Dos libros escritos por periodistas bucean en términos políticos y sociales de la era K.
Dos libros flamantes, todavía con olor a tinta, se han echado a la espalda la responsabilidad, levemente tremenda y extraña por partida triple, de definir, encarrilar, precisar, fijar al estilo de la Real Academia Española, una serie de términos políticos y sociales que abundan, flotan dispersos o se han hecho carne en el lenguaje cotidiano.
Los dos libros, sinónimos en su intención, antónimos en su estilo, son fruto de una década, ganada o perdida según quién la mire, que representa un lapso enorme para un país como la Argentina en el que sufrimos “el despiadado impacto de la fugacidad”, como afirma uno de los autores en la presentación de su obra.
Por total casualidad o por destino ineludible, los dos libros adoptaron la forma de un diccionario de palabras o de expresiones que intentan definir una época y un país. Que dos obras literarias y periodísticas, periodistas son sus autores, intenten echar luz sobre una época y un país, hablan de una época y de un país inexplicables: mérito del kirchnerismo, involuntario si se quiere, pero al César lo que es del César.
De todo esto, y de bastante más, tratan Esto que pasa, de José PepeEliaschev (Sudamericana) y El relato K en 200 expresiones, de Pablo Mendelevich (Ediciones B). Y, de nuevo, son dos periodistas, profesión vapuleada si las hubo en los últimos diez años, quienes develan la cara oculta de un “relato” (ya empezamos con las palabras a definir) que lo colonizó todo, hasta el idioma. Mendelevich lo adjudica al “cristinismo”, Eliaschev a un país enfermo por la corrupción, por la ratería política, por un menefreguismo constante en las normas y las leyes.
Esto que pasa no puede eludir, ni tendría por qué hacerlo, cierto tono épico y un mirada extendida y constante hacia la gran tragedia argentina de los años 70 de la que Eliaschev, de algún modo, formó parte.
El relato K exhibe con cierto orgullo un tonito zumbón, irónico y corrosivo que a Mendelevich se le da muy bien. El resultado es apasionante: dos libros divertidos, inquietantes, trágicos a su manera por lo que encierran entre líneas, que revelan con agudeza y lucidez la flora y fauna, los rugidos y maullidos, los lamentos, mentiras, decepciones y falsificaciones de los protagonistas de una era, en la que ya alborea su ocaso, que será discutida, estudiada, defendida y vapuleada, pero que jamás llegará a ser apasionante.
Mendelevich refiere en su acápite “La Cámpora”: “Organización de la juventud kirchnerista, así llamada en homenaje al presidente conservador ‘cooptado’ por Montoneros”. También remite al único sobreviviente político de esa época (no es el único), Esteban Righi, ministro del interior en 1973 y Procurador General durante el kirchnerismo, hasta que su accionar se le hizo intolerable a la defensa del vicepresidente Amado Boudou, investigado por corrupción.
Los dos libros hacen referencia también al “Periodismo”. Eliaschev se pregunta si el periodismo profesional colapsó. Mendelevich define a la profesión, según los ojos del kirchnerismo, como “intermediación innecesaria” y recuerda la preferencia del ex presidente Kirchner por los fotógrafos “porque no hacen preguntas”.
También coinciden en hablar de “Progresismo” y “Progresistas”: “izquierdismo desteñido”, según el dardo de Mendelevich, algo “profundamente desconcertante e indigerible es esa vapuleada franquicia política que en la Argentina se llama progresismo o, más convencionalmente, centro izquierda” para Eliaschev.
A esas definiciones punzantes, los autores le agregan un análisis histórico, social, político en muchos casos indispensable para la comprensión del término y del entorno que le dio vida, o para certificar el grado de tergiversación, deformación o falsificación que les adjudicó a cada uno el kirchnerismo. Por ejemplo, Mendelevich define la marca Louis Vuitton como “Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”. Quien quiera oír, que oiga.
Por cierto, con una presidente tan autorreferencial, son estilos, no podía faltar el vocablo “Yo”. Es el preferido por Cristina Fernández según Mendelevich, que se tomó el trabajo de citar un estudio de catorce discursos presidenciales que detectó el pronombre personal repetido 176 veces, más que Argentina (110). Eliaschev también contó 9.074 palabras de discursos presidenciales para descubrir “Yo” reiterada cuarenta y dos veces, una vez cada doscientas dieciséis palabras: “una fenomenal estima por sí misma”, fruto de “una retórica narcisista”.
Basta de coincidencias, porque la riqueza de los dos libros está en la variedad. Por Esto que pasa desfilan las definiciones de “destituyentes, cosita, dolarizados, historia, fuego, garcas, helicóptero, indigencia, propaganda, tempestades, stalinismo, suicidios, eterfascismo”, entre otras riquezas del lenguaje.
Por El relato K pasan “Avanti morocha, cadena del desánimo, Clarín miente, criminalizar la protesta, Nac&Pop, Nunca menos, oligarquía, rulos, seis, siete, ocho, todas y todos” y otras expresiones que ya son características, inconfundibles y significativas. Hay que estudiarlasantes de que pasen al olvido.
A no engañarse, Eliaschev y Mendelevich han trazado adrede el retrato inclemente de un gobierno y de un estilo de entender la política. Pero también han dejado sentados los grandes trazos, a pura carbonilla, de una sociedad autocomplaciente a la que le encanta desempeñar el papel de víctima.
Acta de unión I Esta noche, un primer movimiento, un pulso, como si la lluvia se acumulase en el pantano hasta romper y desbordarse: una presa que estalla, un tajo abriendo la cama de helechos. Tu espalda es una firme línea de costa del este y brazos y piernas se prolongan más allá de tus colinas graduales. Acaricio la palpitante provincia donde creció nuestro pasado. Soy el reino elevado por encima de tus hombros al que no halagarías ni puedes ignorar. La conquista es mentira. Envejezco tolerando tu orilla semi-independiente dentro de cuyos límites ahora mi legado culmina inexorable.
II Imperialmente soy varón todavía, dejando para ti todo el dolor, el proceso de rendición en la colonia, el ariete, la barrera que explota desde dentro. El acta germinó en una obstinada quinta columna cuya postura crece de forma unilateral. Su corazón bajo tu corazón es un tambor de guerra que llama a filas a la fuerza. Sus parasitarios e ignorantes puños pequeños ya golpearon tus fronteras y sé que apuntan hacia mí por encima del agua. No veo ningún tratado que ponga a salvo por completo tu cuerpo hollado y estirado, el gran dolor que, como campo abierto, te deja en carne viva, una vez más. De "Norte" 1975 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
Casa de verano
I ¿Era el viento de los vertederos o algo en el calor
que nos seguía los pasos, con el verano agriándose, y un nido pestilente incubando en algún lugar?
¿De quién era la culpa?, me preguntaba, inquisidor del aire poseído.
Para de pronto descubrir, al levantar la estera
que había larvas, moviéndose- e hirviendo, hirviendo, hirviendo.
II Mientras arreglo la puerta, con mis brazos repletos de cereza silvestre y rododendro, a través de la entrada escucho su perdido gimotear, que, carraspeando, tintinea mi nombre, una y otra vez.
Oh amor, he aquí la culpa.
Las flores sueltas entre nosotros se reúnen, componen una especie de altar del mes de mayo. Estos capullos francos y caídos se tiñen pronto del color de un dulce bálsamo.
Asiste. Unge la herida.
III Oh atendimos nuestras heridas con corrección bajo la dulzura hogareña
y yacemos como si la superficie fría de una hoja nos hubiese dejado sin aliento.
Postulo más y más curas gruesas, como ahora
cuando te doblas en la ducha el agua vive cayendo por la pila bautismal de tus pechos.
IV Con un definitivo impulso nada musical largos granos empiezan a abrirse y se separan
hacia adelante y de nuevo agotamos el blanco, pateado camino al corazón. V Mis hijos lloran la calurosa noche extranjera. Caminamos por el suelo, mi boca podrida se desahoga contigo y yacemos rígidos hasta que el alba acude a la almohada, y al maíz, y la viña
que sostiene su plena carga hacia la luz. Las rocas de ayer cantaban cuando las golpeábamos estalactitas en las viejas cuevas, goteando oscuridad - nuestras llamadas de amor pequeñas como un diapasón. De "Invernando" 1972 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
Conduciendo de noche
Los olores cotidianos eran nuevos en el viaje nocturno a través de Francia: lluvia y heno y bosques en el aire creaban cálidas corrientes de aire en el coche abierto.
Los postes blanqueaban sin cesar. Montreuil, Abbeville, Beauvais se prometían, prometían, llegaban y se iban, garantizando cada lugar el cumplimiento de su nombre.
Una tardía trilladora gruñía por el sendero sangrando semillas a través de su luz. Un incendio forestal se extinguía. Uno a uno cerraban los pequeños cafés.
Pensé en ti de forma continua unas mil millas al sur donde Italia apoya su lomo en Francia en la esfera oscurecida. Tu cotidianeidad se renovó allí. De "Puerta a la oscuridad" 1969 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
Día de boda Tengo miedo. El sonido se ha parado en el día y las imágenes se repiten sin cesar. ¿Por qué esas lágrimas,
el pesar salvaje en su rostro fuera del taxi? Crece el jugo del lamento en nuestros invitados que saludan.
Tras la gran tarta estás cantando como una novia abandonada que persiste, demente, y que atraviesa el ritual.
Cuando fui a los lavabos había un corazón con una flecha y palabras de amor. Deja que duerma recostado en tu pecho, camino al aeropuerto. De "Invernando" 1972 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
El metro Ahí estábamos corriendo por los túneles abovedados, tú deprisa delante, con tu abrigo de estreno y yo, yo entonces como un dios velocísimo ganándote terreno antes de que te convirtieras en un junco
o alguna nueva flor blanca salpicada de rojo mientras el abrigo batía salvajemente y botón tras botón saltaban y caían, dejando un rastro entre el metro y el Albert Hall.
De luna de miel, luneando, ya tarde para el Baile de Promoción, nuestros ecos mueren en ese corredor y ahora vengo como lo hizo Hansel sobre las piedras iluminadas por la luna recorriendo el sendero de nuevo, recogiendo botones
para acabar en una estación con corrientes de aire y luz de lámparas cuando los trenes ya se han ido, las vías húmedas desnudas y tensas como yo, todo atención por si tus pasos me siguen, pero antes muerto que mirar atrás. De "Station Island" 1984 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
El recado «¡Va, vete ya! Hijo, corre como el diablo y dile a tu madre que intente encontrarme una burbuja para el nivel del espíritu y un nuevo nudo para esta corbata». Pero aún así estaba contento, lo sé, cuando planté cara, responsabilizándolo a él con una sonrisa que superaba su sonrisa y su encargo de bufón, esperando el siguiente movimiento en el huego. De "El nivel del espíritu" 1995 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
La dificultad de Inglaterra Me movía como un agente doble entre los conceptos. La palabra «enemigo» tenía la eficacia dental de un cortacésped. Era un ruido mecánico y distante más allá de esa opaca seguridad, esa ignorancia autónoma. «Cuando los alemanes bombardearon Belfast eran las partes orangistas más amargas las que peor fueron golpeadas». Me encontraba subido a los hombros de alguien, llevado a través del patio iluminado por estrellas para ver cómo el cielo ardía sobre Anahorish. Los mayores bajaban sus voces y se reacomodaban en la cocina como si estuvieran cansados después de una excursión. Pasado el apagón, Alemania convocaba en cocinas iluminadas por lámparas a través de bayetas desgastadas, baterías secas, baterías húmedas, cables capilares, válvulas condenadas que chirriaban y burbujeaban mientras el sintonizador absolvía a Stuttgart y Leipzig. «Es un artista, este Haw Haw. Puede tranquilamente dejarlo dentro». Me hospedaba con los «enemigos del Ulster» , los pinches extramuros. Un adepto al estraperlo, cruzaba las líneas con palabras de paso cuidadosamente enunciadas, hacía funcionar cada discurso en los controles y no informaba a nadie. De "Estaciones" 1975 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
Las estaciones del oeste
En mi primera noche en la Gaeltacht la anciana me habló en inglés: «Estarás bien». Me senté al borde de un lecho iluminado por el crepúsculo, escuchando a través de la pared un irlandés fluido, con la nostalgia de un discurso que tuve que extirpar. Había venido al oeste para inhalar el tiempo absoluto. Los visionarios me soplaban en la cara un olor a cocina de caridad, mezclaban el polvo de las tumbas de cosechadores con la saliva de ayuno de nuestro credo y ungieron mis labios. Ephete, urgían. Me sonrojaba pero sólo controlaba unas pocas palabras. Tampoco descendió ningún don de lenguas en mis días en aquella habitación superior cuando todos a mi alrededor parecían profetizar. Pero aún así recordaría las estaciones del oeste, arena blanca, rocas duras, luz ascendiendo como su definición sobre Rannafast y Errigal, Annaghry y Kincasslagh: nombres portátiles como piedras de altar, elementos sin levadura.
De "Estaciones" 1975 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
Muerte de un naturalista
Durante todo el año el dique de lino supuraba en el corazón del pueblo; verde y de cabeza pesada el lino se pudría allí, aplastado por enormes terruños. A diario chorreaba bajo un sol de justicia. Burbujas gorgojeaban con delicadeza, moscardones tejían una fuerte gasa de sonido en tomo al olor. Había también libélulas, mariposas con lunares, pero lo mejor de todo era esa baba caliente y espesa de huevos de rana que, a la sombra de las orillas, crecía como agua coagulada. Aquí, cada primavera yo llenaría los tarros de mermelada con gelatinosas motas para poner en fila en el alféizar de la casa, y en el colegio, sobre estantes, y esperaría y miraría hasta que los puntos engordasen estallando en ágiles renacuajos nadadores. La Señora Walls nos contaría cómo a la rana padre se le llamaba rana toro y cómo croaba y cómo la mamá rana depositaba centenares de pequeños huevos y eso eran babas de rana. También se podía predecir el tiempo por las ranas pues eran amarillas al sol y marrones bajo la lluvia. Entonces, un caluroso día cuando los campos apestaban a boñiga de vaca sobre la hierba, las airadas ranas invadieron el dique de lino; yo atravesaba los marjales agachado y al son de un áspero croar que no había oído antes. El aire se espesó con un coro de bajos. Justo al pie del dique ranas de gordas barrigas sé mantenían alertas sobre terruños; sus nucas sueltas latían como velas. Algunas saltaban: el slap y plop eran amenazas obscenas. Algunas se sentaron dispuestas como granadas de barro, con sus calvas cabezas pedorreando. Me sentí enfermo, di la vuelta y corrí. Los grandes reyes babosos se reunían allí para vengarse y supe que si metía mi mano las babas la agarrarían. De "Muerte de un naturalista" 1966 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
Sibila Mi lengua se movía, una relajante bisagra ondulante. Le dije a ella, «¿qué será de nosotros?» Y como agua olvidada en un pozo puede agitarse tras una explosión bajo la mañana
o una fractura recorre un tejado, empezó a hablar. «Pienso que nuestra forma misma deberá cambiar. Perros en un asedio. Recaídas de saurios. Hormigas.
A menos que el perdón encuentre voz y nervio, a menos que los árboles sangrantes y con casco puedan ser verdes y dar brotes como el puño de un niño y el pútrido magma incube
ninfas brillantes... Mi gente piensa en el dinero pero habla del tiempo. Los pozos petróleo calman su futuro como simples temas de adquisición. El silencio se vuelve bajío con el sonar de ecos que lanzan las traineras.
La tierra a la que aplicábamos nuestro oído durante tanto tiempo está despellejada o muy callosa, y sus entrañas tentadas por un augurio impío.
Nuestra isla está llena de ruidos nada confortantes.
De "Trabajo de campo" 1979 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
Un sueño de celos
Caminando contigo y otra dama por un parque boscoso, la susurrante hierba corría sus dedos a través de nuestro silencio sospechoso y los árboles se abrían hacia un sombreado claro e inesperado donde nos sentamos. Creo que el candor de la luz nos desalentó. Hablamos sobre deseo y ser celoso, nuestra conversación una simple bata suelta o un mantel de pic-nic blanco desplegado como un libro de modales en el desierto. «Muéstrame,» dije a nuestra compañera, «lo que tanto he deseado, tu estrella malva del pecho.» Y ella consintió. Oh ni estos versos ni mi prudencia, amor, pueden curar la herida de tus ojos. De "Trabajo de campo" 1979 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
Una llamada «Espera,» dijo ella, «saldré simplemente e iré a por él. El tiempo aquí es tan bueno, que aprovecha para escardar Un poco.» De modo que lo vi apoyado sobre las manos y rodillas al lado del rastrillo, tocando, inspeccionando, separando un tallo del otro, estirando con suavidad cada cosa no estrechada, frágil y sin hojas, complacido de sentir cómo se abría cada raíz de malas hierbas, pero también arrepentido... Luego me encontré escuchando al amplio y grave tic de los relojes de la entrada donde el teléfono estaba desatendido en una calma de espejo y péndulos iluminados por el sol...
y me encontré entonces pensando: si fuera hoy, así es como la Muerte convocaría a Cualquiera.
A continuación él habló y casi le dije que le amaba. De "El nivel del espíritu" 1995 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens
Por Silvia Hopenhayn|Para LA NACION El último libro de Esther Cross,La mujer que escribió Frankenstein , (Emecé), también podría titularse "De cómo enamorarse de la muerte". Es un texto mágico, oscuro, una extraña forma de biografía, más próxima al secreto, al desentierro. Ya en las primeras páginas Cross nos entrega a su biografiada en un párrafo mortífero: "En el Cementerio Protestante de Roma, en la tumba de Percy B. Shelley, hay una lápida que dice «Corazón de corazones», pero falta el corazón. El corazón de Shelley está enterrado con Mary Shelley, su mujer, a cientos de kilómetros, en la ciudad costera de Bornemouth, Inglaterra. Así que en una tumba hay una urna con cenizas incompletas y en la otra hay un corazón de más".
Así comienza -o termina, según desde dónde se la lea o entienda- la historia de la genial escritora Mary Shelley, autora de Frankenstein , esposa del poeta Percy Shelley, hija de una de las primeras feministas de la historia, Mary Wollstonecraft, y del filósofo político William Godwin, ambos progresistas que a fines del siglo XVIII consideraban el matrimonio el peor de los monopolios.
La muerte y el amor marcaron el ritmo de la vida de Mary Shelley. A las pocas semanas de nacer, su madre murió de una septicemia; a ella misma se le murieron dos hijos, y su amado marido falleció al hundirse su velero, en 1822. De adolescente ella solía pasearse entre las lápidas del cementerio hasta llegar a la de su madre; allí se recostaba a leer. Tanta muerte parece haberla impulsado a crear vida después de la muerte (más allá de la época, que coincidía con los experimentos de galvanismo). Frankenstein surge de las penas y las lecturas de Mary; es un monstruo capaz de amar, y de leer a Goethe, Milton y Rousseau. En realidad, es producto de un desafío. La historia es conocida: una apuesta para ver quién escribía el relato más escalofriante entre Percy Shelley, Lord Byron, su médico, Polidori, y Mary Shelley, una noche de desvelo, en una casa frente al lago Leman. Mary Shelley no sólo les ganó a sus colegas con su "Prometeo moderno", sino que también le ganó a la muerte, convirtiéndose en la mujer que escribióFrankenstein .
Así pasó a la historia. Y a la vez, su historia cobró vida a lo largo de los años -¡siglos!- en múltiples formatos, entre ellos el cine y el cómic. Varios escritores investigaron su tenebrosa vida y el origen de su engendro; entre ellos, Muriel Spark.
Esther Cross se arrimó de una manera distinta. A través de un recorrido por los fantasmas, sueños, naufragios, cartas, sepulcros y paisajes, reconstruyó la biografía como si reviviera a Mary Shelley de sus muertes. Es un texto con un ritmo desvelado; una biografía que viene con la respiración a cuestas (¿será la de Mary Shelley o la del monstruo?).
En la introducción a la novela de 1831, la propia Mary se preguntaba: "¿Cómo una joven muchacha pudo imaginar una idea tan espantosa?". Una vez creado, lo hizo andar: "...Pido a mi horrible progenie que ahora salga y prospere". Tanto prosperó que terminó creándola a ella.
En la noche de los Martín Fierro, Jorge Lanata definió la situación de división de aguas en la Argentina de hoy como "la grieta".
El tema ya repercute en el mundillo editorial. Así como en su momento fueron tema recurrente en los libros de política el fenómeno del peronismo, los años 70, el terrorismo de Estado, las grandes investigaciones en la década del 90 y la crisis de 2001, las batallas en el periodismo ya es tema dominante o excluyente de varios títulos.
Hacer un rápido repaso por algunos libros emblemáticos en la materia publicados en los últimos tiempos permite dimensionar el abismo en las posturas.
Sorprenderá saber que el contraste más grande no se da entre periodistas ubicados en diferentes veredas, sino por parte de dos que simpatizan con el actual gobierno. Así, K, Letra bárbara. Periodismo sucio y sublevado, del panelista de 6,7,8 Orlando Barone, y Redacciones. La profesión va por dentro, de Carlos Ulanovsky, ambos publicados por Sudamericana, tienen enfoques diametralmente opuestos. El primero es una catarsis tosca, apurada y resentida de alguien que se ufana de ser un renegado del oficio de informar. Enchastra con nombre y apellido a colegas críticos, de quienes asevera que "la letra [K] los persigue como una pesadilla". Todo el libro destila rencor hacia quienes no comulgan con el actual poder.
En sus antípodas, el de Ulanovsky es un libro delicioso y recomendable que se vuelve del todo original por reivindicar la felicidad de trabajar en un medio precisamente en una época en la que los periodistas nos miramos con desconfianza o somos descriptos desde el atril presidencial y sus adláteres como la peor basura del mundo. En Redacciones, en cambio, Ulanovsky revisa su vida profesional con aire fresco, que no quiere decir ingenuo ni concesivo, desde sus comienzos en la década del 60 y llega hasta nuestros días. Y arma enormes y afectuosas listas de periodistas, en las que los nombres vuelven a entremezclarse sin las actuales divisiones inútiles.
Mucho menos condescendiente, el periodista Pablo Rossi, en Libertad o barbarie (El Emporio Ediciones), adopta un enfoque hipercrítico al calificar a Néstor y a Cristina Kirchner como "alquimistas del rencor" que no dudaron en llevar adelante la "cooptación de organismos de lucha y su conversión en pymes satelitales del Gobierno".
El filósofo Tomás Abraham no se muestra menos concesivo en La lechuza y el caracol (Sudamericana), pero abre el foco a la "bipolaridad" del problema: "«Ser» kirchnerista o «ser»antikirchnerista es el nuevo emblema del embrutecimiento que se nos impone".
Pretendiendo mayor ecuanimidad, el periodista Reinaldo Sietecase sentencia en Kamikazes (Aguilar) que "el kirchnerismo no es tan bueno como sus funcionarios pregonan ni tan malo como los opositores afirman" y agrega que "la disputa por imponer un relato implica la eliminación de los matices".
Daniel Muchnik en Aquel periodismo (Edhasa) logra una historia minuciosa y equilibrada, con sesgo autobiográfico, sobre los medios de comunicación más relevantes. Y hace un esfuerzo grande de objetividad para diagnosticar lo que viene ocurriendo. Está convencido de que la "crispación manifiesta contra el «enemigo» ha demorado los cambios que el periodismo necesitaba y ha ido en perjuicio de todos".
En este mismo sentido, Eduardo Levy Yeyeti y Marcos Novaro en Vamos por todo (Sudamericana) aportan que "periodistas y empresas, mientras más duramente criticaban las políticas que éste les imponía, más comprometían su posición, fortaleciendo la tesis oficial de que la objetividad era un mito, y la información no era más que un arma entre otras de la lucha en el poder".
Tanto Rossi como Abraham no dudan en calificar al kirchnerismo de fascista. El periodista que acompaña a Mariano Grondona en Hora clave asegura que el Gobierno "desentierra rasgos de un fascismo característico de las derechas". El autor de La lechuza y el caracol habla del "relato fascista del poder" porque "el fascismo se define por la superposición entre información y propaganda".
El director de la Biblioteca Nacional, y conspicuo integrante de Carta Abierta, Horacio González, presenta un enjundioso y documentado estudio que parte de algunas ingenuidades en Historia conjetural del periodismo (Colihue) y remata que en Página 12 "sigue residiendo el periodismo que más nos gusta".
Hay otros dos libros muy esperados que todavía no salieron: el de Edi Zunino, sobre periodistas contra periodistas, que publicará Sudamericana en noviembre y Guerras mediáticas, de Fernando Ruiz, que verá la luz gracias a la misma editorial en marzo.
Los escritores argentinos Claudia Piñeiro, Leopoldo Brizuela, Patricio Pron y Ernesto Semán hablan de sus últimas novelas, cuyos desarrollos se centran en la paternidad
La literatura puede ser una forma de hacer memoria. Permite rememorar vínculos reales o imaginarios entre padres e hijos, que son también el retrato de una época, de un país. Con la excusa de la efemérides que invita a celebrar el próximo domingo el Día del Padre, en esta nota se presentan cuatro libros de autores argentinos que fueron publicados recientemente y en ellos hay una fuerte presencia de la relación entre padres e hijos. Hay fragmentos de los libros, comentarios de las obras y la palabra de los autores, que hablaron con LA NACION de ese vínculo paterno en sus novelas.
Un comunista en calzoncillos(Alfaguara) fue definido por su autora, Claudia Piñeiro, como su novela más autobiográfica. Su padre se llamaba Gumer, como en el libro, nació en Portosín y era un gran jugador de tenis. Se decía comunista y se paseaba en calzoncillos, cuenta en el epílogo. El libro se lo dedica a Hernán, su hermano, "único testigo". Esta es su última novela, entre las más conocidas de las anteriores están La viuda de los jueves , Tuya ,Betibú , entre otras.
Ante la consulta de LA NACION, Piñeiro escribe: "El padre de Un comunista en calzoncillos es evocado y reparado. Cuando la evocación es amorosa, la memoria repara. No importa tanto lo que ese padre fue, sino cómo su hija quiere recordarlo. Porque aunque el tono y el punto de vista sea el de una niña, esa niña es una ficción que se construye cuando la narradora ya es adulta. Y son los recuerdos encubridores los que se encargan de esa reparación, recuerdos que son el fruto de lo que cada uno puede traer a la memoria, no lo que de verdad pasó sino el recuerdo del recuerdo del recuerdo. Y así hasta el infinito".
"La novela cuenta dos pasajes trascendentes en la vida de la protagonista. Y esos dos pasajes la marcan tanto a ella como a su padre. Uno es privado, el paso de la niñez a la adolescencia. El otro es social y político, el paso de la democracia a la dictadura. Ambos implican la pérdida de la ilusión, la Argentina se instala en un período oscuro de nuestra historia en el que esa niña debe acomodarse para poder seguir viviendo, apelando a distintos recursos pero sobre todo al silencio. Y mientras tanto recorre el camino a su adultez, lo que inevitablemente la lleva a ver las hilachas de un padre que hasta hace poco fue su héroe".
"Efectivamente, el tema central de la novela, lo que de verdad se cuenta más allá de las anécdotas en Un comunista en calzoncillos, es la relación padre-hija. Muchos escritores, más tarde o más temprano, sentimos la necesidad de transitar literariamente por esa relación, ponerle palabras, desmenuzarla y, a veces, repararla. Digo 'a veces' porque el caso de la relación padre-hija, es bastante diferente a la de padre-hijo. Textos imperdibles como Carta al padre , de Kafka o La invención de la soledad , de Paul Auster dan cuenta de una relación difícil, ambivalente, de reproches más o menos enunciados, en la que de alguna manera el hijo tiene que matar a ese padre para poder ser lo que quiere ser".
"En el caso de la hija, el conflicto es otro bien distinto: el de tratar de desenamorarse de ese padre; ya no se trata de matarlo sino de bajarlo del pedestal donde lo había subido. Y como le sucede a la niña protagonista de Matar a un ruiseñor , de Harper Lee, un padre con altos ideales, que pelea con más o menos intensidad contra las injusticias pero que en cualquier caso las denuncia, no es el modelo de hombre que una mujer pueda abandonar con facilidad".
"La altura del propio padre marca un límite, una cota, para bien o para mal, con la que se mide a todos los hombres, los que ya conocemos y los que aparecerán en la vida futura, dice la narradora en Un comunista en calzoncillos . Ese es el padre que se evoca en el texto, aquel hombre con cuya altura se medirá a todos los demás".
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Leopoldo Brizuela escribe para LA NACION sobre la relación padre e hijo en su novela Una misma noche (Alfaguara). "Hay padres en los que se piensa poco. Son aquellos que han crecido como huérfanos. De ellos quise ocuparme en Una misma noche . Mostrarlos, sobre todo, cuando a ellos mismos les toca criar hijos".
"Antonio, el padre de Leo, protagonista de la novela, nacido a principios del siglo XX, es "hijo natural": no fue reconocido por su propio padre, y muy probablemente, no tiene de él ni memoria ni noticia alguna. Miki, el único amigo y confidente de Leo en su "aventura interior", es el hijo de un militante asesinado en 1976, pocos días después del comienzo de la dictadura, cuando él todavía estaba en el vientre de su madre".
"Más allá de las diferencias, de las antípodas en que elegirán vivir, el padre y el amigo de Leo tienen semejanzas que éste no deja de advertir, y lo hacen sentir como en casa: Antonio y Miki fueron anotados al nacer con el apellido de sus madres solas; los dos crecieron cobijados en un vínculo con ellas, fuerte como un secreto, que ante todo es una alianza contra la amenaza de una época incapaz de comprenderlos. Y sobre todo, los dos buscaron, desde chicos, primero desesperada, después apasionadamente, algo, lo que fuera -un familiar, un amigo, un equipo de fútbol, una institución- que les permitiera suplir la carencia de un modelo masculino".
"Porque, como todo varón lo aprende pronto a fuerza de humillaciones, en una sociedad patriarcal sólo sobrevive aquel que se separa de la madre, aquel que la abandona y se diferencia negándose, en gran medida, a sí mismo; aquel que se "hace hombre" imitando al padre hasta volverse él mismo digno del rol político de pater familiae ".
" Una misma noche, como decía, enfoca a estos personajes sin padre en dos épocas distintas, cuando ambos están enfrentados a la encrucijada de su propia paternidad. 1976, cuando Leo, el hijo de Antonio, tiene 12 años; y 2010, cuando el hijo varón de Miki se acerca a esa misma edad. La edad en que el hijo, en fin, necesita juzgar al padre para construirse su propio destino".
"Supongo -no tengo hijos- que los varones que sí han conocido y convivido largamente con sus padres llevan en su memoria, para bien y para mal, un manual de instrucciones al que automáticamente recurren en cada encrucijada de la educación de sus chicos. Para estos dos personajes, ser padres de un varón ha sido una tarea, en cambio, más conciente. Una en que ha primado la voluntad, los ideales, la concepción de la paternidad y la masculinidad por sobre cualquier tipo de intuición, deseo o instinto".
"Una paternidad llena de vacilaciones, dudas y temores, así como un voltaje emocional frecuentemente intolerable: porque en la figura del hijo cada personaje ve surgir, por fin, los rasgos del padre desconocido. Una tarea más cercana a la improvisación, sin duda, pero también, por qué no, a la posibilidad de invención de vínculos nuevos".
"Una tarea en que cada triunfo es, quizá, todavía más meritorio; y a esos logros Una misma nochehace homenaje".
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Patricio Pron, autor de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Mondadori), responde desde Madrid, donde reside desde hace años. El rosarino Pron nació en 1975 y es doctor en Filología Románica por la Universidad Georg-August de Göttingen (Alemania). Publicó las novelasFormas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007) y El comienzo de la primavera (2008).
En el inicio deEl espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluviael protagonista, un joven escritor argentino que regresa a su país para despedirse de su padre enfermo, dice que "a veces los hijos tienen necesidad de saber quiénes fueron sus padres y se lanzan a averiguarlo. Los hijos son detectives de los padres". Es, en cierto sentido, su caso. A través de su novela Pron busca descubrir quién es su verdadero padre, ese periodista que antes de caer enfermo investiga el crimen del hermano de una joven desaparecida en los 70, amiga de los padres del protagonista.
Escribe Pron a LA NACION: "La relación entre el padre y el hijo de mi novela está compuesta de las mismas cosas de las que están compuestas todas las relaciones entre padres e hijos que tienen la década de 1970 como marco de referencia: incomprensión, malentendidos, simpatías, resquemores, dudas, risas, angustia, reconocimiento, agradecimiento por el hecho de que nos hayan mantenido con vida pese a las circunstancias adversas en que a aquellos padres les tocó criarnos a quienes somos sus hijos, y una especie de perplejidad entusiasta ante el hecho de que esos padres alguna vez quisieron prenderle fuego al infierno y estuvieron a punto de lograrlo".
Cuenta el autor en su blog que como El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia es un relato acerca de ciertas cosas que le sucedieron a él y a su familia entre 1972 y 2008, pidió la autorización de sus padres para contar la historia. Ellos accedieron con la condición de leer el manuscrito antes de la publicación del libro. Al leerlo no tuvieron objeciones. Sin embargo, su padre -Rubén "Chacho" Pron- creyó importante hacer algunas observaciones; la finalidad, cuenta Patricio Pron era "dar su visión de los eventos narrados y reparar ciertos errores, lo que contribuyó a un diálogo sobre ciertos hechos que él y yo habíamos deseado tener en muchas ocasiones y nunca habíamos tenido".
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Soy un bravo piloto de la nueva China (Mondadori), de Ernesto Semán. Este autor fue finalista del premio Sudamericana - LA NACION 2001 con su novela La última cena de Stalin , trabajó muchos años como periodista y hoy vive en EE.UU. Desde allí, por correo electrónico, escribe sobre la relación de padre e hijo que se pone en evidencia en su última novela.
"Un hombre mira hacia atrás. Ve a alguien fumando, se borra. Se da vuelta. Mira hacia adelante. Ve a alguien huyendo, se aleja. Baja la cabeza. Está parado en una cumbre, en un precipicio. En una grieta. En un borde que lo separa del tiempo. Está en el puro presente. Investido en su fragilidad, colgando de los dos hilitos que imagina que lo sujetan al pasado y al futuro. Quiere ver esos hilos clavados con estacas de acero en paredes de roca, pero su extensión se pierde en una niebla infranqueable. Cuanto más quiere, menos ve. Hasta que ve más".
" Soy un bravo piloto es una conversación entre un hijo y su madre, sobre su padre. Es una conversación entre un hijo y su padre. Es una conversación entre un hijo y el fantasma de su padre. Es el monólogo de un hijo a punto de ser padre. Que el padre haya desaparecido no hace las cosas más fáciles para quien sale a descifrar algo que es, por definición, fantasmagórico. No el padre, sino la figura paterna. Una brújula o una sombra, un padre está en un filo. Su contorno puede ser, en su ubicuidad, siniestro. En la novela, el hijo encuentra, en el dolor final de la madre, el socavón donde explorar el mineral único sobre el que volverá a esculpir a su padre. Es una conversación con la memoria de su heroicidad. La del hombre que ha sido admirable, al que sus victimarios han puesto a prueba de una forma que hará que su valentía perdure por generaciones. Y que sin embargo, y que por eso, y que pese a todo, los ha dejado solos".
"El hombre mira hacia atrás. Se da vuelta. Mira hacia adelante. Por un momento, le ha escapado a la aporía recurrente de cómo hacerle un reproche a un hombre Irreprochable".
"Cuando quiero probar la rapidez del teclado o contar los caracteres de una línea, escribo siempre la misma frase, desde el principio de los tiempos. A partir de este momento finaliza el horario de protección al menor la permanencia de los niños frente al televisor queda bajo la exclusiva responsabilidad de los señores padres. Así seguida y sin puntuación. Puedo escribirla con los ojos cerrados en cualquier teclado y sin errores. Finaliza el horario de protección. Los señores hijos tienen la exclusiva responsabilidad. Frente a la protección. De sus padres"..