viernes, 18 de octubre de 2013

Cuento: Los Chaddeley y los Fleming de Alice Munro

En este relato de Las lunas de Júpiter, del que reproducimos un fragmento, Munro describe una visita familiar; el libro llegará en diciembre
Las lunas de Júpiter

La prima Iris de Filadelfia era enfermera, la prima Isabel de Des Moines tenía una floristería, la prima Flora de Winnipeg era profesora, la prima Winifred de Edmonton, contable. Señoras solteras se las llamaba. Solteronas era un término demasiado genérico, no las describiría. Sus pechos eran grandes e intimidantes -un solo bulto blindado-, y sus estómagos y traseros, rebosantes y encorsetados como los de cualquier mujer casada. En aquellos tiempos al parecer la cuestión era que el cuerpo de la mujer (si realmente una le sacaba partido a la vida) engordara y madurara hasta llegar a una buena talla cuarenta y seis, si en la vida no tenían más remedio; luego, dependiendo de la clase y de las aspiraciones, o bien se ponían flojas y sueltas, temblorosas como flanes bajo vestidos de estampados pálidos y húmedos delantales, o bien ceñidas en unos contornos cuyas firmes curvas y orgullosas pendientes no tenían nada que ver con el sexo, y todo con derechos y poder.
Mi madre y sus primas pertenecían a este segundo tipo de mujeres. Llevaban corsés que se abrochaban a un lado con docenas de corchetes, medias que hacían un sonido sibilante y estridente cuando cruzaban las piernas, vestidos de seda para la tarde (el de mi madre había sido de una prima), maquillaje (Rachel), colorete, agua de colonia y peinetas de concha, o de imitación, en el cabello. Eran inimaginables sin esos atavíos, a no ser que estuviesen arropadas hasta la barbilla con batas acolchadas de satén. Para mi madre aquel estilo era difícil de mantener; requería ingenio, dedicación y un gran esfuerzo. ¿Y quién lo apreciaba? Ella.
Vinieron todas a pasar con nosotros un verano. Vinieron a nuestra casa porque mi madre era la única que estaba casada y tenía una casa lo suficientemente grande para alojar a todo el mundo, y porque era demasiado pobre para ir a verlas. Vivíamos en Dalgleish, en la región de Huron, al oeste de Ontario. La población, dos mil habitantes, estaba indicada en un letrero situado en los arrabales de la ciudad.
-Ahora hay dos mil cuatro -gritó la prima Iris, levantándose del asiento del conductor. Conducía un Oldsmobile de 1939. Había conducido hasta Winnipeg para recoger a Flora y a Winifred, que había venido desde Edmonton en tren. Luego fueron todas a Toronto a buscar a Isabel.
-Y las cuatro seguro que damos más guerra que los dos mil habitantes juntos -dijo Isabel-. ¿Dónde fue...? ¿En Orangeville...?
Nos reímos tanto que Iris tuvo que detener el coche. ¡Tenía miedo de ir a parar a la cuneta!
Los escalones crujían bajo sus pies.
-¡Respirad este aire! No hay nada mejor que el aire del campo. ¿Es de esa bomba de donde sacáis el agua para beber? ¿No sería estupendo beber ahora? ¡Un trago de agua del pozo!
Mi madre me pidió que fuese a buscar un vaso, pero insistieron en beber en la jarra de hojalata. Contaron que Iris se había acercado hasta un campo para responder a la llamada de la naturaleza y que se encontró rodeada por un círculo de vacas interesadas.
-Vacas..., ¡qué exageración! Eran novillos.
-O toros, ¡para lo que entendéis...! -dijo Winifred, dejándose caer en una silla de mimbre. Era la más gorda.
-¡Toros! ¡Me habría dado cuenta! -dijo Iris-. Espero que sus muebles puedan aguantar el peso, Winifred. Te digo que había algo muy pesado en la parte de atrás de mi pobre coche. ¡Toros! ¡Qué sobresalto, es un milagro que pudiese subirme los pantalones!
Explicaron lo de la ciudad de apariencia salvaje en el norte de Ontario en la que Iris no quiso parar el coche ni para dejar que se comprasen una Coca-Cola. Echó una ojeada a los leñadores y gritó:
-¡Nos violarían a todas!
-¿Qué es violar? -dijo mi hermana pequeña.
-¡Oh! -dijo Iris-. Quiere decir que te roban el billetero.
"Billetero": una palabra americana. Ni mi hermana ni yo sabíamos lo que significaba, pero nuestra ignorancia no era la misma en todos los asuntos. Y yo sabía que, de todos modos, aquello no era lo que significaba "violar"; significaba algo sucio.
-Cartera, que te roban la cartera -dijo mi madre en un tono festivo pero cauteloso. En nuestra casa se hablaba distinguidamente.
Después vino el desenvolver regalos. Latas de café, nueces y pudin de dátiles, ostras, olivas, cigarrillos confeccionados para mi padre. Ellas también fumaban todas, excepto Flora, la maestra. Entonces era una señal de espíritu mundano, pero en Dalgleish era un signo de posible moral relajada. Ellas lo convertían en un lujo respetable.
Surgieron también medias, pañuelos, una blusa de gasa para mi madre, un par de tiesos delantales blancos de organdí para mi hermana y para mí (lo último quizá en Des Moines o en Filadelfia, pero no en Dalgleish, donde la gente nos preguntaba por qué no nos habíamos quitado los delantales).
Y finalmente una caja de bombones de dos kilos. Mucho después de que nos hubiésemos comido todos los bombones y de que se hubieran marchado las primas, seguíamos guardando la caja de bombones en el cajón de las mantelerías en el aparador del comedor, esperando alguna utilización ritual que nunca se presentó. Todavía seguía llena de los envoltorios de papel oscuros y estriados de los bombones. Durante el invierno, a veces entraba en el frío comedor y olía los envoltorios, inhalando su perfume de artificio y lujo; volvía a leer las descripciones del dibujo que había en la parte interior de la tapa de la caja: avellana, turrón cremoso, delicia turca, caramelo, crema de menta.
Las primas dormían en la habitación de abajo y en el sofá cama de la habitación de delante. Si la noche era calurosa, no les importaba llevar un colchón a rastras hasta la terraza o, incluso, hasta el patio. Echaban a suertes la hamaca, pero a Winifred no le permitían participar. Hasta bastante entrada la noche se las podía oír riendo, haciéndose callar las unas a las otras y diciendo a gritos: "¿Qué ha sido eso?". Estábamos más allá de las farolas de Dalgleish, y en la oscuridad las dejaba maravilladas el gran número de estrellas.
Una vez se pusieron a cantar un canon.
Rema, rema, rema tu barca
despacio río abajo,
alegremente, alegremente,
alegremente, alegremente,
la vida es sólo un sueño.
No les parecía que Dalgleish fuese real. Iban en coche hasta el centro y volvían contando lo raros que eran los tenderos; imitaban las cosas que habían oído por la calle. Cada mañana, el café que habían traído llenaba la casa de su inhabitual aroma americano, y se sentaban preguntando quién estaba inspirada para el día. Una inspiración era ir al campo con el coche a coger frutos silvestres. Acababan arañadas y acaloradas, y una vez Winifred quedó absolutamente acorralada, inmovilizada por ramas espinosas, pidiendo a gritos que fuesen a rescatarla; sin embargo, dijeron que se habían divertido muchísimo. Otra inspiración era coger los aperos de pesca de mi padre y bajar al río. Volvían a casa con una captura de róbalos de roca, un pescado que generalmente no aprovechábamos. Organizaban picnics. Se vestían con ropa vieja, con sombreros de paja viejos y con batas de mi padre, y se hacían fotografías unas a otras. Hacían pasteles de bizcocho relleno y maravillosas terrinas de verduras que tenían forma de templos y colores de joyas.
Una tarde organizaron un concierto. Iris era cantante de ópera. Cogió el mantel de la mesa del comedor para envolverse en él y me envió a buscar plumas de gallina para ponerse en el pelo. Cantó "La llamada amorosa del indio" y "Las mujeres son veleidosas". Winifred era una ladrona de bancos, con una pistola de agua que se había comprado en el almacén. Todo el mundo tenía que hacer algo. Mi hermana y yo cantamos dos canciones: "Rosa amarilla de Tejas" y el "Gloria in excelsis". Mi madre, asombrosamente, se vistió con un par de pantalones de mi padre y se puso cabeza abajo.
Audiencia y artistas, las primas se animaban las unas a las otras en todos los momentos de vigilia. Y a veces dormidas. Flora era la que hablaba en sueños. Puesto que también era la más educada y comedida, las demás se quedaban despiertas para hacerle preguntas, intentando que dijera algo que la avergonzase. Le contaron que renegaba. Dijeron que se sentaba de golpe y preguntaba:
-¿Por qué no hay ni una puñetera tiza?
Era la que menos me gustaba porque intentaba agudizar nuestras mentes, la de mi hermana y la mía, haciéndonos preguntas de aritmética mental.
-Si se tardase siete minutos en andar siete manzanas, y cinco manzanas tuvieran la misma longitud, pero las otras dos manzanas fuesen el doble de largas...
-¡Oh, vete a paseo, Flora! -decía Iris, que era la más grosera.
Si no les venía ninguna inspiración, o hacía demasiado calor para hacer algo, se sentaban en la terraza a beber limonada, ponche de frutas, cerveza de jengibre, té helado con guindas confitadas y trocitos de hielo picado del gran trozo de hielo de la nevera. A veces mi madre decoraba los vasos mojando los bordes con clara de huevo batida y luego en azúcar. Las primas decían que estaban exhaustas, que no servían para nada, pero sus quejas tenían un aire de satisfacción, como si el mismo calor del verano hubiese sido creado para añadir dramatismo a sus vidas.
Ya había bastante dramatismo.
En el ancho mundo, les habían sucedido cosas. Accidentes, proposiciones, encuentros con lunáticos y enemigos. Iris habría podido ser rica. A la viuda de un millonario, una anciana loca con una peluca como un almiar, la habían llevado un día corriendo al hospital, fuertemente agarrada a una maleta. Y en la maleta no había sino joyas, joyas verdaderas, esmeraldas y diamantes y perlas tan grandes como huevos de gallina. Nadie más que Iris podía hacer algo con ella. Fue Iris quien finalmente la persuadió para que tirase la peluca a la basura (estaba llena de pulgas) y para que dejase las joyas en la cámara acorazada del banco. Tanto se apegó aquella anciana a Iris que quería rehacer su testamento, quería legar a Iris las joyas, las acciones, el dinero y los bloques de apartamentos. Iris no lo permitió. La ética profesional se lo impedía.
-Estás en un puesto de confianza. Una enfermera está en un puesto de confianza.
Luego explicó cómo un actor, que se estaba muriendo a consecuencia de la vida disipada que había llevado, se le había declarado. Ella le permitió echar un trago de una botella de Listerine, porque no le parecía que importase. Era un actor de teatro, de modo que no íbamos a reconocer el nombre aunque nos lo dijera, cosa que no pretendía.
También había visto a otros grandes nombres, celebridades, la alta sociedad de Filadelfia... No en su mejor momento. Winifred dijo que ella también había visto cosas. La pura verdad, la horrible y pura verdad acerca de algunas de esas personas importantes y de la alta sociedad, que aparecía cuando echabas una ojeada a sus finanzas.
Vivíamos al final de una carretera de Dalgleish en dirección al oeste, más allá de una tierra cubierta de matorrales donde había casitas de madera y bandadas de pollos y de niños. La tierra se elevaba a una altura respetable donde nosotros estábamos y luego descendía en forma de amplios campos y dehesas, decorados con olmos, bajando hasta el meandro del río. Nuestra casa también era respetable, una antigua casa de ladrillo de un tamaño considerable, pero estaba expuesta a corrientes de aire y distribuida de forma poco práctica, y la cornisa necesitaba una mano de pintura. Mi madre pensaba arreglarla y cambiarlo todo en cuanto tuviésemos dinero.
Mi madre no tenía muy buen concepto de la ciudad de Dalgleish. Recordaba a menudo la ciudad de Fork Mills, en el valle de Ottawa, donde ella y sus primas habían ido a la escuela secundaria, la ciudad a la que había llegado su abuelo desde Inglaterra, de la misma Inglaterra que, por supuesto, ella no había visto nunca. Alababa Fork Mills por sus casas de piedra, por sus bonitos y sobrios edificios públicos (bastante distintos, decía, de la región de Huron, donde la idea había sido proyectar una monstruosidad en ladrillo y ponerle encima una torre), por sus calles pavimentadas, por el servicio en sus almacenes, por la mejor calidad de las cosas que se vendían y por la mejor clase de gente. Las personas que en tan alta consideración se tenían a sí mismas en Dalgleish serían ridículas a los ojos de las familias privilegiadas de Fork Mills.
Pero al mismo tiempo, las mejores familias de Fork Mills serían menospreciadas si llegasen a tener contacto con ciertas familias de Inglaterra con las que mi madre estaba emparentada. Relaciones. Todo giraba alrededor de ello. Las primas eran un espectáculo en sí mismas, pero también proporcionaban una relación. Una relación con el mundo real, pródigo y peligroso.
Sabían cómo arreglárselas en él, habían hecho que el mundo les prestase atención. Sabían llevar una clase, una sala de maternidad, un público; sabían cómo tratar con los taxistas y con los revisores de tren.
La otra relación que proporcionaban, al igual que mi madre, era con Inglaterra y la historia. Es un hecho que los canadienses de ascendencia escocesa -que en la región de Huron llamábamos Scotch- e irlandesa dicen sin reserva alguna que sus antepasados llegaron durante la hambruna de la patata, con sólo andrajos a sus espaldas, o que eran pastores, campesinos, gente pobre y sin tierra. Pero cualquiera cuyos antepasados procediesen de Inglaterra tiene una historia de oveja negra o de hijos menores, de reveses financieros, de herencias perdidas, de fugas con parejas inadecuadas. Puede haber algo de verdad en esto. Las condiciones de vida en Escocia y en Irlanda fueron tales que forzaron a la emigración en masa, mientras que los ingleses pudieron haber escogido dejar el hogar por razones más pintorescas y personales.
Éste era el caso de la familia Chaddeley, la familia de mi madre. Isabel e Iris no llevaban el apellido Chaddeley, pero su madre sí. Mi madre había sido una Chaddeley, aunque ahora se apellidase Fleming; Flora y Winifred seguían siendo Chaddeley. Todas descendían de un abuelo que dejó Inglaterra de joven por razones sobre las que no llegaban a ponerse de acuerdo. Mi madre creía que había sido estudiante en Oxford, pero que perdió todo el dinero que su familia le enviaba y le había dado vergüenza volver a casa. Lo había perdido jugando. No, decía Isabel, ésa era la historia que se contaba. Lo que realmente sucedió fue que dejó embarazada a una criada y se vio obligado a casarse con ella y llevársela al Canadá. Las propiedades de la familia estaban cerca de Canterbury, decía mi madre. (Peregrinos de Canterbury, campanillas de Canterbury.) Las demás no estaban seguras de eso.
Flora decía que estaban en el oeste de Inglaterra y que se decía que el apellido Chaddeley estaba relacionado con Cholmondeley. Existía un lord Cholmondeley; los Chaddeley podían ser una rama de aquella familia. Pero también existía la posibilidad, decía, de que fuese francés, de que originalmente fuese Champ de laîche, lo cual significa campo de juncia. En ese caso la familia habría llegado a Inglaterra probablemente con Guillermo el Conquistador.
Isabel dijo que ella no era una intelectual y que la única persona de la que había oído hablar de la historia inglesa era María, reina de Escocia. Quería que alguien le dijera si Guillermo el Conquistador iba antes o después que María, reina de Escocia.
-Campos de juncia -dijo mi padre con conformidad-. Eso no les supondría exactamente una fortuna.
-Bueno, yo no distinguiría la juncia de la avena -dijo Iris-, pero eran bastante prósperos en Inglaterra. Según el abuelo, era gente acomodada.
-Antes -dijo Flora-, y María reina de Escocia ni siquiera era inglesa.
-Eso lo sabía por el nombre -dijo Isabel-. Así que ¡ja, ja! [...]

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