miércoles, 4 de enero de 2012

El origen de la violencia nacional

Por Silvia Hopenhayn | Para LA NACION

ES un libro que huele. Prueben en cualquier librería. Apenas repasan sus hojas, la tinta desprende un aroma inconfundible. Parece que estuviera vivo. ¡Un lugar de tanta muerte! El matadero. No cualquiera, el de Esteban Echeverría. Tampoco es una reedición del clásico argentino fundador de nuestras letras. Es un nuevo matadero. Aquí, el correr de la sangre despertó la tinta. Clama y renueva lo escrito. Es un matadero ilustrado, impregnado. Con toda la furia y el homenaje.

Esta vez dos artistas se hicieron cargo de la violencia que encierra la brevísima novela El matadero, como ya lo habían hecho, en su momento y a su modo, Castagnino, Breccia, Oesterheld, Honorio Pueyrredón, Ricardo Carreira y Carlos Alonso, entre otros. Se trata de Marcia Schvartz, porteña, con ese estilo inconfundible que enarbola cuerpos, y Fernando Bedoya, limeño y minucioso recaudador de rasgos. Ambos crearon las "trans-grafías" que salpican esta flamante publicación de Edhasa.

En un brevísimo prólogo, Bedoya cita a Echeverría: "En fin, la escena que se representaba en el matadero era para vista, no para escrita". ¡El propio autor ansiaba imágenes de lo que estaba escribiendo! En esta oportunidad, son imágenes compuestas, tanto desde la técnica como de la autoría. Hay escarnio y denuncia. La rabia se hace carne en el unitario. El abuso, la violencia, se vuelve billete (de veinte pesos) en los federales. "Libertinos, incrédulos, salvajes, cajetillas", todos revueltos en el mismo hedor de la historia que Echeverría ubica en el matadero.

Volver a leer esta novela es siempre garantía de pertenencia y repudio. No hay duda de que se trata de nuestra violencia fundante (el desprecio insalubre, la humillación en cuerpo y palabra). Pero, a su vez, este origen político marca a fuego la lengua. Echeverría, en su denuncia, despliega el potencial de esta marca. Es una fiesta macabra del lenguaje. Tan límpida su prosa como plagada de imprecaciones. "Ahí se mete el sebo en las tetas, la tía -gritaba uno. ¡Che! Negra bruja, salí de aquí antes de que te pegue un tajo -exclamaba el carnicero."

Al mismo tiempo, Echeverría, que estudió en el Colegio de Ciencias Morales y luego en París, crea un narrador excelso e implicado que, cada tanto, lanza dardos irónicos bajo la forma de exclamaciones. "¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables, y que la Iglesia tenga la llave de los estómagos!" Y sigue, con elegancia y aguda crítica: "Pero no es extraño, supuesto que el diablo, con la carne, suele meterse en el cuerpo, y que la Iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo sin permiso de la autoridad competente".

Vaya lectura anticipada de nuestra historia, en tiempos de la Revolución de Mayo. Como dije al principio, es un libro que huele a tinta y a sangre.

© La Nacion.

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