jueves, 12 de abril de 2012

Reflexiones sobre nuestra forma de vivir

¿Para qué trabajamos?

Sergio Sinay / Paidos

"Trabajamos, como promedio, una tercera parte de nuestro tiempo cotidiano. ¿Para qué? ¿Para vivir? ¿Para vivir cómo? ¿Para hacer qué cosa con nuestras vidas?", reflexiona Sergio Sinay en este libro que indaga sobre la insatisfacción existencial que agobia a la sociedad actual. Sin bajar línea, en estas páginas pueden encontrarse herramientas para cuestionarnos sobre nuestra relación con el mundo laboral y el sentido de nuestras vidas.


Un extracto...
Esclavos autocontrolados

En tiempos de fugacidad, de frágil memoria, de abundante superficialidad, de banalidad rampante, como son los presentes, viene a cuento recordar la historia y los nombres de los Mártires de Chicago, así como las razones de ese martirologio. Mientras cada 1º de mayo se convierte, simplemente, en una fecha en rojo en el calendario y un hueco oscuro en la memoria colectiva, aquellas ocho horas, finalmente conseguidas, se han esfumado. Hoy se trabaja mucho más que eso. Lo hacen quienes están en relación de dependencia y quienes se sienten libres de patrones y horarios. Así, lo que sobre fines del siglo XIX era aún una práctica salvaje es hoy un encantamiento sutil.

El trabajo sin horario y sin días francos ya no es una imposición; hoy toma a menudo la engañosa forma de una elección. No estamos, por cierto, en el siglo XIX ni en los tramos iniciales del sigo XX, de manera que son otras las cosas que se ven y oyen. En un bar, en un restaurante, en una sala de espera, en el vagón del subterráneo, en la cola de un banco suenan los celulares y la mayoría de las conversaciones que se escuchan tienen que ver con trabajo. No hay placer en ellas, no hay disfrute ni inspiración. Se trata de diálogos ansiosos: hay irritación, urgencia, exigencia. Quienes los mantienen no están en un lugar de trabajo cautivo, pero están cautivos del trabajo. Si apagan el celular temen quedar afuera de un circuito, perderse algo (¿acaso el trabajo mismo?). Si no fuera así, si tomaran la decisión de desconectarse por un tiempo, quizás un tiempo necesario de introspección, de atender una cuestión personal prioritaria, de volver a la intimidad, es muy posible que se encuentren con todo tipo de reproches y reclamos por semejante insensatez. ¿A quién se le ocurre apartarse por un instante de la red de llamados, mensajes, correos electrónicos, muros, tweets, más aún en horas de trabajo? Horas de trabajo, hoy, son todas. Los discursos sobre autonomía, sobre ser dueño de los propios tiempos, sobre trabajar "cómodo" y demás cuestiones similares dicen otra cosa. Lo que prueba el éxito del marketing de la nueva y embozada taylorización. Ya no se necesitan tantos ni tan rigurosos controladores de tiempo y rendimiento, cronómetro en mano. Esos time-controlers se han instalado ahora en el interior de las personas y funcionan desde allí.

Como advierte con lucidez Thomas Moore en Un trabajo con alma, hay una opción esencial que consiste en tener un trabajo para la vida o una vida para el trabajo. En el primer caso, se forja el carácter, se enriquece la personalidad, hay una comprensión de lo que se aporta al mundo y a los demás a través del propio quehacer. Es la suma de los atributos personales a la totalidad que se comparte. En el segundo caso, el trabajo (independientemente de lo que se haga, cómo, en qué entorno) se convierte en un embudo por el cual se escurren irremediablemente las energías que se quitan a los vínculos o a cualquier otra manifestación valiosa de la propia vida. Moore acude a recientes estudios acerca de cómo se sienten las personas en relación con su vida laboral, según los cuales hay una insatisfacción manifiesta a pesar de los avances proporcionados por las nuevas tecnologías. Un número creciente de personas -cita Moore- cree que su trabajo influye negativamente en su vida personal y tie- nen menos tiempo para dedicar a su familia, sus amigos, su salud, sus aficiones, sus intereses personales intransferibles. "Las tecnologías modernas -concluye- difuminan las fronteras entre el trabajo y el hogar".

Lo que conviene agregar es que esa difuminación no se agota en los planos temporal y espacial, sino que se transmite al psíquico y al emocional, al punto en que, aun con la ilusión de libertad, de manejar horarios y movimientos, una masa crítica de personas nunca dejan de estar en el trabajo, se han fundido con él en una cocción a fuego lento. Están conectados mientras comen, mientras duermen, mientras están de vacaciones; están conectados aun cuando por un instante dejan sus utensilios tecnológicos (aparatos que ya parecen extensiones de sus miembros). Porque sus mentes no se desconectan nunca. Muchas personas pueden no ver a sus hijos porque sus compromisos laborales se lo impiden o pueden separarse de sus parejas antes que separarse de su trabajo.

Cuando esto ocurre, la capacidad (y necesidad) transformadora de los seres humanos deja de encontrar cauces creativos y fecundantes, se vacía de sentido (aunque luzca lucrativa, productiva y exitosa) y el trabajo ya no es medio de trascendencia, sino un fin en sí mismo.

A remar se ha dicho

¿Obedece esta obsesión simplemente a un desmesurado "amor" por la tarea que se realiza? ¿De dónde nace tanta infatigable aplicación? Quizás no sea hija del amor sino del espanto. El sábado 16 de enero de 2010, cuando el fantasma de la más globalizada crisis económica ya se aposentaba sobre las primeras economías del mundo y amenazaba a todas las demás (en la Argentina un sueño necio hacía decir a las autoridades y a sus corifeos que aquí ningún virus llegaría), el diario El País, de Madrid, citaba palabras del británico James Muir, flamante presidente de Seat, filial española de Volkswagen. Muir pedía a sus galeotes más ventas, más cifras, más réditos. Lo mismo que, a su vez, le exigían a él sus amos, los accionistas. "No todos reman en este barco en la misma dirección -bramaba-, de modo que echaré a quienes no remen. Necesitamos un equipo ganador". Esa misma semana, apoyó su exigencia con hechos: despidió a 330 ejecutivos y cargos medios. "Implicar a los empleados y lograr así que sean más productivos es uno de los mandamientos del ejecutivo moderno", comentaba el diario. Allí mismo, Miguel Angel García, profesor de Sociología en la Universidad de Valencia, explicaba que "las empresas estudian sistemáticamente el rendimiento de los trabajadores y la fórmula más habitual es analizar el rendimiento por objetivos". Esto no quita que aun en los años de rendimientos más positivos los planteles se reduzcan de forma masiva en grandes corporaciones y bancos, señalaba el especialista. La decana de Psicología en la Escuela de Negocios IE University, Cristina Simón, aportaba lo suyo: las empresas, decía, tienden a descartar aquellos perfiles con menos capacidad de adaptación a una cultura más agresiva, más comercial. Sólo que no lo llaman "despido", sino, como prefirió denominarlo falazmente Muir, "estrategias para llevar a buen puerto un proyecto". (...).

No hay comentarios.: