lunes, 26 de septiembre de 2011

"Nunca pensé que iba a ser escritora" Hebe Uhart

Elogiada por Fogwill y Piglia como una de las mejores cuentistas argentinas, la autora, que en 2010 recibió el premio de la Feria del Libro, reflexiona sobre su literatura y se reconoce heredera de Felisberto Hernández


Hebe Uhart lleva casi cincuenta años escribiendo y diecisiete libros publicados. Fogwill la ha reconocido como la mejor cuentista argentina contemporánea; Piglia la ubica en la mejor tradición de la literatura argentina.Relatos reunidos , editado por Alfaguara, mereció el premio a la creación literaria 2010 y puso al alcance de la mano muchos de sus relatos inconseguibles. Descreída de los reconocimientos, Uhart sigue escribiendo cuentos y crónicas, dando talleres y formando a escritores.

En el noveno piso de un luminoso departamento de Almagro transcurre la entrevista y buena parte de la vida de Hebe Uhart. El edificio se alza sobre las casas bajas de la zona. "Me gusta el barrio", dice Hebe. "Acá es tranquilo y estás cerca de todo. Y es mezclado." Nos acercamos al balcón. "Mirá la vista que tengo." Me llaman la atención las ventanas del edificio bajo de enfrente, nuevas, arregladas, parejas. "Son consultorios del Hospital Italiano", me aclara. "Es como un pulpo."

De la cocina trae café, ofrece agua, gaseosa. Le agradezco; insiste. Hebe es inquieta, está siempre alerta, fuma. Nos sentamos a la mesa donde varias veces por semana se sientan también sus alumnos de taller. Hay un viejo televisor y estantes con libros en desorden. Muchos escritores jóvenes se han sentado alrededor de esta mesa. "También tengo un taller en Moreno, de donde yo soy, que es gratuito. A la vuelta me pagan entre todos un remís. De ida voy en combi. Me gusta ir porque es mi pueblo. Lo doy en una parroquia", aclara, jocosa. También da cursos fuera de la casa. "Así salgo un poco." Acaba de terminar uno sobre escritores latinoamericanos, en Eterna Cadencia.

Como algunos personajes de sus relatos, Hebe es porfiada, obstinada. No se entrega fácilmente a las preguntas, no quiere complacer ni hacer concesiones. "Definirse uno es un poco difícil. No me pongas en aprietos. Te definen los demás", responde, cuando me intereso por saber si ella se reconoce en la caracterización que alguna vez hizo de su querido Felisberto Hernández: un escritor de entrecasa, de la intimidad, alguien para querer.

Parece haber aprendido mucho de Felisberto. Se percibe en sus relatos. Esa bonhomía con sus personajes, su resistencia a juzgarlos y a definirlos con adjetivos, la preferencia por la comparación o la metáfora, la fidelidad al recuerdo. Le pregunto por las lecturas que marcaron su escritura.

-De Felisberto sí reconozco una influencia directa, pero de las otras lecturas no, son muy indirectas. Yo leí a los rusos, a los norteamericanos, a algunos europeos, pero no puedo saber qué lecturas marcaron mi escritura. Si leés a Dostoiesvski va a incidir en tu escritura pero de manera muy indirecta, porque es un ruso, porque es un novelista, porque es otro tono, otra tónica.

-¿Qué lecturas te interesaron? ¿A cuáles volvés?

-¿Los que vuelvo a leer? ¡Son tantos! Yo doy talleres todas las semanas, así que tengo que buscar autores distintos. Te puedo hablar de los latinoamericanos que estuve dando. Me interesa el sentido del humor de Alicia Steimberg e Isidoro Blaisten. Y los cuentos camperos del uruguayo Juan José Morosoli, muy bien hechos. Y Alejandro Zambra, el chileno. Entre los peruanos, vimos a dos mayores, Alfredo Bryce Echenique y Julio Ramón Ribeyro, y a dos muy jóvenes que son muy buenos y me gustan mucho: Santiago Roncagliolo y Daniel Alarcón. Y también al colombiano Juan Gossaín, que es muy gracioso, con un humor muy de allá.

-Te interesan más los narradores latinoamericanos.

-En este momento, porque estoy dando el curso. Pero los norteamericanos tienen grandes cuentistas, una cantidad impresionante: Flannery O'Connor, CarsonMcCullers, Erskine Caldwell.

Hebe no fue una lectora ni una escritora precoz. "De chica leía, claro, pero empecé a descubrir autores cuando empecé Filosofía. En primer año tenés Introducción a la Literatura y ahí empecé a leer. Leía los suplementos de los diarios. Y un autor te lleva a otro. A escribir también empecé de chica, pero no es que me pusiera a escribir ni que fuera una pasión. Nunca pensé que iba a ser escritora. Tampoco lo pienso ahora, no lo pienso demasiado."

En su formación como escritora tuvo mucho que ver un compañero de facultad. "Él me guió." Hebe le llevaba sus textos y él los leía y le señalaba "lo que estaba vivo y lo que estaba muerto, lo que tenía interés y lo que no". Eso fue entre los 17 y los 19 o 20 años. "Entonces no había talleres pagos, pero él me miraba las cosas. A escribir se aprende escribiendo. Es un trabajo, se aprende haciéndolo, como cualquier otra disciplina. A los 23 o 24 años publiqué mi primer libro."

Y desde entonces no paró de escribir y publicar. Buena parte de sus narraciones, en editoriales pequeñas y desconocidas, muchas de las cuales ya no existen. Centro Editor de América Latina la dio a conocer en 1983. Adriana Hidalgo la selló con su prestigio en los últimos años. El año pasado Alfaguara reunió sus relatos, muchos de ellos inconseguibles, en una cuidada edición.

-Buena parte de tus relatos refieren experiencias de tu niñez o de tu primera juventud, y de pueblos suburbanos como Moreno o Paso del Rey, donde te criaste. ¿El suburbio o el pueblo y el pasado son materias más maleables que el presente y la gran ciudad?

-Yo tengo mucha referencia de la gente de Moreno, porque mis padres y mis abuelos eran oriundos de Moreno, prácticamente desde los comienzos del pueblo. Entonces sé mucho de la vida de las personas del pueblo. Y por la parte materna, tengo mucha referencia de migración. Y todo eso lo usé, lo uso en mis cuentos. En cuanto a escribir sobre la infancia? volver a la infancia es volver a una zona en que uno es otro. El personaje puedo ser yo, pero a estas alturas es otra persona.

-Tenés muchos relatos de escuela, de profesores, maestras, directoras.

-¡Y claro!, porque he trabajado toda la vida en la docencia. En general, yo tengo siempre un cable a tierra. Cada relato sale de situaciones reales, vividas. De algo que he visto, percibido, sentido. Los del colegio, de cosas del colegio, de experiencias de escuela, observadas o vividas. Lo mismo que los de mi infancia.

Hebe trabajó como maestra primaria mientras estudiaba en la facultad. En escuelas de barrios apartados de Moreno, su pueblo. "Iba a la facultad y era otro mundo, pero convivían normalmente. Cuando uno es chico entra y sale de las cosas con mucha facilidad." Fue también bibiotecaria, vicedirectora, directora, profesora universitaria. Toda una vida en la docencia.

-Muchos de tus relatos están escritos en primera persona. Algunos cuentan experiencias que uno puede reconocer como próximas a tu mundo. Otros no: la mujer pretenciosa de "Cosas que pegan, cosas que no pegan", que no puede vivir sin que las cosas combinen; la mujer que deja el Chaco y a su marido "por perimidos" y se va a Buenos Aires, en "Florinda". ¿Probar una voz ajena es probar otras vidas, meterse en la piel de otro?

-El alemán, la paraguaya, la que viene del Chaco son primeras personas que no soy yo. La persona sirve como un buen soporte para lo que querés contar. Y sí, la primera persona es un poco como captar un personaje por lo que dice, por lo que hace. Un poco, dentro de lo que se puede, porque lo que piensa la gente no lo sabe nadie.

-Estás muy atenta a cómo habla la gente. Tenés un oído muy afinado para captar expresiones, particularidades en el habla de los personajes.

-Sí, sí, cuando me interesa un personaje, sí. Leonor, la que viene del Chaco y deja al marido por perimido, era una señora que trabajaba en casa. Tenía un lenguaje extraordinario, yo la estaba escuchando siempre. Creo que me contaba las cosas para que yo las escribiera. Lo mismo en las crónicas, porque el lenguaje varía bastante de un lugar a otro. Un peruano no dice "come lo que quieras", sino "come lo que te provoca".

-Solés decir a tus alumnos que un relato es como un vestido o una ropa. Puede ser precioso pero no ser para uno. ¿Qué relatos son para vos y cuáles no?

-Yo puedo decir los que no son para mí. No es para mí el policial, porque no tengo la menor aptitud detectivesca. Salvo cuando veo a Columbo -que te va mostrando todo lo que hace-, nunca sé quién puede ser el criminal, no sé nada de los móviles, no tengo ninguna capacidad investigativa. Y tampoco me interesa mucho la ciencia ficción. Jamás escribí nada que pueda ser ciencia ficción o policial. Son géneros que parece que me estuviesen vedados.

-¿Hay también temáticas que te están vedadas?

-No, temáticas no. Pero algo que no puedo abordar es el manejo de muchos personajes a la vez, me da mucho trabajo. Prefiero manejarme con tres, cuatro o cinco. Pero en cuanto a temáticas, no, porque nunca sabés lo que te puede interesar. De repente te interesa algo que hasta el momento no te había interesado. Fijate, por ejemplo, el libro de viajes. No tiene nada que ver con la infancia ni con la juventud. Son crónicas de viajes, cosas que veo por ahí, miro, proceso, recojo.

Viajera crónica salió hace un par de meses, editado por Adriana Hidalgo. Son crónicas que Hebe escribió para el suplemento cultural del diario El País, de Uruguay. "Salvo la de Formosa, que apareció en la publicación del Parque España, de Rosario." Para eso recorrió numerosos pueblos de Uruguay, de la Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Paraguay, Brasil, Italia. Los parentescos con sus relatos son visibles: esa manera extrañada de mirar, la atención al detalle, el interés por la lengua de los personajes, una lengua que los define en su particularidad.

El vínculo de Hebe con el Uruguay se remonta a comienzos de los años noventa, cuando fue invitada a Alemania junto con otros nueve escritores argentinos y dos uruguayos. "Nos llevaron en tren por toda Alemania. Fuimos a tres ciudades. Cada cuento que leíamos, nos pagaban: todo cash, nada de CUIL o CUIT. Y más que de los argentinos, me hice amiga de los dos uruguayos, Mario Delgado Aparaín y Tomás de Mattos. Y entonces me agarró toda una cosa con el Uruguay, qué sé yo." En uno de sus viajes a Montevideo fue hasta el diario El País y habló con Homero Alsina Thevenet, que era el director del suplemento cultural. Le contó de sus dificultades para publicar ("te hablo de quince años atrás") y enseguida Alsina Thevenet le propuso hacer una nota. "Pero no pongas malas palabras", le advirtió. "Era muy gracioso, yo nunca ponía malas palabras."

-¿Vos proponías los lugares?

-Sí, y en general me decían que sí. ¡Si me pagaban poquísimo?! Aprovechaban que yo viajaba. Yo sabía qué lugares les podían interesar. Todos los pueblos de Uruguay, las ciudades argentinas grandes o los puntos turísticos donde ellos van, como Bariloche. Entre Ríos les interesa porque son vecinos, tienen mucha relación. ¡Y son casi iguales!, mucho más que un porteño. Y Europa y América latina obviamente les interesaba porque me costeaba el viaje yo, con el uno a uno. Pero pagaban muy poco.

-¿Sacabas fotos?

-Nunca saqué una foto en la perra vida. Las fotos las pedía en Cultura o en Turismo. O compraba un par de postales lindas del lugar.

Hebe se ha sentido muy cómoda con los uruguayos y le han dado mucha libertad para trabajar. Ella, que se define como suburbana, se siente a gusto con el ritmo y el temple de nuestros vecinos. "En Uruguay era muy sencillo publicar, hasta hace poco no tenían ni CUIL ni nada. Venía Elvio Gandolfo, íbamos a tomar un café, me daba la platita y lo anotaba en un papel. Además no me pautaban. Mientras que, por ejemplo, hacer notas en Clarín es muy complejo. Te pautan, hubiera tenido que sacar fotos."

El libro de crónicas la tiene contenta. "Me dicen que se está vendiendo bien. A lo mejor me largo a viajar de nuevo en el verano, voy a otros lados a los que no fui y hago otro libro de viajes. Aprovecho las ganas de ir a conocer un lado." El tema la entusiasma y abandona la parquedad con la que responde otras preguntas.

-Me pasó una cosa muy graciosa. Me habían invitado al programa de Osvaldo Quiroga, El refugio de la cultura . Ese día también había ido una gente de teatro que me resultó muy simpática y fui con una amiga a ver la obra. En el programa yo había hablado de un pueblo perdido de Entre Ríos, Irazusta. Es un pueblo de 800 habitantes que no tiene nada, no hay hotel, nada. Lo vi mirando la tele. La periodista les preguntó a unas mujeres que cocinaban qué atracción tenía el pueblo. "La zorra de la vía", dijeron. Fue un año que yo no tenía plata para viajar. "Eso no debe costar nada, voy a gastar menos allá que en mi casa", pensé. Así que me fui a Gualeguaychú y me tomé un remís hasta Irazusta. Había una hilera de casas, todas con las ventanas para atrás, para que no les diera el sol. Me dieron la pieza de un chico que se había ido a estudiar. Lo pasé bárbaro tres días ahí. Entrás en todas las casas, hablás con toda la gente. Todas las tardes hablaba con un paisano que me contaba de los animales, que a mí me interesan mucho: lo que hace el caballo, el lechón, qué sé yo. Comíamos en la casa de una profesora de geografía. Éramos 20 y todos habíamos ido por la televisión. Todos chochos, todos en casas de familia. Es un pueblo de campo campo, el diario llega cada quince días. Después en Gualeguay me dijeron: "En la perra vida habían pensado los de Irazusta que iban a tener 20 huéspedes". Yo escribí una crónica de ese viaje. Y eso lo conté en el programa de Quiroga. Y cuando salgo del teatro, me dice una señora: "¿Usted es la escritora que estaba en el programa de Quiroga?". "Sí." "Compré su libro y me convenció de ir a Irazusta. Yo ahora voy a ir con una amiga para allá." Estaba por decirle: "Mire señora que si le llegan a tocar tres días de lluvia?". Y hoy me llega un e-mail de la señora: que le encantó, que se metió en todas las casas, que recorrió hasta el último recodo del pueblo. Hizo miles de cosas tres días en Irazusta.

Hebe está por viajar a Chile a presentar Relatos reunidos , el libro que Alfaguara publicó el año pasado, en la colección en la que aparecieron los cuentos completos de Faulkner, Fogwill, Cortázar, Nabokov. Pavada de compañeros, pavada de reconocimiento. Como si fuera poco, en abril la Fundación El Libro lo otorgó el premio al Mejor Libro Argentino de Creación Literaria 2010.

El premio la sorprendió. "Sobre todo porque hacía muchos años que no me invitaban a la feria. Antes me llamaban para mesas de cuentistas, presenté libros; pensé que había hecho algo. Una vez coordinéremal una mesa, yo no sirvo para coordinar, y pienso que fue eso. Después hice una crónica, porque como toda cosa fallida te sirve para escribir. Y sí, cuando salió el premio me pareció extraño."

-En los últimos años fuiste dejando de a poco ese lugar más secreto que ocupabas. El premio te dio una mayor visibilidad.

-Lo de escritora de culto es una bola. Yo siempre tuve críticas. Del primer libro que escribí tuve críticas, y en ese entonces no sabía por dónde venía nada. Y también tuve distinciones, me premió la Fundación Konex. Y cuando enviaron a escritores argentinos a Alemania, me mandaron a mí.

Hebe se alza contra las definiciones cómodas que fomentan la tibieza. Porfía, resiste. Pero también se incomoda con el reconocimiento excesivo. Prefiere lo moderado, como suele decir. Y si tiene que viajar para dar una charla o una conferencia, se escapa un rato de sus obligaciones como escritora para ir al zoológico a observar a los monos o a los chimpancés, tomar notas y escribir una crónica..