lunes, 2 de mayo de 2011

Bajo el signo del kirchnerismo

En su último libro, La audacia y el cálculo (Sudamericana), Beatriz Sarlo analiza la era K. En este fragmento,la gran apuesta de Kirchner y su astucia para hacer de los conflictos sectoriales batallas ideológicas


K irchner acertó una apuesta, cuyo resultado no era evidente, al convertir las elecciones parlamentarias del 2005 en un plebiscito de medio término. Todo Presidente prefiere ganar esas elecciones antes que perderlas. Esto es muy obvio y, por eso, acá y en Estados Unidos, como en cualquier parte, participa en las campañas de sus candidatos. Pero Kirchner fue un paso más lejos al jugar a Cristina Fernández como cabeza de lista en la crucial provincia de Buenos Aires (donde debía derrotar al duhaldismo, sobre cuya debilidad todavía no se estaba demasiado seguro). Plantear las elecciones dramatizando al máximo la coyuntura implica abrir un momento de decisión, donde el pueblo actúa como voluntad soberana. Implica, entonces, un momento político por excelencia. Kirchner tomó ese riesgo. De allí en más, todas las acciones se concentraron en acumular lo ganado como trofeo del poder de decisión presidencial. No ganó un partido sino un hombre. El "liderazgo de popularidad" es, por supuesto, personalista.

En la campaña para esas elecciones, Kirchner pedía el voto como llave maestra para abrir una nueva etapa. Si las ganaba, derrotaba, en primer lugar, a quien había sido su antecesor, Eduardo Duhalde, y con esa derrota calculaba acertadamente, porque conocía el Partido Justicialista, que recibiría de inmediato los apoyos y las transferencias de poder que todavía lo esquivaban. Kirchner, con una boleta que no llevaba el término "justicialista" y con apoyos ilusionados de extrapartidarios, consolidaba su poder en el peronismo. No se equivocaba: en la madrugada de la victoria, entre gallos y medianoche, abandonaron a Duhalde y se hicieron kirchneristas los fieles Díaz Bancalari y Pampuro, nombres importantes del derrotado peronismo bonaerense que hasta entonces llevaba los colores duhaldistas. Había llegado su gran momento.

Kirchner lo había preparado con su discurso de campaña. En todos los rincones del conurbano, mientras entregaba títulos de propiedad, inauguraba pavimentos o prometía obras, repetía: "Cuando venga octubre me van a decir si me dan la fuerza para seguir cambiando Argentina o eligen otro camino. Le pido firmemente al pueblo argentino que me ayude". Y ya con los resultados en la mano, el jefe de Gabinete Alberto Fernández no fue más cauto: el resultado era "casi como un plebiscito a la gestión". El Presidente vivía su primer triunfo electoral nacional.

Después de la victoria, Kirchner se percibe a sí mismo como constructor de una línea del peronismo que no parte del 17 de octubre de 1945 y de los Hechos del General, como la que fuera durante décadas la línea canónica, sino de los Hechos de los Apóstatas, los jóvenes peronistas radicalizados. Por eso, como se vio, cuando nada lo anunciaba en su pasado, Kirchner hizo de la reivindicación de los setenta uno de los rasgos de su fisonomía ideológica, fundamentalmente a través del discurso sobre derechos humanos, justicia y terrorismo de Estado. En la década del noventa, estas ideas habían perdido gran parte de su capacidad para seguir produciendo hechos en el presente; Kirchner abrió de nuevo un capítulo cerrado, excepto para los más fieles a esa tradición de los setenta que, por eso mismo, eran también bastante marginales en el Partido Justicialista, o se habían reconvertido como menemistas o directamente estaban fuera de sus estructuras.

Carlos Altamirano, en un reportaje aparecido en Perfil, ha dicho, con desprejuiciada inteligencia y buena observación del terreno: "Hoy gobiernan los Montoneros". Pero ¿qué quiere decir "montoneros" hoy? Kirchner trazó un nuevo punto de partida del peronismo, promoviendo una línea de autorreconocimiento generacional, con la siguiente fórmula: identificación con el ethos de entonces, creación de las políticas adecuadas al presente. Ahora bien, ¿sólo el rescoldo de los valores queda de aquel pasado?

También sobrevive la distancia desdeñosa frente a las instituciones republicanas y la libertad de prensa. Como a la juventud peronista radicalizada, al kirchnerismo no le importan las formas "burguesas" institucionales de la política. En 1973, este desprecio se alimentaba de la confianza en que las masas, siguiendo un élan revolucionario, desarrollarían formas más profundas e igualitarias de gobierno; la conducción del general Perón sería desbordada por el movimiento del pueblo (que respondería a su vanguardia armada). Hoy, en cambio, significa que la república institucional, siempre incómoda para el peronismo, es reemplazada por un Ejecutivo poderoso, implacable y concentrado en la figura presidencial. Con el ethos de los setenta, regresa la antipatía histórica del peronismo por las instituciones deliberativas, donde hay que escuchar voces opositoras, júzgueselas como se las juzgue.

Algunos razonan, con la agudeza del cinismo, que con este Parlamento y esta oposición la república kirchnerista es la república posible. De hecho, durante décadas, se ha dicho esto de diferentes maneras y con diferentes jefes. Con Kirchner pareció más a propósito, en primer lugar por la importancia de las políticas de justicia en lo que concierne al terrorismo de Estado y la renovación de la Corte Suprema; también por el trauma del 2001 con sus episodios emblemáticos: los saqueos y muertes, y la desorganización total de la nación, entre otras razones por la difusión de las cuasi monedas provinciales y los años de inestabilidad jurídica provocada por el corralito y el default. Kirchner también es aceptado por la prosperidad económica que embellece cualquier distorsión de la República, como sucedió durante buena parte del gobierno de Menem.

Así, no es sorprendente que el somero aunque enfático discurso de Kirchner lograra cubrir una parte considerable del espacio progresista. [...]

Pero hubo dos acontecimientos que develaron la "forma" Kirchner y dejaron ver, hasta el menor detalle, el estilo que le imprimió a los conflictos considerados cruciales: la no negociable ni negociada Resolución 125 y la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisuales. Aunque la palabra, y su apócope, no se usara desde el principio, los enemigos, en ambos casos, se definieron, en el lenguaje de 6 7 8 , como las "corporaciones", la "corporación" (periodística, agraria) o la "corpo". [...]

En su discurso de espaldas al Congreso del 15 de julio de 2008 (el más bravío de todo ese enfrentamiento), Kirchner recurrió a una oposición que de un lado ubicaba a todos los argentinos y del otro lado, a muy pocos. [...] La eficacia de este par de opuestos tiene un fundamento histórico. Remite, aunque no se la nombre invariablemente, a una contraposición con densa historia: la de Pueblo y Oligarquía en la versión más esquemática y difundida del peronismo. [...]

Esta misma conversión de un conflicto en escena abiertamente ideológica sucedió con la ley de servicios audiovisuales. [...]

La libertad de prensa y la igualdad de condiciones de los medios frente al Estado no había sido nunca una preocupación ni de Perón, ni de la JP ni de los Montoneros. A Kirchner le sobraban antecedentes en el propio movimiento peronista para anunciar, desde un principio, que con los dueños de medios se hacen negocios para tenerlos de este lado o se los ataca. No fue para él una cuestión de principios, sino una cuestión de método.

Por eso, el kirchnerismo sólo recordó que quería con urgencia una nueva ley de medios audiovisuales cuando se agudizó la escalada contra el Grupo Clarín, ese al que en los primeros años de gobierno había considerado su aliado. Como sucedía con Kirchner, una ley que podría haber sido democrática y culturalmente interesante fue un arma en la riña cotidiana y eso le dio su sesgo a aspectos fundamentales, como la casi inevitable hegemonía del Poder Ejecutivo sobre los organismos de control y administración del sistema de medios. [...]

La última instancia

Esta fue la "forma Kirchner". Recurrió siempre a la última instancia.

Ese fue su territorio. Colocó sistemáticamente los conflictos en el punto en que un solo camino era transitable. Para ello debió dramatizar cada una de las circunstancias y presentar todos los temas como decisivos para la victoria final. No era suficiente decir que se consideraba justo que los agrarios perdieran algo de su renta para que estas riquezas fueran distribuidas, lo cual habría instalado la discusión en un tira y afloje propio de la política. ¿Quiénes deben perder más entre los agrarios? ¿Cómo diferenciar en su interior a fracciones muy diferentes? ¿Por qué eran ellos y no otros rentistas, como los financieros, mineros y petroleros, los que debían coparticipar sus ganancias? ¿Qué otros se beneficiaban de un lucro extraordinario? Las preguntas volvían al problema más complejo pero, al mismo tiempo, lo desdramatizaban, porque requería una discusión en detalle (y también afectar a capitalistas amigos del ex Presidente).

Kirchner optó por el camino directo, la puesta en escena dramática y el discurso de oposiciones netas apoyado en vagos paralelos de una historia tanto real como mitológica. Esta forma mentiskirchneriana se implantó sobre una concepción del presente: se gobierna siempre en estado de excepción.

martes, 26 de abril de 2011

De traición y violencia Reportaje a Sofi Oksanen autora de PURGA

Su novela “Purga” obtuvo el Premio a la Mejor Novela europea indagando en el pasado trágico de Estonia, doblemente invadida, Y arrasada sistemáticamente por la represión y la tiranía política.


La pregunta es cómo se hace para transformar el sufrimiento de los precursores bajo la represión, primero nazi, después soviética, en la trama y la forma de la novela europea más comentada de estos días que, en pocos meses, fue decretada “el fenómeno del año” por premios del Consejo Nórdico y organizaciones por la igualdad de género. “¿Cómo hacer? Si estuviéramos hablando de fotografía –responde la finlandesa Sofi Oksanen– te diría que las más famosas, las legendarias, son siempre las que describen individuos particulares. El individuo es el que produce la identificación y la empatía, es lo que hace a la ficción ficción y le da cara a las víctimas y aporta emoción a las cifras de muertos y todo tipo de víctimas”.

La historia reciente de Estonia se hace libro en dos mujeres, Aliide –la anciana– y Zara –veinteañera rusa–, que se vinculan desde las heridas todavía abiertas de la Estonia que mantiene la frontera con Rusia no ratificada, tierra arrasada, cuestionada en su hegemonía, heredera de identidades sometidas a la invasión extranjera: es el drama de los márgenes que irrumpe –y se lee y es premiado–en una Europa real desvalida que exorciza sus propias agitaciones (hablando de... y leyendo la novela que la simboliza).

En los diálogos de las dos mujeres, se comprometen la integridad, el honor, la lealtad y la culpa: qué estuvo dispuesta a hacer la más vieja para sobrevivr durante la ocupación soviética, por qué se hizo acreedora del odio de sus vecinos de la granja colectiva, de qué explotación está escapando la otra, mientras actualiza los miedos y los fantasmas de un pasado trágico que tarda en cerrarse.

La ficción permite convertir el dato numérico en sangre, en este caso, a través de la revelación de secretos y traiciones del ciudadano común bajo el yugo de la tiranía. “En Estonia –dice Oksanen– u otros países similares se sabe que la verdad oficial nunca es la verdad, entonces hay que recurrir a la memoria oral, a lo que te cuentan, por ejemplo en el caso de Estonia: las deportaciones, que oficialmente nunca existieron, y sin embargo es lo que hicieron. Y es lo que cuenta la gente acordándose de los viejos tiempos”.

Durante la investigación para Purga , Sofi Oksanen apeló a la memoria de sus familiares “un poco lejanos”, y rehabilitó las mismas historias que venía escuchando desde niña. Exploró con especial avidez las revistas femeninas de la primera invasión soviética y la primera independencia (cuando el país se declaró independiente antes de que volviera a ser ocupado por los soviéticos): allí encontró el espíritu de época, la idiosincrasia de la mujer estándar: de puertas adentro y bajo amenaza. Así reconstruyó el espíritu del koljós, la granja colectiva donde todo era de todos, incluso el sufrimiento y la vergüenza. Así rearmó la vida cotidiana y la alienación en la Estonia de los años veinte y treinta, hasta llegar a la ocupación nazi y a la segunda ocupación soviética y a la segunda independencia.

E l detalle es lo que le permite transportar la trama al aquí y ahora de los hechos narrados, lo que convierte a su novela en intensamente vívida: “La cantidad de moscas, por ejemplo, es impresionante en Estonia”.

“Habiendo vivido en Finlandia prácticamente no conocí las moscas, y sin embargo en Estonia y en la Unión Soviética estaban por todas partes. Esas imágenes me dejaron impresionada”. Después, esa memoria sensitiva, esos fogonazos de repulsión, de asco, se trasladan a su personaje, a quien describe de este modo: Aliide Truu miraba fijamente a la mosca y ésta le devolvía la mirada. Aquellos ojos globulosos le provocaban náuseas. Era una moscarda excepcionalmente grande, ruidosa, ansiosa por poner los huevos. Mientras aguardaba colarse en la cocina, se frotaba las alas y las patas sobre la cortina, como preparándose para comer. Buscaba carne, sólo carne. Las mermeladas y el resto de conservas estaban a salvo, pero la carne no. La mosca esperaba...

Narración obsesiva de “olores de las naciones soviéticas, donde la higiene no está nada clara, donde los productos de limpieza eran inutilizables, y eso significa que la gente no tenía higiene, la limpieza no valía, por lo tanto esos olores que sentía cada vez que iba ahí comparado con Finlandia que es de limpieza clínica, prácticamente, eran una diferencia aterradora”.

Así se manifiesta Estonia, en Purga : El miedo, el control, los métodos de chantaje, la delación de personas, familias destrozadas por ese secretismo y todo ese control y chantaje que producen total falta de confianza entre personas y una falta de confianza a la autoridad, porque ya no sabes si puedes confiar en esa autoridad.

Usted retrata a mujeres que son al mismo tiempo víctimas y cómplices del régimen despótico; personajes ambiguos que retratan la complejidad de la supervivencia bajo un sistema autoritario.

Aliide (la mujer vieja) es el resultado en el largo plazo de una violencia sexual que ha sufrido en su momento, y que ha afectado todos los aspectos de su vida, así como todas las decisiones que toma posteriormente, siempre afectadas por ese suceso.

¿Por qué hizo que la violencia sexual ocupase un rol preponderante entre los recursos de la violencia política que se despliega en “Purga”? La violencia sexual siempre ha sido un arma, siempre ha sido un método de guerra. Es eficaz, barata, rápida, no necesita asesoramiento técnico y –dependiendo obviamente de cada caso– enturbia las relaciones en una comunidad. Esta violencia es utilizada para someter y para humillar, no sólo a la mujer, sino a su marido, a su familia, a la sociedad completa. Violando a las mujeres se humilla a todo un país... Y nacen niños que quedan en manos del poder, del ocupante. En realidad, el crimen sexual es un símbolo de la violación de una tierra, del país entero.

Producen vergüenza; nadie quiere relatar con detalles exactamente lo que le ha pasado. Las personas deportadas a Siberia perdían toda su intimidad, no existía ningún tipo de intimidad, lo primero que hacían cuando llegaban a los campos de concentración era desnudarlas y ponerlas en fila. Y ha habido casos de mujeres que han dibujado, no han contado. Una de las cosas que han dibujado es una fila de mujeres desnudas con soldados burlándose de ellas.

¿Cómo se diferencia la influencia nazi de la soviética durante las distintas etapas de la historia trágica de Estonia? Estonia es una sociedad rota, ya estaba destrozada de alguna forma con la muerte de Stalin. Ya habían roto el pueblo, casi no había hombres, estaban todos muertos o trabajando obligatoriamente en algún sitio. Todas esas personas que durante la breve primera independencia habían sido de clase media, clase alta, los policías, los que habían permanecido en el ejército estaban todos eliminados. Entonces no era difícil causarles miedo, con cualquier cosa: ya estaba rota la sociedad. La forma de dar miedo fue siempre la misma, los objetivos eran los mismos para los soviéticos y los nazis: eliminar a una parte de la sociedad. El motivo era distinto: los nazis lo hacían por pureza de raza, por pureza étnica, y los soviéticos lo hacían por pureza de clase. Ellos pretendían, eliminando a cierto grupo, a cierta parte de la sociedad, o utilizando lavado de cerebros propagandístico, crear lo que llamaban “El homo sovieticus”, una nueva persona completamente diferente. Los métodos eran los mismos, el miedo era el mismo, los motivos eran los mismos.

¿En qué medida los miedos siguen instalados? Hay un refrán que utilizan los estonios, siempre que pueden: “Pero nunca se sabe”. Nunca se sabe lo que puede pasar. Es su realidad, su situación geopolítica: es una realidad que tienen como vecinos a Rusia y no es una cosa que se pueda evitar, y Rusia está viviendo una rehabilitación de su historia política: Stalin vuelve a ser considerado un héroe. Históricamente, Rusia siempre ha considerado a Estonia parte de su región, es como el patio trasero de su casa, que le pertenece por los derechos históricos que ellos mismos se han otorgado. Estonia sola no puede hacer nada y por eso necesita de una asociación con Occidente.

Inevitable asociación con la historia de los países latinoamericanos, monitoreados, interferidos, violentados en su autodeterminación y su autonomía. La periferia del mundo uniforma países decididos por la política exterior de sus vecinos y las potencias. ¿Es Sofi Oksanen optimista con respecto al futuro de esas naciones o cree que la dependencia y la incidencia exterior terminaron de bloquear los desarrollos particulares de los países de los márgenes del mundo? La situación geopolítica es una variable que no se puede cambiar –asume–. Se sigue teniendo a los vecinos, aunque no se los quiera. En Finlandia pasa lo mismo: es el país que vigila la frontera de la Unión Europea con Rusia y es una frontera muy larga la que tiene Finlandia con Rusia, aunque no sea muy probable que los rusos vayan a atacar a Finlandia. Los estonios ven a la guerra de Afganistán como totalmente necesaria, y ya han participado en las tropas de otra nación, han participado en la guerra de Afganistán, porque sienten como necesario que se luche por la libertad de un país.

Estonia es un país muy pequeño, no tiene prácticamente recursos propios. “Económicamente no está muy fuerte, es obvio que puede pasar cualquier cosa”, advierte Oksanen.

¿Cómo se define la sensibilidad de un escritor de los márgenes del mundo, a diferencia de un escritor de los países centrales, cómo mira, cómo se singulariza esta mirada, qué rasgos propios asume? Todos los escritores, independientemente de su situación geográfica, de alguna forma siempre están afuera, son outsiders , son los que observan de afuera hacia adentro lo que está pasando adentro, esté donde esté ese adentro. Y es bueno para el propio escritor reconocer esta distancia.

¿Cómo hizo, estando tan implicada biográficamente con la realidad de Estonia, para establecer esa distancia? Una de las formas fue escribiendo sobre Estonia pero en finlandés. Hay muchos lectores estonios que saben quién soy y que me han escrito diciendo que prefieren leer mis libros escritos en finlandés, precisamente para restituir esa pequeña distancia con las situaciones narradas.

Algunas preguntas finales sobre su dinámica de escritura, ¿cómo son sus rutinas, sus rituales, sus hábitos y la planificación que aplica a la preparación de un proyecto futuro? Ahora, después de haber publicado esta obra, no he tenido ocasión ni tiempo de establecer otra rutina, de organizarme...

Cuando estaba escribiendo este libro tampoco podía establecer una especie de tiempo dedicado. Antes tenía los estudios, hoy tengo que dar entrevistas. Todas esas cosas de las que hay que ocuparse, toman mi tiempo durante el día, y entonces para tener que escribir tengo que robar el tiempo a las noches.Realmente lo único que necesito para escribir es café y tabaco; no escucho música cuando escribo, por lo tanto el silencio es relativamente importante, pero no total y hermético. No quiero personas en la misma habitación pero sí pueden estar en la de al lado, no necesito un silencio total. Y si un día no estoy inspirada, lo que hago es ponerme en situación de escritura y empiezan a salir cosas sin darme demasiada cuenta. No soy una persona que planifique mucho lo que va a escribir, no lo pienso. Simplemente, ocurre más allá de mi voluntad. Cuando no estoy en situación, cuando mis dedos no están en el teclado, no me paso el tiempo pensando, planificando. Sí es posible que se me ocurra algo relacionado con un tema sobre el que quiero escribir, y entonces tomo una nota esporádica para introducirla cuando me decida a hacerlo.

Pensando en ese proyecto futuro, ¿cómo descubre y hace recurrente ese interés inicial sobre un tema que le va a consumir esfuerzo y tiempo durante meses? Y, en medio de este éxito de “Purga”, ¿siente la presión de encarar un nuevo proyecto a la escala de los premios y las ventas obtenidos por el libro anterior? En realidad, no siento la presión del éxito para mi próxima producción; lo que siento es la necesidad de tiempo. ¿De dónde me vienen las ideas? Normalmente, son cosas que me irritan. Primero quise, en Las vacas de Stalin –su primera novela, en español publicada por 451 Ediciones– , abordar el tema de los desórdenes de comida desde el punto de vista sociológico, con más amplitud. Después, me volqué al tema de la violencia sexual porque pienso que debería estar mejor tratado a nivel internacional, que habría que hacer algo más contundente.

¿Hoy qué la irrita? Hay muchos temas que me irritan hoy en día, por ejemplo, los crímenes contra la humanidad, la agresión a la libertad de expresión. Y la pereza del lector, que, si no se lo toca personalmente, si no se trata de su interés inmediato, tarda o se niega a interesarse en cosas sobre las que podría hacerse algo.

domingo, 24 de abril de 2011

Metamorfosis perpetua

La última novela de Rodolfo Rabanal narra la historia de un hombre que se dedica a espiar y que sólo puede encontrarse en la sombra ajena

La vida privada
Por Rodolfo Rabanal
Seix Barral
190 páginas

Hay una tirantez manifiesta, siempre, en los relatos escritos en primera persona, entre lo que el narrador muestra y lo que elige esconder, o entre lo que conoce y lo que ni siquiera sospecha de sí mismo, o bien entre lo que ha sido hasta ahora y aquello en lo que se está convirtiendo. Esa disputa se desarrolla, en verdad, entre lo que el escritor quiere darnos como alimento y lo que irá revelando progresivamente a medida que la trama se desanude. Se trata de un trabajo de artesano o de alquimista. La fragilidad de los elementos que se manipulan es extrema, porque de ese equilibrio depende que un texto conserve su misterio. ¿Pero qué ocurre cuando esa interioridad se hace visible mediante un filtro; es decir, cuando arribamos a ella de manera indirecta? Sin duda aparece una oportunidad: esa lente opresiva sobre el personaje se acercará y alejará y saldrá cuantas veces quiera, o mejor dicho cuando al autor le convenga. La contracara es, claro, la posibilidad de que en el camino se pierda una buena dosis de intimidad y, con ella, la identificación del lector, que para la mayoría de los relatos es su combustible primordial.

Nada de esto último sucede en La vida privada , la más reciente novela de Rodolfo Rabanal, y uno de sus aciertos mayores es, justamente, el modo en que su autor trabaja con la empatía sin renunciar, en esa búsqueda, a cierto grado de distanciamiento. Podría decirse que, más que un narrador situado en el hombro del personaje, en este caso es más bien un narrador-espejo: el protagonista habla, piensa, actúa, y el narrador sólo se cruza de vereda -pero lo hace todo el tiempo- para poner en caja su accionar, sus meditaciones, su lógica. En otros términos: para darle otro alcance, y acaso para cuestionarlo en silencio.

No obstante, ese distanciamiento perdería sentido si no hiciese pie en algún punto vulnerable. Aquí lo hay, y es todo: el protagonista es un hombre maduro, solitario, cuya ocupación privilegiada es observar, o para ser más precisos, espiar. Lo hace desde la terraza de su departamento, situado en un edificio de Monserrat que por las noches queda casi vacío. Se halla en una instancia clave de su vida, pese a esa especie de clasificación arbitraria a que reduce la mayor parte de las pasiones que circulan a su alrededor. No por nada se dirá ("con desprecio", apunta el narrador) que al día siguiente acaso se convierta en un viejo.

Antes de eso, un suceso lo arrancará de la peligrosa modorra cotidiana: el romance con una vecina francesa, al comienzo inalcanzable, luego una promesa furiosa de futuro. En paralelo, el pasado retornará a su vida para adquirir otra relevancia, y al mismo tiempo para ayudar a rescatarlo de una fugacidad que provoca que lo real, con frecuencia, se desvanezca.

Aun con la perspectiva un tanto artificial que le imprime a su punto de vista (en la novela el protagonista es, apenas, "el que percibe"), Rabanal logra conmover a partir de los vaivenes, las dudas, las idas y vueltas de un personaje que vive una metamorfosis constante, esquizofrénica. Como si sólo lograra encontrarse a sí mismo, para bien y para mal, en la sombra de los otros.

José María Brindisi

jueves, 21 de abril de 2011

David Byrne - Diarios de bicicleta

David Byrne - Diarios de bicicleta


Desde hace treinta años, David Byrne se mueve por Nueva York en su bicicleta. Y cuando viaja por el mundo para dar un concierto, grabar un disco o montar una instalación, añade a su equipaje una bicicleta portátil. Y siempre procura tener tiempo para perderse pedaleando por las callejuelas de cada ciudad.

Sus Diarios de bicicleta son postales urbanas llenas de color y música. Notas sueltas sobre barrios, edificios, galerías, bares, calles, monumentos, prostíbulos, puentes, casas, parques, además de bocetos ágiles de los habitantes de es¬tos rincones. Denver desolado; Berlín escondiendo la sordidez en su fanatismo de orden; suburbios que veneran el shopping, arquitecturas desalmadas; manantiales de creatividad. El artista medita sobre la censura, la memoria, los estereotipos, la violencia. Apuntes sobre el arte y la música de cada vecindario visitado. Las estampas que dibuja son también un discreto alegato a favor de la ciudad. Byrne sabe bien que el cemento, el vidrio y la piedra (para invocar otra canción suya) nos esculpen. Las calles, los barrios, los árboles en las veredas, las glorietas nos dan forma. Byrne disfruta de los numerosos sabores de lo urbano: el anonimato que permiten las grandes concentraciones y la intimidad de ciertos barrios. El trazo caminable y cierto desorden excitante, incluso el peligro que acelera la sangre. Ciudades vivas, sensibles, en movimiento. Observar una ciudad, involucrarse en ella es uno de los grandes gozos de la vida. Es parte, dice Byrne, de lo que significa ser humano.

El líder de Talking Heads es también director de cine ocasional, artista multimedia, escritor y fotógrafo, destacado promotor del ciclismo urbano, cosa que queda de manifiesto en este libro, un conjunto de crónicas donde plasma su personal visión de una serie de ciudades vividas al particular ritmo de la bicicleta. Byrne vive en Nueva York, y recientemente ha añadido nuevas rutas en sus paseos por la Gran Manzana.

Alejado de las guías turísticas convencionales, Byrne es un viajero empedernido que un buen día descubrió que podía conocer el lado B de las ciudades con la ayuda de una bicicleta plegable, elemento que hoy lo acompaña en todas sus giras y que ha permitido que salga a la luz un conjunto de observaciones tremendamente lúcidas sobre la vida urbana de sitios tan disímiles como Estambul, Buenos Aires, Manila o Los Ángeles.


LEER PRIMER CAPITULO

http://www.rollingstone.com.ar/libros/pdf/Byrne.pdf


lunes, 11 de abril de 2011

La voz de la conciencia social

Escándalos éticos, el nuevo libro del argentino Bernardo Kliksberg, reflexiona sobre los grandes problemas de nuestro tiempo. Aquí presentamos un capítulo titulado Comer en familia

Es importante comer en familia? Los nuevos estudios sobre el tema amplían lo que ya se sabía y mencionamos anteriormente. Según Kendrick (2010), un terapista de familia, "es la mejor vitamina diaria que los padres pueden dar a los hijos". Implica interactuar en el marco de las comidas familiares, recibir preguntas sobre qué han hecho en la escuela ese día, quiénes son sus amigos, qué tal el maestro, o hacerlas sobre en qué están trabajando sus padres. Enterarse en las conversaciones de dónde vino la familia, de dónde llegaron los abuelos, qué hacen los tíos y primos. Escuchar en ellas comentarios sobre las noticias del día. Y junto a ello intervenir en un plano de igualdad, sin temores, ni vergüenzas, ni inhibiciones. Ser alentado a hacerlo, y estimulado naturalmente. Todo ello sumado es mucho. Mejora la autoimagen, fortalece la autoestima, desarrolla el pensamiento crítico-creativo, moviliza la capacidad de participar, construye una identidad sana. Es un instrumento poderoso en el corto y el mediano plazo. Es una vía maestra para desarrollar la famosa y tan imprescindible inteligencia emocional.

Los estudios indican que practicar esta costumbre en forma sistemática, y sin teléfonos, blackberries, ni TV encendidos, está asociado después con conductas como evitar el embarazo adolescente, más altos puntajes en la escuela, menos desórdenes de comida en jóvenes.

Los niños en general mejoran su sensación general de felicidad. Pero las consecuencias no son sólo positivas para ellos. Un estudio de Barilla sobre 2000 adultos americanos encontró que los que comen con sus hijos regularmente, tienen un nivel de satisfacción de la vida más alto.

Comer en familia es una de las expresiones de la vida familiar. Hay muchas otras, de enorme contenido espiritual, afectivo, y educativo.

Por ello, a pesar de las ideologías antifamilia que circulan con frecuencia, y de los esfuerzos que implica formar, establecer y llevar adelante una familia, ella sigue siendo una institución de total vigencia. Una reciente investigación en Estados Unidos, muestra que el matrimonio es parte de la vida de la gran mayoría de los americanos. Tomando los de 40 años, se comprueba que el 81% se ha casado por lo menos una vez. También las cifras indican que si bien hay un modesto descenso histórico en los últimos 30 años, también lo hay en las cifras de divorcio.

La familia está en pie, pero sus posibilidades de tener y criar hijos y desarrollarse en economías tan turbulentas e individualistas están muy ligadas a que la sociedad lleve adelante políticas públicas protectoras. Un ejemplo interesante es el francés. Las familias francesas tienen dos bebés promedio frente a sólo 1,5 en la Unión Europea en su conjunto. El país invierte desde hace años en la familia. En 2009, gastó el 5,1% de su producto bruto, 135.000 millones de dólares en familia, cuidado de niños, y beneficios de maternidad. Entre ellos junto a las licencias posparto de cuatro meses, paga generosas ayudas familiares, deducciones fiscales por niño, descuentos para familias grandes en los trenes, hogares de cuidado gratuitos de buena calidad para los niños de 3 a 5 años a los que está asistiendo el 99% de ellos, y hasta tratamientos integrales de rehabilitación fiscal para el periodo posparto.

En América Latina, la familia tiene fuertes raíces culturales, y es valorizada por los jóvenes en las encuestas como la institución en que más creen, pero muchas familias se destruyen bajo los impactos de la pobreza, o crece la tasa de renuencia a formarlas por las incertidumbres económicas severas, el déficit de vivienda, y la falta de apoyos públicos.

Con algunos avances, falta mucho para que la política pública garantice a todos, con apoyo de la sociedad, que establecer una familia es un derecho real, y no sólo retórico.

SOBRE EL AUTOR

Nacido en la Argentina y reconocido en todo el mundo, Bernardo Kliksberg es considerado un pionero de la ética para el desarrollo, el capital social y la responsabilidad social empresaria. Asesor de más de 30 países y condecorado, entre otros, por el gobierno de España en 2009, Kliksberg es llamado el padre de la gerencia social y fue autor de los best sellers Más ética, más desarrollo y Primero la gente.