lunes, 26 de septiembre de 2011

La antinomia que hizo historia

En su libro Braden o Perón (El Ateneo), Fabián Bosoer reconstruye la historia oculta de uno de los grandes mitos de la política nacional. Aquí, un fragmento


"Braden o Perón" fue el eslogan electoral que terminó de catapultar a la presidencia, en elecciones legítimas, al hombre fuerte de una dictadura en retirada, transformado en poco tiempo en líder popular y conductor del fenómeno de masas y la fuerza política que llevarán su nombre. "Braden o Perón" fue también una síntesis insuperable de las contradicciones, dificultades y dilemas que embretaron a la Argentina -a sus sectores dirigentes, en primer lugar? en su manera de relacionarse con el mundo.

La consigna, repetida en cantidad de discursos, coreada en las calles, escrita en volantes, pancartas y paredes, grabada en letras de molde e impresa en la memoria colectiva con un significado inequívoco, resume en la simple disyuntiva de hierro entre estas dos figuras descollantes una definición del campo de la lucha de más vastos alcances. Retrata, además, un momento crucial de la política nacional y de la historia del siglo XX: el año 1945, con el fin de la Segunda Guerra Mundial, la ampliación e intensificación de los procesos políticos contemporáneos y las relaciones internacionales desde los centros a las periferias, desde el mundo europeo-céntrico al mundo bipolar y global, ordenado por el conflicto Este-Oeste y el predominio de dos superpotencias: los Estados Unidos y la Unión Soviética. [...]

La confrontación entre Perón y Braden será un factor decisivo para la llegada del nuevo movimiento político al poder, el "match de fondo" que fijaría las imágenes de los principales actores en esa serie de contiendas, una dentro de la otra. Pocos recordarán que Braden estuvo apenas cuatro meses como embajador en la Argentina, y ello le bastó para armar un gigantesco revuelo. Luego pretendió manejar los hilos desde Washington, no sin permanentes tropiezos. Pocos tienen presente que hasta fines de enero del 46, faltando pocas semanas para los comicios presidenciales convocados para el 24 de febrero, la competencia entre la fórmula del Partido Laborista, Perón-Quijano, y la de la Unión Democrática, Tamborini-Mosca, era muy pareja. Había dos coaliciones electorales en pugna, con dos visiones contrapuestas de dónde estaba parado el país y hacia dónde debía encaminarse, y ambas contaban con una fuerza equivalente. La interferencia final de Braden, al impulsar la publicación del Libro Azul , que denunciaba la influencia nazi en el régimen de cuyas entrañas surgía la candidatura del coronel Perón, contribuyó a terminar de volcar los votos a favor de este último. ¿Fue torpeza de uno y sagacidad del otro? ¿O acaso el choque de dos lógicas, intereses y percepciones encontradas; de equívocos y malentendidos eficazmente traducidos en una fórmula política sencilla y conveniente, aquella que construye un mito político? Para uno, la lucha de las democracias -lideradas por los Estados Unidos? contra los totalitarismos. Para el otro, la batalla por la dignidad nacional y la soberanía del pueblo frente a un imperialismo desembozado.

Tanto Braden como Perón escribieron y hablaron en varias oportunidades, a lo largo de sus dilatadas vidas públicas, sobre la tormentosa relación entre ambos como uno de los episodios que más marcaron sus trayectorias. Las versiones que ellos brindaron permitieron a los historiadores reconstruir los móviles de sus actos e inferir cuánto influyeron directamente en el curso de los acontecimientos. El propio Perón reconoció décadas más tarde que si Braden no hubiera existido "habría debido inventarlo". Braden admitirá en una entrevista que el eslogan "Braden o Perón" fue "una brillante maniobra del ex dictador".

Detrás de la escena, dos observadores extranjeros fueron testigos, cronistas y, en alguna medida, también artífices de este cambio de percepciones que se produjo durante aquel corto período que va de octubre de 1945 a febrero de 1946. Período demarcado por esos dos hechos políticos fundamentales de la historia argentina que fueron la movilización popular del 17 de octubre de 1945, que catapultó el liderazgo de Perón al centro de la escena política nacional, y las elecciones nacionales realizadas unos meses después que lo consagraron presidente.

Astucias de la memoria histórica, estos dos personajes lograron mantenerse en un segundo plano de la galería de protagonistas que poblaron la escena de aquellos turbulentos días. Se trata de John Moors Cabot, a cargo de la Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, y de Arnaldo Cortesi, corresponsal del New York Times en el país. El testimonio que dejaron puede rastrearse a través de los papeles diplomáticos del Departamento de Estado norteamericano, la correspondencia mantenida entre los más altos funcionarios de la Embajada estadounidense en Buenos Aires y Washington, las memorias de algunos de aquellos protagonistas, los artículos sobre la Argentina publicados en la prensa norteamericana y sus repercusiones locales.

Los escritos de Cortesi y Cabot permiten distinguir cómo se percibían en un centro de la política mundial hechos y fenómenos políticos nuevos ocurridos en un país periférico pero estratégicamente significativo. Permiten, también, colocar el foco de análisis en un momento en que estaban cambiando en dicho centro de poder mundial los propios prismas de observación, a partir de los cuales se definen amistades y enemistades, países aliados y adversarios, temas y hechos relevantes o irrelevantes.

Pero además, las vidas de estos dos personajes secundarios de la "gran historia" resultan fascinantes rutas biográficas que nos permiten recorrer el modo en que los Estados Unidos escribieron las narrativas del "siglo americano" durante el siglo XX. La trayectoria diplomática de Cabot cubre cuarenta años de la política exterior norteamericana, que abarcan la crisis del año 30, el New Dealde Franklin Roosevelt, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la reconstrucción europea de posguerra y las intervenciones abiertas o encubiertas en las políticas domésticas de los países latinoamericanos. El recorrido vital de Cortesi abarca también cuarenta años centrales de la historia contemporánea, contados desde la óptica de un cronista que transita los pasillos del poder y las calles de las capitales del mundo en medio de convulsiones, guerras, revoluciones, puebladas y golpes de Estado.

Las notas que Cortesi escribió como corresponsal del New York Times en Italia durante los años del fascismo (le tocó cubrir nada menos que el período que va desde la marcha de los fascistas sobre Roma en 1922 hasta el ingreso de Mussolini en la guerra en 1939) merecen un estudio aparte -y acaso otro libro-. El papel desempeñado por Cabot en las distintas capitales latinoamericanas, asiáticas y europeas como representante diplomático de los Estados Unidos también ofrece un tesoro documental extraordinario para un estudio dedicado específicamente a esa actuación. Ambos se encontraron en Buenos Aires en el 45 y transmitieron desde allí a sus interlocutores y lectores los impactos locales del fin de la guerra y el ascenso del peronismo. Fueron, podría decirse, las personas justas en el lugar y el momento indicados. [...].

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