está retratado mejor y, sin duda, con conocimiento más directo por el propio autor -que fue reportero profesional- es el del periodismo.
La revista Millenium es mensual y de tiraje limitado. Su redacción, estrecha y para el número de personas que trabajan en ella sobran los dedos de una mano. Pero al lector le hace bien, le levanta el ánimo entrar a ese espacio cálido y limpio, de gentes que escriben por convicción y por principio, que no temen enfrentar enemigos poderosísimos y jugarse la vida si es preciso, que preparan cada número con talento y con amor y el sentimiento de estar suministrando a sus lectores no sólo una información fidedigna, también y sobre todo la esperanza de que, por más que muchas cosas anden mal, hay alguna que anda bien, pues existe un órgano de expresión que no se deja comprar ni intimidar, y trata, en todo lo que publica e investiga, de deslindar la verdad entre las sombras y veladuras que la ocultan.
Si uno toma distancia de la historia que cuentan estas tres novelas y la examina fríamente, se pregunta: ¿cómo he podido creer de manera tan sumisa y beata en tantos hechos inverosímiles, esas coincidencias cinematográficas, esas proezas físicas tan improbables? La verosimilitud está lograda porque el instinto de Stieg Larsson resultaba infalible en adobar cada episodio de detalles realistas, direcciones, lugares, paisajes, que domicilian al lector en una realidad perfectamente reconocible y cotidiana, de manera que toda esa escenografía lastrara de realidad y de verismo el suceso notable, la hazaña prodigiosa. Y porque, desde el comienzo de la novela, hay unas reglas de juego en lo que concierne a la acción que siempre se respetan: en el mundo de Millennium lo extraordinario es lo ordinario, lo inusual lo usual y lo imposible lo posible.
Como todas las grandes historias de justicieros que pueblan la literatura, esta trilogía nos conforta secretamente haciéndonos pensar que tal vez no todo esté perdido en este mundo imperfecto y mentiroso que nos tocó, porque, acaso, allá, entre la "muchedumbre municipal y espesa", haya todavía algunos quijotes modernos, que, inconspicuos o disfrazados de fantoches, otean su entorno con ojos inquisitivos y el alma en un puño, en pos de víctimas a las que vengar, daños que reparar y malvados que castigar.
¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!

miércoles 1 de julio de 2009

LOS JUEGOS DEL HAMBRE

LOS JUEGOS DEL HAMBRE

"No pude dejar de leer, este libro es adictivo" Stephen King
"He estado tan obsesionada con este libro que me lo llevaba conmigo hasta cuando salía a comer fuera y lo escondía debajo de la mesa para poder continuar leyendo... Este libro es increible.” Stephenie Meyer (autora de la saga "Crepúsculo")

Sinopsis breve: Un pasado de guerras ha dejado los 12 distritos que dividen Panem bajo el poder tiránico del "Capitolio". Sin libertad y en la pobreza, nadie puede salir de los límites de su distrito. Sólo una chica de 16 años, Katniss Everdeen, osa desafiar las normas para conseguir comida. Sus principios se pondrán a prueba en "Los juegos del hambre", un reality show que el Capitolio organiza para humillar a la población. Cada año, 2 representantes de cada distrito serán obligados a subsistir en un medio hostil y luchar a muerte entre ellos hasta que quede un solo superviviente. Cuando su hermana pequeña es elegida para participar, Katniss no duda en ocupar su lugar, decidida a demostrar con su actitud firme, que aún en las situaciones más desesperadas hay lugar para el amor y el respeto.
Suzanne Collins es autora de la serie bestseller del New York Times "Underland Chronicles" y guionista de programas de televisión juveniles. En esta primera entrega nos brinda a partes iguales suspenso, ética, aventura y amor en un contexto situado en un futuro con inquietantes paralelismos con nuestro mundo actual.


CAPITULO 1


Cuando me despierto, el otro lado de la cama
está frío. Estiro los dedos buscando el calor de
Prim, pero no encuentro más que la basta funda
de lona del colchón. Seguro que ha tenido pesadillas
y se ha metido en la cama de nuestra madre;
claro que sí, porque es el día de la cosecha.
Me apoyo en un codo y me levanto un poco;
en el dormitorio entra algo de luz, así que puedo
verlas. Mi hermana pequeña, Prim, acurrucada a
su lado, protegida por el cuerpo de mi madre,
las dos con las mejillas pegadas. Mi madre parece
más joven cuando duerme; agotada, aunque
no tan machacada. La cara de Prim es tan fresca
como una gota de agua, tan encantadora como la
prímula que le da nombre. Mi madre también fue
muy guapa hace tiempo, o eso me han dicho.


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Sentado sobre las rodillas de Prim, para protegerla,
está el gato más feo del mundo: hocico
aplastado, media oreja arrancada y ojos del color
de un calabacín podrido. Prim le puso Buttercup
porque, según ella, su pelaje amarillo embarrado
tenía el mismo tono de aquella fl or, el ranúnculo.
El gato me odia o, al menos, no confía en mí.
Aunque han pasado ya algunos años, creo que todavía
recuerda que intenté ahogarlo en un cubo
cuando Prim lo trajo a casa; era un gatito escuálido,
con la tripa hinchada por las lombrices y
lleno de pulgas. Lo último que yo necesitaba era
otra boca que alimentar, pero mi hermana me suplicó
mucho, e incluso lloró para que le dejase
quedárselo. Al fi nal la cosa salió bien: mi madre
le libró de los parásitos, y ahora es un cazador de
ratones nato; a veces, hasta caza alguna rata.
Como de vez en cuando le echo las entrañas
de las presas, ha dejado de bufarme.
Entrañas y nada de bufi dos: no habrá más cariño
que ése entre nosotros.
Me bajo de la cama y me pongo las botas de
cazar; la piel fi na y suave se ha adaptado a mis
pies. Me pongo también los pantalones y una camisa,
meto mi larga trenza oscura en una gorra
y tomo la bolsa que utilizo para guardar todo lo
que recojo. En la mesa, bajo un cuenco de madera
que sirve para protegerlo de ratas y gatos hambrientos,
encuentro un perfecto quesito de cabra
envuelto en hojas de albahaca. Es un regalo de
Prim para el día de la cosecha; cuando salgo me
lo meto con cuidado en el bolsillo.
Nuestra parte del Distrito 12, a la que solemos
llamar la Veta, está siempre llena a estas horas
de mineros del carbón que se dirigen al turno
de mañana. Hombres y mujeres de hombros caídos
y nudillos hinchados, muchos de los cuales
ya ni siquiera intentan limpiarse el polvo de carbón
de las uñas rotas y las arrugas de sus rostros
hundidos. Sin embargo, hoy las calles manchadas
de carboncillo están vacías y las contraventanas
de las achaparradas casas grises permanecen cerradas.
La cosecha no empieza hasta las dos, así
que todos prefi eren dormir hasta entonces... si
pueden.
Nuestra casa está casi al fi nal de la Veta, sólo tengo
que dejar atrás unas cuantas puertas para llegar al
campo desastrado al que llaman la Pradera. Lo que
separa la Pradera de los bosques y, de hecho, lo que
rodea todo el Distrito 12, es una alta alambrada


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metálica rematada con bucles de alambre de espino.
En teoría, se supone que está electrifi cada
las veinticuatro horas para disuadir a los depredadores
que viven en los bosques y antes recorrían
nuestras calles (jaurías de perros salvajes, pumas
solitarios y osos).
En realidad, como, con suerte, sólo tenemos
dos o tres horas de electricidad por la noche, no
suele ser peligroso tocarla. Aun así, siempre me
tomo un instante para escuchar con atención,
por si oigo el zumbido que indica que la valla
está cargada. En este momento está tan silenciosa
como una piedra. Me escondo detrás de un grupo
de arbustos, me tumbo boca abajo y me arrastro
por debajo de la tira de sesenta centímetros que
lleva suelta varios años. La alambrada tiene otros
puntos débiles, pero éste está tan cerca de casa
que casi siempre entro en el bosque por aquí.
En cuanto estoy entre los árboles, recupero
un arco y un carcaj de fl echas que tenía escondidos
en un tronco hueco. Esté o no electrifi cada,
la alambrada ha conseguido mantener a los
devoradores de hombres fuera del Distrito 12.
Dentro de los bosques, los animales deambulan
a sus anchas y existen otros peligros, como las
serpientes venenosas, los animales rabiosos y la
falta de senderos que seguir. Pero también hay comida,
si sabes cómo encontrarla. Mi padre lo sabía
y me había enseñado unas cuantas cosas antes
de volar en pedazos en la explosión de una mina.
No quedó nada de él que pudiéramos enterrar.
Yo tenía once años; cinco años después, muchas
noches me sigo despertando gritándole que corra.
Aunque entrar en los bosques es ilegal y la
caza furtiva tiene el peor de los castigos, habría
más gente que se arriesgaría si tuviera armas. El
problema es que hay pocos lo bastante valientes
para aventurarse armados con un cuchillo. Mi
arco es una rareza que fabricó mi padre, junto
con otros similares que guardo bien escondidos
en el bosque, envueltos con cuidado en fundas
impermeables.
Mi padre podría haber ganado bastante dinero
vendiéndolos, pero, de haberlo descubierto los
funcionarios del Gobierno, lo habrían ejecutado
en público por incitar a la rebelión.
Casi todos los agentes de la paz hacen la vista
gorda con los pocos que cazamos, ya que están
tan necesitados de carne fresca como los demás.
De hecho, están entre nuestros mejores clientes.


10 11
Sin embargo, nunca permitirían que alguien armase
a la Veta.
En otoño, unas cuantas almas valientes se
internan en los bosques para recoger manzanas,
aunque sin perder de vista la Pradera, siempre lo
bastante cerca para volver corriendo a la seguridad
del Distrito 12 si surgen problemas.
—El Distrito 12, donde puedes morirte de
hambre sin poner en peligro tu seguridad —murmuro;
después miro a mi alrededor rápidamente
porque, incluso aquí, en medio de ninguna parte,
me preocupa que alguien me escuche.
Cuando era más joven, mataba a mi madre del
susto con las cosas que decía sobre el Distrito 12
y la gente que gobierna nuestro país, Panem, desde
esa lejana ciudad llamada el Capitolio. Al fi nal
comprendí que aquello sólo podía causarnos más
problemas, así que aprendí a morderme la lengua
y ponerme una máscara de indiferencia para que
nadie pudiese averiguar lo que estaba pensando.
Trabajo en silencio en clase; hago comentarios
educados y superfi ciales en el mercado público; y
me limito a las conversaciones comerciales en el
Quemador, que es el mercado negro donde gano
casi todo mi dinero. Incluso en casa, donde soy
menos simpática, evito entrar en temas espinosos,
como la cosecha, los racionamientos de comida o
los Juegos del Hambre.
Quizás a Prim se le ocurriera repetir mis palabras
y ¿qué sería de nosotras entonces?
En los bosques me espera la única persona con
la que puedo ser yo misma: Gale. Noto que se me
relajan los músculos de la cara, que se me acelera
el paso mientras subo por las colinas hasta nuestro
lugar de encuentro, un saliente rocoso con
vistas al valle.
Un matorral de arbustos de bayas lo protege
de ojos curiosos.
Verlo allí, esperándome, me hace sonreír;
nunca sonrío, salvo en los bosques.
—Hola, Catnip —me saluda Gale.
En realidad me llamo Katniss, como la fl or
acuática a la que llaman saeta, pero, cuando se
lo dije por primera vez, mi voz no era más que
un susurro, así que creyó que le decía Catnip, la
menta de gato. Después, cuando un lince loco
empezó a seguirme por los bosques en busca de
sobras, se convirtió en mi nombre ofi cial. Al fi -
nal tuve que matar al lince porque asustaba a las
presas, aunque era tan buena compañía que casi
me dio pena.


12 13
Por otro lado, me pagaron bien por su piel.
—Mira lo que he cazado.
Gale sostiene en alto una hogaza de pan con
una fl echa clavada en el centro, y yo me río. Es
pan de verdad, de panadería, y no las barras planas
y densas que hacemos con nuestras raciones
de cereales. Lo cojo, saco la fl echa y me llevo el
agujero de la corteza a la nariz para aspirar una
fragancia que me hace la boca agua. El pan bueno
como éste es para ocasiones especiales.
—Ummm, todavía está caliente —digo. Debe
de haber ido a la panadería al despuntar el alba
para cambiarlo por otra cosa—.
¿Qué te ha costado?
—Sólo una ardilla. Creo que el anciano estaba
un poco sentimental esta mañana. Hasta me deseó
buena suerte.
—Bueno, todos nos sentimos un poco más
unidos hoy, ¿no? —comento, sin molestarme en
poner los ojos en blanco—. Prim nos ha dejado
un queso —digo, sacándolo.
—Gracias, Prim —exclama Gale, alegrándose
con el regalo—.
Nos daremos un verdadero festín. —De repente,
se pone a imitar el acento del Capitolio y
los ademanes de Effi e Trinket, la mujer optimista
hasta la demencia que viene una vez al año para
leer los nombres de la cosecha—. ¡Casi se me olvida!
¡Felices Juegos del Hambre! —Recoge unas
cuantas moras de los arbustos que nos rodean—.
Y que la suerte... —empieza, lanzándome una
mora. La cojo con la boca y rompo la delicada
piel con los dientes; la dulce acidez del fruto me
estalla en la lengua.
—¡... esté siempre, siempre de vuestra parte!
—concluyo, con el mismo brío.
Tenemos que bromear sobre el tema, porque
la alternativa es morirse de miedo. Además, el
acento del Capitolio es tan afectado que casi todo
suena gracioso con él.
Observo a Gale sacar el cuchillo y cortar el pan;
podría ser mi hermano: pelo negro liso, piel aceitunada,
incluso tenemos los mismos ojos grises.
Pero no somos familia, al menos, no cercana.
Casi todos los que trabajan en las minas tienen
un aspecto similar, como nosotros.
Por eso mi madre y Prim, con su cabello rubio
y sus ojos azules, siempre parecen fuera de lugar;


14 15
porque lo están. Mis abuelos maternos formaban
parte de la pequeña clase de comerciantes que sirve
a los funcionarios, los agentes de la paz y algún
que otro cliente de la Veta. Tenían una botica en
la parte más elegante del Distrito 12; como casi
nadie puede permitirse pagar un médico, los boticarios
son nuestros sanadores. Mi padre conoció
a mi madre gracias a que, cuando iba de caza,
a veces recogía hierbas medicinales y se las vendía
a la botica para que fabricaran sus remedios. Mi
madre tuvo que enamorarse de verdad para abandonar
su hogar y meterse en la Veta. Es lo que
intento recordar cuando sólo veo en ella a una
mujer que se quedó sentada, vacía e inaccesible
mientras sus hijas se convertían en piel y huesos.
Intento perdonarla por mi padre, pero, para ser
sincera, no soy de las que perdonan.
Gale unta el suave queso de cabra en las rebanadas
de pan y coloca con cuidado una hoja de
albahaca en cada una, mientras yo recojo bayas
de los arbustos. Nos acomodamos en un rincón
de las rocas en el que nadie puede vernos, aunque
tenemos una vista muy clara del valle, que está rebosante
de vida estival: verduras por recoger, raíces
por escarbar y peces irisados a la luz del sol.
El día tiene un aspecto glorioso, de cielo azul y
brisa fresca; la comida es estupenda, el pan caliente
absorbe el queso y las bayas nos estallan en
la boca. Todo sería perfecto si realmente fuese un
día de fi esta, si este día libre consistiese en vagar
por las montañas con Gale para cazar la cena de
esta noche. Sin embargo, tendremos que estar en
la plaza a las dos en punto para el sorteo de los
nombres.
—¿Sabes qué? Podríamos hacerlo —dijo Gale
en voz baja.
—¿El qué?
—Dejar el distrito, huir y vivir en el bosque.
Tú y yo podríamos hacerlo. —No sé cómo responder,
la idea es demasiado absurda—. Si no tuviésemos
tantos niños —añadió él rápidamente.
No son nuestros niños, claro, pero para el caso
es lo mismo.
Los dos hermanos pequeños de Gale y su hermana,
y Prim.
Nuestras madres también podrían entrar en el
lote, porque ¿cómo iban a sobrevivir sin nosotros?
¿Quién alimentaría esas bocas que siempre
piden más? Aunque los dos cazamos todos los
días, alguna vez tenemos que cambiar las presas


16 17
por manteca de cerdo, cordones de zapatos o
lana, así que hay noches en las que nos vamos a la
cama con los estómagos vacíos.
—No quiero tener hijos —digo.
—Puede que yo sí, si no viviese aquí.
—Pero vives aquí —le recuerdo, irritada.
—Olvídalo.
La conversación no va bien. ¿Irnos? ¿Cómo
iba a dejar a Prim, que es la única persona en el
mundo a la que estoy segura de querer?
Y Gale está completamente dedicado a su familia.
Si no podemos irnos, ¿por qué molestarnos
en hablar de eso? Y, aunque lo hiciéramos...,
aunque lo hiciéramos..., ¿de dónde ha salido lo
de tener hijos? Entre Gale y yo nunca ha habido
nada romántico.
Cuando nos conocimos, yo era una niña fl acucha
de doce años y, aunque él sólo era dos años
mayor, ya parecía un hombre.
Nos llevó mucho tiempo hacernos amigos, dejar
de regatear en cada intercambio y empezar a ayudarnos
mutuamente.
Además, si quiere hijos, Gale no tendrá
problemas para encontrar esposa: es guapo, lo
bastante fuerte como para trabajar en las minas
y capaz de cazar. Por la forma en que las chicas
susurran cuando pasa a su lado en el colegio, está
claro que lo desean.
Me pongo celosa, pero no por lo que la gente
pensaría, sino porque no es fácil encontrar buenos
compañeros de caza.
—¿Qué quieres hacer? —le pregunto, ya que
podemos cazar, pescar o recolectar.
—Vamos a pescar en el lago. Así dejamos las
cañas puestas mientras recolectamos en el bosque.
Cogeremos algo bueno para la cena.
La cena. Después de la cosecha, se supone que
todos tienen que celebrarlo, y mucha gente lo
hace, aliviada al saber que sus hijos se han salvado
un año más. Sin embargo, al menos dos familias
cerrarán las contraventanas y las puertas, e intentarán
averiguar cómo sobrevivir a las dolorosas
semanas que se avecinan.
Nos va bien; los depredadores no nos hacen
caso, porque hoy hay presas más fáciles y sabrosas.
A última hora de la mañana tenemos una docena
de peces, una bolsa de verduras y, lo mejor
de todo, un buen montón de fresas.
Descubrí el fresal hace unos años y a Gale se
le ocurrió la idea de rodearlo de redes para evitar
que se acercasen los animales.


18 19
De camino a casa pasamos por el Quemador,
el mercado negro que funciona en un almacén
abandonado en el que antes se guardaba carbón.
Cuando descubrieron un sistema más efi caz
que transportaba el carbón directamente de las
minas a los trenes, el Quemador fue quedándose
con el espacio. Casi todos los negocios están
cerrados a estas horas en un día de cosecha, aunque
el mercado negro sigue bastante concurrido.
Cambiamos fácilmente seis de los peces por pan
bueno y los otros dos por sal.
Sae la Grasienta, la anciana huesuda que vende
cuencos de sopa caliente preparada en un enorme
hervidor, nos compra la mitad de las verduras a
cambio de un par de trozos de parafi na. Puede
que nos hubiese ido mejor en otro sitio, pero nos
esforzamos por mantener una buena relación con
Sae, ya que es la única que siempre está dispuesta
a comprar carne de perro salvaje. A pesar de que
no los cazamos a propósito, si nos atacan y matamos
un par, bueno, la carne es la carne. «Una vez
dentro de la sopa, puedo decir que es ternera»,
dice Sae la Grasienta, guiñando un ojo.
En la Veta, nadie le haría ascos a una buena
pata de perro salvaje, pero los agentes de la paz
que van al Quemador pueden permitirse ser un
poquito más exigentes.
Una vez terminados nuestros negocios en el
mercado, vamos a la puerta de atrás de la casa del
alcalde para vender la mitad de las fresas, porque
sabemos que le gustan especialmente y puede
permitirse el precio. La hija del alcalde, Madge,
nos abre la puerta; está en mi clase del colegio.
Podría pensarse que, por ser la hija del alcalde, es
una esnob, pero no, sólo es reservada, igual que
yo. Como ninguna de las dos tiene un grupo de
amigos, parece que casi siempre acabamos juntas
en clase. Durante la comida, en las reuniones,
cuando se hacen grupos para las actividades deportivas...
Apenas hablamos, lo que nos va bien
a las dos.
Hoy ha cambiado su soso uniforme del colegio
por un caro vestido blanco, y lleva el pelo rubio
recogido con un lazo rosa; la ropa de la cosecha.
—Bonito vestido —dice Gale.
Madge lo mira fi jamente, mientras intenta
averiguar si se trata de un cumplido de verdad o
de una ironía. En realidad, el vestido es bonito,
aunque nunca lo habría llevado un día normal.
Aprieta los labios y sonríe.
—Bueno, tengo que estar guapa por si acabo
en el Capitolio, ¿no?


20 21
Ahora es Gale el que está desconcertado: ¿lo
dice en serio o está tomándole el pelo? Yo creo
que es lo segundo.
—Tú no irás al Capitolio —responde Gale con
frialdad. Sus ojos se posan en el pequeño adorno
circular que lleva en el vestido; es de oro puro,
de bella factura; serviría para dar de comer a una
familia entera durante varios meses—. ¿Cuántas
inscripciones puedes tener? ¿Cinco? Yo ya tenía
seis con sólo doce años.
—No es culpa suya —intervengo.
—No, no es culpa de nadie. Las cosas son
como son —apostilla Gale.
—Buena suerte, Katniss —dice Madge, con
rostro inexpresivo, poniéndome el dinero de las
fresas en la mano.
—Lo mismo digo —respondo, y se cierra la
puerta.
Caminamos en silencio hacia la Veta. No me
gusta que Gale la haya tomado con Madge, pero
tiene razón, por supuesto: el sistema de la cosecha
es injusto y los pobres se llevan la peor parte.
Te conviertes en elegible para la cosecha cuando
cumples los doce años; ese año, tu nombre
entra una vez en el sorteo.
A los trece, dos veces; y así hasta que llegas a
los dieciocho, el último año de elegibilidad, y tu
nombre entra en la urna siete veces.
El sistema incluye a todos los ciudadanos de
los doce distritos de Panem.
Sin embargo, hay gato encerrado. Digamos
que eres pobre y te estás muriendo de hambre,
como nos pasaba a nosotras. Tienes la posibilidad
de añadir tu nombre más veces a cambio de
teselas; cada tesela vale por un exiguo suministro
anual de cereales y aceite para una persona.
También puedes hacer ese intercambio por cada
miembro de tu familia, motivo por el que, cuando
yo tenía doce años, mi nombre entró cuatro
veces en el sorteo.
Una porque era lo mínimo, y tres veces más
por las teselas para conseguir cereales y aceite para
Prim, mi madre y yo. De hecho, he tenido que
hacer lo mismo todos los años, y las inscripciones
en el sorteo son acumulativas. Por eso, ahora, a
los dieciséis años, mi nombre entrará veinte veces
en el sorteo de la cosecha.
Gale, que tiene dieciocho y lleva siete años
ayudando o alimentando el solo a una familia de
cinco, tendrá cuarenta y dos papeletas.


22 23
No cuesta entender por qué se enciende con
Madge, que nunca ha corrido el peligro de necesitar
una tesela. Las probabilidades de que el
nombre de la chica salga elegido son muy reducidas
si se comparan con las de los que vivimos en
la Veta. No es imposible, pero sí poco probable y,
aunque las reglas las estableció el Capitolio y no
los distritos ni, sin duda, la familia de Madge, es
difícil no sentir resentimiento hacia los que no
tienen que pedir teselas.
Gale es consciente de que su rabia no debería
ir contra Madge.
Algunas veces, cuando estamos en lo más profundo
del bosque, lo he oído despotricar contra
las teselas, diciendo que no son más que otro
instrumento para fomentar la miseria en nuestro
distrito, una forma de sembrar el odio entre
los trabajadores hambrientos de la Veta y los que
no suelen tener problemas de comida, y, así, asegurarse
de que nunca confi emos los unos en los
otros. «Al Capitolio le viene bien que estemos divididos
», me diría, si no hubiese nadie más que
yo escuchándolo, si no fuese día de cosecha, si
una chica con un alfi ler de oro y sin teselas no hubiese
hecho lo que seguramente ella consideraba
un comentario inofensivo.
Mientras caminamos, lo miro a la cara, todavía
ardiendo debajo de su expresión glacial; su ira
me parece inútil, aunque no se lo digo. No es que
no esté de acuerdo con él, porque lo estoy, pero
¿de qué sirve despotricar contra el Capitolio en
medio del bosque? No cambia nada, no hace que
la situación sea más justa y no nos llena el estómago.
De hecho, asusta a las posibles presas.
Sin embargo, lo dejo gritar; mejor hacerlo en el
bosque que en el distrito.
Gale y yo nos dividimos el botín, lo que nos
deja con dos peces, un par de hogazas de buen
pan, verduras, un puñado de fresas, sal, parafi na
y algo de dinero para cada uno.
—Nos vemos en la plaza —le digo.
—Ponte algo bonito —me responde, sin humor.
En casa, encuentro a mi madre y a mi hermana
preparadas para salir. Mi madre lleva un
vestido elegante de sus días de boticaria y Prim
viste mi primer traje de cosecha: una falda y una
blusa con volantes. A ella le queda un poco grande,
pero mi madre se lo ha sujetado con alfi leres;
aun así, la blusa se le sale de la falda por la parte
de atrás.


24 25
Me espera una bañera llena de agua caliente.
Me restriego para quitarme la tierra y el sudor de
los bosques, e incluso me lavo el pelo. Veo, sorprendida,
que mi madre me ha sacado uno de sus
encantadores vestidos, una suave cosita azul con
zapatos a juego.
—¿Estás segura? —le pregunto, porque intento
evitar seguir rechazando su ayuda.
Antes estaba tan enfadada con ella que no le
dejaba hacer nada por mí. Sin embargo, se trata
de algo especial, porque le da mucho valor a la
ropa de su pasado.
—Claro que sí, y también me gustaría recogerte
el pelo —me responde. Le dejo secármelo,
trenzarlo y colocármelo sobre la cabeza. Apenas
me reconozco en el espejo agrietado que tenemos
apoyado en la pared.
—Estás muy guapa —dice Prim, en un susurro.
—Y no me parezco en nada a mí —respondo.
La abrazo, porque sé que las horas que nos
esperan serán terribles para ella. Es su primera cosecha,
aunque está lo más segura posible, ya que
su nombre sólo ha entrado una vez en la urna; no
le he dejado pedir ninguna tesela. Sin embargo,
está preocupada por mí, le preocupa que ocurra
lo inimaginable.
Protejo a Prim de todas las formas que me es
posible, pero nada puedo hacer contra la cosecha.
La angustia que noto en el pecho siempre que
mi hermana sufre amenaza con asomar a la superfi
cie. Me doy cuenta de que se le ha salido de
nuevo la blusa por detrás y me obligo a mantener
la calma.
—Arréglate la cola, patito —le digo, poniéndole
de nuevo la blusa en su sitio.
—Cuac —responde Prim, soltando una risita.
—Eso lo serás tú —añado, riéndome también;
ella es la única que puede hacerme reír así—. Vamos,
a comer —digo, dándole un besito rápido
en la cabeza.
Decidimos dejar para la cena el pescado y las
verduras, que ya se están cocinando en un estofado,
y guardamos las fresas y el pan para la noche,
diciéndonos que así será algo especial; de modo
que bebemos la leche de la cabra de Prim, Lady,
y nos comemos el pan basto que hacemos con el
cereal de la tesela, aunque, de todos modos, nadie
tiene mucho apetito.
A la una en punto nos dirigimos a la plaza. La
asistencia es obligatoria, a no ser que estés a las
puertas de la muerte. Esta noche los funcionarios


26 27
recorrerán las casas para comprobarlo. Si alguien
ha mentido, lo meterán en la cárcel.
Es una verdadera pena que la ceremonia de la
cosecha se celebre en la plaza, uno de los pocos
lugares agradables del Distrito 12. La plaza está
rodeada de tiendas y, en los días de mercado, sobre
todo si hace buen tiempo, parece que es fi esta.
Sin embargo, hoy, a pesar de los banderines de
colores que cuelgan de los edifi cios, se respira un
ambiente de tristeza. Las cámaras de televisión,
encaramadas como águilas ratoneras en los tejados,
sólo sirven para acentuar la sensación.
La gente entra en silencio y fi cha; la cosecha
también es la oportunidad perfecta para que el
Capitolio lleve la cuenta de la población. Conducen
a los chicos de entre doce y dieciocho años a
las áreas delimitadas con cuerdas y divididas por
edades, con los mayores delante y los jóvenes,
como Prim, detrás. Los familiares se ponen en
fi la alrededor del perímetro, todos cogidos con
fuerza de la mano. También hay otros, los que
no tienen a nadie que perder o ya no les importa,
que se cuelan entre la multitud para apostar por
quiénes serán los dos chicos elegidos. Se apuesta
por la edad que tendrán, por si serán de la Veta o
comerciantes, o por si se derrumbarán y se echarán
a llorar. La mayoría se niega a hacer tratos
con los mafi osos, salvo con mucha precaución;
esas mismas personas suelen ser informadores, y
¿quién no ha infringido la ley alguna vez? Podrían
pegarme un tiro todos los días por dedicarme a
la caza furtiva, pero los apetitos de los que están
al mando me protegen; no todos pueden decir lo
mismo.
En cualquier caso, Gale y yo estamos de acuerdo
en que, si pudiéramos escoger entre morir de
hambre y morir de un tiro en la cabeza, la bala
sería mucho más rápida.
La plaza se va llenando, y se vuelve más claustrofóbica
conforme llega la gente. A pesar de su
tamaño, no es lo bastante grande para dar cabida
a toda la población del Distrito 12, que es de
unos ocho mil habitantes. Los que llegan los últimos
tienen que quedarse en las calles adyacentes,
desde donde podrán ver el acontecimiento en las
pantallas, ya que el Estado lo televisa en directo.
Me encuentro de pie, en un grupo de chicos de
dieciséis años de la Veta. Intercambiamos tensos
saludos con la cabeza y centramos nuestra atención
en el escenario provisional que han construido


28 29
delante del Edifi cio de Justicia. Allí hay tres sillas,
un podio y dos grandes urnas redondas de cristal,
una para los chicos y otra para las chicas. Me
quedo mirando los trozos de papel de la bola de
las chicas: veinte de ellos tienen escrito con sumo
cuidado el nombre de Katniss Everdeen.
Dos de las tres sillas están ocupadas por el
alcalde Undersee (el padre de Madge, un hombre
alto de calva incipiente) y Effi e Trinket, la
acompañante del Distrito 12, recién llegada del
Capitolio, con su aterradora sonrisa blanca, el
pelo rosáceo y un traje verde primavera. Los dos
murmuran entre sí y miran con preocupación el
asiento vacío.
Justo cuando el reloj da las dos, el alcalde sube
al podio y empieza a leer. Es la misma historia de
todos los años, en la que habla de la creación de
Panem, el país que se levantó de las cenizas de
un lugar antes llamado Norteamérica. Enumera
la lista de desastres, las sequías, las tormentas,
los incendios, los mares que subieron y se tragaron
gran parte de la tierra, y la brutal guerra
por hacerse con los pocos recursos que quedaron.
El resultado fue Panem, un reluciente Capitolio
rodeado por trece distritos, que llevó la paz y la
prosperidad a sus ciudadanos. Entonces llegaron
los Días Oscuros, la rebelión de los distritos contra
el Capitolio.
Derrotaron a doce de ellos y aniquilaron al
decimotercero. El Tratado de la Traición nos dio
unas nuevas leyes para garantizar la paz y, como
recordatorio anual de que los Días Oscuros no
deben volver a repetirse, nos dio también los Juegos
del Hambre.
Las reglas de los Juegos del Hambre son sencillas:
en castigo por la rebelión, cada uno de los
doce distritos debe entregar a un chico y una chica,
llamados tributos, para que participen. Los
veinticuatro tributos se encierran en un enorme
estadio al aire libre en la que puede haber cualquier
cosa, desde un desierto abrasador hasta un
páramo helado. Una vez dentro, los competidores
tienen que luchar a muerte durante un periodo
de varias semanas; el que quede vivo, gana.
Coger a los chicos de nuestros distritos y obligarlos
a matarse entre ellos mientras los demás observamos;
así nos recuerda el Capitolio que estamos
completamente a su merced, y que tendríamos muy
pocas posibilidades de sobrevivir a otra rebelión.


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Da igual las palabras que utilicen, porque el
verdadero mensaje queda claro: «Mirad cómo
nos llevamos a vuestros hijos y los sacrifi camos
sin que podáis hacer nada al respecto. Si levantáis
un solo dedo, os destrozaremos a todos, igual que
hicimos con el Distrito 13».
Para que resulte humillante además de una
tortura, el Capitolio exige que tratemos los Juegos
del Hambre como una festividad, un acontecimiento
deportivo en el que los distritos compiten
entre sí. Al último tributo vivo se le recompensa
con una vida fácil, y su distrito recibe premios,
sobre todo comida. El Capitolio regala cereales y
aceite al distrito ganador durante todo el año, e
incluso algunos manjares como azúcar, mientras
el resto de nosotros luchamos por no morir de
hambre.
—Es el momento de arrepentirse, y también
de dar gracias —recita el alcalde.
Después lee la lista de los habitantes del Distrito
12 que han ganado en anteriores ediciones.
En setenta y cuatro años hemos tenido exactamente
dos, y sólo uno sigue vivo: Haymitch Abernathy,
un barrigón de mediana edad que, en estos
momentos, aparece berreando algo ininteligible,
se tambalea en el escenario y se deja caer sobre la
tercera silla. Está borracho, y mucho. La multitud
responde con su aplauso protocolario, pero el
hombre está aturdido e intenta darle un gran abrazo
a Effi e Trinket, que apenas consigue zafarse.
El alcalde parece angustiado. Como todo se
televisa en directo, ahora mismo el Distrito 12
es el hazmerreír de Panem, y él lo sabe. Intenta
devolver rápidamente la atención a la cosecha
presentando a Effi e Trinket.
La mujer, tan alegre y vivaracha como siempre,
sube a trote ligero al podio y saluda con su
habitual:
—¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte
esté siempre, siempre de vuestra parte!
Seguro que su pelo rosa es una peluca, porque tiene
los rizos algo torcidos después de su encuentro
con Haymitch. Empieza a hablar sobre el honor
que supone estar allí, aunque todos saben lo mucho
que desea una promoción a un distrito mejor,
con ganadores de verdad, en vez de borrachos
que te acosan delante de todo el país.
Localizo a Gale entre la multitud, y él me
devuelve la mirada con la sombra de una sonrisa
en los labios. Para ser una cosecha, al menos

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estaba resultando un poquito divertida. Pero,
de repente, empiezo a pensar en Gale y en las
cuarenta y dos veces que aparece su nombre en
esa gran bola de cristal, y en cómo la suerte no
está siempre de su parte, sobre todo comparado
con muchos de los chicos. Y quizá él esté pensando
lo mismo sobre mí, porque se pone serio y
aparta la vista.
«No te preocupes, hay mil papeletas», desearía
poder decirle.
Ha llegado el momento del sorteo. Effi e
Trinket dice lo de siempre, «¡las damas primero!»,
y se acerca a la urna de cristal con los nombres de
las chicas. Mete la mano hasta el fondo y saca un
trozo de papel. La multitud contiene el aliento,
se podría oír un alfi ler caer, y yo empiezo a sentir
náuseas y a desear desesperadamente que no sea
yo, que no sea yo, que no sea yo.
Effi e Trinket vuelve al podio, alisa el trozo de
papel y lee el nombre con voz clara; y no soy yo.
Es Primrose Everdeen.