martes, 16 de octubre de 2012

Una Alicia lánguida y distante

Por Silvia Hopenhayn  | Para LA NACION

No sólo de traducciones viven los clásicos; también, de sus dibujos. La palabra escrita tiene cada vez más adeptos que provienen de la ilustración. Hay nuevas versiones de novelas (por lo general se las prefiere fantásticas) que recuperan la tradición del relato salpicado de imágenes. Esto contribuye al tacto (se toma al libro de otra manera) y le agrega un nuevo autor al texto. No es lo mismo una película, donde hay trasposición.
El libro ilustrado o incluso las llamadas "novelas gráficas" apelan a un lector dispuesto a contemplar lo que otro ha imaginado previamente. Podríamos decir que los dibujos provienen de un lector fijo. Aquel que dispuso un modo de representar la historia y a sus personajes.
Sin embargo, la ilustración, como la traducción, también implica un traslado. Así como el traductor aloja las palabras en otra lengua, el ilustrador deja las palabras libradas a su trazo. De allí que resulte tan cambiante el clima de una novela cuando está acompañada de dibujos. Parece que cobrara vida. Es lo que clamaba Alicia, desde un principio, recostada con su hermana a orillas del río Támesis, supuestamente sin hacer nada: "¿De qué sirve un libro si no tiene dibujos ni diálogos?".
Pues esta vez se trata de una nueva versión ilustrada de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, tan renovada como personal, a cargo de la joven y descollante Rébecca Dautremer, publicada por Fondo de Cultura. Son decenas de dibujos que alteran bellamente el formato clásico de los originales de John Tenniel, a quien Lewis Carroll le encargó, a mediados del siglo XIX, unas treinta y cuatro viñetas por la suma total de 138 libras.
La apuesta de Dautremer (apellido que en francés se pronuncia del mismo modo que "De otro mar") es oscura e intensa. Renueva el oleaje de las vertiginosas páginas de Carroll y consigue ilustrar el riesgo y la ausencia, sin perderse el juego de lo inefable y la inmensidad de la tristeza.
Hay mucho color rojo, rulos, ojos vidriosos, astillas y bichos. Los célebres personajes del relato de Alicia adquieren nueva piel y mirada. El conejo manifiesta su apuro con una elegancia inaudita. Está vestido con botas y polainas y sus orejas sedosas apuntan al asombro. La oruga parece un dedal peludo; el célebre gato de Cheshire irrumpe en la página como un puño dentudo. Y Alicia. ya no es la rubiecita de momentos caprichosa y otras, absorta. Se parece más a la de la vida real, la pequeña Alice Liddell, a quien Carroll le inventaba historias y le tomó aquella desquiciada foto disfrazada de pordiosera que incluye esta edición.
La de Dautremer lleva pelo oscuro, las mechas desordenadas y lacias, sin bucles ni concesiones isabelinas. Sin embargo, es distinta: se asemeja a las niñas actuales de melancólica languidez y mirada detenida. Conmueve por su distancia, más que por el característico aire de sorpresa y rebeldía que se desprende del relato original. Por eso, si uno la contempla demasiado, la lectura de la novela cambia.

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