lunes, 10 de marzo de 2008

REPORTAJE A KEN FOLLETT

LONDRES. En el dedo anular, Ken Follett lleva un anillo de oro con la silueta de un lobo. "Me lo dio mi mujer confiesa a LNR porque dice que le recuerdo a estos animales, con mis ojos demasiado juntos y las orejas paradas." Posiblemente, Barbara Follett (que además de estar casada con el novelista es una importante política del laborismo, miembro del Parlamento británico), esté siendo demasiado dura con este hombre canoso, en evidente estado físico y a todas luces atractivo. Pero es verdad que, detrás de la pluma que escribe los famosos best sellers sobre asesinatos y terroristas, catedrales y médicos brujos de la Edad Media, expertos en informática y agentes del FBI, monjes y verdugos, sin duda existe algo de salvaje.
Esta característica puede adivinarse cada tanto en algún comentario, o en el brillo en los ojos cuando se habla de sus pasiones, la política y la música ("el abate de mi nueva novela para los ingleses es Tony Blair, los americanos lo identificaron con George Bush; creo que simplemente representa al político que uno más odie en su país; ¿a cuál pondrán en la Argentina?", se pregunta, y el brillo feroz, por ejemplo, aparece). Pero, por lo demás, Follett ?aunque galés de nacimiento, hijo de una familia de religiosos no particularmente acomodada, y vinculado con la política de centroizquierda? parece el estereotipo del lord inglés. Lleva un impecable traje azul a rayas con los pantalones con tiradores, zapatos negros lustrados con ganas (posiblemente no por él), gemelos de seda. El encuentro es en la suite presidencial del Brown's Hotel, fundado en 1837 por el ex mayordomo de Lord Byron, donde Agatha Christie y Rudyard Kipling escribieron novelas, y donde infinidad de señoras, agotadas por la tarde de compras en la lujosa Bond Street, toman ceremoniosamente su té.

La razón del encuentro con LNR es el lanzamiento en la Argentina (país del cual Follett asegura ser fanático no sólo de la carne sino también del vino, a tal punto que El Gaucho es uno de sus restaurantes preferidos de Londres) de Un mundo sin fin. Su nuevo libro es la continuación de Los pilares de la tierra, y se trata de una de las secuelas más esperadas de los últimos tiempos, que solamente en España vendió 700 mil ejemplares en 15 días. Follett que se estima tiene 90 millones de lectores en todo el mundo? sacudió en 1989 al ambiente literario al abandonar por un tiempo los thrillers que lo habían hecho famoso para escribir una novela épica sobre la construcción de una catedral en la Inglaterra del siglo XII y los cientos de vidas que afectó. "Es un libro que atrapa, fascina y envuelve", escribiría el Chicago Tribune.

Los pilares de la tierra se convirtió así en su máximo best seller. Casi dos décadas después, Follett, nacido en 1949, retoma donde dejó. O cerca: "El problema era que al finalizar la primera novela casi todos los personajes eran muy viejos o estaban muertos, así que no podían volver a ser los protagonistas. Y si volvía a escribir una historia sobre la construcción de una catedral, aun con otros personajes, finalmente iba a ser la misma novela. Así que lo que hice fue regresar al mismo pueblo ficticio, Kingsbridge, pero contar su historia ante un nuevo hecho histórico que lo conmociona: la Muerte Negra".

Por supuesto que la catedral gótica sigue siendo el eje de las intrigas, los odios, el orgullo y los romances de la historia, pero esta vez los hombres y mujeres de la historia deben lidiar con las nuevas ideas sobre medicina, justicia y comercio ante uno de los mayores desastres naturales que jamás azotó a la humanidad. Y que, por supuesto, resulta un punto de inflexión donde los seguidores del viejo orden luchan sin tregua contra quienes tienen ideas más progresistas.

"En las películas está esta especie de maldición de las segundas partes: la primera es buenísima y luego, por apurarse, la segunda es una decepción. No quería que eso pasara con mi libro, y por eso me tomé todos estos años para dar vueltas sobre el asunto; no quise escribir una palabra hasta no tener la idea precisamente correcta, que finalmente fue la de la Muerte Negra como detonador de la historia", explica.
Y aclara que ésta le vino "de la única manera en la que aparecen las buenas ideas: tras mucho, mucho tiempo de pensar y chamuscar el cerebro".

¿No tiene raptos de inspiración?

No conozco a nadie que escriba cuando le viene la inspiración. Todos los escritores se levantan (en mi caso, temprano, a las siete) y se sientan frente a la computadora durante todo el tiempo que sea necesario para que salga algo. Igual, por supuesto que siempre voy alerta a lo que dice la gente, o a los lugares que conozco, y me voy preguntando si servirían para una novela o no. Pero no es que lleve lápiz y papel para anotarlo. Si es una buena idea, sé que me quedará grabada en la cabeza.
Usted tiene fama de ser un escritor de thrillers y novelas épicas que entiende a las mujeres. ¿Lo siente así?

(Risas) ¡Quién pudiera! Pero lo que sí es cierto es que esa fama comenzó con El ojo de la aguja, cuando decidí tener una heroína y no un héroe en la historia. Creo que hizo la novela mucho más interesante, porque todo el mundo ya había leído cientos de thrillers en los que la lucha final era entre un hombre bueno y uno malo, pero no entre el malo y una chica. En los policiales, aun en los de James Bond, que me gustan mucho, las mujeres suelen tener papeles bastante decorativos. Al hacerlas protagonistas, también pude llegar a ellas como público, a pesar de no ser las tradicionales consumidoras de policiales. La novela la escribí en los 70, y ya desde fines de la década del 60, con el feminismo incipiente, las ideas de mi generación respecto de las mujeres estaban cambiando. Yo era un joven muy involucrado en la política y la contracultura, y recuerdo a alguien de nuestro ambiente decir: "Si todos creemos en la igualdad, ¿por qué en nuestras reuniones siempre son las mujeres las que preparan el té?". Hoy, thrillers protagonizados por mujeres son perfectamente normales, pero entonces no, aunque no es que yo fuese un adelantado, sino que simplemente estaba trasladando a la página los cambios que veía en la sociedad que me rodeaba. Mi generación creció con un modelo de mujer, que era el de nuestras madres, y de pronto se encontró con las mujeres que decían: "Esos días se acabaron". Y nosotros nos caímos de espaldas y tuvimos que decir: "¡Oh!, oh, ¿realmente? Oh, ¡OK!"

¿Le cuesta más ponerse en el papel de una mujer que en el de un hombre para sus personajes?
Para mí es igual. Nunca pienso ¿qué haría esta mujer en un momento así? Pienso ¿qué haría este personaje, enojado y astuto, en un momento así? Lo mismo que con los personajes masculinos. Cada tanto, igual, Barbara, mi mujer, lee los borradores y me dice: "Esto está mal, una mujer nunca reaccionaría de esa manera", y entones yo voy y lo cambio.

Usted regularmente toca el bajo en una banda de blues. ¿Cuál es la conexión con la escritura?

La música es algo muy importante en mi vida, que me da un enorme placer porque la vida de un escritor es muy solitaria; entonces, la camaradería que implica estar en una banda es particularmente bienvenida. Cada lunes ensayamos en un estudio de grabación y cuatro o cinco veces al año tocamos en público. Por ejemplo, en julio nos toca el baile de los estudiantes de la Universidad de Exeter, ¡pero eso es porque el decano es el cantante del grupo! A veces tocamos en los centros municipales de distintos pueblos (para unas 50 personas; no es que exactamente estemos llenando el estadio de Wembley) y otras veces en pubs de Londres donde nadie nos conoce. Disfruto mucho de la comunicación directa que es la música: llega al interior de la gente mucho más rápido que la palabra, sea ésta hablada o escrita.

Su infancia fue en el seno de una familia muy religiosa, en la que el cine y la televisión estaban prohibidos. ¿Eso lo afectó a la hora de escribir?

Sí, en el sentido de que como no teníamos televisión yo leía mucho, y todo escritor es, ante todo, un lector. Leer es la única manera de aprender sobre las oraciones, los párrafos, la música de las palabras. Y, por supuesto, estudié mucho la Biblia. Se trata del libro más importante de la historia occidental. Hay infinidad de frases y de ideas de uso cotidiano que tienen su origen allí y que así uno las entiende. Mi infancia en una familia tan religiosa también significó que si tengo que escribir sobre gente muy creyente, como en el nuevo libro, puedo poner en su boca argumentos sobre la base de lo que dijo Jesús o con referencia a ciertos pasajes de la Biblia con confianza, y puedo entender su forma de pensar aunque hoy yo no sea creyente en absoluto.

Usted es parte de un matrimonio muy vinculado a la política laborista. ¿De alguna manera ésta entra en sus novelas?

Por supuesto que al escribir sobre elecciones en el monasterio aplico mi conocimiento sobre las intrigas en las elecciones en el mundo contemporáneo, pero evidentemente 25 monjes votando no es lo mismo que millones de británicos en las urnas. También es cierto que en el nuevo libro se tocan temas, como la manera en que los trabajadores quieren negociar sus sueldos después de la Muerte Negra, que tiene resonancias de lo que hacen los sindicatos hoy. Pero, en general, los dos aspectos de mi vida se mantienen bastante separados. Mi sueño es escribir un libro con un mensaje político fuerte, que ponga a la gente furiosa respecto de las injusticias sociales, pero ese libro no parecería estar en mí. No obstante, es el gran proyecto que alguna vez espero completar.

Por Juana Libedinsky Enviada especial

Los frutos de una prohibición
Sus padres el inspector de hacienda Martin y su esposa, Veenie eran cristianos muy devotos y fueron muy firmes: le prohibieron ir al cine y ver televisión. ¿Quién iba a decir en ese momento que semejante decisión explicaría en buena medida, años más tarde, el éxito de su pequeño hijo Ken? En efecto, la negativa del matrimonio a que el niño se entretuviera como la mayoría de los chicos de su edad lo confinó puertas adentro y lo volvió un apasionado lector (y el puntapié del escritor que corría por sus venas), así como el profundo clericalismo familiar lo tornó un ateo militante, condición que despliega en sus dos libros más famosos, Pilares de la tierra (1989) y su secuela, Un mundo sin fin, publicada en octubre del año pasado en inglés y recientemente en español.
Follett, además, se mudó con su familia de Cardiff, Gales, donde nació, a Londres, cuando tenía solamente 10 años. A los 18 ingresó en la University College de esa ciudad. Allí se vinculó con el laborismo inglés (partido al que sigue perteneciendo), conoció y se casó con su primera esposa (Mary, en 1968, a los 21 años) y estudió filosofía. Después de una brevísima etapa como periodista, se relacionó con la industria editorial en forma casi simultánea con el inicio de su carrera como escritor: por las mañanas era subdirector de Libros Everest, y por las tardes, las noches y los fines de semana tecleaba sin descanso en su máquina de escribir.
Durante cuatro años publicó con distintos seudónimos: Simon Myles, Bernard L. Ross, Zachary Stone, Martin Martinsen, Bernard L. Ross. Recién en 1978 alumbró su primer fruto con nombre propio, La isla de las tormentas, que fue un éxito de ventas y se filmó como El ojo de la tormenta para el cine, protagonizada por Donald Sutherland.
El fenómeno Follett había comenzado. Y desde entonces nunca dejó de crecer.

Los números del fenómeno
  • Un mundo sin fin salió a la venta en España el 28 de diciembre último con una puesta inicial de 525.000 ejemplares, la mayor de la historia de ese país, incluso por encima de Harry Potter y el príncipe mestizo, que no llegó a los 500.000. Y, según datos de la editorial Random House Mondadori, se agotó en una semana.
  • Para fines de marzo habrá 1.574.000 copias de la edición en español de Un mundo sin fin.
  • Los pilares de la tierra (1989), la primera parte de la saga, vendió 90 millones de copias (5,5 sólo en España)
  • En los Estados Unidos está primero en las listas de ventas desde que Oprah Winfrey lo puso entre los elegidos de su famoso Book Club en noviembre último.
  • La tirada inicial en la Argentina, donde será publicada por Plaza & Janés, será de 40.000 ejemplares. Los pilares de la tierra vendió alrededor de 10.000 ejemplares.

Su mundo, Dan Brown y la Iglesia

Follett, que se autodeclara ateo y anticlerical, presentó su última novela como "un acto de acusación contra la curia". En Un mundo sin fin, una de las protagonistas desafía el poder de la Iglesia medieval, encarnado en un inescrupuloso prior, en medio de la gran epidemia de peste bubónica que diezmó a la población europea. Comparado con Dan Brown por los temas y el volumen de ventas de sus novelas, algunos lo critican ?como al autor de El código Da Vinci? por su falta de rigor histórico.


Bibliografía esencial
La gran aguja (1974) (firmado con el seudónimo Simon Myles)
La conmoción (1975)
El escándalo de Modigliani (1976) (firmado con el seudónimo Zachary Stone)
La guarida misteriosa (1976) (firmado con el seudónimo Martin Martinsen)
Papel moneda (1977) (firmado con el seudónimo Zachary Stone)
Capricornio uno (1978) (firmado con el seudónimo Bernard L. Ross y basado en el guión de Peter Hyams)
La isla de las tormentas (1978)
Triple (1979)
La clave está en Rebeca (1980)
El hombre de San Petersburgo (1982)
Las alas del águila (1983)
El valle de los leones (1986)
Los pilares de la tierra (1989)
Noche sobre las aguas (1991)
Los gemelos poderosos (1991)
Una fortuna peligrosa (1993)
Un lugar llamado libertad (1995)
El tercer gemelo (1997)
En la boca del dragón (1998)
Doble juego (2000)
Alto riesgo (2001)
Vuelo final (2002)
En el blanco (2004)
Un mundo sin fin (2007)

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sábado, 3 de noviembre de 2007

LA NOVELA QUE CONMUEVE A EUROPA

Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió. No somos hermanos tuyos, replicaréis, y nos importa un bledo. Y es muy cierto que se trata de una tenebrosa historia, aunque también edificante, un auténtico cuento moral, os lo aseguro. Existe el riesgo de que resulte un tanto largo, porque, bien pensado, sucedieron muchas cosas, pero a lo mejor no tenéis mucha prisa; con un poco de suerte, no andáis mal de tiempo. Y además no es algo ajeno a vosotros. No creáis que estoy intentando convenceros de nada; bien pensado, allá vosotros con lustras opiniones. Si he resuelto escribir, después de tantos años, es para poner las cosas en su sitio, y no para vosotros. Nos pasamos tiempo y tiempo en este mundo arrastrándonos como orugas, a la espera de la mariposa espléndida y diáfana que llevamos dentro. Y, luego, el tiempo pasa, la ninfosis no llega, seguimos siendo larvas: comprobación desalentadora; ¿cómo manejarla? Por supuesto que siempre queda la opción del suicidio.
[ ] Con frecuencia han comentado los filósofos políticos que, en tiempos de guerra, el ciudadano, el ciudadano varón al menos, pierde uno de sus derechos más elementales, el de vivir, y eso desde los tiempos de la Revolución Francesa y la invención del reclutamiento, que es ahora un principio universalmente admitido o casi. Pero pocas veces han dejado constancia de que ese ciudadano pierde al mismo tiempo otro derecho, no menos elemental y más vital quizá incluso para él en lo tocante a la idea que se hace de sí mismo en tanto y en cuanto hombre civilizado: el derecho a no matar. Nadie nos pide opinión. El hombre que está a pie firme junto a la fosa común no ha pedido, en la mayor parte de los casos, estar en ese sitio, de la misma forma que tampoco lo ha pedido el que se halla tendido, muerto o moribundo, dentro de esa misma fosa. Me diréis que matar a otro militar en combate no es lo mismo que matar a un civil desarmado; las leyes de la guerra permiten aquello, pero no esto; y otro tanto sucede con la ética al uso. Un buen argumento en términos abstractos, desde luego, pero que no tiene en cuenta en absoluto las condiciones del conflicto en cuestión. La distinción totalmente arbitraria que se crea, acabada la guerra entre, por una parte "las operaciones militares", equiparables a las de cualquier otro conflicto, y, por otra, "las atrocidades" al frente de las cuales se halla una minoría de sádicos y de trastornados, es, como espero demostrar, una ilusión que consuela a los vencedores, si los vencedores son occidentales, debería especificar, pues los soviéticos, pese a la retórica que se gastan, siempre entendieron de qué iba la cosa: a Stalin, después de mayo de 1945 y tras los primeros aspavientos para la galería, le importaba un bledo una ilusoria "justicia"; quería cosas firmes y concretas, esclavos y materiales para volver a levantar y a construir, nada de remordimientos ni de lamentaciones, pues sabía tan bien como nosotros que los muertos no se enteran de los llantos y que los remordimientos nunca le han puesto alubias al potaje. No defiendo la Befehlnotstand , el sometimiento a las órdenes que tanto gusta a nuestros buenos abogados alemanes. Lo que hice, lo hice con pleno conocimiento de causa, convencido de que era mi deber y de que era necesario hacerlo, por desagradable y triste que fuera. También consiste en eso la guerra total: lo civil ya no existe, y entre el niño judío que muere en la cámara de gas o fusilado y el niño alemán a quien matan las bombas incendiarias no hay sino una diferencia de medios: esas dos muertes eran inútiles por igual, ninguna de las dos abrevió la guerra ni un segundo, pero en ambos casos el hombre o los hombres que los mataron creían que era justo y necesario; si se equivocaron ¿a quién hay que condenar? Esto que digo sigue siendo cierto incluso si se hace una distinción artificial entre la guerra y lo que el abogado judío Lempkin bautizó con el nombre de genocidio, e indico que, al menos en nuestro siglo, nunca ha habido aún un genocidio sin guerra y que, al igual que la guerra, se trata de un fenómeno colectivo: el genocidio moderno es un proceso que las masas hacen padecer a las masas y por las masas. Es también, en el caso que nos ocupa, un proceso segmentado por las exigencias de los procedimientos industriales. De la misma forma que, según Marx, el obrero está alienado en lo referido al producto de su trabajo, en el genocidio o en la guerra total en su forma moderna, el ejecutante está alienado respecto al producto de su acción. Esto es válido incluso para el caso de un hombre que apoye el fusil en la cabeza de otro hombre y apriete el gatillo. Pues a la víctima la trajeron otros hombres y su muerte la decidieron otros diferentes y también el que dispara sabe que no es sino el último eslabón de una cadena larguísima y que no tiene que hacerse más preguntas que las que se hace el miembro de un pelotón que, en la vida civil, ejecuta a un hombre que las leyes han condenado como es debido. Quien dispara sabe que es el azar el que determina que dispare él, que un compañero acordone y otro más conduzca el camión.
[ ] Si habéis nacido en un país y en una época en que no sólo nadie viene a matarnos a la mujer y a los hijos sino que, además, nadie viene a pediros que matéis a la mujer y a los hijos de otro, dadle gracias a Dios e id en paz. Pero no descartéis nunca el pensamiento de que a lo mejor tuvisteis más suerte que yo, pero que no sois mejores. Pues si tenéis la arrogancia de creer que lo sois, ahí empieza el peligro. Nos gusta eso de oponer el Estado, totalitario o no, al hombre vulgar, chinche o junco. Pero nos olvidamos entonces de que el Estado se compone de hombres, más o menos vulgares todos ellos, cada cual con su vida, su historia, la serie de casualidades que hicieron que un día se encontrara del lado bueno del fusil o de la hoja de papel, mientras que otros se encontraban del lado malo. Muy pocas veces ha escogido uno ese itinerario, ni siquiera hay una predisposición a seguirlo. A las víctimas, en la inmensa mayoría de los casos, nunca las torturaron porque fuesen malos. Pensar eso sería un tanto ingenuo, y basta con tratarse con cualquier burocracia, incluso la de la Cruz Roja, para convencerse de ello. Por lo demás, Stalin hizo una demostración elocuente de esto que estoy diciendo, al convertir a cada generación de verdugos en víctimas de la generación siguiente, sin que por ello careciera nunca de verdugos. Ahora bien, la maquinaria del Estado está hecha de la misma aglomeración de arena deleznable que aquello que muele, grano a grano. Existe porque todo el mundo está de acuerdo en que exista, y lo están incluso, con gran frecuencia, y hasta el último minuto, sus víctimas. Sin los Höss, los Eichmann, los Goglidze, los Vychinski, pero también sin los guardagujas, los fabricantes de hormigón y los contables de los ministerios, un Stalin o un Hitler no son sino un odre henchido de odio y de terrores estériles. Ahora es ya un tópico decir que la inmensa mayoría de las personas que organizaron los procesos de exterminio no eran sádicos o seres anormales. Sádicos y trasnochados los hubo, por supuesto, como en todas las guerras, y cometieron atrocidades indecibles, es la verdad. Es también verdad que las SS habrían podido intensificar los esfuerzos para controlar a esa gente, aunque hizo más de lo que suele creerse; y no está claro que pudiera, que se lo pregunten a los generales franceses, que estaban bien fastidiados en Argelia con aquellos oficiales suyos, alcohólicos, violadores y asesinos. Pero no es ése el problema. Trastornados los hay en todas partes y en todas las épocas. Nuestros tranquilos barrios periféricos rebosan de pedófilos y de psicópatas; nuestros albergues nocturnos, de megalómanos rabiosos; algunos se convierten en un problema, efectivamente; matan a dos, a tres, a diez, incluso a cincuenta personas, y, a continuación, ese mismo Estado que los utilizaría, sin un parpadeo, en una guerra, los aplasta como a mosquitos atiborrados de sangre. Esos hombres enfermos no tienen importancia. Pero los hombres corrientes que forman el Estado -sobre todo en tiempos de inestabilidad-, ésos son el auténtico peligro. El auténtico peligro para el hombre soy yo, y sois vosotros. Y si no estáis convencidos, para qué seguir leyendo. No entenderéis nada y os irritaréis sin provecho ni para vosotros ni para mí.
Como la mayor parte de la gente, no pedí convertirme en asesino. Si hubiera estado en mi mano, ya lo he dicho, me habría dedicado a la literatura. A escribir, si hubiera tenido talento para ello, y, si no, a la enseñanza quizá; en cualquier caso, a vivir entre cosas hermosas y serenas, las mejores creaciones de la voluntad humana. ¿Quién elige el asesinato por voluntad propia, a menos que esté loco?
[Traducción María T. Gallego Urrutia]

viernes, 23 de marzo de 2007

Jane Austen, la preferida

Su obra cumbre, Orgullo y prejuicio -un drama con toques de humor y romance, situado en la Inglaterra de fines del siglo XVIII-, resultó la novela más celebrada por los lectores británicos.
LONDRES (EFE).- Orgullo y prejuicio, considerada la obra maestra de Jane Austen, ha sido elegida la novela más valorada por los británicos en una encuesta divulgada ayer en Londres.
Una encuesta oficial del gobierno en el Reino Unido ha dado a conocer, a partir de un sondeo entre 2000 lectores, una lista de los cien libros más apreciados por los británicos, en la que El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien, figura en segunda posición. En tercer y cuarto lugar se ubican Jane Eyre, de Charlotte Brontë, y la saga del joven mago Harry Potter, de J.K. Rowling, respectivamente.
La Biblia es el sexto favorito, justo después de Matar a un ruiseñor, de la norteamericana Harper Lee, y sólo dos puestos por encima de la trilogía juvenil La materia oscura, de Philip Pullman, considerada por ciertos grupos cristianos portadora de un mensaje antirreligioso.
Cumbres borrascosas, de Emily Brontë; 1984, de George Orwell, y Grandes esperanzas, de Charles Dickens, se sitúan también entre las diez obras literarias más valoradas. El escritor latinoamericano mejor considerado por los británicos es el colombiano Gabriel García Márquez, cuyas novelas Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera ocupan los puestos 43 y 60. La literatura de escritores españoles está representada por La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, que ocupa el puesto 56.
Fuente: Diario La Nación
Link permanente:
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martes, 31 de octubre de 2006

Presentación de los libros de la Lic. Laura Gutman

Librería Santa Fe, Planeta Mamá y Alto Palermo Shopping te invitan a participar a la presentación de los libros de la Lic. Laura Gutman: Crianza, Puerperios y Maternidad.
Día: Martes 31 de octubre a las 18.00 hsLugar: Patio de comidas de Alto Palermo Shopping.Laura Gutman es psicoterapeuta familiar, especializada en la atención de madres de niños pequeños y parejas. Luego de la presentación de los libros la autora responderá preguntas de las mamás.
Te esperamos!
Libros recomendados:
Puerperios:
http://www.lsf.com.ar/libros/X/987106859.htmlCrianza: http://www.lsf.com.ar/libros/6/987106895.html
Maternidad: http://www.lsf.com.ar/libros/3/987106826.html

miércoles, 30 de agosto de 2006

El nuevo libro de Isabel Allende

Entrevista de Clarín con la autora chilena, que presentó la semana pasada su novela Inés del alma mía, en el Alvear Palace de Buenos Aires.

¿Tengo cara de cansada?", preguntará hacia la mitad de la entrevista Isabel Allende y se palmeará la mejilla, como si con dos toquecitos pudiera borrar de ella los días de trabajo, las horas de vuelo, la entrevista con la presidenta chilena, Michelle Bachelet, la presentación en Santiago de Chile de su última novela, Inés del alma mía.

- Sí, tiene cara de cansada.

- Sin embargo, como siempre, atenderá hasta la última pregunta con amabilidad, opinará sobre el lugar donde hacer las fotos ?"¿no va a quedar demasiado kitsch?"? y correrá a chequear, en el visor de la cámara, la imagen con la que aparece.

Autora de éxitos como La casa de los espíritus, la nueva novela de la escritora chilena no salió casi de su imaginación sino de los libros de Historia: habla de Inés Suárez, una española que llegó sola a América y aquí conoció a Pedro de Valdivia, con quien estuvo en pareja durante diez años. Mientras ocurría, justamente, la conquista de Chile. De la que ella participó curando, alimentando y criando, pero también cortando cabezas - li-te-ral-men-te - cuando lo creyó necesario.

- ¿En qué se parece usted a Inés?

- Uno elige personajes con los que tiene afinidad. Tal vez no me parezco a Inés pero la entiendo. Me gusta una mujer que se mueve por amor.

- ¿En eso se parece?

- ¡Síííí! Yo soy capaz de dejar todo tirado porque me enamoro. Todo. Hasta los hijos.

- En la novela, Inés hace hincapié en que la guerra entre los mapuche y los blancos es para siempre. ¿Cómo lo ve ahora?

- La guerra duró 300 años; los mapuche nunca se sometieron, han vivido marginados de la sociedad chilena y ahora están en pie de guerra de nuevo. Han sido un pueblo invencible; han preferido la muerte a ser sometidos.

- ¿No ha terminado esa guerra?

- En este momento hay muchos problemas con los mapuche en Chile porque el gobierno está tratando de hacer cosas en sus tierras y ellos no quieren. Y no se integraron nunca.

- ¿La conquista no terminó?

- No terminó.

- ¿Escribir esta novela la hizo ver la conquista desde otro lado?

- Sí, siempre la había visto desde el punto de vista del indígena. Y de pronto tuve que ponerme en la piel de los conquistadores. Que eran unos bribones. Pero de un coraje... Ciento diez tipos que cruzan el desierto más árido del mundo y pelean contra diez mil indígenas y yo no sé cómo sobreviven... Me dio una cierta admiración esa epopeya. Claro, desde el punto de vista del indígena es horroroso. Fue una masacre.

- ¿Cuál es el atractivo de un personaje histórico para una novela?

- Desde la escritura, un personaje histórico viene con su escenografía. Ya tienes un tiempo y un espacio. No hay que inventarlo, está ahí, hay un material riquísimo. Es más fácil.

- Es pereza...

Se ríe Isabel Allende. No, dice que no es pereza. Pero que entrar en la Historia "es como meterse en una fábrica de chocolate, uno no sabe qué elegir".

En estos días, Allende estuvo conversando con Bachelet, a quien llamará "Michelle".

- ¿De qué hablaron?

- De lo que significa gobernar como mujer y cómo una mujer tiene que hacer el doble de esfuerzo para conseguir la mitad de reconocimiento que un hombre.

- ¿Eso le dijo ella?

- No, eso lo concluimos. Lo que dijo ella es lo difícil que es que te respeten. Michelle no es una persona autoritaria, no es una gritona, tiene una cosa muy suave, muy sonriente. En un país tan machista como Chile, tiene que probar que esto no es debilidad.

- ¿Qué fue de los sueños socialistas de la época de la Unidad Popular?

- No se han perdido, creo que el hecho de que haya fracasado el proyecto de la Unión Soviética y el comunismo no significa el triunfo del capitalismo. El capitalismo está probando cada vez más que no funciona, que hay que buscar soluciones mixtas, alternativas, una cosa diferente.

- Pero...

- Yo tengo esperanzas, yo creo que estamos tocando fondo, con Bush tocamos fondo. Todo lo que está pasando en Estados Unidos y en Irak y en Guantánamo, es una cosa horrorosa. Para justificar la tortura están cambiando el lenguaje. Ahora buscan un eufemismo para que no se llame "tortura" sino de otra manera, que no sean "prisioneros de guerra" sino otra cosa, como no pueden torturar en ciertas partes inventan prisiones secretas... Es muy grave.

- ¿Cómo se siente cuando va a Chile?

- Muy bien, porque la gente me trata con un cariño que no te puedo decir. Pero lo veo chico a Chile. Como vengo del mundo, de Europa, de Estados Unidos, de Australia, veo que Chile sigue teniendo esa condición como de isla, a pesar de que hay mucho progreso, se ve chico. Todo es pequeño, el movimiento cultural, la gente parece que se conociera, entonces hay como un sistema de rumor... Luego el clasismo chileno. Es brutal. Es como el racismo norteamericano. Y muy fuerte el peso de la Iglesia Católica. Mira: la portada de mi libro tiene una mujer con los senos desnudos. En un mall lo sacaron. No es una censura oficial; a la gente que va al mall no le gusta que sus niños vean una señora con la pechuga fuera, entonces los que administran el mall, por precaución, no lo ponen.

- En Estados Unidos directamente imprimieron otra tapa...

- Allí cada vez más hay esas inmensas cadenas de librerías, que imponen criterios. Ellos deciden qué se va a poner en la vidriera, qué libros van a vender. Y los editores los consultan.

- ¿Cuál es el próximo libro?

- Una memoria de los últimos diez años de mi familia. Yo empiezo mis libros los 8 de enero. Este año, a las 7 de la mañana llamó Carmen Ballcells, mi representante. Me dijo: "Léeme la primera línea". "Pero Carmen, son las 7 de la mañana". "Si no tienes la primera línea, escribe unas memorias", me dijo.

- ¿Y no se va a enojar la familia?

- Estoy esperando a que esté traducida para que la lean todos, hasta los que no leen castellano.

- ¿Es una autobiografía?

- No, no mi vida no es tan interesante. Yo lo que hago es trabajar como un burro para mantener a toda esa tribu.

Patricia Kolesnicov
Clarín

http://www.lsf.com.ar/libros/7/950072761.html