sábado, 10 de diciembre de 2011

Las arenas movedizas de la ficción

En la tercera entrega de 1Q84, Haruki Murakami abandona el thriller fantástico por una historia de amor con escenografía fantasmagórica
Por Débora Vázquez | Para LA NACION

Haruki Murakami (Kioto, 1949), que además de escritor quisiera que en su epitafio se lo recordara como corredor, confesó en sus memorias de maratonista ( De qué hablo cuando hablo de correr ) que lo fundamental en una carrera de fondo o un proyecto literario de largo aliento es encontrar un ritmo y sostenerlo. El Libro 3 de esta suerte de triatlón orwelliano que es1Q84 , no cumple con la premisa y quiebra la velocidad que habían impuesto los dos primeros volumenes (que en español se dieron a conocer en un tomo único). Dicho de otro modo, la novela entra en una fase sosegada, en que la espera y el repliegue se imponen a la acción.

Ya no importa el fraude editorial en el que Tengo -profesor de matemáticas y novelista en ciernes- ofició de escritor fantasma de una adolescente disléxica, ni tampoco el asesinato cometido por Aomame -instructora de artes marciales- contra el líder de una secta. Sólo cuentan Tengo y Aomame a secas. Dos treintañeros que desde sus respectivos encierros se buscan, casi sin moverse, para tomarse de la mano como cuando eran niños y regresar juntos al mundo que conocen. O por lo menos huir de esa variante enrarecida del Tokio de 1984 que Aomame, movida por la homofonía que en japonés comparten el número "9" y la enigmática letra "Q", bautizó "1Q84". En síntesis, ya no se trata de un thriller fantástico en el que despunta una historia de amor, sino de una historia de amor con una escenografía fantasmagórica a medio desmontar en la que en cada noche, cuando Aomame imagina a Tengo subido al tobogán de una plaza y Tengo fantasea con ella durmiendo dentro de una crisálida de aire, penden del cielo dos lunas.

Mientras que en los libros 1 y 2 Murakami se encargó de urdir una trama surrealista y compleja basada en un contrapunto de capítulos breves que, con una prosa llana y sin adornos, va develando los móviles de los protagonistas, en el Libro 3, igualmente plano en su estilo, la dinámica opera a la inversa. En esta oportunidad lo que prima es destejer, y para ello se requiere de un tercero en discordia. Ushikawa, el siniestro personaje contratado por la secta Vanguardia para rastrear a Aomame, es, además de detective privado, una eficaz estrategia narrativa para recapitular e intentar descifrar los avatares del origen del ciclo, lo que permite que este libro pueda leerse con autonomía. De más está decir que el encuentro de Ushikawa con la maestra de grado de Tengo y Aomame, por citar un caso, esboza un buen resumen de sus respectivas infancias pero está lejos de desplegar el dramatismo de los libros previos. A las trilogías, es sabido, conviene empezarlas desde el principio.

Si las alusiones literarias del Libro 3 fueran más acotadas y menos enfáticas, uno tendería a especular que están ahí para sembrar en el mundo imaginario referentes reconocibles. No obstante, la profusión de ellas es tan notable y canónica -Shakespeare, Dostoievski, Tolstoi, Proust, Kafka y Chéjov- que el lector se ve obligado a pensar, o bien que en esta realidad alternativa se lee mucho más que en la suya, o bien que 1Q84 es un best seller con complejo de culpa. En otras palabras, por más que sólo encienda la televisión para ver series estadounidenses o partidos de béisbol y que se pasee todo el día en zapatillas, Murakami no quiere pecar de inculto. Así y todo, hay cierta liviandad a la hora de aludir a los clásicos. Como dar por sentado, por ejemplo, que para leer En busca del tiempo perdido de punta a punta se necesita, como mínimo, estar encerrado en una cárcel. O presumir que el envío de una "una caja de magdalenas" a una joven cautiva "puede que influya positivamente en el transcurso del tiempo".

Casualmente uno de los asuntos que en 1Q84 se plantea como falacia es el del tiempo. De hecho, Tengo, que no desconoce las leyes empíricas y sabe que el ser humano lleva cientos de años viviendo bajo la premisa de que al tiempo se lo representa como "una línea recta que se extiende hasta el infinito", se atreve a hacer tábula rasa y arriesgar, en una infeliz y pseudoproustiana metáfora pastelera, la posibilidad de que éste ostente "la forma de un donut retorcido".

Para pisar este mundo de arenas movedizas en donde la frontera entre la realidad y la ficción, el cuerpo y la psique, y la vida y la muerte está puesta constantemente en duda, es esencial contar con personajes tangibles. Para lograrlo, Murakami no economiza al momento de detallar los exhaustivos catálogos de rutinas domésticas, que incluyen desde el ordenamiento de la heladera hasta la preparación esmerada de los alimentos. Sin olvidar el prolijo planchado de la ropa, preferentemente de marca, ya que ninguno de sus protagonistas viste trapos. Cuestiones menos frívolas, como la inseguridad respecto del aspecto físico o la incomodidad con el propio nombre -el de Aomame, sin ir más lejos, significa "chaucha"- también son contempladas puntillosamente por el autor.

A causa del embarazo de Aomame el tono del Libro 3 se vuelve bastante más sentimental, y hasta edulcorado, que el de los anteriores. El maternal hincapié en "esa cosa pequeñita" que crece en su interior y la ausencia de un auténtico desconcierto ante el incordio de que "esa cosa pequeñita" haya ingresado en su útero por arte de magia hacen sospechar que la permanencia en 1Q84 trae aparejada ciertas secuelas. En breve, no sólo Aomame deja de inquietarse por su fecundación telepática, sino que los demás personajes tampoco se asombran porque una enfermera asegure haber reencarnado, un fantasma oficie de cobrador de impuestos, o porque la Little People continúe rigiendo el mundo con esa onomatopéyica jerigonza basada en un par de ridículos "¡jo jo!".

En algún punto estos dislates provocan más risa que el humor deliberado, siempre presente y a veces políticamente incorrecto, como cuando el custodio amigo de Aomame equipara el horror del nazismo y la bomba atómica con la música contemporánea. Ocurre que Murakami no emite juicios y es capaz de describir con aplomo el más escalofriante de los asesinatos por asfixia. No en vano, en un pasaje del libro se rememora el conjuro recitado por las brujas de Macbeth : "Lo bello es feo y lo feo es bello".

Si bien Aomame, por su particular estado, debería ser quien juegue el rol pasivo dentro del relato, ocurre que es ella quien ejecuta cada una de las movidas decisivas. Descubre el paradero de Tengo y lo cita, previsiblemente, en el tobogán de una plaza; pergeña cómo volver a 1984 tras averiguar que el portal de acceso son las escaleras de emergencia de una estación de servicio, y hasta se permite dudar acerca del éxito de su regreso a destino a raíz de una mínima variación en el panel publicitario que protagoniza el saludable tigre de la marca de combustibles Esso: "¿Habremos llegado a un lugar diferente? ¿Nos habremos trasladado de un mundo distinto a un tercer mundo, un mundo donde el tigre nos mira sonriente no desde su perfil derecho, sino desde el izquierdo, y donde nos aguardan nuevos enigmas y nuevas reglas?" Es de esperar que estos interrogantes no aviven en Murakami la voluntad de responderlos en una imprevista cuarta entrega de 1Q84 .

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