jueves, 13 de julio de 2006

El último libro del crítico H. Bloom: análisis literario de la Biblia

Jesús y Yahvé. Los nombres divinos puede leerse como un autorretrato espiritual. En él la trascendencia, religiosamente concebida, despierta tanto rechazo como interés. Harold Bloom no duda en definirse como agnóstico. No quiere sino que su lectura de los acontecimientos bíblicos lo perfile como lo que es y ante todo quiere ser: un crítico literario. Devoto de Shakespeare, lo atrae el conflicto y la dimensión temperamental de los personajes que indaga: Yahvé, Jeshúa de Nazareth y Jesucristo, el hombre-Dios en quien los cristianos convirtieron, según él, a Jeshúa. El lector de este ensayo, sin embargo, no tardará en advertir que el desvelo reflexivo de Bloom y su interpelación primordial recaen sobre la figura del Dios de los judíos.
La caracterización que nos ofrece de Yahvé es, en lo esencial, la de una divinidad profundamente humana, como lo prueba la interpretación de sus acciones, reacciones y propósitos. Bloom explora las debilidades, pasiones e intereses de Yahvé, dispensándole al Dios hebreo el tratamiento al que nos tiene acostumbrados en su abordaje de las figuras literarias. Aunque él considera a Jesucristo como una construcción de fuerte influjo helenístico, es su semblanza de Yahvé la que nos recuerda las pinturas homéricas de las divinidades griegas inmiscuyéndose en la vida de los hombres e interviniendo en sus conflictos como si fueran, también ellas, humanas.
A juicio de Bloom, sólo en los evangelios de Marcos y Mateo puede reconocerse a Jesús como judío. Los demás no hacen otra cosa que ignorarlo como tal. De quien fue Jeshúa de Nazareth, poco y nada, recuerda Bloom, ha podido llegar a saberse. Pero por la forma en que murió, se infiere que vivió la fe judía con una intensidad y entrega incomparables. "En toda la historia -escribe el crítico-, no se conoce ningún judío que pueda considerarse más fiel a la Alianza de Dios con los hebreos." Y añade, por eso, que le resulta paradójico que, a causa de ello, se lo haya convertido en portavoz de otra Alianza que la pactada en el Sinaí, soslayando el hecho de que fueron los judíos los que terminaron por no darle cabida dentro de su propio sistema de creencias.
Mucho menos dotado para la reflexión filosófica y teológica que para la literaria, Bloom, cuando excede su campo específico, resulta por lo menos intrincado. Las consideraciones sobre el gnosticismo judío, la mística hebrea y la teología cristiana distan de verse logradas, por no decir que resultan casi siempre esquemáticas y de escasa inspiración. A Bloom le falta, en este orden teórico, la concisión y la claridad de un Gershom Scholem, la incisiva brillantez de un George Steiner, la hondura teológica de un Hans Küng. Acaso el sentido común no sea el mejor recurso para explorar los dilemas de la teología y de la metafísica, y es evidente que Bloom abusa de él.
El célebre autor de El canon occidental se incluye entre quienes conciben a Yahvé como "la respuesta más precisa a la angustiada pregunta de ¿Quién es Dios?" Considera que la del Dios de los judíos es "la representación más convincente que he encontrado nunca de esa otredad trascendente". Admite Bloom que ni los budistas, ni los hindúes ni los taoístas estarían de acuerdo, ni tampoco muchos cristianos, musulmanes y judíos contemporáneos, "pero la mía es una respuesta de crítico literario, y se basa en la fuerza y el poder de la única personalidad literaria que es más vital y memorable que Hamlet, Falstaff, Iago y Cleopatra". El planteo, como resulta evidente, no esconde sus restricciones pero expresa bien un posicionamiento subjetivo que no rehúye la discusión. La Biblia, para el ensayista, no es un libro sagrado sino un clásico entre los clásicos de la literatura.
Tras años de convivencia reflexiva con sus páginas, Bloom concluye que Yahvé no ama a nadie, a lo sumo simpatiza con el rey David. "Es algo terrible caer en las manos de Yahvé", sentencia. Amarlo "es una empresa quijotesca. El amor que Él reclama del hombre más se parece a la sumisión que a la emoción que conocemos bajo ese nombre". La obediencia lo desvela más que la caridad. A Bloom le resulta inaceptable acatar el mandamiento mosaico de amar a un Dios incapaz de retribuir lo que recibe. "Un amor no correspondido -expresa Bloom- puede ser supuestamente provechoso para los poetas, pero para nadie más."
Del implacable retrato que realiza del Dios de los judíos extrae la conclusión de que Jesucristo no pudo ser su Hijo o que, si lo fue, lo fue de un Padre que no retrocedió ante la crueldad y que así como casi nunca dio pruebas de amar al pueblo judío tampoco pudo ser el Padre amante y bondadoso del que nos habla la Biblia cristiana. "O en todo caso amó como Lear, desaforada y egoístamente, sacrificando hasta la muerte a sus amados." Para Bloom, en suma, la cristología "es una creencia extraña, tanto desde la perspectiva del judaísmo como del islam".
Generalizando su planteo, se muestra escéptico con respecto a la fuerza de cohesión social que puedan evidenciar, en el presente, las tres religiones monoteístas. Es la informática y no la fe, nos dice con ironía, lo que hoy en día une al mundo. No obstante y mucho más que a Yahvé, le reconoce a Jesús "estar más cerca de la universalidad, pero sus mil disfraces resultan demasiado desconcertantes para ser coherentes".
Bloom se confiesa proclive a buscar "una trascendencia laica en el arte". No ignora, sin embargo, el corto alcance social que ofrece su opción. "Shakespeare, Bach, Miguel Angel siguen siendo suficientes para una elite, no para pueblos enteros."
Como lo he señalado, la pasmosa erudición de Harold Bloom no llega a cristalizar en argumentos filosófica y teológicamente ricos, sino más bien ingeniosos y fuertemente temperamentales. Su sinceridad es indiscutible pero no por ello conceptualmente sólida. Bloom se declara "un ansioso estudiante de Yahvé" y se afirma como hombre educado en la cultura judía a la que disocia, en lo que respecta a sus intereses, de cualquier adhesión a la Alianza, sintiéndose en tal sentido alejado de los requerimientos que la tradición religiosa formula o exige contemplar.
Por lo demás, estas casi doscientas cincuenta páginas están mechadas de polémicas e incisivas consideraciones sobre la actualidad política. Bloom no se anda con vueltas en su condena de la judeofobia contemporánea. Denuncia el antisemitismo francés y el de otras partes de Europa y deplora "todas las hojas de ruta" propuestas, considerándolas salidas "ilusorias que sólo ofrecen el suicidio al Estado de Israel". Su sola salvedad, en términos de aptitud para la convivencia, recae sobre el cristianismo europeo en el que reconoce una resuelta disposición al encuentro con el mundo judío. Estima, no obstante, que es descabellado el intento de reivindicar o promover el reconocimiento de una tradición judeocristiana. No niega que ella ofrezca ventajas políticas y sociales pero su médula teológica le parece insustancial. Tampoco ahorra Bloom severas críticas "al terror musulmán y al contraterror estadounidense e israelí". Sea como fuere y en lo que atañe a su tema central, este Jesús y Yahvé dejará mucho que desear a quienes, en los grandes dilemas religiosos, busquen algo más que una fuente de interés literario.
Santiago Kovadloff
Fuente: LA NACIÓN

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