viernes, 27 de abril de 2012

Un corazón tan recio


En su última novela, que publica Alfaguara, Alicia Dujovne Ortiz traza una autobiografía lírica -y, naturalmente, ficticia- de Teresa de Ávila. Anticipamos algunos fragmentos
Por Alicia Dujovne Ortiz  | Para LA NACION

Rodrigo viene a buscarme para llevarme de vuelta a casa. No tardará mucho en partir. Otro al que envidio y ya van tres: unas monjas, un bebé, un futuro Conquistador que se marcha a convertir indios con la fuerza de su espada. La espada y la cruz, ahora de verdad -trato de persuadirme para encontrar consuelo-, ahora no como un juego de niños para buscar el martirio a dos pasitos de papá y mamá. Eso sí que es un destino, no como el de mi hermana con su estridente esposo. Cómo quisiera ser varón, armarme hasta los dientes y subirme a una carabela con las velas infladas y pelear contra aquellos infieles de piel canela y con unas plumas que no les salen de la carne, como al principio se pensó, sino que se las ponen de adorno. Los muestran en Sevilla, dicen, y ellos se quedan acuclillados con aire ausente dejándose mirar, como faltos de alma.
Pero mi hermano habla menos de convertir que de ganar. La Honra. Irse lejos a guerrear por conseguir lo que ni su padre ni sus tíos poseen en España, el Don. Lo siento mayor, él siempre ha sido mi faldero y ahora aparece resuelto, endurecido, sacando pecho, fanfarroneando ante mí mientras yo me debato entre mis dos demonios, la mucha repulsión por la vida de casada y la poca atracción por la monjil. Quizás me equivoque pero me da la sensación de que Rodrigo me mira con sorna.
-No te vayas a quedar para vestir santos -dice palmeándome la espalda.
Con altivez le contesto que me hable de él y sus proyectos más que de mí. ¿Por qué alistarse en la expedición de Don Pedro de Mendoza? Porque el maestro de campo, Juan Osorio, es viejo conocido de la familia, y porque en ese viaje se embarca lo más granado de Castilla. Treinta y dos jóvenes nobles, o aspirantes a serlo, se encaminan hacia el Río de la Plata, descubierto por Don Juan de Solís. Es cierto que a Solís se lo co?, bueno, que Solís murió por aquellos parajes pero ¿acaso me imagino lo que representa un Río tan enorme como un mar, y tan enteramente relleno de plata?
-Esperá -lo interrumpo-, ¿qué me ibas de decir de Solís?
Vacila. Por fin vence el deseo de impresionar a la hermanita que antes lo llevaba de las narices y...
-Se lo comieron los indios. Pero no te preocupes, él viajó en cascaritas de nuez y con arcabuces enmohecidos, nosotros somos invencibles, nunca se ha enviado a aquellas tierras expedición más fuerte.
No lo dejo, no quiero que me vea espeluznada, le sonrío como si nada fuera. A mí tampoco me amilanan unos indios caníbales. Pero él muestra el coraje del que se va, y yo escondo la pena del que no tiene derecho ni a mover un pie por delante del otro. ¿Voy a decirle que ya me compongo de muchos trozos separados como para perder el último? ¿La última atadura? Aunque el pensar en "trozo" y en "perder" me pinte fieras dentaduras clavadas en su cuerpo, aprieto fuerte los ojos como sé hacerlo para espantar la visión del abuelo.
Sin embargo, más que los indios con sus dientes agudos me espanta el que Rodrigo se crea a rajatabla lo que el tal Osorio le cuenta para llenarle la cabeza, lo que el tal Mendoza con su semblante verdoso promete conseguir. Caballero demasiado enfermizo, se murmura, para afrontar el mar. A mí, sólo la incertidumbre me parece fuera de duda. Si mi madre pudo morirse a mis doce años; si una vieja pudo ponerme al tanto de una historia que no debí saber, para enseguida hacerse humo como si nunca hubiese existido; si los honores de que goza mi familia pueden desmoronarse como castillo de naipes, de sólo mediar la aparición de un estreñido de los que nunca faltan que se acuerde del abuelo; si el amor puede deshacérseme entre los dedos como las arenillas de la fuente; si el matrimonio es un continuo poner hijos en el mundo mientras el cuerpo aguante; si a una mujer no la dejan hacer lo que desea, guerrear, querer...; si todo es nada; ¿adónde sino en el atrio de un convento, caminando a pasitos con la vista en el suelo me hallaré segura?
***
De más provecho que la plegaria a gritos me resulta el gesto que va con ella, juntar las manos. Un calor delicioso vibra en el espacio entre una palma y la otra, y toda yo quedo unida de mí a mí, juntada yo conmigo hasta reunir las partes. Ya no existen divisiones ni líneas medianeras mientras ponga mis manos a conversar entre ellas como hermanas que se encuentran después de un viaje. Un par de hormigas que se rozan con sus antenas para darse noticias de lo que han recogido en sus andanzas no se entienden mejor. Hasta no haberlo probado no se capta la maravilla de que las palmas se correspondan entre sí, de que una piel se hermane con la otra, de que los cinco dedos coincidan con los otros cinco, yema contra yema, susurrándose cositas inaudibles, tan amistosos y completándose tan bien todos ellos como las dos mitades de una fruta.
No se lo digo a sor María para que no me crea loca de atar (¡cuántas veces el temor de parecerlo me sellará los labios, hasta que al fin, el contar con un amigo definitivo que se pega contra mí como si él fuera una mano y yo la otra me doblará el coraje!), pero lo cierto es que al dejar los brazos separados me siento sola, y al apretar ligeramente sus extremos, en buena compañía.
***
Ya más muerta que viva me acuestan en el cuarto de mi niñez. Entonces me acuerdo. De golpe. Es tenderme entre almohadas y recobrar la memoria, como si todo hubiera estado esperándome allí, colgando de los artesonados de ese techo que yo miraba de chica, antes de dormirme, mientras pensaba en la vieja que rezongaba por los rincones con sus palabras raras.
Tengo que taparme la boca por no gritar. Cuando se apagan las últimas luces, hago un esfuerzo y me incorporo. De dónde saco fuerzas no sé. Conozco el camino, puedo deslizarme despacio por los corredores y bajar la escalera resbaladiza sin encender la vela. Tanteando hallo el arcón de los trapos inmundos. Todo está en su sitio. Envuelvo el manuscrito, me lo escondo bajo el brazo y me lo traigo a mi cama. Lo abro en cualquier sitio, como antes. Reconozco la lengua, un romance de otro tiempo que se entiende como si fuera de hoy. Busco su título, "Zohar" y, más abajo, "El Libro de los Esplendores". Su autor: un judío llamado Moisés de León. Al comenzar asegura no ser el autor sino el descubridor del manuscrito. Lo paso por alto, demasiado apuro llevo como para fijarme en la autoría.
En uno de los cielos más altos y más misteriosos hay un palacio conocido por el Palacio del Amor -leo-. Aquí están reunidas las almas más amadas del Rey. Y aquí está el Rey de los cielos unido con sus amadas almas en el Beso de Amor.
Me tiemblan las manos, menos por el temor de que a mi padre se le ocurra entrar que por lo bello que descubro. Lo bello y lo prohibido. ¡Y tan gemelo del castillo de Francisco de Osuna! Pero la vieja me lo ha arropado todo entre tantos misterios y tantos entredichos que cualquier crujido de la madera me eriza la piel, y cada rumor de alas en el jardín es mi abuelo de los viernes rogándome tener cautela.
Sigo leyendo: Las almas de los justos son superiores a todos los poderes y a todos los que sirven en el mundo superior. Aunque su lugar es tan alto, abandonan, sin embargo, su fuente y vienen abajo, a la tierra. Nosotros podemos comparar esto a un rey que no tiene sino un hijo y lo envía a un país lejano para alimentarse, fortalecerse y hacerse sano. Y cuando esto ha sido cumplido envía a la reina, su madre, para traer a su hijo otra vez al hogar. Así también hace el Santo Rey con su hijo: el alma justa. Lo envía a este mundo, en donde puede fortalecerse e iniciarse, por medio del estudio, en los usos seguidos en el palacio del Rey. Entonces, cuando Él oye que su hijo ha crecido y que ha llegado el tiempo de volverlo a traer al palacio, muestra su amor por él enviando a la Reina -la Shekhinah- a buscarlo. Y cuando esta alma deja la tierra es acompañada por la Reina, que la lleva al palacio, en donde ha de vivir eternamente.
¿Pero de quién habla este judío, de Jesús? ¿Quién es el hijo único enviado a un país lejano? ¿Y la Reina, la Shekhinah, quién es, la Virgen? ¿Estas cosas de hebreos se asemejan a las nuestras como dos gotas de agua? ¿Pero cuáles son las nuestras? Cuanto más raro y, a la vez, cercano y familiar me parece todo, más me hace llorar; y llorando y llorando como una Magdalena llego a ese par de frases que cambian el curso de mi vida.
La primera vuelve a mí como nimbada por el haz polvoriento que la alumbró en mi infancia: Todas las puertas del cielo están cerradas, excepto la Puerta de las Lágrimas.
¿El tío Pedro habrá intentado darme a entender secretos que no están en el Tercer Abecedario, ni en ningún otro libro marcado por la cruz? ¿Acaso habrá sabido que yo desde pequeña lo sé? ¿El, que judaizó de chico junto a Juan Sánchez de Toledo, me ha enviado un guiño, un gesto, una señal? ¿Por eso el texto de San Jerónimo sobre el pecado de mentir? ¿Era ésa su angustia, mentir? No tengo la respuesta, el tío entra al convento tal como lo tenía planeado, tras la boda del hijo, y ya no nos veremos a solas. Creo que ambos nos evitamos para no confesarnos lo que mejor callar.
Hay otra frase que me abre más aún las puertas del cielo, una cuyo significado no comprendo, pero que, a todas luces, lo contiene todo y que, contrariamente a la primera, yo recuerdo letra por letra sin haberla sabido nunca, como si esas palabras estuvieran pintadas en mi mente con una claridad maravillosa: En el Séptimo Palacio reside el Misterio de los Misterios.
¡Bonita monja que leyendo libros de herejes solloza de amor! La línea roja que en vano me busqué ante el espejo, la noche antes de irme en pos del martirio en tierra de moros, aparece nítidamente sobre mí. Traidora. Judas. El Libro de los Esplendores , guardado antes en un sótano y ahora bajo mi cama, me condena sin remedio. Los siete viernes de Sánchez de Toledo preparan la hoguera de Teresa, la peor, la encendida por los remordimientos. Arderé de culpa el resto de la vida..

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