domingo, 21 de octubre de 2012

Javier Cercas Un fresco marginal de la transición española


La nueva novela de Javier Cercas, el autor de Soldados de Salamina, se centra en las andanzas de tres delincuentes juveniles durante el posfranquismo, y sus vidas posteriores
Por José María Brindisi  | Para LA NACION

La historia de Las leyes de la frontera ya se ha contado miles de veces. ¿Y entonces qué? John Gardner, novelista estadounidense de culto sobre todo famoso por haber sido el primer y único maestro de Raymond Carver, se atrevió en su momento a reducir prácticamente la historia de la literatura al siguiente planteo: alguien busca algo, tiene más o menos problemas para lograrlo, al final lo logra o no. Sobre ese esquema esencial se han montado millones de relatos y lo más probable es que se mantenga saludable por muchísimo tiempo. Lo que quiere decir que se están contando siempre, en el fondo, las mismas anécdotas, las mismas motivaciones, los mismos temores; y, también, que lo más importante está en otro lado. Para Borges existían apenas tres temas: el amor, el poder y la muerte. Y alguna vez, con esa grandilocuencia disimulada que en parte era sólo un modo de justificar su escritura, tradujo esa economía brutal en algo así como "la diversa entonación de unas cuantas metáforas".
El español Javier Cercas (Cáceres, 1962) demuestra en Las leyes de la frontera que ciertas fórmulas o relaciones modélicas son muchas veces la plataforma óptima para que la buena literatura despegue, para que reconozcamos la raíz humana de esas historias mientras las palabras nos arrastran inevitablemente a otro espacio; uno que no niega la familiaridad con el tema, pero que se lo apropia, transformándolo en sus propios términos, para hacer de eso que se cuenta algo único. La pluma de Cercas había evidenciado ya su excepcionalidad en una novela como Soldados de Salamina (2001), en la que supo darle forma a un tono mesurado y sensible desde el que podía sonreír amargamente ante el drama común -la Guerra Civil Española- sin sonar efectista ni cínico. O en Anatomía de un instante (2009), el libro que para muchos es su obra maestra, donde tomaba un momento clave de la transición en su país -el frustrado golpe de Estado del 23 de febrero de 1981- y lo desmenuzaba en un registro tan riguroso que hacía que los hechos se vieran paradójicamente irreales, o que sólo desde allí pudieran justificarse.
Cercas parte esta vez de una situación anónima, pero el esquema es paradigmático: la relación entre dos amigos que son como hermanos. Uno leal y algo ingenuo, otro sombrío y marcado por el desafío constante y la fatalidad. Es un conflicto que en particular la literatura y el cine estadounidenses han narrado desde innumerables perspectivas, desde los álter ego de Kerouac y Neal Cassady de En el camino hasta las indispensables La ley de la calle , de Francis Ford Coppola, o la primera película que dirigió Sean Penn: The Indian Runner . El imaginario de Cercas dialoga con todos esos modelos, pero aquí es donde comienza a construir su singularidad: el momento clave en la vida de su protagonista, cuando conoce a las dos personas que le cambiarán la vida, es el verano de 1978, que en la España posfranquista quiere decir: cuando todo había cambiado, pero todo parecía seguir igual.
En rigor, la relación fraternal que se narra en Las leyes de la frontera es una hermandad de tres: la del narrador, el Zarco y Tere. En cada lazo hay una pieza que no termina de encajar, la promesa de una tragedia: el narrador y el Zarco, el líder de una banda juvenil, cuya figura se vuelve mítica en la cárcel y propicia todo el enjambre de la novela; el narrador y Tere, la chica por la que se decide a ingresar a esa banda y por culpa de quien se convierte en delincuente de un día para otro, casi sin pensarlo; y entre ella y el Zarco, quienes mantienen un vínculo imposible de definir pero que sin duda enlaza sus destinos con una fuerza irrebatible. Es allí, en ese intersticio en el que en última instancia casi no se respira, donde se cuela entre ambos Ignacio Cañas, el narrador. Durante aquel verano de 1978, Cañas encuentra en la banda del Zarco un refugio, la posibilidad de huir de los compañeros que lo atormentan en la escuela y las calles de la pequeña ciudad catalana de Gerona. Veinte años más tarde, ya convertido en un abogado exitoso y por tanto en hábil ave de rapiña, Cañas es a quien su vieja amiga Tere va a buscar para que ponga fin al encierro del Zarco. Pero lo dicho: eso que hay entre él y Tere quiere ser amor, y nunca termina de serlo; y lo que hay entre él y el Zarco es una amistad desgarradora que, sin embargo, raramente atraviesa la barrera de lo íntimo.
La decisión formal de Cercas de sostener la totalidad del relato a través del diálogo -pero sobre todo en los largos soliloquios de Cañas- resulta riesgosa, incluso extrema, y el precio que quizá pague por esa fluidez que le permite la oralidad es el de exponer demasiado los hechos. Al no haber silencios ni pausas, al no haber descripciones ni sobreentendidos, todo se resuelve en la superficie del texto y, cuando algo se oculta, sólo es porque los personajes lo olvidan, o muestran renuencia, o mienten. El otro punto en que la novela no termina de hacer pie es en la construcción del mito: el Zarco se convierte de un día para otro en una figura gigantesca, alguien a quien no sólo no hemos visto crecer sino que, para ser mítica, quizá se desnude excesivamente. Los mitos, al menos los de carne y hueso, se construyen por medio del misterio y la distancia; es decir, de la mezquindad. Cuando los vemos de cerca descubrimos que, con sus buenas y sus malas, no son muy diferentes del resto.
Al margen de esas cuestiones menores, el trabajo de Cercas en Las leyes de la frontera es notable, en especial por el modo en que aborda los vaivenes emocionales de su protagonista, alguien que en buena medida vive su vida a partir de los otros, como si fuese una sombra. Y en ello reside su desdicha.

LAS LEYES DE LA FRONTERA

 
Javier Cercas
Mondadori
384 páginas
$ 125.

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