sábado, 4 de enero de 2014

14 libros para que traigan a los Reyes Magos

Aunque los chicos suelen pedirles juguetes, nunca está demás ofrecerles un buen libro, que les brinde diversión y aprendizaje. Aquí, las últimas novedades editoriales que los sorprenderán el próximo 6 de enero. 

Vuelta al mundo en 80 días Julio Verne Una luna $ 100

ESPECIAL PARA CLARÍN - 03/01/14 - 16:06
Sam Taplin
Usborne
$ 175
Páginas ilustradas e interactivas explican detalladamente una gran variedad de ilusiones ópticas y trucos lumínicos. Invita a los jóvenes lectores a participar del contenido, dibujando, coloreando y colocando calcomanías. Un libro para leer y hacer.

¡Diez animales con los que jamás querrías encontrarte!
Fiona Macdonald
Iamiqué
$77
Los animales más peligrosos de la Naturaleza, descriptos con precisión. Con humor y fichas técnicas que incluyen tamaño, peso, dieta, hábitat y sus métodos para matar. Con anécdotas, sus actuaciones en la Historia y curiosidades varias. Viene con códigos QR para los chicos investiguen.

Daniela Iride Murgia
Fondo de Cultura Económica
$ 93
Se trata de una recreación poética y pictórica de la biografía del célebre artista surrealista. Un álbum ilustrado que, con una estética particular, invita a viajar por los sueños, tiempos lejanos y paisajes imaginarios. Para todas las edades.

Animales silvestres
Rony Oren
Atlántida
$85
El colorido libro aporta ejemplos y fórmulas sencillas para componer animales con plastilina. El autor es especialista en ilustración y animación de películas. Para poner las manos en la masa y crear figuras con chicos de todas las edades.

Laura Devetach
Ilustraciones de OKif
Sudamericana
$ 69
El conocido poemario para los más chicos, ahora reeditado con dibujos que rebalsan humor y color, en un formato amigable. Helicópteros, cenicientas, elefantes, soles que meten en el agua, mosquitos que se afilan los piquitos y otros disparates salen de una caja.

Flicts.
Ziraldo.
Continente
$ 42
Un clásico que no perdió frescura. Flicts era un color raro y triste. No tenía la fuerza del rojo ni la luminosidad del amarillo. Ninguna bandera lo admitía. Finalmente Flicts sorprende a los lectores.

Catapulta
$ 209
Un libro con formato de caja y mucho material didáctico. Viene con una guía interactiva de mecanismos. Para que los chicos construyan sus propios prototipos mientras aprenden cómo se arma una bicicleta u otros mecanismos de poleas.

Terror en diablo perdido
Horacio Convertini
Sigmar
$ 44
Raúl debe viajar a Diablo Perdido un remoto pueblo en la llanura pero le advierten acerca de la aparición de una niña- zombi. Un policial con elementos sobrenaturales y leyendas gauchescas. Una novela de suspenso para chicos lectores.

Neil Gaiman
$129
Roca
Una novela juvenil del reconocido autor de Coraline. El autor invita al lector a un mundo de magia y supervivencia donde la imaginación tiene un poder enorme. Con reflexiones acerca de la infancia, los miedos y los monstruos.

Catapulta
$ 179
Aprender a dibujar superhéroes y villanos es una buena excusa para conocer la anatomía humana y plasmarla con un lápiz. Un libro interactivo para chicos y jóvenes, con técnicas clásicas e infalibles para crear personajes fantásticos y diseñar historietas.

Pablo Bernasconi
Sudamericana
$89
Un libro de tapa dura, con 24 cuentos fantásticos, personajes divertidos y paisajes exageradamente ilustrados. Graciosas ocurrencias del consagrado diseñador e ilustrador argentino. Para estimular la creatividad y la imaginación de chicos de todas las edades.

Vuelta al mundo en 80 días
Julio Verne
Una luna
$ 100
La obra es una novela extensa, recién editada en tapa dura. Las aventuras de un caballero inglés que decide salir de Londres y recorrer el mundo. Un clásico en una versión adaptada e ilustrada, para chicos grandes y adolescentes

Piratas- Libro de actividades
Usborne
$ 138
Un libro interactivo con escenas para completar y colorear, con información acerca del mundo pirata. Aquí, los chicos curiosos pueden aprender quién es quién dentro del barco. El texto también describe sus costumbres, cuchillos, embarcaciones y banderas.

Kerstin Gier
Montena
$149
Una saga de romance y aventura para jóvenes lectores. Los personajes son viajeros del tiempo que cruzan las fronteras de los siglos en búsqueda del verdadero amor. Esmeralda es la tercera entrega.

viernes, 3 de enero de 2014

Leonardo Padura: “No hay historia cubana sin Fidel”



Periodismo y literatura. El escritor cubano vuelve sobre sus textos de no ficción escritos en los 80. Allí se leen los trazos invisibles de la identidad nacional.

Desde la isla llega la voz de un hombre que es ícono de la cubanidad, y en particular, de la literatura y el periodismo de su país. Leonardo Padura acaba de publicar en la Argentina El viaje más largo (Capital intelectual y Futuro anterior) donde compila sus crónicas publicadas en el periódico Juventud Rebelde. Durante los años 80 el periódico dio lugar al vuelo poético de retratos y relatos que componían una serie de notas distintas para esos tiempos. Hoy Padura es un reconocido escritor que también tiene espacio para filmar. Acaba de finalizar el rodaje de una película que tiene como título Regreso a Itaka , una interpretación del exilio. Y en poco tiempo retomará el camino de la ficción escrita. Aquí habla el Padura periodista.
–¿Qué distancia existe entre el Padura de ficción y el que escribió estas crónicas en el diario Juventud Rebelde?
–Creo que el haber hecho este tipo de periodismo donde utilizo elementos, recursos, estrategias de la ficción para contar historias reales fue fundamental en mi desarrollo como escritor, en el uso de un lenguaje de experimentación, y el enriquecimiento del lenguaje literario. Tanto que entre mi primera novela, –que escribí antes de ingresar al periódico–Fiebre de caballos , y otra que escribí al salir del periódico, Pasado perfecto , se ve el salto de un escritor aprendiz a otro con recursos profesionales. Y eso se lo debo a esa etapa.
–¿Cómo fueron recibidos en los años 80 esos artículos? ¿Qué decían los lectores de Juventud Rebelde?
–Fue increíble. Tuvieron tanta repercusión que todavía hoy se me acercan y me dicen “Padura, cómo me gustaban aquellos trabajos que tú escribías en el periódico” y hace de eso más de 25 años en algunos casos. Fui conocido primero en Cuba como periodista antes que como escritor y durante muchos años seguí siendo el periodista que escribía estos largos reportajes para Juventud Rebelde. Fue una relación muy cercana con los lectores porque la gente estaba aburrida de un periodismo muy didáctico, político, ideológico y yo les estaba ofreciendo historias en las cuales se hablaba de personajes, lugares, la historia que todo el mundo conocía, pero desconocían cómo se habían desarrollado. Y fue una relación muy estrecha la que se estableció con los lectores.
–Finalizado ese ciclo, ese tipo de artículos ¿abrió el camino para que otros periodistas retomaran ese género?
–Lamentablemente no. Yo termino en el periódico a fines de los 80, cuando empieza la crisis económica en Cuba y prácticamente desaparecen los periódicos en el país. Juventud Rebelde pasó a ser un periódico semanal y no había espacio para estos reportajes. Además el ánimo de las cubanos no estaba para estos textos, fue una época en la que se luchaba por la supervivencia, por no morirte de hambre. Fue realmente terrible. Y después que pasó esa época tan dura, nunca el periodismo cubano volvió a ese camino y ha seguido siendo un periodismo más propagandístico y utilitario que literario y educativo.
–¿Cuándo fue la primera vez que oíste hablar de Rodolfo Walsh?
–Estando en la universidad leí Operación Masacre , se había hecho una o dos ediciones en Cuba, pero una de ellas fue muy masiva, era una colección de libros muy económicos que se llamaba Ediciones Huracán. Lamentablemente el papel con el que se hizo era tan barato que los libros de esa edición son ilegibles, pero deben haber circulado fácilmente 50, 60 mil ejemplares. Fue un libro que me marcó, porque pensé en algún momento que si alguna vez escribía periodismo iba a escribir un periodismo como el de Walsh; y que si alguna vez escribía novela también me hubiera gustado escribir algo como Operación... que parecía una novela.
–En tus textos hay fondo y figura, los protagonistas y los lugares donde desarrollan las historias lo cual le da una tensión y un interés que en otros textos no encontramos. ¿Cómo ves el panorama periodístico en ese sentido?
–Ese periodismo que yo pude hacer en los años 80 y que tres o cuatro periodistas cubanos practicaron en aquellos años de manera más notable, es un periodismo que es prácticamente imposible de hacer hoy. Recuerda que estamos hablando de una época en la que todavía los periódicos se hacían con recursos que venían desde el siglo XIX, la forma de componer los textos, los linotipos, las líneas de plomo, y ha habido una revolución tecnológica con la era digital, Internet, que cambió por completo la forma de hacer periodismo, de entender el periodismo, de concebir la noticia. Cada vez hay menos revistas, o son cada vez más superficiales, ya no hay esas grandes revistas periodísticas o quedan muy pocas de esas que existieron hasta los años 80 o 90. Los periódicos cada vez tienen menos páginas y luchan contra la rapidez de otros medios. Cuando escribo mis columnas para la agencia de prensa IPS en Roma no puedo excederme de las 50 líneas. Eso impide que el contexto esté presente en el texto periodístico, tanto que muchas veces tengo que buscar alternativas para poder explicar situaciones que fuera de Cuba no se entienden y que sin ese entendimiento lo que yo estoy explicando no tiene sentido. Yo añoro ese periodismo con historias contadas en la plenitud de sus posibilidades. Pero son cada vez menos los espacios y cada vez menos los lectores que tiene ese periodismo.
–¿Qué pasa con los lectores?
–Hay un lector nacido en la era digital, que ya es un lector importante, la generación que tiene entre 20 y 25 años, que se acostumbró a ese texto breve y estamos los lectores nostálgicos de mi generación, los que tenemos más de 40, 50 años, que crecimos con un periodismo mucho más analítico, más de fondo y añoramos esa lectura. Sin embargo, curiosamente ocurre esos lectores que quieren un periodismo muy sintético leen con mucha tranquilidad una novela de Harry Potter de 600 páginas y no resisten leer un reportaje largo. Sin embargo, en mi época, El Extranjero de Camus, que tenía apenas 100 páginas, era una novela de la cual creamos un culto literario; y al mismo tiempo también disfrutábamos de un reportaje de 15, 20 páginas en una revista...
–En el libro hay un texto sobre el ron Bacardi... ¿hablar de Bacardí es hablar de Cuba?
–En estos momentos la situación es completamente diferente. Bacardí ya no se fabrica en Cuba. Con esa tecnología se hacen rones que tienen otro nombre, el ron Santiago o una de las producciones de la línea Habana Club que se fabrica en Santiago de Cuba donde estaba la antigua fábrica Bacardí. Es difícil identificar hoy a Bacardí con Cuba pero durante casi un siglo fue una relación muy elemental el ron cubano por excelencia era el Bacardí, tanto que se creó una bebida internacional que todavía hoy se toma que es la mezcla del ron con el refresco de cola que se llama Cuba Libre, que se ha mitificado su origen y que identifica un poco lo que es Cuba. El Bacardi que hoy se bebe en el mundo no es de la misma calidad que el que se hacía en Cuba. Cuando en gastronomía elevas mucho la producción pues pierdes calidad.
–Teniendo en cuenta el subtítulo de tu libro: “Buscando una cubanía extraviada”, ¿qué imágenes constituyen la identidad cubana hoy?
–Cuba es un país que tuvo la fortuna de crear señas de identidad que muy pronto fueron reconocidas como símbolos de lo que era Cuba. La más importante es la música cubana, creo que es un elemento que desde el siglo XIX comenzó a recorrer el mundo y todavía hoy tiene esa presencia tremenda en el mundo, algo parecido al tango. Hablas de tango y estás hablando del Río de la Plata, hablas de son, de rumba y estás hablando de Cuba. La geografía cubana, el habano, el tabaco cubano, y el propio ron cubano siguen siendo marcas de identidad. Por supuesto indiscutiblemente se suma la Revolución Cubana. En América Latina tiene una presencia muy importante y el pensamiento y la iconografía guevarista, aunque tiene su origen en la Argentina, tiene su expresión en lo que significó el Che para Cuba, donde hizo su obra, la obra que lo convirtió en el Che. Tener una bailarina y una compañía como la de Alicia Alonso es un lujo; el Canon Occidental de Harold Bloom incluye entre 30 escritores de lengua española a cinco cubanos. Siempre digo que Cuba es un país más grande que la isla. La isla siempre nos ha quedado chiquita y por eso nos acusan de ser “los argentinos del Caribe”.
–¿Y a qué viene esa expresión?
–Nosotros tenemos la tendencia a magnificar, no sólo a creernos que somos diferentes, sino a tratar de demostrarlo filosóficamente y entonces en ese sentido un poco egocéntrico, creo que argentinos y cubanos nos damos la mano. Somos más pretenciosos que nuestros vecinos.
–Y en la lista de los íconos, ¿también está Fidel Castro?
–Fidel es una persona política que llena un espacio importante en el siglo XX, especialmente en América Latina, marcó la vida cubana durante 50 años y no se puede escribir la historia de América Latina y de Cuba sin la figura de Fidel; para bien o para mal. Desde el punto de vista que tú lo quieras analizar, tu perspectiva ideológica, tienes que contar con la figura de Fidel.
–Y a pesar de estar hoy en un segundo plano...
–Creo que la importancia política de Fidel se ha ido apagando y sobre todo en la medida en que se han ido introduciendo cambios en la sociedad cubana, esa importancia de Fidel ha ido disminuyendo, incluso el gobierno del propio Raúl Castro ha ido desmontando muchas de las estructuras que durante años Fidel creó para gobernar. Cuba no ha cambiado todo lo que debería haber cambiado en estos últimos seis años, pero ha cambiado muchísimo. Creo que estos cambios aunque lentos y fundamentalmente económicos y no políticos, han sido para bien y van a traer otros cambios, porque cuando empiezas a mover la estructura económica inmediatamente mueves la estructura social; y cuando mueves la estructura social al final mueves la estructura política.
–Obama y Raúl Castro se saludaron en el funeral de Mandela. ¿Qué te pareció esa actitud, cómo se vio en Cuba?
–Lo considero simplemente un gesto de cortesía entre dos personas, que actuaron como deben actuar los seres civilizados en un contexto tan especial como era el homenaje final que se le rendía a un hombre que había sido el gran maestro de la tolerancia y de las vías pacíficas, para conseguir objetivos políticos. Ojalá pudiera ser el principio de muchas cosas que se han especulado, de posibles acercamientos entre Cuba y EE.UU. Pienso que una de las pesadillas más terribles que hemos vivido en Cuba en estos años ha sido el diferendo con los EE.UU., la existencia del bloqueo, que es real y cómo ese embargo, ha servido a los intereses políticos de uno y el otro lado del estrecho de la Florida y cómo ha perjudicado sobre todo a los cubanos normales que vivimos del lado de acá o del lado de allá del estrecho.
–¿Qué continuidad hay entre el joven Padura y el actual desde los ideales políticos y culturales?
–Hoy soy muchísimo más escéptico, que tengo mucha menos fe en determinados proyectos colectivos, porque es lo que me ha enseñado la experiencia de estos años. Sigo pensando que muchas veces el objetivo de los políticos no es hacer el servicio público, sino tener una cuota de poder y todas esas experiencias me hacen ser bastante pesimista. De todos modos trato de buscar los lados buenos de los proyectos sociales, políticos, que existen. Con la muerte de Mandela creo que todos hemos pensado un poco en lo que puede ser un político realmente entregado a una causa, alguien que cumplió su misión y después salió de la escena política activa de una manera absolutamente en claro. Un ejemplo para muchos otros políticos sobre todo aquí en América Latina donde los políticos son tan adictos al poder.

La vida oculta del inspector Wallander

En el último libro sobre los casos de Kurt Wallander, Huesos en el jardín, que Tusquets acaba de publicar, Henning Mankell, a modo de circunstancial despedida de su célebre inspector, agregó un posfacio que hará las delicias de los seguidores del detective sueco. En él no sólo explica su relación con el personaje, sino que cuenta cuáles fueron los motivos que lo impulsaron a crearlo, cómo fue modelando su personalidad y por qué, al cabo de doce libros, decidió decirle adiós.

Cuenta Mankell que en 1990, cuando volvió a Suecia después de una prolongada estadía en África, descubrió que en su país el racismo había aumentado de manera alarmante. Como quería escribir sobre ese problema y consideraba que se trataba sobre todo de un crimen, decidió que necesitaría dar vida a un investigador que fuera policía. Tomó de la guía telefónica el primer nombre que encontró (Kurt) y lo complementó con un apellido que sonara bien. Le dio a la criatura su propio año de nacimiento (1948) y así echó al mundo al inspector Kurt Wallander.

El racismo y sus consecuencias brutales fueron el tema de la primera novela de la serie, Asesinos sin rostro. Acaso sea un gesto de coquetería, acaso sea verdad (Andrea Camilleri dice lo mismo de su pintoresco comisario Salvo Montalbano), lo cierto es que Mankell afirma que no pensaba seguir escribiendo novelas protagonizadas por Wallander, pero el libro y el personaje tuvieron tanto éxito que el escritor se preguntó si no había creado "un instrumento con el que podía continuar interpretando música". En entregas sucesivas envolvió al detective en diversas intrigas internacionales, signadas por los problemas políticos y sociales de la época (la caída del comunismo, la persistencia del apartheid, el tráfico de órganos). Con el tiempo, Wallander se fue convirtiendo en un álter ego tanto de su autor como del hombre común que era su lector promedio. Así, Mankell lo hizo contraer diabetes; y cuando los fans lo paran por la calle o le escriben cartas para conocer la vida privada de Wallander, el escritor responde, por ejemplo, que no cree que el comisario sea un gran lector, excepto por las novelas y ensayos históricos, y por los libros de Sherlock Holmes. Y está seguro de que en la votación en que los ciudadanos de Suecia debían decidir si querían pertenecer o no a Unión Europea, el policía, siguiendo intereses corporativos, habrá votado a favor.

"Una de las diversas misiones del arte y de la literatura consiste en proporcionarnos compañía", reflexiona Mankell en el posfacio de Huesos en el jardín. ¿Por qué entonces decidió despedirse (aunque no descarta un eventual reencuentro) del personaje que lo ha acompañado, a él y tantos lectores en el mundo, a lo largo de tantos años? Simple: porque Wallander había crecido de tal manera que amenazaba con volverse más importante que el relato que lo contenía. Y eso, cree Mankell, habría significado el final de su literatura..

sábado, 28 de diciembre de 2013

LOS ESCRITORES Y SUS ENFERMEDADES

Cuando el genio literario emerge del sufrimiento


¿Dónde anida el genio literario? ¿Qué trama singular les da a algunos la posibilidad de descubrir mundos ocultos detrás del mero pragmatismo de la palabra?
A fines del siglo XIX, el controvertido médico y antropólogo italiano Cesare Lombroso, padre de la criminología, encontró una respuesta tentativa a esta pregunta. En Genio e follia (Genio y locura, Brigola, Milán, 1872 y 1882), planteó que el don artístico es una forma de desequilibrio mental. Para sustentar su hipótesis, se dedicó a coleccionar lo que llamó "arte psiquiátrico" (escritos, dibujos y pinturas realizados por pacientes encerrados en hospitales mentales) y vinculó la creatividad con la esquizofrenia, por el alto índice de pacientes que plasmaban su tormentosa existencia en una obra artística.
El insidioso vínculo que parece tenderse entre las mentes creativas y la enfermedad es un tópico que reaparece insistentemente cuando se trata de explicar esa cualidad inasible que poseen ciertas personas de ir más allá de la realidad aparente y ver fractales donde la mayoría de los demás apenas percibimos ángulos rectos. "El arte transforma en novedoso lo cotidiano, en original lo repetitivo y ordinario -dice el doctor Facundo Manes, presidente de la Fundación Ineco y director del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro-. La obra de arte permite interpretar con nuevas claves lo conocido y construir nuevos sentidos colectivos. Y es el genio artístico el que tiene la capacidad de generar aquello extraordinario que la sociedad percibe y admira como maravilloso."
Aunque las neurociencias desmienten que sea imprescindible sufrir demencia o esquizofrenia para ser un genio creativo, explica Manes, mucho de lo que se sabe sobre creatividad y cerebro se conoce por personas que desarrollaron talentos artísticos luego de expresar una disfunción cerebral. "Kandinsky descubrió su problema neurológico, denominado sinestesia, durante un concierto de Wagner, en el que percibió que veía los colores de la música -cuenta-. Diversos estudios sugieren una asociación entre la enfermedad bipolar y la creatividad. Personas con afectación progresiva del lóbulo frontal pueden desarrollar talento creativo luego del comienzo de la enfermedad, más allá de no haber tenido una historia personal de producción artística previa. Una hipótesis es que luego del daño frontal, los sistemas de inhibición se liberan. Algunos proponen que la innovación surge cuando áreas del cerebro que generalmente no están conectadas logran comunicarse y coactivarse."
Desde el célebre Bobby Fisher hasta el malogrado pianista australiano David Helfgott (el de la película Claroscuro), Beethoven o el matemático ruso Grigori Perelman (que rehusó recibir la medalla Fields y un premio de un millón de dólares para vivir recluido en un modesto departamento junto a su madre), la historia de las grandes mentes sugiere que no se alcanzan las altas cumbres del pensamiento sin una dosis de sufrimiento y desequilibrio.
La literatura es un capítulo particularmente elocuente de cómo se entretejen las penurias y la creación. En Orwell's Cough (La tos de Orwell, Oneworld Publications, 2012), el médico infectólogo e investigador de la Universidad de Harvard, John Ross, argumenta que, en individuos dotados, períodos juveniles de infelicidad podrían impulsar logros literarios de dos maneras: aumentando el riesgo de desórdenes del ánimo, que se vinculan con la creatividad, y desarrollando la fantasía y la imaginación. "El genio literario emerge más frecuentemente del fracaso y la pena que del confort y la complacencia", dice Ross.
A la manera de un doctor House histórico, en su obra el especialista pone la lupa sobre una paleta de estrellas del panteón literario occidental, y sigue las huellas que dejaron en sus escritos y en sus biografías para reconstruir las dolencias que no sólo no detuvieron su trabajo creativo, sino que parecen haber contribuido a alimentarlo. Como afirma Faulkner en una de las entrevistas de The Paris Review reunidas en El oficio de escritor (Ediciones Era, 1968):
Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y suele estar demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.

LA LETRA DE SHAKESPEARE

Aunque a veces se cree que para llegar a ser un gran escritor se necesita una sólida educación formal y que la tranquilidad económica ampara la creación artística, muchos ejemplos indican lo contrario. Este escenario parece haberse cumplido en el caso de William Shakespeare, quienquiera que haya sido, que habría escrito gran parte de su producción abrumado por la enfermedad.
El único hecho médico que se conoce acerca del bardo inglés es que su letra se hizo temblorosa hacia el final de su vida y a partir de allí Ross hilvana sus hipótesis. La letra del poeta y dramaturgo empeoró gradualmente desde los 36 años, cuando escribió Hamlet, hasta su muerte, a los 52. Aparentemente, eso podría atribuirse al envenenamiento con mercurio, un indicador de que habría sufrido sífilis, enfermedad venérea que se había transformado en una verdadera plaga a fines del siglo XVI.
Se cree que la sífilis llegó a Europa con la tripulación de Colón. Estudios recientes respaldan esta tradición, ya que no se encontraron trazas de sífilis en varios miles de esqueletos europeos del siglo XV, pero hasta el catorce por ciento de los esqueletos de sitios precolombinos de la hoy República Dominicana tenían signos de daño óseo sifilítico.
"Las referencias a la sífilis en Shakespeare son más abundantes, intrusivas y clínicamente exactas que en sus contemporáneos", dice Ross. El tratamiento de rutina consistía, precisamente, en vapores de mercurio, que provocan temblor, gingivitis y una constelación de cambios de la personalidad. Casi un siglo más tarde, Newton tuvo un prolongado episodio de paranoia, insomnio y aislamiento social entre cuyas causas se menciona también un posible envenenamiento por mercurio (originado en sus estudios de la alquimia). Análisis de sus cabellos detectaron un contenido de 197 partes por millón, comparado con valores modernos de menos de 1,4 ppm.

LA CEGUERA DE BORGES Y DE MILTON

Perder la visión es una de las circunstancias más dolorosas que pueden sobrevenirle a cualquier persona, pero para un escritor es un obstáculo monumental. Sin embargo, después de la figura fundacional de Homero, dos obras insoslayables se deben a escritores ciegos. Uno de ellos es Borges, acosado toda su vida por graves problemas de visión, que culminaron en la ceguera total cuando tenía 55 años.
"La ceguera de Borges es hereditaria por línea paterna -cuenta su mujer, María Kodama, creadora y directora de la Fundación Internacional que lleva el nombre del escritor-. Su padre murió ciego y su abuela inglesa también. Él fue extremadamente miope desde muy chico y sabía que iba a quedar ciego. Entonces ejercitó su memoria para poder recordar en el futuro lo que pensaba que algún día sería incapaz de leer."
Según recuerda Kodama, en su juventud Borges tuvo varios desprendimientos de retina y también puede haber padecido glaucoma (inapropiado drenaje del humor acuoso, lo que aumenta la presión intraocular y daña el nervio óptico). "Es una observación mía -aclara-, pero quizás sus problemas estuvieran relacionados además con la diabetes, que sufrió de joven."
Cuando lo nombraron director de la Biblioteca Nacional, Borges escribió "El poema de los dones":
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños.
Según cuenta Kodama, la ceguera de Borges no era total, sino que él estaba en una penumbra, una luz azulada. Ése fue el último color que perdió.
Para seguir escribiendo, les dictó a su madre, a amigos y hasta a periodistas que iban a entrevistarlo. Tenía una memoria prodigiosa: "Me acuerdo de una de las primeras veces que me dijo que buscara una nota en un libro -cuenta Kodama-. Lo hojeo y, de pronto, veo algo que decía 'contradicción, ver en la página tal'. Entonces me dice que mire en la portadilla. ¡Era una anotación de cuando tenía 16 años!" Y sigue: "Nunca se quejó, nunca dijo '¿por qué a mí?' . Eso demuestra una entereza de carácter. Hay una foto que tengo en la sala de conferencias en la que Borges está con los ojos cerrados muy apretados. Era la imagen de cuando comenzaba la creación, la ceguera sola no le bastaba. Para mí esa foto tiene un significado muy fuerte. Era el momento de máxima concentración".
John Milton también quedó ciego en la mitad de su vida, pero se sobrepuso y escribió nada menos que El paraíso perdido. Ross conjetura en su libro:
Al parecer, Milton exhibía dificultades interpersonales que sugieren un grado de 'autismo de alto rendimiento' o síndrome de Asperger. La gente con ese trastorno tiene problemas en aspectos de la interacción social que son intuitivos para la mayoría de las personas. Pueden tener grandes capacidades intelectuales, pero el comportamiento común les es misterioso.
Milton comenzó a perder su visión del ojo izquierdo en 1644, a los 36 años, y cinco años más tarde perdería la del ojo derecho. Lo trataron haciéndole heridas cerca de los ojos que se mantuvieron abiertas para que "escaparan los malos humores". En 1652 se volvió totalmente ciego. Aunque no se sabe con precisión, se especula que se debió a enfermedades de la córnea, cataratas (opacificación del cristalino), glaucoma o desprendimiento de la retina causado por una miopía grave.
Pero además de la ceguera, Milton desarrolló fuertes cefaleas y dolorosos trastornos digestivos. También sufrió de artritis gotosa. Ambos cuadros sugieren envenenamiento con plomo, que afecta los riñones, produce aumento de ácido úrico y daña la red nerviosa intestinal. También causa anemia.
Por sus actividades políticas, los libros de Milton fueron quemados y él, encerrado en la Torre de Londres. Abandonado por sus hijas debido a los malos tratos que les dispensaba, para completar El Paraíso perdido debía dictarle entre 10 y 30 líneas diarias a alguno de sus muchos admiradores. Murió a los 65 años, probablemente de una arritmia cardíaca.
Desde siempre, se cree que locura y creación tienen algo en común. Uno de los casos más sobrecogedores que ilustran la connivencia de literatura y psicosis es el del poeta Jacobo Fijman. Nacido en 1898, sus crisis empezaron en 1921. Se volvió místico y se convirtió al catolicismo. En 1942 lo internaron definitivamente por psicosis delirante hasta su muerte. En su notable Fijman, un poeta entre dos vidas, (Ediciones de la Flor, 1992), Juan Jacobo Bajarlía describe el viaje del escritor al fin de la noche:
La vida de Fijman fue una dispersión [...] donde la realidad no estaba en la cosa sino en la palabra. En ella residía su magnitud y su delirio [...]. Sólo fue coherente en su poesía, allí donde las tinieblas y la realidad dejan de combatirse.
Fijman murió en lo que es hoy el Hospital Borda, el 1° de diciembre de 1970. En la morgue, escribe Bajarlía, "tenía un cartel sujeto con un piolín a uno de los dedos del pie en el que se leía: 'Jacobo Fijman, 72 años, muerto de edema pulmonar'".
Jonathan Swift, el creador de Los viajes de Gulliver, novela cuyo protagonista enloquece por contemplar tan de cerca los defectos de la naturaleza humana, sufrió de depresión desde la adolescencia y en 1689 padeció el primer ataque de una extraña enfermedad que lo perseguiría el resto de su vida. Le causaba vértigo, tinnitus (percepción de sonidos que no provienen de ninguna causa externa) y pérdida de la audición. Probablemente, sufrió la enfermedad de Menière, un trastorno progresivo que daña el oído interno, y que le causó problemas de concentración y de memoria.
Además, también padecía trastorno obsesivo compulsivo. Era higiénico hasta un grado extraordinario para el siglo XVIII, "cuando se lavaba la ropa pero raramente el cuerpo -cuenta Ross-. Era puntual y de hábitos monótonos, hacía listas y contaba sus pasos cuando caminaba. Se ejercitaba obsesivamente y caminaba entre seis y dieciséis kilómetros por día. Vivía pendiente del reloj. En sus cenas, nadie podía hablar más de un minuto por vez, incluido él".
Los viajes de Gulliver se publicó en 1726 y tuvo un éxito inmediato. Swift pasó a ser famoso pero miserable. Deseaba la muerte. Sus biógrafos mencionan que padecía alucinaciones. Horrorizado por la senilidad, en una carta de 1735 a su amigo Alexander Pope le confiesa que su "memoria lo está abandonando rápidamente". Un año más tarde todas sus facultades habían decaído y sus pasiones estaban fueran de control, lo que lo convertía en "un tormento para sí mismo y para todos los que lo rodeaban".
Se hizo más grosero y maltrataba a las mujeres, signos característicos de demencia frontal o enfermedad de Pick. Pero a pesar de sus penurias físicas y mentales, su pico creativo fue tardío: gran parte de su obra se conoció después de que cumplió 50 años, incluyendo sus poemas escatológicos, lo que permite preguntarse si su originalidad fue un subproducto de la demencia.

LA TOS DE LAS HERMANAS BRONTË

Si hay una patología asociada con la literatura es la tuberculosis. "El mito de la tuberculosis ofrecía algo más que una explicación de la creatividad -escribe Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas (Random House Mondadori, 2012)-. Daba un modelo importante de la vida bohemia, vivida con o sin la vocación artística."
Un artículo de la edición de marzo de 1964 de la revista para médicos MD, dedicado a Alejandro Dumas padre, confirma que la tisis era la enfermedad de moda. Tanto que éste, afirma el autor de la nota,
se vio obligado a contagiar a una de sus heroínas con el bacilo de Koch . Cuando la novela Amaury se publicaba por entregas, Dumas tuvo noticias de que la hija de un noble y el yerno de éste, ambos tuberculosos, esperaban ansiosos la publicación de los diferentes capítulos como si quisieran averiguar cuál sería su propio destino. Interrumpió la publicación de la obra y le envió a la romántica pareja un desenlace falso, pero feliz; sólo después de muertos los dos permitió que siguiera la serie.
También se cuenta que, cuando ambos la padecían, Keats consolaba a Shelley diciéndole que era "una enfermedad particularmente amiga de la gente que escribe versos". La sufrieron Bécquer, Kafka y Chejov, entre muchos otros. Pero las hermanas Brontë representan, sin duda, un caso especial. Charlotte, que escribió Jane Eyre; su hemana menor, Emily, autora de Cumbres borrascosas; así como sus dos hermanas mayores, María y Elizabeth, contrajeron la tuberculosis al igual que otras 36 alumnas de una clase de 53 chicas que estudiaban en la Clergy Daughter's School, donde dormían hacinadas y se levantaban a las cinco de la madrugada para tomar un desayuno lamentable y lavarse con agua congelada. María y Elizabeth murieron a los once y diez años, respectivamente. Charlotte y Emily seguirían ese camino varios años después.
Emily Brontë era una personalidad extraña. Sus biógrafos dicen que nunca mostró interés por un humano; todo su amor estuvo reservado a los animales y hay quienes atribuyen sus peculiaridades al síndrome de Asperger (son adictos al trabajo, tienen excelente memoria y retención de los detalles, frecuentemente poseen grandes habilidades verbales y pueden encontrar un aspecto terapéutico en la creación artística). Hacia fines de 1848, y después de meses de toses, debilidad y falta de aire, fue languideciendo cada vez más y murió en diciembre de 1848.
Charlotte, sumida en la depresión, se refugió en la escritura. Casada a los 38 años, a los seis meses se embarazó, desarrolló hiperemesis gravídica (náuseas y vómitos continuos, un trastorno que afecta al uno por ciento de las embarazadas) y fiebre, un cóctel que inclinó la balanza a favor de la malnutrición, la tuberculosis y, finalmente, la muerte.

LA BIPOLARIDAD DE HERMAN MELVILLE

Uno de los ocho hijos de un importador de bienes de lujo franceses, Herman Melville, parece haber heredado la vulnerabilidad al desorden bipolar de su padre que, tras huir de Manhattan por un quebranto comercial, cayó en el delirio. Según afirma Ross, su desorden habría impulsado la carrera literaria del creador de Moby Dick, pero también aceleró su caída.
A los doce años, Herman debió emplearse en un banco para sostener a su familia. Sin educación formal, pero voraz lector, se embarcó por primera vez cuando tenía 19 años, en enero de 1841. Después de viajar a ese Edén de los marinos que era la Polinesia, se transformó en escritor. Produjo toda su obra acosado por la bipolaridad, la depresión, el trastorno obsesivo compulsivo y los problemas con el alcohol. Existen indicios de que habría maltratado a su mujer y a sus hijos. En sus escritos abundan las referencias a la locura y a la depresión.
Pero dado que también sufrió ataques de dolor ocular y fotofobia, reumatismo y otros males, en su libro Ross sugiere que habría padecido una enfermedad autoimmune, espondilitis anquilosante, que conduce a la inflamación y endurecimiento de articulaciones vertebrales, sacroilíacas y de los ojos. Además, tuvo artritis en ambas manos, gota, y erisipela, una infección de la piel causada por estreptococos, que sin embargo no le impidió escribir la nouvelle Billy Budd. Murió a los 72, en 1891, aparentemente por fallas de una válvula cardíaca.

CERVANTES Y JACK LONDON

Para comprender cómo las incomodidades y la enfermedad pueden alumbrar obras maestras basta con pensar en el Quijote. Es sabido que Cervantes lo escribió en sus últimos años y en medio de todo tipo de sufrimientos. Aquejado de una sed constante, probablemente a causa de una diabetes avanzada, en esos días su organismo ya se encontraba en un estado calamitoso. Según se lee en el prólogo de las Novelas ejemplares, el escritor confiesa:
Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y nariz corva, [...] los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis y ésos mal acondicionados y peor puestos [...] es el rostro del autor de la Galatea y de Don Quijote [...]. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo; herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa.
Un caso no tan conocido es el de Jack London. A los 21, cuando se convirtió en escritor, ya había sido marinero, cazador de focas, boxeador y buscador de oro, entre otras actividades. La llamada de la selva lo catapultó a la fama y la riqueza. Fue el primer escritor en ganar un millón de dólares (aunque su madre lo había sacado de la escuela a los trece años para mandarlo a trabajar 14 horas por día a 10 centavos la hora.).
Durante sus viajes sufrió escorbuto y gonorrea. En las islas Solomon, una enfermedad provocada por la misma bacteria que la sífilis, pero transmitida por la picadura de insectos le causó sufrimientos horrorosos. También tuvo impresionantes inflamaciones en sus manos y uñas, tal vez a causa del envenenamiento por mercurio.
Luego, cuando viajó a México para informar sobre la revolución mexicana, cayó enfermo de disentería. Quiso combatirla con estricnina, belladona, heroína, opio y morfina. Pero a pesar de todo, produjo 49 libros en 19 años. Escribía 15 horas por día y raramente dormía más de cinco horas por noche. A los 40, tenía cálculos renales y la dentadura arruinada. El 22 de noviembre de 1916 su valet lo encontró azul. En el suelo, había una jeringa y dos viales de morfina.

LOS OJOS DE JOYCE

James fue uno de los diez hijos de Stanislaus Joyce. Iba a ser médico pero un desastre comercial de su padre le impidió graduarse. Sus trastornos de salud empezarían con los problemas venéreos, pero no terminarían allí.
Aunque fue un escritor disciplinado, que subordinaba todo a su trabajo (completó Dublinenses en 1907 y Retrato de un artista adolescente en 1914), al finalizar su primera obra tuvo un ataque de poliartritis e iritis, o inflamación del iris. Se sospecha que en realidad la enfermedad de Joyce fue una artritis reactiva, enfermedad autoinmune desencadenada por una infección genital o por diarrea ocasionada por ciertas bacterias. Terminaría perdiendo casi totalmente la visión debido a la inflamación, las operaciones y las complicaciones.
En 1917, mientras escribía Ulises, tuvo varios ataques de glaucoma y uno particularmente grave que obligó a su oftalmólogo a removerle parte del iris para aliviar la presión. En 1920, ya instalado en París, pasó cinco semanas en un cuarto oscuro y recibiendo gotas de cocaína como anestésico, lo que puede haber empeorado el cuadro y agravado su glaucoma. Entre septiembre de 1922 y junio de 1926 tuvo nueve operaciones oculares. Al cabo de las cirugías, casi no veía con el ojo izquierdo.
Durante la última década de su vida, la esquizofrenia de su hija, Lucía, lo precipitó en la depresión mientras padecía dolorosas úlceras pépticas y una peritonitis que resultó fatal.
Nacido como Eric Blair en la India, en 1903, George Orwell tuvo tos crónica desde chico y contrajo el dengue en Birmania. Sufrió la pobreza y trabajó como lavaplatos en París. Tenía episodios de tos todos los inviernos, sin embargo, los tests para detectar tuberculosis siempre arrojaban resultados negativos.
Mientras participaba en la guerra civil española, una bala de Mauser le atravesó el cuello. pero no lo mató. Luego de recuperarse, escribió Homenaje a Cataluña en cuatro meses, no obstante, en marzo de 1938 empezó a toser grandes cantidades de sangre. Estaba muy delgado y con sus pulmones en un estado lamentable. Lo internaron y lo sometieron a una batería de tests. Los análisis volvieron a arrojar resultados negativos. El diagnóstico fue bronquiectasia crónica del pulmón izquierdo, una complicación de neumonía o bronquitis mal curadas en la niñez, en una época en que no existían los antibióticos.
En un período de buena salud escribió Rebelión en la granja. Este libro y el posterior, 1984, le trajeron la fama, pero ya no podría disfrutarla. Después de la muerte de su mujer en una cirugía por tumores uterinos, y de quedar a cargo de un hijo recientemente adoptado, pasó los últimos 18 meses de su vida en la isla escocesa de Jura, sin electricidad ni agua caliente. Murió de tuberculosis en 1950, poco después de que 1984 se transformó en un éxito editorial.

LA EPILEPSIA DE DOSTOIEVSKI

Hubo muchos escritores que padecieron epilepsia -como Flaubert, Poe, Dickens y Agatha Christie- pero sin duda Dostoievski es el más famoso de todos. Hijo de un cirujano militar retirado, desde 1860 registró meticulosamente sus ataques en una libreta. Documentó 102 convulsiones "de todos tipos" en 20 años, con largas épocas en las que sufría un episodio cada tres semanas.
Son numerosos los estudios neurológicos que intentan develar de qué tipo era la epilepsia que aquejaba al escritor. En uno de ellos, publicado en la revista Seizure, se destaca que la enfermedad influyó en su escritura y su estilo. Christian Baumann, Vladimir Novikov, Marianne Regard y Adrian Siege explican:
Su lenguaje es nervioso, tenso e impulsivo. Sus frases son frecuentemente largas y complicadas, contienen una colorida aglomeración de palabras y expresiones, términos oficiales, periodísticos y científicos, palabras extranjeras, nombres y citas. [.] Muchos eventos de las novelas de Dostoievski comienzan súbitamente, sin preparación o explicación -como las convulsiones-. [.] Escribía de manera minuciosa, usando cada espacio vacío de la página. Mostró una tendencia hacia la escritura compulsiva y sus escritos a menudo estaban vinculados con problemas morales, éticos o religiosos, lo que podría reflejar cambios de comportamiento dscriptos en la epilepsia temporal.
No es difícil entender por qué el vínculo entre enfermedad y creación apasiona a los científicos. "Observar la incidencia de enfermedades en los procesos creativos nos permite modificar nuestros pareceres sobre las enfermedades, pero también sobre los procesos creativos -afirma Manes-. El interés en una tarea artística lleva a un alto estado de motivación que produce una atención sostenida, necesaria para mejorar el rendimiento en otros dominios cognitivos. La creatividad puede ser entrenada, pero también hay una carga genética que la predispone. En el estudio de la producción artística de personas con enfermedades mentales hay mucho para aprender sobre el cerebro, sobre las enfermedades en sí mismas y, por qué no, sobre la historia del arte y la cultura. Pero también, y de manera más inquietante, está la posibilidad de interpelarnos sobre la idea de lo normal, de lo establecido, de los prejuicios negativos que muchas veces surgen sobre aquello que se manifiesta como diferente en la sociedad. De esa diferencia, muchas veces, ha surgido la maravilla."
Las fórmulas creativas están siempre veladas por el misterio. El mausoleo de la posteridad lima muchas de las posibles interpretaciones, como en el caso del novelista y dramaturgo japonés Yukio Mishima, nacido en una familia de fortuna y con aspiraciones aristocráticas, que sufrió tuberculosis en su juventud para luego sumirse en un extraño culto del cuerpo, y delirios que lo llevaron a formar una milicia privada y a ejecutar un tenebroso suicidio ritual. O, entre los más cercanos, Alejandra Pizarnik, poeta de culto entre las nuevas generaciones de escritores, cuya turbulenta y desesperada voz poética la llevó a borrar los límites entre la literatura y la realidad, y terminar sucidándose a los 36 años con 50 pastillas de un barbitúrico, durante una salida de fin de semana del hospital psiquiátrico en el que estaba internada. O el de Julio Cortázar, al que un padre ausente y una niñez enfermiza convirtieron en lector y escritor precoz y, ya en París, a ser una estrella fulgurante del boom latinoamericano de los años sesenta.
Por supuesto, este breve catálogo no pretende agotar los innumerables recorridos que sigue la literatura. Como en todos los órdenes de la vida, hay escritores ricos y pobres, estudiosos e intuitivos, enfermizos y longevos. Faulkner lo explica sin vueltas:
El artista es responsable sólo ante su obra. [...] Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe liberarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro.
Y más adelante agrega: "Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte"..


Radiografía crítica del poder kirchnerista

Investigación. “La Dueña”, de Miguel y Nicolás Wiñazki, es un retrato riguroso sobre los negocios y la salud de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.




Esa mujer dejó jirones de su vida en el poder. Y murió a los 33 años. Esta mujer quedó viuda repentinamente y afronta la soledad del poder. No volverá convertida en millones como Esa mujer, que sí volvió y se convirtió en los millones que se elevaron junto con su mito. Esta mujer es la de los millones de billetes, de una nueva patria financiera encubierta bajo falsas palabras de justicia. Esta mujer es la Dueña y tiene un inmenso poder”.
El párrafo es de La Dueña. Historia oculta de los negocios secretos, los vínculos personales y la salud de la mujer más poderosa, más amada y más odiada de la Argentina, acaso la investigación periodística más exhaustiva y completa sobre los escándalos que envuelven a Cristina Fernández de Kirchner y a un grupo de funcionarios y empresarios que la rodean. El trabajo es de los periodistas Miguel y Nicolás Wiñazki. El primero es el padre y el segundo es el hijo, por lo que ambos comparten la poco común aventura autoral. “Wiñazki hijo investiga y Wiñazki padre reflexiona. La ruta del dinero K contada por dos generaciones del mejor periodismo: Máximo, Boudou y también Cristina, preocupada por las diferencias entre Chanel y Ferragamo.


"La Dueña no es un libro. Es una bomba”, arriesga desde la contratapa Jorge Lanata. Como suele ocurrir en estos casos, este trabajo es algo más que un perfil, una biografía política o una indagación psicológica sobre un personaje empeñado a toda costa en no eclipsarse como figura trascendente. Es, también, una radiografía crítica del poder durante la era kirchnerista, un espejo de lo que nos pasa, de lo que supimos conseguir o no pudimos impedir en estos años de vida democrática.
Enfatizan los autores que desde 2003 hasta que murió, Kirchner y esta mujer tomaron por su cuenta la suma del patrimonio del Estado, distribuyeron entre sus amigos el negocio de la obra pública, el petróleo, la caja del transporte público, penetraron el centro de decisiones de los bancos públicos y privados y entregaron a otros amigos el negocio del juego. Irrumpieron en los medios para golpear a Clarín, enriquecer a sus aliados y dominar el 80% de la información nacional. También se adueñaron de los fondos de las AFJP y de las nacionalizadas YPF, Correo, Aguas Argentinas y Aerolíneas. Ya sola, CFK extremó el control de los jueces federales, hizo del Parlamento una escribanía del FPV, aumentó desde el INDEC la manipulación de los datos de inflación y pobreza e hizo de la AFIP una agencia de protección para los amigos en sus negocios, y de persecución para medios, periodistas, cineastas, sindicalistas y empresarios díscolos.
Dos pilares de este trabajo –con peso específico en la última derrota electoral– son la ruta y lavado del dinero K y el escándalo Ciccone. Si bien mucho se ha difundido en diversos medios, esos temas aparecen aquí completados y a modo de dossier por uno de sus primeros investigadores. Tampoco falta el abordaje del vínculo real entre Cristina y su vice. Y resultan sorpresivos los datos biográficos y de Máximo: surgido de la oscuridad a partir de la muerte de su padre, encontró un lugar en la política secreta y un arma de protección, tanto para él como para su madre, en el uso del silencio. Hoy los autores vislumbran en él al “nuevo dueño”.
El texto revela los alcances de la propaganda K, donde ni el derrumbe electoral ni la enfermedad modificaron la manía por “editar” la realidad, por más que el modelo parezca disolverse y su relato luzca cascoteado. También están los intelectuales de baja intensidad, el puñado de blancas cabezas setentistas de Carta Abierta, utilizado para encubrir la corrupción oficial, cuyo pensamiento crítico y honestidad intelectual dejó consagrado Ricardo Forster con su “ Yo qué carajo sé cómo hizo el dinero Lázaro Báez”. Con todo, el muy hermético Horacio González, director de la Biblioteca, tiene un capítulo de su puño y letra, porque “hubiera sido injusto que no hubiese una voz cristinista en el texto”, dicen los autores.
Otro abordaje interesante se refiere a la resurrección política y personal de la Presidenta, catapultada desde el lecho de muerte de su esposo. Hitos decisivos en la formación de su carácter –la soledad, el maltrato, la fragilidad, la enfermedad– son analizados con rigor para desentrañar una personalidad tan enigmática como inquietante, especialmente ante pruebas de fuego como la masacre de Once, con su demorado e inexplicable “vamos por todo”.
Pero lo interesante es la simulación, dicen los autores. Cristina fue lo más diferente de sí misma que alguien pudiera imaginarse. Y agregan: su trasmutación de socialdemócrata retórica en líder brusca y personalista revela quizá el rasgo central de su personalidad. Antes del poder sabía mostrar su lado luminoso. Ya en el poder exhibió su lado más oscuro. La cita de Elisabeth Roudinesco remite a “un caso de perversión”. “Es algo más profundo y grave que la demagogia. Es más que cinismo –concluyen–, es una característica que no sólo remite a Cristina sino a la sociedad toda”.