lunes, 18 de febrero de 2013

Autoayuda, un género que se supera a sí mismo


Firmados por profesionales o por figuras mediáticas, los títulos de autoayuda son un territorio lleno de repliegues y diferencias. Pero se renuevan y son best-séller. ¿Por qué? Hablan lectores, libreros y editores. Además, la opinión del filósofo Alejandro Rozichtner.

POR MARCOS MAYER

AUTOAYUDA. El espacio fue ocupado por profesionales, pero también por textos cuyo mayor diploma es la celebridad.
AUTOAYUDA. El espacio fue ocupado por profesionales, pero también por textos cuyo mayor diploma es la celebridad.

Cómo puede ser que estemos tan deprimidos, cuando somos tanto más liberados, abiertos, magnánimos, antirracistas, cultos y alfabetizados que las personas de otros lugares y otros tiempos? Dicho esto, somos tan impotentes como ellas para poner freno una y otra vez a las mismas atrocidades, a pesar de que son tantos los ángeles guardianes de la ética que velan sobre nosotros. ¿Dónde está entonces el progreso?” Estas dos preguntas, que vienen a ser en realidad una sola, se encuentran en la página 55 de un libro que lleva un título que rumbea para el lado de la autoayuda, pero que no lo es. En Don Quijote, para combatir la melancolía (Fondo de Cultura Económica), la psicóloga francesa Françoise Davoine trata de encontrar en las peripecias del héroe de Cervantes algunas respuestas a esa pesadumbre cuya persistencia a lo largo del tiempo parece poder más que el progreso.
A diferencia del género conocido como autoayuda y que es, en realidad, un mapa lleno de repliegues y diferencias, el trabajo de Davoine no encuentra soluciones al final del camino. Allá Quijote y aquí nosotros, cada uno con su melancolía a cuestas, incluido la del propio Miguel de Cervantes. Quien compra textos de Jorge Bucay, Pilar Sordo o Bernardo Stamateas (por nombrar a los más persistentes en este campo) busca soluciones, no interrogantes.

Aquello que se busca
Una breve encuesta realizada en las redes sociales ofrece este tipo de respuestas: “Se leen por necesidad de encontrar respuestas a lo desconocido, por tener la sensación de falta de recursos para resolver situaciones nuevas, por modas entre otras causas”; “Tuve un tumor en la base de cráneo cuando tenía 36 (ahora cumplí 53), tenía que enfrentarme a cirugías, y recurrí a todo, incluso a libros de autoayuda, que no me sirvieron demasiado. Necesitaba ‘comprar’ al destino, al misterio, más tiempo de madre para mis hijos. Ahora ni me acuerdo qué leí, pero digamos que me sirvieron para tranquilizarme, para parar la pelota y pensar”. El único varón en responder cuenta: “Hay uno que es el que más recuerdo y no me pareció malo ya que pude comprobar algunas cosas que dice. Se llama Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus . Lo que pude comprobar es la forma de verbalizar de las mujeres y comprenderlas mejor, de alguna manera (¡nada menos!). Sé que no es ‘intelectualmente correcto’ que uno lea libros de autoayuda, pero soy un tipo curioso (también tengo mi cuota de frivolidad, lo reconozco) y eso me llevó a leerlos”.
De estos testimonios surgen algunas cuestiones. Por un lado, contra lo que se suele suponer, la consulta de libros de autoayuda no es vivida con vergüenza, algo que corrobora Lucas Rodríguez Perea, de La Boutique de San Isidro: “El que compra autoayuda es muy fiel al género y cero pudor para pedirlo, no así el de Las sombras de Grey que lo pide solapado. El que lee autoayuda no discrimina a los que leen literatura, aunque sea objeto de discriminación”. Cuenta Miguel Angel Morelli, de Ramos Libros, de Quilmes: “Básicamente el público consumidor de autoayuda es de clase media y clase media alta. Y, por abrumadora mayoría, femenino. Los hombres, si bien consumen autoayuda también, lo hacen más con libros que se aproximan a la PNL (programación neurolingüística) o al marketing”.
Por otra parte, pareciera que siempre se acude a ellos frente a algún problema o malestar emocional. Algo que los autores parecen tener claramente en cuenta a la hora de escribir sus libros. Si se analizan algunos textos salidos recientemente, se verá que muchos de ellos repiten una determinada forma de presentación.

Rumbo a la felicidad
El primer paso es diagnosticar una determinada tendencia en la sociedad. Es lo que se puede leer en Bienvenido dolor , de la chilena Pilar Sordo, una de las más exitosas autoras del género. Allí se propone que la creciente resistencia al dolor (físico, pero sobre todo espiritual) que hay en nuestras sociedades anestesia también la capacidad de disfrutar la vida en toda su plenitud. Por su parte, No me maltrates del psicólogo y pastor Bernardo Stamateas, plantea: “En todos los ámbitos en los cuales nos desarrollamos el maltrato está creciendo, la forma de tratarnos y de relacionarnos cada vez es más agresiva, impulsiva”. Mucho más positivas, Verónica de Andrés y su hija Florencia sostienen en Confianza total : “Hemos comprobado que algunas personas que, a pesar de haber alcanzado todas sus metas y sentirse vacías, lograban encontrar un propósito superior que volvía a cargar de significado y felicidad sus respectivas vidas”.
Aunque no se basen más que en estudios grupales reducidos (es el caso de Pilar Sordo) pero generalmente en impresiones, estos libros resultan eficaces en postular lo que podría llamarse un clima de época o en estado de situación que, una vez establecido, funciona como el contexto que exige soluciones destinadas a modificarlo y a mejorarlo. Finalmente, son situaciones que de un modo u otro afectan a la gran mayoría. ¿Quién no ha sentido alguna vez que era agredido injustamente o que sus logros no hallaban la anhelada plenitud?
“En muchas ocasiones, cuando los problemas son de mala relación, poca comunicación o timidez, es decir, problemas que involucran a otros, por su propia característica como género que subraya el componente ‘auto’, libros de autoayuda propondrán su resolución en virtud de cambios en las actitudes personales, un mayor desarrollo de la autoconfianza, la incorporación de técnicas efectivas de persuasión o el despliegue de una ‘simpatía’ adquirida siguiendo un conjunto de preceptos que el propio texto proporciona”, sostiene Vanina Papalini, doctora en ciencias sociales e investigadora del Conicet.
Las acciones que se sugieren a los lectores para superar su problema suelen presentarse de modo sistemático e incluso rodeadas de cierto aparato bibliográfico que reúne enseñanzas de la psicología conductista con aportes del psicoanálisis y ciertas formas de sabiduría de neto corte new age , o de cuño oriental. Parte de la infalibidad prometida descansa en este gradualismo. Así, por ejemplo, Stamateas propone una serie de pasos para enfrentar cada una de las formas que asume el maltrato, o el subtítulo de Confianza total propone “Herramientas para desarrollar la inteligencia emocional, la autoestima y la motivación”. Es un género en el que la aplicación práctica importa muchísimo más que la teoría que la sustenta y esa seguramente es una de las razones de éxito y vigencia que viene de larga data.

Un pasado genérico
Si dejamos de lado enseñanzas bíblicas y consejos de filósofos y moralistas, quien abrió el provechoso mundo de la autoayuda fue el norteamericano Dale Carnegie con su exitosísimo Cómo ganar amigos e influenciar sobre las personas que se editó en 1940 en español y pasó muy rápido a la categoría de best-séller permanente. Execrado por intelectuales y objeto de burla, logró integrarse a una zona de la cultura del éxito en tiempos de modernización cultural, un espacio cuya bandera más visible fue la revista Reader’s Digest que se ocupó de difundir por el mundo la fantasía del american dream . El mismo que sostiene que todos, aún los más sumergidos socialmente, pueden llegar a ser presidentes de los Estados Unidos y cuya raíz primera es la autobiografía de Benjamin Franklin, una historia de autosuperación que inspiró a Sarmiento sus Recuerdos de provincia . Lo que puede leerse en ellos es la convicción de que la propia capacidad llevará a la larga o a la corta a que se ocupe el lugar que se merece. Los libros de hoy ven posible el cumplimiento de ese destino, siempre y cuando se sigan determinados pasos.
El Reader’s Digest fue de lectura casi obligatoria en muchísimos hogares del país, entre los que propagaba su credo de que un déficit o una desgracia podía transformarse, esfuerzo mediante, en felicidad. En uno de los raros momentos de humor de Sobre héroes y tumbas , Ernesto Sabato propone irónicamente títulos que podrían hallarse en la revista: “Del primer empleo me echaron a puntapiés, Nuestro romance empezó en el leprosario, Vivo feliz con mi cáncer, Perdí la vista pero gané una fortuna”.
Esa clase media confiada en el futuro hasta la ingenuidad, aunque anclada en todas sus convicciones y lugares comunes de siempre, era sometida a críticas demoledoras, desde Landrú al café concert, de Jauretche a Cortázar. La imposición cada vez más general de estas perspectivas hizo languidecer a todas esas enseñanzas que llegaban en libros y revistas.
Hasta que a mediados de los 80, la norteamericana Louise Hay, con Usted puede sanar su vida , recuperó todo el terreno perdido y, más aún, lo expandió. Se mantuvo durante más de un año al tope de las listas de best-séllers. Hoy esa clase de libros compiten por los primeros lugares de venta con el ensayo político, pero su vida útil está bastante menos pegada a la coyuntura. La leyenda, transmitida por la propia Hay, dice que sufrió un cáncer vaginal que curó milagrosamente luego de que ella cambiara su actitud ante la vida. Se ponía como ejemplo del éxito de aquello que predicaba.

Profesionales y legos
Desde entonces, el espacio fue ocupado por profesionales, como Bucay, Rolón o Stamateas, que tienen un diploma que exhibir para respaldar su capacidad para transmitir mejores formas de vivir. Hay una experiencia con el dolor y las dificultades ajenas y no sólo con las propias.
Pero también sus textos deben convivir con figuras cuyo mayor diploma es la celebridad que acompaña su vida, que en sus libros aparece como una experiencia única y sobre todo ejemplar. De alguna manera, ponen en evidencia una contradicción del género que la profesionalidad de los demás autores disimula. Por un lado la propuesta de integración, de romper con el aislamiento con esa consigna que se repite de libro a libro, asumirse, descubrir los valores en uno mismo (incluso la revista que difunde esta zona de la cultura se llama Uno mismo). Por el otro lado construirse como un ser único que no se parezca a los demás, diferenciarse. Es el mito de la fama, sobre todo la mediática, ser como todos pero de una manera personal e intransferible que hace que se termine por no ser como nadie.
Hace ya varios años que el conductor radial Ari Paluch es un best seller serial. Y acaba de publicar su tercer libro, Corriéndose al interior , en el que reitera sus enseñanzas que van a lo espiritual (que es otra de las vertientes de la autoayuda), vinculándolas con zonas de la producción cultural –como cuando alude al tango– a circunstancias personales o diagnósticos de carácter más general: “Sufrimos por el dolor que una situación nos causa pero agregamos más sufrimiento al no querer aceptar el dolor (…) que tiene un propósito o una misión de la que no podemos escapar, hasta no aceptarla, comprenderla y trascenderla”.
Más autobiográficos resultan Prende el optimismo de Sergio Lapegüe, conductor de noticieros en TN, ¡Basta de miedos!
de Viviana Canosa y Verónica Perdomo, quien en Otra oportunidad de ser feliz relata las duras circunstancias que debió pasar para superar un ACV. “Si estás buscando algo, si lo deseás con todo el corazón, no te quedes sentado esperando que caiga del cielo. Tenés que salir a la calle, romper la coraza, vencer el miedo… De esa manera, tarde o temprano, eso que tanto deseás finalmente va a pasar”, concluye.
Dice Paluch en una entrevista que escribió su libro impulsado por una serie de acontecimientos (la muerte de alguien de su misma edad, el cuestionamiento de una asistente a una conferencia) que no se diferencian de lo que le ocurre al común de los mortales. Por su parte, Lapegüe insiste en que es uno más, sin pretensiones ni excentricidades, igual a sus lectores y televidentes, mientras que Canosa se coloca en el lugar de quien ha llegado y transmite lo aprendido a quien quiera emprender su mismo camino. Y lo suyo es una clara historia de superación de trabas e impedimentos internos que prologa su psicoanalista Vivian Loew. El libro de Lapegüe lleva un prólogo de Palito Ortega, quien es también el autor de la cortina musical de su programa diario Prende y apaga. No deja de ser una diferencia de tono y de intención.
Lo paradójico de esta zona del género es que transmiten ese supuesto saber sobre la vida que no se aprende en los libros, pero lo hacen a través de un libro.

La red sanadora
Los editores consultados coinciden en que se trata de textos que no se escriben a pedido y que uno de los criterios fundamentales de evaluación de sus posibilidades de ser publicados pasa por si el autor o la autora están insertos en una red de puesta en circulación del contenido de los libros. O sea, si se acompañan los libros con ciclos de charlas, y presencia periódica en los medios a través de programas propios o columnas en los diarios, además de la hoy infaltable página web. Lo que redunda habitualmente en mejores ventas.
En stamateas.com, se ofrece un servicio de “mensajes de éxito” que se reciben por mail, además de un sistema de consultas electrónicas y la posibilidad de acceder a todas las presencias del autor de Gente tóxica en los medios televisivos y radiales. Además, el sitio anuncia conferencias y Stamateas tiene una columna semanal en la revista Mía y una cotidiana en el diario Tiempo Argentino. A este esquema, el sitio de Pilar Sordo suma sus opiniones sobre determinados temas sociales y políticos como la reciente aprobación en Chile de una ley que prohíbe fumar en público.
Cuenta desde un resort de Punta del Este Claudio María Domínguez, quien escribe una columna diaria en el sitio de noticias Infobae: “He llegado a dar veinte charlas por mes, hoy bajé a unas cinco. Nunca voy con un tema preparado. Es un proceso de retroalimentación permanente. De pronto, alguien del público plantea algo y la charla deriva en ese sentido. Aunque el tema es siempre el mismo, encontrarse, dejar salir lo que tenemos dentro. En el programa de radio sucedía algo parecido y fuimos armando el último libro con preguntas de los oyentes, que superaron todas las expectativas, llegamos un día a 2000. De allí nació La vida es un juego ”.
De todos modos, “autoayuda” es una denominación con poca prensa, aunque sea la que se haya impuesto, tanto entre libreros como entre editores y el público. Domínguez anuncia que su próximo libro será el “antiautoayuda” y en la contratapa del libro de Stamateas se lee algo que puede considerarse un beligerante alegato al encasillamiento en que las categorías de los maltratadores descriptas en sus páginas trasladan sus patologías a la evaluación del texto, por ejemplo: “‘Me lo recomendaron...pero yo no creo en esta clase de libros’” (el que descalifica), o “Lo dejé por la mitad, no encontré nada interesante” (el crítico).
Se podrá acusar al género de muchas cosas, pero no de falta de realismo. Tienen claras las necesidades de su público e imaginan que en definitiva la solución es siempre individual, bastante simple y que la mayoría se resiste a adoptarla porque no han encontrado la voz que finalmente lleve a encontrar el mejor camino. Ahí todo lo que parecía realismo se transforma en ilusión, por no decir ilusionismo. La pena tiene esas cosas, vive entre la contradicción de parecer definitiva y la esperanza de que un día habrá de cesar. En ese deseo entre resignado y rebelde se mueve un género que evidentemente llegó para quedarse y que no deja de anclarse en esa melancolía para la que el progreso no parece tener remedio. Juegan con el doble mensaje de que el camino es uno solo para todos (el “sé tú mismo”) y la fantasía de que es factible armar la propia aventura.

martes, 5 de febrero de 2013

miércoles, 30 de enero de 2013

Una travesía desopilante

Por Silvia Hopenhayn  | Para LA NACION


En una novela, un buen comienzo es un alivio. No hay que esperar a que el autor se decida a conformarnos con un párrafo brillante o una vuelta de tuerca. Nada más arduo que adentrarse en las primeras páginas de cualquier libro de Faulkner. La demora vale la pena, pero el aliento no siempre alcanza.
También norteamericano, pero menos desquiciado y actual, L.J. Davis -como buen periodista en The New York Times y Harper's- nos presenta de entrada a su personaje, Lowell Lake, de la mejor manera: un iluso a la espera de algo. El título de la novela, publicada recientemente por la casa editorial La Bestia Equilátera, ya es promisorio:  Una vida plena. Simpática ironía para dar cuenta de las ambiciones pueriles del treintañero Lake.
El comienzo, en este caso, es genial. Una especie de anti-Bartlebly. En vez de calar hondo en la rutina, minimizando los gestos como hace el personaje de Melville, Lake toma conciencia de lo terrible que puede ser un trabajo cuando no es provisorio. "Una mañana, Lowell Lake se despertó y cayó en la cuenta de que su empleo no era provisorio. Como si un ángel flamígero lo hubiera visitado en sueños con un mensaje apocalíptico, saltó de la cama al borde del pánico, mirando en derredor con ojos desorbitados. Su empleo no era provisorio y las cosas no mejorarían. No empeorarían... pero no mejorarían. Ése era el meollo de la cuestión. Había encontrado su nivel, y ahí estaba." Esta última frase es casi la misma que pronuncia Don Johnson en el final de una película sórdida y hermosa de Dennis Hopper, The hot spot, basada en otra novela norteamericana, Hell Hath No Fury, de Charles Williams. En este caso, el protagonista, en vez de quedarse con la chica inocente, bella y joven, termina con la rubia viciada, pero ávida de aventuras ruteras, y dice: "Encontré mi nivel. Vivo en él".
A Lake le sucede lo contrario. Esa mañana del comienzo, frente a la atónita mirada de su mujer, cambia de carril, negándose a permanecer como secretario de redacción de un semanario dedicado a la plomería. Rebobinando su vida al cumplir los treinta años, el anhelo de un cambio rotundo le hace olvidar por un momento su falaz tendencia a la repetición. Se embarca -como el propio autor- en la compra de una casa de la zona más pobre de Brooklyn, para convertirla en una mansión: la suya. Pero la mudanza a Nueva York no lo salva del tan temido "nivel" que, como un tono vital, empareja todas sus decisiones. "Lowell intentó escribir a diversas horas del día para ver cuál le sentaba mejor. [Pero] Si escribía por la mañana, la tarde vacía lo miraba a la cara, y si escribía por la tarde, la mañana ya lo había aburrido tanto que estaba demasiado atontado para pensar." El humor acompaña esta travesía tan personal como desopilante. La prosa aguda y fresca alcanza, de alguna extraña manera, una complicidad vertiginosa con el lector. Como si Lake nos estuviera contando sus fracasos en el oído y de ello se desprendiera, sin embargo, la hidalguía del intento.
Entre tantas novelas eróticas que se lanzan en este verano, mejor calmarse -¡y gozar!- con una novela de verdad.
© LA NACION.

lunes, 28 de enero de 2013

¡Oh, casualidad!: la música del azar suena entre los economistas

Por Sebastián Campanario  | Para LA NACION


Lo bueno de ser bisexual es que se duplican las chances de conseguir una cita para el sábado a la noche. "La frase de Woody Allen muestra cómo la teoría de la probabilidad cruza cualquier aspecto de la vida cotidiana. Sus trampas y espejismos, sus dificultades de cálculo para el promedio de los seres humanos y, especialmente, la ubicuidad del azar asumieron un rol protagónico en las investigaciones de los economistas en los últimos cinco años.
En buena medida, la fascinación de los economistas por el azar y sus misterios se aceleró a partir de la crisis internacional que comenzó en 2007, que configuró un escenario más propicio para el análisis de la incertidumbre extrema y la proliferación de los "cisnes negros" (hechos altamente improbables, con un impacto sistémico).
Ese año se publicó lo que puede considerarse la biblia de este campo de estudio, El cisne negro, de Nassim Taleb, tal vez el libro con mayor influencia en los mercados en la última media década.
Pero la publicación de Taleb es sólo una de las obras que abordaron en profundidad la influencia del azar en la economía, los mercados y los negocios.
El andar del borracho, de Leonard Mlodinow, es otro ejemplo, al igual que Finanzas y Fractales, de Benoit Mandelbrot. En la Argentina, con un enfoque más general, en el último año se publicaron El azar en la vida cotidiana (Siglo XXI), de Alberto Rojo (allí se cita el chiste de Woody Allen del primer párrafo), y Azar, Ciencia y Sociedad, de editorial Eudeba, escrito por Roberto Perazzo y Pablo Javovkis.
"Los antecedentes de nuestra relación con el azar son tan viejos como la humanidad. Ian Hacking da cuenta de dados o tabas encontrados en Egipto antiguo, que habían sido limados y retocados para que todas sus caras fueran aproximadamente equiparables. Hasta la aparición de los matemáticos del siglo XVII, el azar fue cuestión de juegos, acertijos o brujería adivinatoria", cuenta Perazzo, director del programa de doctorado en ingeniería informática del Instituto tecnológico de Buenos Aires (ITBA).
El padre fundador de la discusión sobre la naturaleza del azar y su impacto en vastos campos de la economía, los negocios y la vida cotidiana en general murió el 14 de octubre de 2010. El matemático polaco -nacionalizado francés-Mandelbrot, pionero de la geometría fractal, tenía por entonces 85 años. Su infancia y su adolescencia estuvieron signadas por eventos catastróficos. Mandelbrot nació el 20 de noviembre de 1924 en Varsovia, en el seno de una familia de judíos lituanos que escapó por milagro de Polonia tras la invasión nazi y luego vivió escondida en la Francia ocupada. No pudo tener una educación formal y recurrió a un tío matemático y pintor que influyó en su vocación.
Tras la guerra, comenzó una brillante carrera que lo llevó a viajar cada vez más seguido a los Estados Unidos, donde descolló en el departamento de research de IBM, antes de ingresar como profesor en la Universidad de Yale.
El término "fractal" fue acuñado por Mandelbrot en 1975 para describir una nueva rama de la geometría que debía lidiar con superficies "rugosas" y formas irregulares, que van desde la costa de Inglaterra hasta la estructura del coliflor, pasando por el errático camino del precio de las acciones de Wall Street. Su teoría entró en la cultura popular e inspiró desde canciones hasta novelas (de Arthur Clarke y David Foster Wallace) y obras de arte generadas por computadora.
En los últimos años, Mandelbrot captó la atención de los inversores con la aplicación de sus ideas a los mercados de bonos y acciones. En su libro Finanzas y Fractales (2007, Tusquets), escrito con Richard Hudson, mostró cómo los brokers suelen ignorar la probabilidad de catástrofes.
Mandelbrot se inspiró a su vez en los estudios de Harold Hurst, un funcionario del Imperio Británico que un siglo atrás analizó en Egipto la frecuencia de las crecidas del Nilo. A Hurst, sus investigaciones le sirvieron para aproximar mejor las causas de la desaparición de los faraones. A Mandelbrot, para captar la esencia del "lunes negro" del 19 de octubre de 1987, cuando la Bolsa de Nueva York perdió un quinto de su valor en sólo un día -una anomalía extrema en términos de una "distribución normal.
Desde 2007, el gran impulsor de los hallazgos de Mandelbrot a nivel de divulgación es el autor de El cisne negro, Taleb, quien se declara a sí mismo "profundamente mandelbrotiano".

LOS "CISNES NEGROS"

Taleb nació en Palestina y en la década del 80 amasó una fortuna vendiendo y comprando bonos en Wall Street, antes de dedicarse más de lleno al estudio de las probabilidades y de la filosofía.
Los "cisnes negros" a los que alude en su obra son hechos extremadamente improbables, con efectos que pueden cambiar el mundo; y que mirados a posteriori, por culpa de ciertos sesgos en nuestra forma de pensar, pueden parecer hasta obvios o por lo menos explicables.
Los ataques a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001, las grandes debacles de la bolsa o las catástrofes naturales son ejemplos que suele citar.
En temas de azar, la psicología y la economía del comportamiento pulieron una certeza: los seres humanos somos pésimos a la hora de calcular probabilidades. Nuestro cerebro está preparado para buscar (y creer que encuentra) patrones y conspiraciones donde no los hay; a atribuirles un significado divino o cósmico a coincidencias que no tienen por qué tenerlo y a encontrar relaciones de causalidad allí donde hay puros hechos fortuitos.
"Yo creo que, muy en lo profundo, todos creen en que lo que sucederá se puede orientar en favor o en contra de lo que uno desea o espera. El solo hecho de que se atribuya importancia a la oración y la plegaria por la salud de un enfermo muestra que se piensa que hay una relación de causa y efecto entre actos, rituales o acciones personales y resultados de eventos aleatorios", explica el economista Perazzo.
La economía del comportamiento acumula centenares de experimentos y observaciones que dan cuenta de los sesgos y errores sistemáticos en el cálculo probabilístico, que van desde pifiadas recurrentes de los jugadores y entrenadores en la supercompetitiva liga de básquet de los Estados Unidos (NBA) hasta equivocaciones frecuentes en journals académicos.
Si ser bisexual duplica chances de conseguir cita para el sábado, como dice Woody Allen, es un dilema que aún no fue testeado a nivel econométrico. Pero no debe faltar mucho, en esta era dorada de la "economía de cualquier cosa", para que alguien lo compruebe.

ESTUDIOS SOBRE LO PROBABLE

  • Tras la crisis
    Después de la debacle financiera que se inició en 2007, los trabajos económicos sobre el azar y los misterios se aceleraron
  • Un pequeño tratado
    Ese año se publicó El cisne negro, de Nassim Taleb, un libro con mucha influencia en los mercados
  • Cambios profundos
    Los cisnes negros son hechos altamente improbables cuyos efectos son tan grandes que pueden cambiar el mundo
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jueves, 6 de diciembre de 2012

Las voces de Manuel Puig siempre vuelven

Por Silvia Hopenhayn  | Para LA NACION


En algunas ocasiones se podría decir, con cierta nostalgia e ironía, que las mejores novelas son las que ya están publicadas. Sobre todo cuando los libros en cuestión se encuentran agotados y bien merecen una renovada lectura; aquellos que no aparecen en las librerías comerciales y se los espera como pan caliente.
Es el caso de las novelas de Manuel Puig. Frescas, incisivas, melodramáticas, provocadoras, sensuales, sensatas y, créase o no (luego de semejantes epítetos), argentinas. Sus historias son tan cercanas a nuestra idiosincrasia -perdón por palabra tan adusta- que causan gracia y lamento. Más que detrás del espejo, como nos lleva Lewis Carroll con su Alicia, Puig nos pone magistralmente frente al espejo, quizá guiado por lo que él mismo decía: "Hay que pintar el mundo del cual uno se siente testigo privilegiado".
Ahora sus novelas están al alcance de la mano (también del bolsillo, la edición es económica) y del ojo: sus nuevas tapas tienen plena gracia y se corresponden con el amor al cine que tenía Puig. El sello Booket lanza en diciembre una primera entrega que consta de cuatro novelas: Pubis angelical, Sangre de amor correspondido, Cae la noche tropical y, una de las mejores, La traición de Rita Hayworth. Esta última es, en realidad, la primera. Se publicó en 1968 y causó revolución en la literatura. Nunca se había "escuchado" una prosa así. Y digo bien escuchado, porque el estilo de Puig se centra en lo que se dice. Eso no significa que sea una prosa de la oralidad, como se la solía clasificar. Se trata de lo que se dice en lo que se escribe. No es una traslación de modos de hablar, aunque la novela alterna primeras personas y también diálogos o diarios. Es la construcción de una voz en una lengua novedosa. Por momentos Toto, el protagonista, cuenta sus cuitas, luego lo hacen la niña Teté o Héctor, el primo seductor, o la pecadora Paquita, o dialogan Choli con Mita. Todo esto ocurre en un pueblo polvoriento, hundido, pero, sobre todo, chismoso y aglutinado, donde no hay sombra que proteja al audaz, y menos si la audacia radica en la indagación de sus impulsos o la búsqueda de sabores nuevos.
También en esta primera novela Puig traza las coordenadas del escenario para sus glamorosos y enquistados personajes, el pueblo de Coronel Vallejos, de fácil asociación con General Villegas, donde el propio escritor pasó -y en parte, sufrió- su infancia y adolescencia. El mismo pueblo donde transcurre su novela Boquitas pintadas. Una escritura de estilo único, que atraviesa por primera vez -luego habrá émulos- distintos discursos: el del cine, el chisme, el folletín, la literatura, la radio, el diario, etcétera. Y evidencia lo que Alan Pauls, uno de sus mejores críticos, llamó "la zona íntima", no por ello impúdica ni reducida. Más bien honda y conflictiva, en la que se enlaza el chisme con el psicoanálisis, en una cruzada literaria cargada de imágenes imborrables. Como la primera película que vio Manuel Puig, a los cuatro años, en el cine de Villegas, La novia de Frankenstein, con Boris Karloff; o los ojos traicioneros de Rita Hayworth en Sangre y arena, tan invocados en esta novela. Un detalle de la edición, quizá por consigna del pudor: en la breve reseña biográfica no figura la fecha de nacimiento del autor. Y es de festejar, este año Manuel Puig cumpliría ochenta años.