martes, 23 de agosto de 2011

Ari Paluch: Tras el verdadero éxito

El verborrágico conductor y su vuelco hacia un camino más espiritual


Por Alicia Petti Para LA NACION


jueves, 18 de agosto de 2011

La autobiografía de Keith Richards

Vida. La autobiografía de Keith Richards


Así será la autobiografía de Keith Richards





















“No creo que lo estuviera buscando”, dice Keith Richards en voz baja, casi gruñendo. El guitarrista de los Rolling Stones se refiere a todos los tipos de problemas que recorren su autobiografía, Vida, como un tren descarrilado: las drogas, los policías, su síndrome de abstinencia y también las luces y sombras en la relación con su amigo de la infancia, Mick Jagger. “Esta es la forma en la que sucedió”, dice Richards sentado en la oficina de su mánager en Nueva York mientras prueba, a media tarde, un cóctel en un vaso de plástico rojo. “Los conflictos surgen todo el rato, especialmente cuando trabajas en una unidad cerrada”, dice el stone. Después de una profunda carcajada, suelta: “Si yo estoy en conflicto con alguien, significa que alguien está en conflicto conmigo”.

El título del libro de Richards, Vida, es una descripción simple y concisa del contenido: los altos y bajos en la vida del guitarrista de 66 años, desde su nacimiento hasta ahora, todo relacionado con su cadencia natural de pirata inconformista. En Life, Richards, que ha escrito el libro junto al biógrafo británico James Fox, da marcha atrás y se sumerge en la infancia que vivió durante la posguerra, a su condición de hijo único de padres divorciados en el suburbio londinense de Dartford. También relata el momento en el que el blues lo rescata emocionalmente, cuando se forman los Rolling Stones y el vínculo creativo que le une a Jagger. Hay un momento en el que Richards describe la vuelta al lugar donde se crió, en Dartford, su visita al piso de tres habitaciones y a la tienda de comestibles donde él, su madre Doris y su padre Bert, vivieron desde 1949 hasta 1952. “Es casi como si estuvieras observando a otra persona”, dice Richards ahora. Y añade: “Después empiezas a recordar con dolor ciertas cosas, como el olor de la lámpara de gas de mi abuela o el sonido que hacía mi abuelo al arrastrar los pies y cuando decía: ‘Hacedle al chico unos huevos con patatas fritas”.

Richards relata, con todo lujo de detalles, la sórdida relación con la heroína que le mantuvo al margen de la ley durante diez años, y que finalizó en 1979. “Si no hubiese hecho hincapié en esta etapa, se habría perdido algo importante”, afirma el guitarrista. “Mientras me drogaba, estaba completamente convencido de que mi cuerpo era mi templo y por la tanto que podía hacer lo que quisiera con él y nadie tenía derecho a decirme nada”, señala. Sin embargo, también cuenta todo el daño que causó al tomar esta determinación: la pérdida de su compañero, el vaquero cósmico Gram Parsons, la ruptura con su novia, Anita Pallenberg, y la muerte de su pequeña hija en 1976, Tara, mientras él estaba de gira. “Abandonar a un recién nacido es algo que nunca podré perdonarme”, declara Richards en Vida.

“Cuando empezamos a hablar de esta etapa”, explica el coescritor, James Fox, “a Keith no le salían más de cinco palabras seguidas. Entonces nos dimos cuenta de que teníamos que volver a ella, y después Richards me dijo que pensaba en ello cada semana”. La primera vez que Fox entrevistó a Richards fue en 1973 para un periódico de Londres. Fox explica la mecánica a la hora de elaborar Vida: “Hablamos de momentos y periodos, pero nunca cronológicamente. Tuvimos encuentros desde 2007, a veces hasta tres horas al día durante varias jornadas consecutivas”. El libro incluye testimonios de amigos de Richards entrevistados por Fox, como la cantante Ronnie Spector (“un amor temprano”) y el saxofonista Bobby Keys. Pero Fox no habló con el resto de los Stones. “Lo intenté”, dice, “pero hay una especie de tradición entre ellos de no contar nada en los libros de los demás”.

Life en última instancia consta de dos historias: una de música, mala conducta y supervivencia; y otra de cariño, perplejidad y a veces indignación sobre la relación entre Richards y Jagger, incluyendo sus batallas por el control y el destino de la banda. “Tenía la sensación de que Mick no iba a tener ningún problema con la verdad”, comenta Keith. Se queda en silencio durante unos momentos y continúa: “No hay duda de que es tan irritante para él como puede ser para mí”.

Jagger ha leído el libro, dice Richards: “Y estaba un poco molesto por esto y por aquello”. Sin embargo, el guitarrista insiste: “Mick y yo seguimos siendo grandes amigos y todavía queremos trabajar juntos”. La prueba de Richards: él y Mick estuvieron hablando en verano sobre hacer algo con los Stones en 2011. Otra carcajada del demonio. “¿Qué sería de la vida si todos estuviésemos de acuerdo y no hubiera problemas?”, se pregunta Richards. “Pues sin conflictos no pasaría nada, no habría blues o no existiría Happy [refiriéndose a su canción del Exile on main street de 1972]”. Y definitivamente tampoco existiría Vida.

miércoles, 17 de agosto de 2011

"San Martín era un rebelde que sólo creía en la libertad"

Se cumplen 161 años de su muerte

El historiador Pablo Camogli aporta en un libro otra mirada sobre el cruce de los Andes

Por Alejandra Rey | LA NACION


A 161 años de la muerte del general José de San Martín, su hazaña en la cordillera de los Andes sigue siendo motivo de asombro, de curiosidad.No sólo porque se trató de un acto heroico y una proeza inusual en nuestro continente, sino porque la historia argentina hizo por lo general de la gesta un romántico paseo por las alturas para liberar a Chile de las huestes españolas. Una nueva versión de la epopeya sanmartiniana trae palabras y números que permiten otra mirada.


Pablo Camogli, nacido en Misiones y profesor de historia recibido en la Universidad Nacional de Cuyo y autor de otros libros, como Batallas entre hermanos , es obsesivo como sólo pueden serlo los historiadores. Por eso y por su admiración por San Martín, acaba de editar en Aguilar su libro Nueva historia del cruce de los Andes , en el que narra desde los sueldos de los granaderos hasta cómo se formó el ejército libertador, casi a pesar del gobierno de Buenos Aires.

El autor explicó a LA NACION que una de las razones del triunfo de San Martín en la vida fue su rebeldía: "No se ató a nada ni a nadie y por eso logró lo que logró. Desde que llegó a la Argentina, luego de estar en España, Africa y Francia, entre otros países, su pensamiento no estuvo en otro lugar que no fuera la libertad de América".

El autor dice que San Martín era un hombre muy bien informado, que seguía de cerca los acontecimientos de Europa y de los Estados Unidos y su revolución, que creyó que lo que debía hacerse era a nivel continental y que "por eso sentía a Perú y a Chile también como su patria".

El Libertador tenía admiración por Manuel Belgrano, por Tomás Guido y por Simón Bolívar, "a tal punto que cuando se instaló en Francia puso un cuadro de él en su casa".

-¿Se sabe qué pasó en aquella reunión de Guayaquil?

-Siempre estuvo claro: ahí se pusieron las cosas sobre la mesa. San Martín sabe que tiene dificultades con su gobierno en Perú y está sin apoyo del ejército; en cambio, Bolívar sí tenía consenso y le delega todo. Dicho en criollo, Bolívar tenía un as de espada y San Martín era un cuatro de copas en ese momento.

Camogli cuenta que San Martín era un hombre desprendido y se retiró porque sabía que Bolívar iba a terminar con lo que él había comenzado. "Además, si bien era joven, no te olvides de que él peleaba desde los 12 años y estaba muy cansado de las traiciones, de que lo acusaran de querer convertirse en rey..."

-¿Qué cosas dice en su libro que no se sabían hasta ahora?

-La minuciosidad con que cuento el cruce y las consideraciones del clima. Según lo que pude saber, en esa época se vivía una especie de era del hielo, la Cordillera era mucho más fría y los ríos eran más caudalosos; cruzar era muy difícil y sólo se podía hacer en verano porque los pasos estaban por encima de los 4000 metros de altura. Cuento lo que llevaron y cómo. Las mulas no eran tantas y no se llevó la cantidad de municiones que se dijo.

El autor señala que el plan de San Martín incluía, además, el despliegue de espías de uno y otro lado llevando pistas falsas. De esa manera, los realistas sabían que San Martín estaba por cruzar la Cordillera, pero no se imaginaban por dónde. "Mandaba cartas apócrifas con planes falsos y tenía a favor que logró formar y comandar un ejército con la mejor disciplina y moral combativa que se recuerden. Para poner un ejemplo: Napoleón era un hombre de arenga, mientras que San Martín era de cuartel, y eso marca una gran diferencia para las tropas."

Camogli, un enamorado del personaje romántico y misterioso, concluye: "Lo más maravillo de todo es que el punto de partida de San Martín fue la nada y liberó tres países"..

jueves, 4 de agosto de 2011

Un descarriado en la mira telescópica

Jorge Fernández Díaz
LA NACION


"Gente con la que tantas veces estuve de acuerdo ahora me odia; cuando quiere ser amable, me trata sólo de traidor -confiesa Martín Caparrós-. Gente que respeto ve en este gobierno cualidades que no consigo percibir ni un poquito? Me siento colgado del pincel. Estoy perplejo, molesto, inquieto, irritado: me persigue la sensación de que algo está muy mal en la Argentina y de que mucha gente muy respetable se resiste a verlo."

Estas frases surgen del prólogo de un libro ( Argentinismos ), donde el narrador cuenta la verdad: durante una placentera cena de junio de 2008, Caparrós quiso discutir de política con un viejísimo amigo y muy pronto la conversación se desbarrancó. "Nos dijimos cosas feas; no volvimos a vernos." Le sucedió otra cosa más, que el autor no cuenta: cuando osó deslizar críticas al sacrosanto proyecto kirchnerista, la televisión oficialista, que se caracteriza por cierta "imbecilidad estructural", como calificó el propio Ricardo Forster, convirtió a Caparrós en un enemigo del Estado: lo persiguió con montajes taimados y mentirosos; lo humilló a través de panelistas aviesos; lo acusó de ceguera y de egolatría, y le recriminó una y otra vez que no accediera a la evidencia de un fenómeno revolucionario que otro escritor en las antípodas (Jorge Asís) calificó sardónicamente de "revolución oral". El comisariato político del progresismo evitista lo había puesto a Martín Caparrós, el descarriado, en la mira telescópica. No podía soportar que un referente de la izquierda intelectual, uno de los mejores cronistas narrativos de América latina, egresado de la Sorbona, maestro de la Fundación Nuevo Periodismo de García Márquez y estudioso del setentismo, fuera reacio al nuevo pensamiento único.

Acaso al calor de esos escarnios y miserias, y de la perplejidad frente a un gobierno que en el discurso decía una cosa y en la realidad hacía otra, se cocinó este ensayo inesperado e incómodo, que indignará en el Jockey Club y también en la Biblioteca Nacional. Es que no se trata de un texto convencional; está lleno discusiones de fondo verdaderamente inquietantes. Mientras lo leía y me revolvía en mi asiento, recordaba aquella máxima de Ionesco: "Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura".

Para empezar, el autor ataca el culto mismo a la democracia. No cree naturalmente en dictaduras de ninguna especie, pero le achaca al sistema democrático la desigualdad, el fracaso y el hambre; también, la falsa idea implícita de que "no hay otra opción que el capitalismo con delegación política", algo que pinta como una "resignación triste y ahistórica".

No puedo estar menos de acuerdo. Admito que con la democracia no se come ni se educa ni se cura, y que las mayorías pueden equivocarse mucho (Alemania e Italia, y también la Argentina pueden dar cuenta de ello), pero pretender que el sistema de votación y representación se haga cargo de cambiar el mundo es tan injusto como pedírselo a los diarios, a los obreros, a las empresas o al Estado. La democracia es un medio y no un fin; un mecanismo que ha demostrado funcionar en muchos lugares del planeta y que, en manos de inútiles, autócratas y corruptos, ha permitido también aberraciones y dolorosas derrotas sociales.

A continuación, Caparrós también se permite ser políticamente incorrecto: sospecha que el kirchnerismo reconstruyó el Estado sólo para acumular poder. "Yo creo que el Estado es uno de los inventos más nefastos del hombre: máquinas potentes para hacer las peores porquerías. Y sería feliz si no hubiera Estado." Luego aclara irónicamente, y no tanto, que el Estado es necesario en estas circunstancias "para regular aunque sea un poquito el enfrentamiento tan desigual entre las clases, para conseguir que los que pierden tengan algún premio consuelo, un médico tras cuatro horas de cola, una escuela con mate cocido, un bolsón de comida, una frazada... Que la recreación del Estado pueda ser una tarea progresista sólo da cuenta de lo mal que estamos".

Desde esa posición, arremete contra la ley del matrimonio igualitario: "Yo me sentía cercano a la pelea de gays y lesbianas porque estaban fuera del sistema Estado-Iglesia? Tenían dos opciones: romper con ese sistema e inventar formas nuevas, o pedirle al sistema que los aceptara". Le apena que hayan elegido esa última senda conservadora.

Es extremadamente gracioso cuando habla de peronismo. "Si yo creyera que un dios es responsable de este mundo de mierda, lo negaría por todos los medios: trataría de evitar que lo hicieran responsable a dios de este desastre. Por eso, si yo fuera fiel ferviente peronista, me dedicaría más que nada a negar su existencia, disimularla, minimizarla todo lo posible. El peronismo ha gobernado treinta de los últimos cuarenta años? Si el peronismo existiera, sería como dios: el responsable de este país-desastre."

Para Caparrós, el peronismo no existe por la cantidad increíble de ropajes ideológicos que fue adoptando. Le parece insólito que saquen pecho los peronistas como si fueran inocentes de esas patéticas volteretas y de la catástrofe nacional.

Se queja, a su vez, de que el revival setentista de los Kirchner malversó los verdaderos sueños de aquella generación diezmada. Caparrós formó parte de los jóvenes que querían instalar el socialismo extremo en la Argentina, y se queja de que el setentismo haya quedado vinculado únicamente al uso de la violencia. Mi discrepancia con los setentistas va más allá del uso del asesinato político como praxis y se instala en la torpe, delirante y peligrosa manera de hacer política que esa generación presuntamente brillante demostró a la hora de la verdad. La apropiación de la "heroicidad" setentista por parte del Gobierno creó, según Caparrós, "una confusión fundamental: que ahora los montoneros mandan, que este gobierno es la concreción de las voluntades de aquellos hombres y mujeres. Es sorprendente -agrega-: cualquier comparación veloz de las ideas políticas de unos y otros muestra la diferencia abismal entre esos militantes que querían un mundo sin ricos y estos ricos empresarios que no paran de hacer plata".

Por las dudas, por los tiempos que corren, el narrador de Argentinismos se define: "Fui de esos que tuvimos que dejar la Argentina mientras el matrimonio Kirchner hacía buenos negocios; de esos que criticábamos al peronismo de Menem mientras el matrimonio Kirchner y su gobierno peronista hacían buenos negocios; de esos que trabajábamos para recuperar la historia reciente mientras el matrimonio Kirchner prohibía en su capital marchas de las Madres".

Desde la izquierda, critica la ley de medios, el desendeudamiento y otras martingalas kirchneristas. Y también, a La Cámpora, que "no organiza barrios ni dirige centrales estudiantiles ni arma corrientes sindicales ni consigue puestos electivos en consejo y diputaciones? Que el retorno de la militancia -reflexiona- esté fogoneado desde el poder, y que se instale tan fuertemente en él es un signo de estos tiempos". Y recuerda que estos militantes neosetentistas no se mueven en la austeridad, sino en el lujo.

Pero sería injusto aseverar que Caparrós hace girar su lúcido ensayo únicamente en torno del fenómeno coyuntural del kirchnerismo. Parte de esta mecánica de división y de dogmas inconmovibles que están de moda para navegar otras aguas y para poner todo en duda. Se jacta incluso de dudar. Contrapone al riesgoso verbo "creer" el luminoso verbo "dudar", y hunde su cuchillo en todos los territorios, da vuelta todas nuestras creencias, y nos hiere con su filo, puesto que nos pone a pensar el futuro. Es inusualmente arriesgado lo que hace y propone. El filósofo Francis Bacon decía: "Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde". Podemos elegir en qué casillero vamos a refugiarnos.

La segunda vida de Némirovsky

Silvia Hopenhayn
Para LA NACION


Hay persecuciones que entierran verdaderas obras de arte. Y la historia de la creación ni se entera. Con suerte, el destino abre huecos para que resurjan. Es el caso de las novelas de Irène Némirovsky, que nació en Kiev, en 1903, y murió en Auschwitz, en 1942. Embebidas en dolor, también gozan de una belleza sutil e implacable.

La revelación -o el renacimiento- ocurrió en 2004, cuando la editorial Grasset publicó Suite francesa . Después siguió editando los manuscritos inéditos que se encontraron en la valija que Irene había legado a sus dos hijas, antes de ser deportada a Auschwitz.

En los casos de trágica o enigmática muerte del autor, los libros pueden llegar a convertirse en un tesoro póstumo. Cuando se pensaba que habían sido todos publicados, aparecen otros nuevos y desconocidos. Cabe siempre la sospecha: ¿hay alguien que los sigue escribiendo? Esta es la trama que inventa Patricia Highsmith en su novela La máscara de Ripley en el ámbito del arte y la falsificación. Un artista se suicida en Grecia. Su marchand , junto con Ripley, simula que el pintor se fugó a México, para poder seguir vendiendo sus cuadros, y contrata a alguien que logra imitarlos a la perfección. Obviamente, la historia se complejiza y se convierte en una exquisita novela policial.

No es el caso de Némirovsky. Su escritura es inimitable. Por su estilo singular y la propia vida contenida en su ficción, que relata con precisión los rasgos más duros y amorosos de su tiempo.

La novela recién publicada en castellano Los perros y los lobos (Salamandra) estuvo escasos meses en librerías en 1940, cuando apareció por primera vez, y fue la última que la autora publicó en vida. La lectura actual funciona como un trampolín de su ficción.

Con una infancia ardua pero intensa, la protagonista de Los perros y los lobos es al principio una niña que va descubriendo aquello que la rodea, sobre todo lo acuciante: las castas, el castigo, la represión, la peste.

Al mismo tiempo, experimenta un afán de descubrimiento que la lleva a sobrevivir y contemplar la belleza en sus diversas apariciones; el posible y gozoso temblor de su cuerpo frente a un amor que va mutando de época.

"Entre los judíos, todo se hacía de repente y a saltos. La suerte y la desgracia, la prosperidad y la miseria los fulminaban como los rayos del cielo al ganado, lo que originaba en ellos tanto una perpetua inquietud como una esperanza invencible."

La novela comienza con un cuadro. Allí se prefigura el destino de sus personajes: "La ciudad ucraniana de la que eran originarios los Sinner tenía tres zonas claramente diferenciadas, como las que se ven en ciertas pinturas antiguas: abajo, atrapados entre las tinieblas y las llamas del infierno, los réprobos; en el centro de la tela, iluminados por una luz pálida y serena, los mortales, y en lo alto, los elegidos". Esta división tan tajante se convierte en una posible travesía.

Hay cuadros que enmarcan una época y hay novelas que transvasan su tiempo. Esta es una de ellas