lunes, 16 de abril de 2012

Videla: la confesión

Por Ceferino Reato | Para LA NACION

Sentado en una silla de plástico al pie de una cama modesta en la celda número 5 de la prisión federal ubicada en Campo de Mayo, el ex general Jorge Rafael Videla explicó en detalle cómo se tomaron las decisiones sobre los detenidos durante los años de la dictadura, cómo se confeccionaron las listas de las personas que debían ser detenidas y en qué consistió el método de la Disposición Final, nombre de entre casa otorgado por las FF.AA. a la forma en que se decidió el destino de miles de prisioneros.

Sin arrepentimiento ni autocrítica, pero sí confesando por primera vez que siente "una molestia", "un peso en el alma", el hombre fuerte de la dictadura explicó descarnadamente cómo analizaban los militares la situación de aquel momento: "Pongamos que eran siete mil u ocho mil las personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión; no podíamos fusilarlas. Tampoco podíamos llevarlas ante la Justicia", explicó.

Disposición Final: "Son dos palabras muy militares y significan sacar de servicio una cosa por inservible. Cuando, por ejemplo, se habla de una ropa que ya no se usa o no sirve porque está gastada, pasa a Disposición Final. Ya no tiene vida útil".

El método incluyó cuatro etapas:

  • La detención o el secuestro de miles de "líderes sociales" y "subversivos" según listas que -afirman los entrevistados- fueron elaboradas entre enero y febrero de 1976, antes del golpe, con la colaboración de empresarios, sindicalistas, profesores y dirigentes políticos y estudiantiles.

  • Los interrogatorios en lugares o centros secretos o clandestinos.

  • La muerte de los detenidos considerados "irrecuperables", por lo general en reuniones específicas encabezadas por el jefe de cada una de las cinco zonas en las que fue dividido el país.

  • La desaparición de los cuerpos, que eran arrojados al mar, a un río, a un arroyo o a un dique; o enterrados en lugares secretos, o quemados en un horno o en una pira de gomas de automóviles.

En aquellos años de plomo los jefes militares habían llegado a la conclusión de que no podían llevar a los detenidos ante la Justicia: recordaban que los procesados y condenados por "actos subversivos" durante el gobierno del general Alejandro Lanusse fueron liberados como héroes luego de la asunción del presidente peronista Héctor Cámpora, el 25 de mayo de 1973 por la noche.

"Tampoco podíamos fusilarlos. ¿Cómo íbamos a fusilar a toda esa gente? La justicia española había condenado a muerte a tres etarras, una decisión que Franco avaló a pesar de las protestas de buena parte del mundo: sólo pudo ejecutar al primero, y eso que era Franco. También estaba el resquemor mundial que había provocado la represión de Pinochet en Chile", afirmó Videla.

Eran preguntas que me perseguían desde hacía años, como seguramente a tantos argentinos: ¿cuándo, cómo, dónde y por qué los militares tomaron la decisión de matar y hacer desaparecer a esas personas? ¿Por qué no los enviaron a un juez o los fusilaron? ¿Por qué pensaron que semejante ausencia sería olvidada? ¿Por qué los detuvieron en lugares secretos? ¿Cómo justificaban la tortura? ¿Cuál fue la influencia de la llamada Doctrina Francesa? ¿Están arrepentidos? ¿Fue una decisión unánime de la cúpula de las Fuerzas Armadas? ¿Cuál era el rol de Videla? ¿Existen listas de esas víctimas? ¿Dónde están sus restos? ¿Cómo se referían los militares entre ellos a esa situación? ¿Podían los militares de menor graduación desobedecer esas órdenes? ¿Hubo quienes las desobedecieron? ¿Quiénes, cómo, cuándo y dónde decidían la Disposición Final de cada uno de los detenidos? ¿Hubo un plan sistemático para robar los hijos de los detenidos y entregarlos a familias que les cambiaron la identidad? Si no lo hubo, ¿por qué fueron tantos los chicos apropiados por familias afines al régimen militar?

El ex dictador sigue pensando que "no había otra solución. Estábamos de acuerdo en que era el precio a pagar para ganar la guerra y necesitábamos que no fuera evidente para que la sociedad no se diera cuenta. Por eso, para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha se llegó a la decisión de que esa gente desapareciera; cada desaparición puede ser entendida ciertamente como el enmascaramiento, el disimulo, de una muerte".

Es decir que Videla aclara un interrogante que el kirchnerismo utiliza cada vez que tiene necesidad: ¿dónde estaban los que ahora nos critican cuando los militares mataban y hacían desaparecer a nuestros compañeros? Como si Néstor y Cristina se hubieran destacado por su lucha a favor de los derechos humanos durante el gobierno militar. El oficialismo aprovecha esa "mala conciencia" de tantos, pero Videla revela que, precisamente, el objetivo de la Disposición Final fue impedir que la gente supiera qué es lo que estaba pasando.

Videla establece una continuidad entre la represión ilegal del Proceso con el gobierno constitucional del peronismo, más precisamente con los decretos firmados por el presidente interino Italo Luder el 6 de octubre de 1975. "Las desapariciones se dan luego de los decretos de Luder, que nos dan licencia para matar. Desde un punto de vista estrictamente militar, no necesitábamos el golpe; fue un error porque le quitó legitimidad democrática a la guerra contra la subversión".

Por qué habla ahora

Fueron nueve entrevistas que sumaron veinte horas entre octubre del año pasado y marzo de 2012 en las que Videla contestó todas las preguntas sobre la dictadura que encabezó durante cinco años, entre 1976 y 1981, cuando fue reemplazado por su amigo y aliado, el general Roberto Viola. ¿El tema principal? Los miles de desaparecidos, la herida más profunda causada por su gobierno.

Pero no fue el único tema: el libro Disposición Final explica la dictadura por dentro a partir de entrevistas con Videla, pero también con otros militares y ex militares, políticos, sindicalistas y funcionarios. Y sus relaciones con los empresarios, Estados Unidos, la Unión Soviética, la prensa, el peronismo, el radicalismo y el Partido Comunista, entre otros factores.

Como sostuvo el semiólogo, filósofo e historiador búlgaro francés Tzvetan Todorov en un artículo reciente en el diario El País, "si queremos comprender los desastres pasados, condición previa indispensable para cualquier intento de impedir que se repitan, lo que debemos hacer es acudir a quienes cometieron esos actos". Y colocar esos hechos en su contexto histórico porque, según decía Karl Marx, "los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado".

Es la primera vez que Videla habla en forma tan concreta, precisa y descarnada sobre los desaparecidos. ¿Por qué no lo hizo antes? ¿Por qué no habló así ante la Justicia? Creo, en primer lugar, que los periodistas no estábamos interesados en escucharlo. La última vez que lo vi, le pregunté cuántos pedidos de entrevista había recibido desde que en 2008 el juez Norberto Oyarbide le revocó la prisión domiciliaria y lo envío a la cárcel de Campo de Mayo. "Cuatro ?me contestó. El periodista español que publicó la entrevista en Cambio 16; una periodista colombiana de la que luego no supe más nada; un abogado (Carlos) Manfroni, que acaba de publicar un libro en el que incluye declaraciones mías, y usted". Interpreto que los periodistas estamos todavía atrapados en un paradigma que nos indica quiénes deben ser consultados sobre los años setenta; Videla no figura, claramente, en esa nómina políticamente correcta.

En segundo lugar, Videla y otros militares acusados o condenados por violaciones a los derechos humanos confiaban en el triunfo de Eduardo Duhalde en las elecciones presidenciales del año pasado, de quien esperaban una suerte de amnistía. A los 86 años y frente a cuatro años más, por lo menos, de gobierno kirchnerista, Videla parece pensar que ya no tiene sentido mantener "el silencio que me había autoimpuesto".

En tercer lugar, Videla sostiene que, si bien "no estoy arrepentido de nada y duermo muy tranquilo todas las noches, tengo sí un peso en el alma y me gustaría hacer una contribución para asumir mi responsabilidad de una manera tal que sirva para que la sociedad entienda lo que pasó y para aliviar la situación de militares que tenían menos graduación que yo". En este sentido, considera que sus oficiales no tenían otra salida que "cumplir las órdenes si querían seguir en el Ejército".

Es evidente que la percepción de Videla y de la "familia militar" sobre el desafío armado de las guerrillas y el contexto histórico anterior al golpe amortigua, relativiza en su conciencia el impacto que pueda tener la presencia gritante de los desaparecidos.

Claro que lo lógico habría sido que Videla diera estas explicaciones ante la Justicia o un organismo o comisión creada desde el Estado. No es bueno que el periodismo reemplace, de alguna manera, a la instancia judicial. Pero tal vez sea hora de preguntarnos con sinceridad si los actuales juicios por delitos de lesa humanidad buscan la verdad de lo que pasó, que incluye la localización de los restos de los desaparecidos, o privilegian la condena en bloque y con argumentos más bien polémicos (por ejemplo, testigos que reconocen a sus presuntos captores y torturadores por el tono de la voz o el perfume que usaban) a los militares y policías acusados o procesados en causas que se mueven muy lentamente y a tono con las especulaciones políticas y electorales del oficialismo.

El hombre y sus circuntancias

No se puede analizar un hecho político relevante, como, por ejemplo, el último régimen militar, despojado de su contexto histórico. Lo enseñaba, entre otros, Marx en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte , donde al referirse al golpe de Estado del sobrino de Napoleón, en 1851, criticó una interpretación de Víctor Hugo: "Parece, en su obra, un rayo que cayó de un cielo sereno; no ve más que un acto de fuerza de un solo individuo".

El golpe del 24 de marzo de 1976 tampoco fue un rayo caído de un cielo sereno. El cielo no estaba sereno: el gobierno constitucional de Isabel Perón desfallecía en medio de una tormenta de ineficacia, inflación, desabastecimiento, denuncias de corrupción y violencia política. Por ese motivo, la caída de Isabelita fue recibida con alivio por muchos argentinos.

Tanto la guerrilla peronista, Montoneros, como la guerrilla trotskista guevarista, el Ejército Revolucionario del Pueblo, jugaban al golpe porque pensaban que la irrupción militar aceleraría la revolución socialista. Más aún: luego del golpe los grupos guerrilleros perjudicaron con sus ataques a los generales que aún creían que la represión debía ser hecha con la ley en la mano. Fue el caso de la bomba vietnamita que el 2 de julio de 1976 destruyó el comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal, en plena Capital, donde murieron veinticuatro personas y hubo más de sesenta heridos, y que Videla atribuye a, entre otros, Horacio Verbitsky, cosa que el periodista niega.

Ese atentado le costó el puesto al general y abogado Arturo Corbetta, que era el flamante jefe de la Policía Federal. "Corbetta quería obligar a la Policía Federal a que combatiera con los códigos de un abogado, pero eso no era de aplicación. La Policía lo dejó solo en el Patio de las Palmeras durante el velatorio de los muertos", señaló Videla. Corbetta fue reemplazado por un "duro", el general Edmundo Ojeda.

Esto no disminuye la responsabilidad de Videla y sus generales en la Disposición Final, pero nos ayuda a entender todo lo que pasó en aquellos años sangrientos que, seguramente porque no están bien explicados, se resisten tanto al olvido.

ANTE LA LEY

1985

Causa 13/84

Fue condenado a prisión perpetua en el denominado Juicio a las Juntas Militares, en el que la fiscalía lo acusó formalmente por 700 casos de violación de los derechos humanos.

2010

Causa 17.468

Fue condenado a prisión perpetua por el asesinato de 31 presos políticos, la mayoría de ellos durante simulacros de fuga, para encubrir los crímenes. Por esta causa también fueron condenados más de una decena de represores, entre ellos, Luciano Benjamín Menéndez.

Otras causas en su contra

Su responsabilidad en la existencia de un plan sistemático para el robo de bebes durante la dictadura o su complicidad en el marco del Plan Cóndor son algunos de los procesos judiciales que pesan en su contra..

jueves, 12 de abril de 2012

Reflexiones sobre nuestra forma de vivir

¿Para qué trabajamos?

Sergio Sinay / Paidos

"Trabajamos, como promedio, una tercera parte de nuestro tiempo cotidiano. ¿Para qué? ¿Para vivir? ¿Para vivir cómo? ¿Para hacer qué cosa con nuestras vidas?", reflexiona Sergio Sinay en este libro que indaga sobre la insatisfacción existencial que agobia a la sociedad actual. Sin bajar línea, en estas páginas pueden encontrarse herramientas para cuestionarnos sobre nuestra relación con el mundo laboral y el sentido de nuestras vidas.


Un extracto...
Esclavos autocontrolados

En tiempos de fugacidad, de frágil memoria, de abundante superficialidad, de banalidad rampante, como son los presentes, viene a cuento recordar la historia y los nombres de los Mártires de Chicago, así como las razones de ese martirologio. Mientras cada 1º de mayo se convierte, simplemente, en una fecha en rojo en el calendario y un hueco oscuro en la memoria colectiva, aquellas ocho horas, finalmente conseguidas, se han esfumado. Hoy se trabaja mucho más que eso. Lo hacen quienes están en relación de dependencia y quienes se sienten libres de patrones y horarios. Así, lo que sobre fines del siglo XIX era aún una práctica salvaje es hoy un encantamiento sutil.

El trabajo sin horario y sin días francos ya no es una imposición; hoy toma a menudo la engañosa forma de una elección. No estamos, por cierto, en el siglo XIX ni en los tramos iniciales del sigo XX, de manera que son otras las cosas que se ven y oyen. En un bar, en un restaurante, en una sala de espera, en el vagón del subterráneo, en la cola de un banco suenan los celulares y la mayoría de las conversaciones que se escuchan tienen que ver con trabajo. No hay placer en ellas, no hay disfrute ni inspiración. Se trata de diálogos ansiosos: hay irritación, urgencia, exigencia. Quienes los mantienen no están en un lugar de trabajo cautivo, pero están cautivos del trabajo. Si apagan el celular temen quedar afuera de un circuito, perderse algo (¿acaso el trabajo mismo?). Si no fuera así, si tomaran la decisión de desconectarse por un tiempo, quizás un tiempo necesario de introspección, de atender una cuestión personal prioritaria, de volver a la intimidad, es muy posible que se encuentren con todo tipo de reproches y reclamos por semejante insensatez. ¿A quién se le ocurre apartarse por un instante de la red de llamados, mensajes, correos electrónicos, muros, tweets, más aún en horas de trabajo? Horas de trabajo, hoy, son todas. Los discursos sobre autonomía, sobre ser dueño de los propios tiempos, sobre trabajar "cómodo" y demás cuestiones similares dicen otra cosa. Lo que prueba el éxito del marketing de la nueva y embozada taylorización. Ya no se necesitan tantos ni tan rigurosos controladores de tiempo y rendimiento, cronómetro en mano. Esos time-controlers se han instalado ahora en el interior de las personas y funcionan desde allí.

Como advierte con lucidez Thomas Moore en Un trabajo con alma, hay una opción esencial que consiste en tener un trabajo para la vida o una vida para el trabajo. En el primer caso, se forja el carácter, se enriquece la personalidad, hay una comprensión de lo que se aporta al mundo y a los demás a través del propio quehacer. Es la suma de los atributos personales a la totalidad que se comparte. En el segundo caso, el trabajo (independientemente de lo que se haga, cómo, en qué entorno) se convierte en un embudo por el cual se escurren irremediablemente las energías que se quitan a los vínculos o a cualquier otra manifestación valiosa de la propia vida. Moore acude a recientes estudios acerca de cómo se sienten las personas en relación con su vida laboral, según los cuales hay una insatisfacción manifiesta a pesar de los avances proporcionados por las nuevas tecnologías. Un número creciente de personas -cita Moore- cree que su trabajo influye negativamente en su vida personal y tie- nen menos tiempo para dedicar a su familia, sus amigos, su salud, sus aficiones, sus intereses personales intransferibles. "Las tecnologías modernas -concluye- difuminan las fronteras entre el trabajo y el hogar".

Lo que conviene agregar es que esa difuminación no se agota en los planos temporal y espacial, sino que se transmite al psíquico y al emocional, al punto en que, aun con la ilusión de libertad, de manejar horarios y movimientos, una masa crítica de personas nunca dejan de estar en el trabajo, se han fundido con él en una cocción a fuego lento. Están conectados mientras comen, mientras duermen, mientras están de vacaciones; están conectados aun cuando por un instante dejan sus utensilios tecnológicos (aparatos que ya parecen extensiones de sus miembros). Porque sus mentes no se desconectan nunca. Muchas personas pueden no ver a sus hijos porque sus compromisos laborales se lo impiden o pueden separarse de sus parejas antes que separarse de su trabajo.

Cuando esto ocurre, la capacidad (y necesidad) transformadora de los seres humanos deja de encontrar cauces creativos y fecundantes, se vacía de sentido (aunque luzca lucrativa, productiva y exitosa) y el trabajo ya no es medio de trascendencia, sino un fin en sí mismo.

A remar se ha dicho

¿Obedece esta obsesión simplemente a un desmesurado "amor" por la tarea que se realiza? ¿De dónde nace tanta infatigable aplicación? Quizás no sea hija del amor sino del espanto. El sábado 16 de enero de 2010, cuando el fantasma de la más globalizada crisis económica ya se aposentaba sobre las primeras economías del mundo y amenazaba a todas las demás (en la Argentina un sueño necio hacía decir a las autoridades y a sus corifeos que aquí ningún virus llegaría), el diario El País, de Madrid, citaba palabras del británico James Muir, flamante presidente de Seat, filial española de Volkswagen. Muir pedía a sus galeotes más ventas, más cifras, más réditos. Lo mismo que, a su vez, le exigían a él sus amos, los accionistas. "No todos reman en este barco en la misma dirección -bramaba-, de modo que echaré a quienes no remen. Necesitamos un equipo ganador". Esa misma semana, apoyó su exigencia con hechos: despidió a 330 ejecutivos y cargos medios. "Implicar a los empleados y lograr así que sean más productivos es uno de los mandamientos del ejecutivo moderno", comentaba el diario. Allí mismo, Miguel Angel García, profesor de Sociología en la Universidad de Valencia, explicaba que "las empresas estudian sistemáticamente el rendimiento de los trabajadores y la fórmula más habitual es analizar el rendimiento por objetivos". Esto no quita que aun en los años de rendimientos más positivos los planteles se reduzcan de forma masiva en grandes corporaciones y bancos, señalaba el especialista. La decana de Psicología en la Escuela de Negocios IE University, Cristina Simón, aportaba lo suyo: las empresas, decía, tienden a descartar aquellos perfiles con menos capacidad de adaptación a una cultura más agresiva, más comercial. Sólo que no lo llaman "despido", sino, como prefirió denominarlo falazmente Muir, "estrategias para llevar a buen puerto un proyecto". (...).

El extraño exilio del escritor

Por Silvia Hopenhayn | Para LA NACION

Ciertos escritores europeos que emigran a los Estados Unidos no pueden dejar de escribir sobre la impresión que les causa una cultura repleta de certezas. Le ocurrió a Nabokov, cuando llegó en los años 40 y reflejó su asombro y desidia en Lolita , su obra maestra, inicialmente prohibida. También podríamos pensar en otros artistas, cuya obra se modificó en el traslado, desde las canciones de Los Beatles hasta las películas de Hitchcock. El país parecer ser tan vasto como los efectos que provoca.

En una novela espléndida, que ahora se publica en la Argentina, el escritor rumano Norman Manea, uno de los invitados relevantes de la próxima Feria Internacional del Libro, se hace referencia al "aura mítica de los escritores expatriados". Es lo que le sucede a uno de los personajes: "Peter Gaspar afrontó su picaresco debut estadounidense sin asombro. Había esperado este tipo de peripecias. Para quien lo había conocido en su antiguo país, no eran sorprendentes la indulgencia con que aceptaba lo inusual ni el distanciamiento con el que asimilaba las sacudidas (?) A cierta edad y con una biografía del Este de Europa, parecía preferible enfrentarte a cualquier cosa a que no volviera a ocurrirte nada. ¿Experimentaba precisamente ahora, en el bosque estadounidense, su propia narración? ¿Aceptaba la reeducación, las simplificaciones que el pragmatismo del nuevo domicilio le exigían?"

La novela se titula La guarida (Tusquets Editores), y si bien da cuenta de la problemática del exilio, lo hace desde la paradójica libertad del que lo pierde todo. Otra frase del personaje: "Tengo una necesidad urgente y absoluta de irresponsabilidad". Como señala Vargas Llosa, "Manea escribe sin amargura ni rencor, con una extraordinaria libertad de espíritu, fantasía y hasta con derroches de un humor que recuerda el de los mejores protagonistas de la novela picaresca".

Como la historia ocurre en un ámbito académico, se combina la persecución de las ideas con la aparición de una ex mujer. Si bien no son lo mismo, tanto el amor como las ideas se resisten a ser abolidos.

Norman Manea (1936) fue deportado en su infancia, en 1941, por las autoridades fascistas rumanas, aliadas con la Alemania nazi, al campo de concentración de Transnistria, en Ucrania, con su familia y toda la población judía de la región. Volvió en 1945 a su país y luego partió definitivamente a los Estados Unidos, donde actualmente es profesor. A partir del éxito de autobiografía novelada El regreso del Húligan , (tan festejada por Antonio Tabucchi), se convirtió en referente ineludible (aunque varias veces censurado) de la literatura rumana. Su fervor crítico no está exento de precisión sentimental y poética. Describe a sus personajes por acciones, y le otorga a sus rasgos la premonición de un destino. Candidato al Premio Nobel, Manea se nutre de clásicos como Thomas Mann, Musil o Elías Canetti.

Su obra (tanto narrativa como ensayística) es vertiginosa, ácida y conmovedora

miércoles, 11 de abril de 2012

La historia del argentino que le ganó al Pentágono

Un argentino se enfrentó al poder militar más grande del mundo y ganó. Gustavo Sierra –corresponsal del diario Clarín en las guerras de Irak y Afganistán, entre otras– contó su historia por primera vez en este diario. Ahora, con herramientas de la ficción, las relata en su primera novela El cartel de Bagram (Lid), que se publicará simultáneamente en Argentina, México y España.

Sierra reconstruye el derrotero del cordobés Juan Torres, un inmigrante en Estados Unidos que nunca se resignó a aceptar las razones que esgrimió el Pentágono para explicar la muerte de su hijo el soldado John Torres supuestamente herido en combate en Afganistán. El hombre tenía por qué sospechar. La última vez que lo había visto, su hijo le sugirió que en la base estadounidense de Bagram enviaban heroína rumbo a Estados Unidos. “Estoy asqueado, hay tipos que están traficando heroína dentro de la base”. Por eso no les creyó cuando le dijeron que no abriera el ataúd de su hijo porque estaba decapitado.

Sin embargo, las sospechas y la presión de Torres para obtener justicia se toparon con un responsable tan poderoso como el Pentágono: la multinacional farmacéutica que fabricaba las pastillas contra la malaria que terminaron matando a su hijo John. Torres los llevó a juicio para evitar que otros chicos, como su hijo, sean utilizados por el ejército y las farmacéuticas como conejillos de India.

domingo, 1 de abril de 2012

El dolor de Malvinas invade las librerías

Investigaciones, relatos, revisionismo y ediciones actualizadas ponen el foco en el conflicto de 1982

Por Fernando Massa | LA NACION

volvieron pero no pudieron soportar lo vivido y dijeron basta. De los que eligieron seguir adelante para dar su testimonio. Los secretos, ls que aún no se contó, distintas visiones, investigaciones. Y siempre el dolor, intacto tras los sucesos que siguieron al 2 de abril de 1982.

Dos días antes del trigésimo aniversario del desembarco argentino en las islas Malvinas, el recuerdo, las vivencias y distintas visiones sobre la guerra también se hacen presentes en lugares de privilegio en las vidrieras de las librerías. Son más de una docena de títulos, de lanzamientos estratégicamente pensados para esta conmemoración.

Entre los libros nuevos se advierte una particularidad: una mirada más focalizada en hechos y anécdotas puntuales relacionados con el conflicto bélico por sobre una mirada general de lo sucedido. Las violaciones de los derechos humanos durante la guerra; los vuelos de siete pilotos de Aerolíneas Argentinas en busca de armas o la historia de los cinco rabinos que asistieron espiritualmente a los combatientes son algunas de las temáticas desarrolladas. De todas maneras, también pueden encontrarse títulos que encaran el conflicto con una mirada más abarcativa: es el caso de 1982 , de Juan Bautista Yofre (Sudamericana, $ 109) que analiza documentos reservados del proceso en busca de cambiar la perspectiva que hasta hoy se tenía de la guerra.


En esa misma línea puede encontrarse la nueva edición actualizada de Malvinas, la trama secreta(Sudamericana, $ 139), de Oscar Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo van der Kooy, un voluminoso libro que fuera publicado por primera vez en 1983.

"Entre novedades y reediciones deben haber por lo menos diez títulos. Pero son tres los que siempre se han mantenido más allá de las fechas: Iluminados por el Fuego , de Edgardo Esteban;Malvinas, la trama secreta ; y Los Pichiciegos , de Rodolfo Fogwill, que se vende siempre y es una obra muy leída en las escuelas", comentó a LA NACION Noemí Bank, encargada desde hace 36 años de la Librería Santa Fe, situada sobre esa avenida, a metros de Azcuénaga.

En ese local, los libros sobre Malvinas ya ocupan la mitad de una de las dos mesas con ensayos. Entre ellos, se encuentra Lágrimas de hielo , de la periodista Natasha Niebieskikwiat (Norma, $ 89), sobre las torturas y violaciones a los derechos humanos en la Guerra de Malvinas. Torturas, estaqueos, maltratos, abandono de persona y hambre, testimonios desgarradores que revelan que el enemigo no siempre estuvo en el bando contrario.

Otra de las novedades es Malvinas, los vuelos secretos , del periodista Gonzalo Sánchez (Planeta, $ 79), que cuenta la historia de siete pilotos de Aerolíneas Argentinas que recibieron una convocatoria por parte del gobierno militar con el objetivo de transportar armas. Dos vuelos a Tel Aviv, cuatro a Trípoli y uno a Ciudad del Cabo.

También editado este año, Los rabinos de Malvinas , de Hernán Dobry (Vergara, $ 85) saca a la luz la historia de los cinco religiosos que fueron enviados como capellanes para prestarles asistencia espiritual a los soldados judíos desplegados en la Patagonia y en las islas.

Pero también un veterano de guerra escribió un libro para el trigésimo aniversario de la guerra con Gran Bretaña. Fue Lautaro Jiménez Corbalán que en Malvinas, en primera línea (Edivern, $ 98) describe las vivencias y anécdotas de los integrantes del Regimiento de Infantería 4 como un reconocimiento a los jóvenes que defendieron a la patria en Malvinas.

Otro de los libros que fue reeditado para esta fecha es Señales de Guerra , del historiador Lawrence Freedman y Virginia Gamba (El Ateneo, $ 129), que analiza e interpreta los hechos y los mensajes que llevaron a la escalada bélica y diplomática en el Atlántico Sur.

Según Noemí Bank, el público que en general compra libros de Malvinas no suele ser demasiado joven sino más bien de 40 años para arriba, lo cual encierra una lógica con la fecha de la guerra: son personas que en ese momento tenían más de diez años.

" Malvinas, la ilusión y la pérdida , de Silvia Plager, una novela que mezcla lo histórico con lo romántico, siempre fue bien recibido por el público femenino", afirma. Y cuenta que hace unos 20 días, en la mesa de recomendados, eran todos libros sobre el kirchnerismo. Ahora, que los de Malvinas sigan allí, dependerá de las ventas y las novedades de abril.