martes, 14 de enero de 2014

“En la vida rechazamos el crimen, pero abrimos un libro esperando que ocurra” PABLO DE SANTIS


"Crímenes y jardines", la última novela de Pablo de Santis, sigue con los personajes de "El enigma de París", su libro anterior. En este policial clásico, la concepción de los jardines –y la pugna de esas ideas contrapuestas– es la protagonista.



Crímenes y jardines (Planeta), última novela de Pablo de Santis, sigue con los personajes de El enigma de París, su libro anterior. Pero parece poner a la trama de este policial clásico en un ambiente en el que la concepción de los jardines –y la pugna de esas ideas contrapuestas– es protagonista. Si “civilización y barbarie” es un lema que puede titular el legado decimonónico con que Sarmiento inaugura un debate siempre brutal y vigente, la apuesta de De Santis, también exitoso autor de novelas juveniles, parece ir en el mismo sentido. En esta novela, que transcurre en 1894, el joven detective Sigmundo Salvatrio “hereda” la agencia de investigación que dirigía su mentor, Craig, uno de los Doce Detectives más talentosos del mundo. En El enigma de París, Salvatrio había viajado a la Exposición Universal que se hizo en la Ciudad Luz en 1889 para representar a su mentor. En esta nueva novela, el personaje afronta su primer caso solo: la muerte de Craig termina de convertir a Watson en Holmes, y la aparición del cadáver de un anticuario exige un esclarecimiento. La pista conduce a un grupo de “filósofos de los jardínes”, que habían intentado robarle al célebre botánico Carlos Thays el diseño de los espacios verdes porteños. De Santis trabajó en este libro apenas publicó El enigma...“En algún momento quedé paralizado”, dice. Incluso escribió otra obra que involucra a Salvatrio, peroCrímenes y jardines ocurre antes, así que, después de “bastante trabajo” lo publicó.
-¿Pensás “Crímenes y jardines” como una continuación del anterior, hay una idea de saga?
-No, pero me dieron ganas de seguir con la Sra. Craig, personaje enigmático y ambiguo, lejos de lo estructurado, que está totalmente por fuera de mi neurosis.
-Más allá de la trama policial, hay una apuesta por el humor, un modo de los personajes y los usos de principios de siglo XX que resulta gracioso.
-Sí, me gusta que haya humor aunque haya crímenes y tragedia, pero es algo que hay que tener bajo control porque si se escapa, resta: me gusta el humor cuando refuerza la verdad de lo que uno cuenta. El humor permite ver a los personajes fuera de lo que quieren representar, eludir la solemnidad de los personajes y mostrar que no son tan serios como pretenden.
-En el mundo, también en Argentina, hay un boom de la novela negra, ¿cómo lo ves en relación con tus libros que son policiales de pistas, en los que los casos se resuelven de manera limpia, matemática?
-Será porque mis padres leían a Agatha Christie y a mí me encantan los elementos convencionales de esas novelas, esas cosas que suelen señalarse como defectos, la reunión de los personajes en un transatlántico, en un gran hotel, en un tren de lujo, el crimen lejano de la vida social.
-En el clásico policial de pistas, que el detective sea efectivo y resuelva el caso parece sobreponerse al horror del crimen.
-El policial nos pone en una situación culpable como lectores porque en la vida real rechazamos el crimen, pero abrimos un libro esperando que ocurra, ansiosos.Como si ese cadáver estuviera por fuera de lo moral, aunque sea lo que provoque la reflexión; pero en el policial el cadáver surge como la primera pregunta sobre el mundo, la pregunta fundamental.
-¿Dialogan tus libros de literatura juvenil con tus policiales?
-Para mí, toda la literatura es como si fuera literatura infantil porque es en la infancia cuando se funda la relación con los relatos: leemos porque nos han contado historias antes de irnos a dormir. Y en la ficción hay algo profundamente infantil porque, ¿por qué nos interesamos en el destino de personajes que no existen? La literatura es un juego, pero un juego serio, una visión concentrada del mundo.
-La disputa de los jardines que planteás en la novela, un grupo que propugna por un jardín de diseño geométrico se enfrenta a los que bregan por una idea de lo natural sin injerencia, parece dar cuenta de una discusión mayor…
-Sí, convierto esa discusión que aún hoy tiene lugar en dos sectas: la del jardín de la Atlántida y la del jardín edénico, de antes de la cultura. Y también por eso hago personaje a Carlos Thays –el paisajista responsable de los jardines más importantes del espacio público argentino de principios de siglo XX–, porque era amigo de Sarmiento y me servía por la cuestión de fondo que también se juega en la novela: “civilización y barbarie”.

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