lunes, 26 de septiembre de 2011

El Schindler argentino

Sarah Kaminsky ha relatado en Adolfo Kaminsky, el falsificador (Capital Intelectual), la increíble historia de su padre, el argentino que salvó 3 mil vidas durante la ocupación nazi de París. Una biografía que se lee como una novela de espionaje y que atraviesa, desde el lado de los perseguidos, los odios raciales y políticos que jalonaron el siglo XX. Aquí, el prólogo en el que el protagonista recuerda su infancia en una Buenos Aires llena de inmigrantes.


Me llamo Adolfo Kaminsky. Algunos me conocieron como Julien Keller, para otros fui Georges Vernet, Adrien Leconte, “Jules”, “Raphaël” o “Joseph”. Fui el experto en falsificación de documentos de la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. Se calcula que mis papeles salvaron a más de 3 mil familias judías. Después de la liberación de París, fui reclutado por los servicios secretos franceses para proveer documentos falsos a los soldados franceses que eran lanzados en paracaídas detrás de las líneas enemigas. Luego les suministré documentos a los sobrevivientes de los campos de concentración que se embarcaban clandestinamente hacia Palestina de 1946 a 1948. Más tarde, me puse al servicio del FLN durante la Guerra de Argelia, dentro de la red Jeanson: también fabriqué papeles falsos para ellos. Inicié a revolucionarios antifranquistas en las técnicas de falsificación y proporcioné identidades falsas a los revolucionarios involucrados en la lucha armada en Guatemala tras el golpe de Estado del general Carlos Castillo Armas. Hice lo mismo con los griegos que combatían la dictadura de los Coroneles. No me arrepiento de ninguno de los combates que libré y de los que participé. Actué por convicción, en apoyo a los pueblos víctimas de la opresión, en nombre de la libertad y siguiendo lo que mi conciencia me dictaba. Pero, sin embargo, nada me predisponía a este destino.

Esta es la historia de mi vida. Nací en Buenos Aires en 1925, y aunque me fui de la Argentina muy chico, a los cinco años, conservo todavía un recuerdo sumamente preciso. Es gracioso, porque la mayoría de las personas que me rodean no recuerdan nada anterior a sus cuatro o cinco años. Yo, en cambio, me acuerdo hasta del motivo dibujado sobre los azulejos de nuestra casa. Creo que aún hoy podría reproducirlo.

La Argentina era un cielo azulado y gigantesco que se alzaba ante mi cabeza como un domo, y sobre él los edificios se recortaban hasta el infinito, casi idénticos, y divididos en bloques alineados a lo largo de calles pavimentadas e interminables, de amplias veredas. Los vendedores ambulantes de frutas y verduras las recorrían cargando canastas rebosantes de mercadería y vendiéndoles a los pasantes. Así se veía el escenario cuando comencé a percibir el mundo. Una infancia continuamente bañada por una luz brillante, bajo un cielo siempre azul, tanto que cada vez que pienso en esa época, vuelvo a ver las imágenes de una vida que transcurrió en tecnicolor. El nuestro era un barrio popular, poblado por inmigrantes y nativos. Yo vivía en una de esas cuadras, al mil y algo de la calle Ecuador. En 1929 yo tenía cuatro años. En ese entonces todos me llamaban por mi verdadero nombre, Adolfo. Me portaba bien, era más bien debilucho, tenía el pelo largo y ondulado y, como todos los niños, usaba pantalones cortos.

Tener mi edad en Buenos Aires significaba gozar de una gran libertad. Como no pasaban muchos autos por la calle, los chicos podíamos jugar todos juntos afuera, bajo la vigilancia común de los vecinos del barrio. Yo tenía la libertad de ir y venir a mi antojo. Eramos una banda, demasiado chicos todavía como para ir al colegio, y andábamos de un extremo al otro de la cuadra. Mis amigos eran blancos, negros, indios, mestizos. Creo que entre nosotros no existía ningún tipo de racismo. Quizás fuese diferente en el mundo de los adultos, pero no entre nosotros. Teníamos un juego preferido: esperábamos a que pasara un policía en uniforme, y ahí le cantábamos una canción burlona. Entonces, él hacía como que se enojaba y nos amenazaba con tirarnos de las orejas. Nosotros nos escapábamos a toda velocidad, mitad orgullosos y mitad avergonzados, y nos refugiábamos en nuestras casas. Para llegar a la mía, había que empujar una puerta ancha y pesada y luego atravesar un largo pasillo que daba a un jardín. Era como pasar de la ciudad al campo. Los ruidos urbanos se alejaban y daban paso al silencio apacible de la vegetación. Los insectos hacían espectáculos de acrobacia. Había árboles frondosos y en el suelo crecían flores multicolores. A la derecha, había una huerta. A la sombra de los arbustos descansaban los perros de los vecinos, unos lascivos ovejeros alemanes. Había uno que me gustaba más que los otros: Aguilucho, porque cada tanto abría un ojo curioso frente al vuelo de una mosca, la atrapaba y después se volvía a dormir. Un caminito de tierra y piedra atravesaba el jardín hasta la vivienda del fondo. Era una casa chorizo, compuesta por departamentos contiguos. Mi familia y yo vivíamos en el ala derecha y las otras partes estaban ocupadas por familias nativas. Las viviendas, muy pequeñas, no contaban con cocinas individuales. Para hacer la comida, había que utilizar unas parrillas instaladas afuera, alineadas en un recoveco del jardín y que conformaban un área dedicada a la cocina. Al contrario de lo que pueda imaginarse, esta “cocina común” no era para nosotros algo incómodo sino todo lo contrario, era un verdadero espacio de convivencia. Para todas las mujeres de la casa, para mi madre y para las nativas con sus ropas coloridas, para las jóvenes y las no tan jóvenes, era un lugar de encuentro. Cuando yo volvía jadeando, cansado de corretear afuera, me gustaba juntarme con ellas allí. Doña Lola, una joven regordeta y de piel cobriza, se acercaba y me abrazaba. Ella me cuidaba para aliviarle la tarea a mi madre, demasiado ocupada con mi hermanito Angel, dos años menor que yo. Este jardín era mi refugio; ahí me sentía protegido. Con una oreja indiscreta, me gustaba escuchar a las mujeres hablar, reír o quejarse. Me encantaba la atmósfera femenina, de ternura maternal, que reinaba en ese lugar. Y me gustaba sentir cómo el sol me quemaba la piel hasta que picaba. Me quedaba ahí, con las fosas nasales abiertas, a la espera de los aromas embriagantes que emanaban de las cacerolas. Dulce, salado, picante. Tenía una cierta predilección por el olor a choclo asado.

En cuanto a mi padre, Salomón, lo veía poco, sólo a la hora de la comida. El era sastre a domicilio y había tomado una de las habitaciones de nuestra vivienda para transformarla en su espacio de trabajo. Me parece que se había adaptado bien a la Argentina o, en todo caso, lo simulaba a la perfección. Teníamos ingresos modestos, pero suficientes. El trabajaba todo el día en su “taller”, una pequeña habitación repleta de cosas. Sobre una mesa dominaba una magnífica máquina de coser marca Singer, entre pilas de sacos sin terminar, amontonados sobre un banquito y colgados de las paredes, cubiertos de marcas de hilvanado. Desde afuera se podía escuchar la música suave y obstinada que marcaban las puntadas de las agujas. Mientras trabajaba, Salomón tarareaba todo el día viejas y tristes melodías rusas o en yiddish, acompañadas por el persistente arrullo de la máquina de coser. Aunque no entendíamos nada de lo que decían las letras, las melodías eran tan melancólicas que uno adivinaba fácilmente que hablaban de toda la miseria del mundo. El trabajaba lentamente, concienzudamente, con rigor y aplicación. Demasiado bien teniendo en cuenta lo que le pagaban, según decía mi madre. Para él era imposible entregar un trabajo hecho a medias. Por ende, como la ración de pan cotidiano dependía de la cantidad de esfuerzo que él hacía, estaba bien claro que teníamos absolutamente prohibido molestarlo. Sin embargo, a veces terminábamos golpeando su puerta a escondidas de mamá y él nos daba sus carreteles de hilo usados, que rápidamente se transformaban en las ruedas de nuestros autitos artesanales, que fabricábamos con nuestras propias manos. Eran nuestros únicos juguetes. Mi madre, Anna, le tenía miedo a todo. Era una mujer con carácter, que desbordaba energía, siempre haciendo algo, y especialmente las labores manuales de la casa. ¡Pero tenía tal grado de ansiedad! Era muy supersticiosa y todo la atemorizaba: las enfermedades, los dolores, las muchedumbres, los que no pertenecían a la familia, la mirada de los otros, el “qué dirán”, el mal de ojo… Le temía a todo. Por ejemplo, si se me acercaba un desconocido y decía: “¡Qué niño más bonito!”, ella me apartaba e inmediatamente hacía una serie de gestos para eliminar cualquier embrujo que me pudiera haber echado. Había nacido en Tiflis, en la región rusa del Cáucaso, y allí transcurrió su infancia hasta que mi abuela, una mujer de carácter, decidió huir de los pogroms y de un joven marido alcohólico, y se instaló en Francia con sus cuatro hijos. Mi madre tenía los peores recuerdos de su infancia en Rusia. Me acuerdo que nos contaba cómo eran los pogroms. Lo hizo durante toda nuestra infancia. Y sobre todo cuando se iba acercando la Navidad, porque era en esa época cuando los cosacos cubrían de inscripciones las casas de los judíos para luego volver, ebrios y desatados, a llevar a cabo sus masacres. Ella nos contaba que para poder escapar de las persecuciones, con su familia se escondían en los graneros y en los sótanos, donde había ratas grandes como perros. Nos hablaba del frío que le congelaba las manos, de los aullidos de los lobos que le helaban la sangre y, sobre todo, de un chivo en el granero que le daba cornadas en las costillas justo cuando tenía que quedarse quieta y callada, tragándose las lágrimas y el dolor, rogando para que no la encontraran y la lastimaran. Cuántas veces tuvimos que escuchar, durante toda nuestra infancia, esas historias de mujeres embarazadas a las que les abrían la panza para luego llenárselas de plumas de almohada, de padres castrados frente a sus familias, de cuerpos de niños arrojados por la ventana, mientras que ella, acurrucada con sus hermanos en el granero, se tapaba los oídos para no escuchar los insultos, ni la violencia, ni los gritos de mujeres y niños. Sí, claro, le tenía miedo a la muchedumbre. Al peligro de la sublevación de las masas, al avance del odio colectivo. Para mí todo eso era bastante abstracto, y cuando le preguntaba qué razones habían llevado a los perseguidores a cometer semejantes atrocidades, ella me respondía: “Porque somos judíos. Nos tenían miedo. Decían que los judíos buscaban a los niños para comérselos”. A decir verdad, yo todavía no conocía el significado de la palabra judío. Pero esas historias, a través de las cuales mi madre canalizaba su angustia, alimentaron gran parte de mis pesadillas e hicieron que creciera con un cierto miedo, inconsciente por esa época pero omnipresente. Un miedo doble: el de ser asesinado por una muchedumbre sanguinaria que perdía la razón, y el de que me acusaran de comer niños.


*Ex miembro de la Resistencia Francesa.


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