viernes, 17 de febrero de 2012

El Premio Planeta, para un libro sobre el amor en el diván de Jung

El escritor mexicano Jorge Volpi, feliz ganador de los 200 mil dólares del galardón, cuenta cómo trabajó esta historia que se basa en un caso real.

POR GUIDO CARELLI LYNCH

Con 5 palabras el escritor mexicano Jorge Volpi resume cómo hizo para ganar 7 premios internacionales y escribir 20 libros, entre novelas, ensayos y cuentos, a sus 43 años. “Soy muy curioso y disperso”, explica desde Madrid, adonde viajó para recibir el último y más jugoso de sus galardones, el Premio Iberoamericano Planeta-Casa de América de Narrativa 2012, dotado con 200 mil dólares. Un jurado compuesto por el escritor argentino Alberto Manguel, la uruguaya Carmen Posadas y la española Clara Sánchez eligió la novela de Volpi La tejedora de sombras entre las 454 que llegaron a la capital española desde 23 países, 93 de ellas desde la Argentina.

Volpi es mucho menos lacónico a la hora de explicar cómo encontró y trazó la historia de amor y terapia entre el jefe departamento de psicología de la Universidad de Harvard Henry Murray y su colega y amante Christiana Morgan, que narra en La tejedora..., donde Carl Jung, uno de los padres del psicoanálisis, es otro de los personajes principales. “Me topé con esta historia mientras escribía No será la tierra y terminé por solicitar a Harvard un puesto como investigador visitante para acceder a los archivos donde se encuentra toda la historia de ambos: sus cartas, sus documentos, los dibujos de Christiana y los libros que preparaban”, relata Volpi, que se pasó 18 meses en la universidad. Los dos protagonistas –explica el autor– estaban obsesionados por seguir el camino junguiano de encontrar la libertad individual y el autoconocimiento, pero además el amor. Por eso intentaron documentar su historia durante 30 años en ese borrador al que llamaban “Nuestro libro” o “La proposición”. Una parte central de la novela la ocupan las sesiones con Jung a la que ambos asistieron en Zurich. En ellas, el psicoanalista suizo aplicaba con Christiana su técnica de “imaginación activa”, que consistía en trances que buscaban visiones directas del inconsciente. “Jung lo había intentado con él mismo tras romper con Freud y eso es lo que dio lugar a su famoso Libro rojo”, se entusiasma Volpi.

En Harvard se encuentran cuadernos fantásticos con los dibujos y acuarelas “de su inconsciente” que Christiana copiaba junto al relato de sus sesiones con Jung, que la paciente transcribía simultáneamente. “Acceder a esos documentos fue como estar viendo la serie de televisión In treatment, pero con Jung”, se relame el autor, que afirma que el propio Jung le pidió los cuadernos a Christiana para estudiarlos en su “seminario de legos” en Zurich. Tanta terapia no le sirvió mucho a ella: terminó suicidándose, a los 69, en 1967.

Aunque muy documentado, el libro de Volpi no es una biografía. “La tarea del novelista implicaba sumergirme en los documentos para ver cómo sintió, vivió y padeció Christiana. La ficción está en inventar su inconsciente”, asegura el autor, que durante el proceso de escritura de la novela escribió el ensayo Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción , publicado el año pasado.

Su versatilidad para ensayo y novela, algunas distinciones, su tarea como funcionario público, su animosidad para las polémicas y sus opiniones sobre política y literatura emparientan a Volpi con Carlos Fuentes, quien ha llegado a comparar sus obras con películas de Fritz Lang. “Me convertí en escritor gracias a Fuentes, después de haber leídoTerra nostra, a los 16 años. El me honra con su amistad y es muy importante para mí en términos literarios”, señala.

Volpi –que hace un año renunció a la gerencia de un canal de televisión cultural que sólo le permitía escribir 2 horas al día– dice que su rutina de trabajo depende de la vida que lleve. Ahora le esperan presentaciones varios de los 19 países –entre ellos, el nuestro– donde La tejedora se publicará entre marzo y abril. No le molestará resignar algunas de las 8 horas que ahora dedica a la escritura. “Aunque los escritores lo negamos, tener el mayor número de lectores es uno de nuestros objetivos. Eso es lo que más me gusta de este premio”.

La carrera por las nuevas tecnologías

En La tercera revolución industrial, el sociólogo y economista Jeremy Rifkin propone, como salida a la dependencia del petróleo, reemplazar la producción centralizada de energía por otra basada en fuentes alternativas

Por Ana María Vara | Para LA NACION


La palabra "revolución" es una de las más evocativas de la política, la sociología, la historia, el periodismo. Es poderosa, sobre todo, porque apunta a un cambio de época. No sorprende, entonces, su inclusión en el título del último trabajo de Jeremy Rifkin, activista devenido consultor, profesor de la exclusiva Wharton School de la Universidad de Pensilvania, cuyas obras han golpeado repetidamente en la cuerda de las transformaciones grandiosas. En su veintena de libros, todos dedicados a cuestiones de actualidad, Rifkin ha anunciado desde "el fin de la cultura del ganado" hasta "el fin del trabajo", pasando por el advenimiento del "nuevo mundo" de la biotecnología, la "nueva conciencia" de la biosfera y la "nueva visión" de la entropía.

En algún sentido, La tercera revolución industrial. Cómo el poder lateral está transformando la energía, la economía y el mundo representa la síntesis de sus ideas más recientes. Finalmente, Rifkin tiene un programa. Y está decidido a ponerlo en movimiento, entrevistándose con cuanto mandatario o empresario tenga algún interés en escucharlo. Ante la convergencia de dos tendencias que nos obligan a dejar atrás la dependencia de los combustibles fósiles -la crisis provocada por el cambio climático y el paulatino agotamiento del petróleo-, Rifkin propone reemplazar la producción centralizada de energía por una distribuida y colaborativa, basada en fuentes alternativas.

Su propuesta es concreta y se apoya en cinco pilares. El primero es el principio general: abandonar el actual régimen energético basado en el petróleo, el carbón y el gas, centralizado, por uno fundado en energías renovables, abierto. El segundo ya es mucho más específico y apunta a la cuestión de la producción: reconfigurar casas y edificios para convertirlos en minicentrales, que generen electricidad a partir de fuentes renovables, sobre todo solar.

El tercer pilar tiene que ver con la acumulación: dado que las energías renovables no responden a las necesidades sino al estado del tiempo u otros factores variables, este cambio se acompañaría con el desarrollo de tecnologías de almacenamiento de energía, como las basadas en el hidrógeno, para poder conservar la electricidad y usarla cuando se la requiera. El cuarto aspecto es la forma de distribución. Rifkin sugiere apoyarse en Internet para transformar la red eléctrica, de modo que pase de ser un esquema centralizado a uno horizontal, donde productores y consumidores se alternan: cada casa podría enviar al sistema sus excedentes y tomar de la red la energía necesaria en momentos de producción insuficiente.

El último punto resulta complementario de los anteriores, al ocuparse del transporte, el otro gran sistema consumidor de petróleo: el norteamericano apuesta a transformar el parque automotor en uno eléctrico.

Cada uno de los pilares tiene sus dificultades técnicas, que Rifkin no analiza. Sí le dedica espacio a la cuestión de los costos y las formas organizativas. Aquí entra lo de la "revolución industrial" del título: para Rifkin, una transformación de este tipo ocurre cuando convergen una nueva tecnología de comunicación con una nueva tecnología energética.

La primera revolución fue el resultado de la combinación de la imprenta con la máquina de vapor, a pesar de que entre una y otra hayan transcurrido tres siglos. La segunda revolución se produjo en las primeras décadas del siglo XX, y deriva de la convergencia de los medios eléctricos -telégrafo, cine, radio- con el motor de combustión interna. Un subproducto de esta era de la producción en masa fue el automóvil, con el popular Ford T a la cabeza, que aceleró la búsqueda de petróleo y convirtió a Estados Unidos en el principal productor de crudo del mundo.

Estamos ahora ante la tercera revolución, derivada de la confluencia de Internet con las energías renovables. Su visión es clara: "En el siglo XXI, cientos de millones de seres humanos se generarán su propia energía verde en sus hogares, sus despachos y sus fábricas, y la compartirán entre sí a través de redes inteligentes, del mismo modo que ahora crean su propia información y la comparten por Internet".

Si la Web provee el modelo para compartir energía, también le sirve a Rifkin como metáfora de la posible velocidad de crecimiento que alcanzarían las transformaciones: "Actualmente, las instalaciones solares y eólicas duplican su número cada dos años y parecen destinadas a seguir durante las próximas dos décadas la misma trayectoria que los ordenadores personales y el uso de Internet en su momento".

Decíamos que La tercera revolución representa la puesta en marcha de un proyecto esbozado en obras previas. Así, en La economía del hidrógeno , publicado en 2002, Rifkin explicaba las ventajas de las nuevas tecnologías energéticas, y en La civilización empática , de 2010, argumentaba que es la generosidad y no el egoísmo el sentimiento que guía las acciones humanas: dos facetas clave de su propuesta. Un tercer aspecto importante, la cuestión territorial, estaba esbozado en un libro de 2004: El sueño europeo. Cómo la visión europea del futuro está eclipsando el sueño americano .

Rifkin no pone a su país a la cabeza de los cambios. No cree en Barack Obama: dice que "le falta un relato" que dé sentido al sinfín de iniciativas diferentes que encara su gobierno; lo acusa de haberse transformado en "la caricatura misma del tecnócrata de Washington". Los presidentes y primeros ministros con los que dialoga están del otro lado del Atlántico: Jacques Chirac, Angela Merkel, José Luis Rodríguez Zapatero, el príncipe Alberto de Mónaco.

El listado es curioso: dos mandatarios ya fueron eclipsados, un tercero es irrelevante en términos de peso político en su país. Entre esas naciones, una -Francia- ha apostado fuertemente a la energía nuclear, tecnología que es incompatible con el modelo distribuido y de la que Rifkin abjura, aunque representa una opción compatible con la preocupación por el cambio climático. De manera todavía más insólita, en su mapa no aparece China, la segunda economía del mundo.

Por otra parte, en su optimista visión de la web, Rifkin se olvida de comentar que su arquitectura horizontal no ha impedido que unas pocas transnacionales concentren las cuentas de correo electrónico, los buscadores, las redes sociales, los sitios para subir videos. ¿Cómo podría evitarse que ocurra lo mismo con sus redes eléctricas?

Una última omisión es la cuestión de los recursos naturales. Las nuevas tecnologías requieren minerales -tierras raras, litio- que, como el petróleo, no están en todos los continentes y cuya minería puede tener impacto social y ambiental. El noroeste de la Argentina, por ejemplo, es rico en litio pero su extracción puede afectar las aguas subterráneas y desplazar a poblaciones indígenas.

La cara oculta de la visión de Rifkin son los países en desarrollo, que otra vez podrían quedar en posición de vender naturaleza a cambio de tecnología. Básicamente, su propuesta es parte de una carrera por determinar quiénes -qué países, qué sectores industriales, qué empresas- se quedan con el negocio de la reconversión energética que demandan los tiempos. El sociólogo y economista norteamericano ya hizo su apuesta, pero no es el único jugador

viernes, 10 de febrero de 2012

Doce libros para leer o para releer

Sugerencias literarias para tener en cuenta en lo que resta del verano
Por Luis Gregorich | Para LA NACION

Febrero y marzo son meses especiales. Muchos han vuelto ya de las vacaciones. Otros las tomarán próximamente; entre ellos, se dice, los psicoanalistas y los jubilados. Otros se quedan en casa. Es la mitad final del verano: tiempo de descuento, segunda vuelta. El optimismo estival se hace menos estentóreo, más exigente.

Por eso, al sugerir lecturas o relecturas en febrero y marzo, vamos a desechar las caudalosas novelas policiales en boga, y las exitosas investigaciones político-biográficas. Para qué recomendarlas: se venden solas. En cuanto a géneros, nos vamos a limitar al cuento, a la novela no demasiado larga y al libro de viajes.

¿Qué les pedimos a esta docena de títulos (algunos muy recientes, otros con más de un siglo de edad) que nos atrevemos a ofrecer? Que estén bien escritos. Que su forma de usar el lenguaje nos brinde placer. Que disfrutar de la felicidad de sus tramas y la verdad de sus personajes nos haga mejores. Quizá sea mucho pedir, pero creo que la literatura tiene ese poder.

Damos a los autores por orden alfabético. La casualidad quiso que el primero y la última fuesen argentinos. No son los únicos. No citamos los datos comerciales. En cualquier buena librería, o por Internet, se consiguen.

1. El país imaginado , de Eduardo Berti (n. 1964).

No siempre los ganadores de concursos de importantes casas editoras terminan decepcionando a sus lectores. La novela del argentino (residente en España) Berti consigue el pequeño milagro de hacer disfrutable y verosímil una historia que transcurre en la China tradicional y ritualista de la década de 1930. Están cuestionados, a la vez, el documentalismo y la invención pura. El lector se rinde ante el personaje central -una adolescente- y la historia de amor que protagoniza. Hay fantasmas, ventas de novias y casamientos con muertos. La ficción manda.

2. Estrella distante , de Roberto Bolaño (1953-2003)

Novela corta, quizá la obra más perfecta, aunque no la más ambiciosa, de uno de los creadores emblemáticos de la nueva narrativa hispanoamericana. Tras el golpe contra Allende, Bolaño, joven militante, partió al exilio y vivió sucesivamente en México y España. En Estrella distante ensambla con maestría, sobre el fondo del mundillo literario (obsesivo en su producción), los temas de la doble identidad, la traición y la justicia. Carlos Wieder, aviador, poeta que escribe entre las nubes y asesino pinochetista, no puede eludir la determinación de su destino.

3. Ladrón de caballos y otros cuentos , de Erskine Caldwell (1903-1987)

Hay que volver a los maestros. Y los cuentos de Caldwell, norteamericano del sur, son una extraordinaria muestra del género, en la que se dosifican sabiamente el humor negro, la ironía y la denuncia de duras condiciones sociales. Caldwell también escribió novelas, la más conocida de las cuales es El camino del tabaco . La selección de cuentos incluida en Ladrón de caballos (y cualquier otra buena antología del autor) presenta a sus personajes típicos: los granjeros blancos pobres, los (teóricamente) liberados trabajadores negros.

4. Las hortensias y otros relatos , de Felisberto Hernández (1902-1964).

Las enciclopedias lo definen como "cuentista y músico uruguayo". Representó, superlativamente, las tres condiciones, y terminó reuniéndolas como escritor. Trabajó como pianista itinerante. Se casó seis veces. Su escritura, liviana y a la vez expresiva, descubre los escenarios de un fantástico cotidiano. Podría calificárselo como la contracara de su contemporáneo Borges, pero en realidad resiste cualquier esquematismo. Dijo que tenía "como un proceso de amistad con las palabras", y que "quedaba contento cuando aparecían juntas? las que nunca lo habían estado".

5. Aguafuertes norteamericanas , de O. Henry (William Sydney Porter, 1862-1910).

Muy populares a principios del siglo XX, algo desvalorizados más tarde, los cuentos urbanos de O. Henry (seudónimo derivado del llamado a un gato: "Oh! Henry") han vuelto a ser apreciados por su magistral construcción y la inteligencia y sorpresa de sus desenlaces. El escritor tuvo una existencia tormentosa, que incluyó episodios de alcoholismo, un desfalco a un banco y varios años de prisión. Recomendamos, entre las varias buenas antologías que hay en español, la selección de cuentos de las Aguafuertes , por la excelente traducción del inglés de Virginia Erhart.

6. La palabra del mudo , de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994).

Debido a desconocimientos mutuos y aduanas interiores típicas de Iberoamérica, escritores como Ribeyro son poco leídos fuera de su país (en este caso, el Perú), más allá de las Facultades de Letras. Y merecerían serlo mucho más. Se trata de uno de los mejores cuentistas del continente, que con una escritura despojada, y el uso de un realismo personal (que no es ni mágico ni fotográfico), presenta personajes y situaciones que documentan el pasaje del Perú tradicional al Perú moderno. Ribeyro vivió muchos años fuera de su patria, en especial en Francia.

7. La revolución es un sueño eterno , de Andrés Rivera (Marcos Ribak, n. 1928).

El primer período de la obra narrativa de Rivera, definido por la novela El precio , se caracteriza por una directa veta realista y de denuncia. A partir del tomo de relatos Ajuste de cuentas su estilo se hace más escueto y expresivo, y la nueva línea culmina en La revolución? , uno de los mayores logros de la novelística argentina de las últimas décadas. Con un tono filoso, rico en significaciones, Rivera narra la aventura vital y política de Juan José Castelli, el gran orador de la Revolución de Mayo, que paradójicamente muere de un cáncer de lengua.

8. Nadie nada nunca , de Juan José Saer (1937-2005).

Con una prosa bella y minuciosa, Saer construyó una memorable saga acerca del Paraná santafecino, en la que una obsesiva iluminación de la naturaleza recorta, también, la camaradería de un grupo de jóvenes. Algunos de ellos terminarán en el exilio francés; otros tendrán un final trágico. En Nadie nada nunca una sorda amenaza empieza a nublar el paisaje; para anunciarlo, el estilo objetivista se impone al eventual sentimentalismo. Están ahí los personajes de Saer, que entran y salen de sus libros: Tomatis, el Ladeado, el Gato Garay (que será un desaparecido más).

9. Animales y más que animales , de Saki (Hector Hugh Munro, 1870-1916).

Nació en Birmania, donde su padre, escocés de cuna, era inspector de la policía colonial. Perdió de chico a su madre, y recibió una severa educación de tías y otros parientes. Practicó diversos géneros, pero sobresalió en el cuento, del que es considerado uno de los maestros modernos. Se cree que su seudónimo deriva del farsí, de un personaje de los Rubaiat de Omar Jaiam. Borges celebró su pudor y falta de énfasis, que sin embargo no le impedían cultivar el humor negro y sugerir el horror. Hay también otras buenas selecciones de sus cuentos en español.

10. El fin de semana , de Bernhard Schlink (n. 1944).

Nos hemos cansado de recomendar otros dos libros de este escritor y juez alemán: El lector , éxito mundial (seguido por una película no tan feliz), y los magníficos cuentos de Amores en fuga . Ahora, su última novela elige una escena que reformula la memoria colectiva: se trata de un encuentro que sus allegados y amigos le organizan a un ex jefe guerrillero, con varios asesinatos sobre sus espaldas, y recién indultado, después de una larga cárcel, por el jefe de Estado alemán. Hay solidaridad, reproches, análisis cruzados del presente y del futuro. ¿Cómo lo haríamos nosotros? Vale la pena leerla.

11. El tiempo envejece deprisa , de Antonio Tabucchi (n. 1943).

Entre los muchos buenos libros de este escritor italiano disponibles en el mercado, vamos a optar por el último, un tomo de cuentos que replantea dramáticamente las quiebras de la identidad y el cosmopolitismo europeos. No, Europa ya no es lo que era. Basta asomarse a sus bordes heridos, a las guerras interétnicas, al acoso de los desposeídos, a los fracasos de la economía. Ese es el trasfondo de los cuentos de Tabucchi, escritos con la maestría de siempre. En uno de ellos, "Nubes", asistimos a un estremecedor diálogo en la playa, entre una niña adoptada y un militar enfermo.

12. Viajera crónica , de Hebe Uhart (n. 1936).

Para el firmante de estas líneas, Hebe Uhart es la mejor escritora argentina viva (sin distinción de sexo). Su amor por las palabras, su finísimo oído, su humor educado y a la vez irreverente, le otorgan una voz original, firmemente propia. Estas virtudes podrán encontrarse también en su obra más reciente, un libro de viajes típicamente "uhartiano", sin mayores concesiones a la ortodoxia del género. Así, de las orillas del Paraná a una visita a Paysandú, de Córdoba a Asunción o a Arequipa, de Rosario de la Frontera a Nápoles, siempre la sorpresa, el descubrimiento verbal, la humanización de los datos.

Advierto que, en mi lista para febrero y marzo, he mezclado clásicos con algunos que aspiran a serlo y con libros nuevos. Pero, ¿por qué no confiar en que todos los que no lo son, algún día, se convertirán en clásicos?

miércoles, 8 de febrero de 2012

Cuando la soledad es dichosa

Por Laura Ramos | Para LA NACION

No hay manera más plena de vivir una ciudad que apartándose de ella. Porque la soledad en la ciudad, si se transita con un libro -una categoría apócrifa de la misantropía, podría no ser más que una forma de la felicidad.

Los días de Buenos Aires nunca alcanzaron tanta intensidad dramática para mí como cuando leía novelas en un bar ruinoso llamado Niza. Las circunstancias que interrumpían mi retraimiento, como el sonido del ventilador, un murmullo de las ancianas vecinas de mesa, el olor del café, los ladridos de un perro callejero, todo lo que desdeñaba porque me apartaba de mi soledad en realidad formaba parte, más que el libro mismo, de la experiencia de lectura.

El instante casi místico de la escena, el encendido de las luces del bar, es decir, la irrupción de la ciudad en mi ensimismamiento delataba menos la llegada de la noche que el fragmento de vida que la lectura parecía haberme sustraído. Pero el verdadero solitario sabe que no hubo momento más pleno que aquel en que creyó dejar de vivir mientras leía, y que los pequeños hechos inoportunos dejaron una huella de dicha aún más profunda que los libros.

Los solitarios saben, por haberlo leído, que esas obras se convierten luego en los mapas íntimos de su vida, y que sus capítulos describen tanto la topografía que los rodeaba como el deleite que sentían al leer en soledad.

Y es que Rosaura, Funes o la Maga van a seguir siendo inmortales, mientras que el bar Niza, demolido hace años, dejó de existir para siempre.

La autora es escritora. Su último libro es La niña guerrera

miércoles, 1 de febrero de 2012

Un policial para leer con lluvia

Por Silvia Hopenhayn | Para LA NACION

Dos personajes femeninos de una novela policial juvenil esperan bajo una lluvia torrencial que la culpable de un crimen dé la cara. O más bien, diga su verdadero nombre. Ellas son una adolescente perseverante y hacendosa, llamada Inés, y su cómplice y compañera, Amparito, jubilada del Rawson. Esperan bajo la lluvia que aparezca la encubridora de un cruento asesinato ocurrido a fines de los años 50.

Llueve también mientras estoy leyendo Octubre , un crimen , de Norma Huidobro (ahora en su novena reimpresión de Ediciones SM, Premio El Barco de Vapor 2004, en recomendación para mayores de 12 años). La lluvia que golpea mi ventana se mezcla con la tormenta de la trama. Ya no sé dónde llueve. Las gotas se deslizan por las páginas del libro haciendo un surco de ficción en mi realidad apacible. Sin duda se trata de una precipitación que anuncia un desenlace tormentoso.

Recuerdo de súbito la frase de Verlaine: " Il pleure dans mon coeur, comme il pleut sur la ville " ("Llora en mi corazón como llueve en la ciudad " ). El corazón en esta historia es el de la joven Elena, que supuestamente se tiró de la torre de su mansión luego de que su padre muriese de una enfermedad incurable.

Esta original y punzante novela juvenil es una ráfaga de frescura para el género policial. Pero también para el género femenino? ¡y hasta el género de un vestido! Más precisamente, de un dobladillo. Es la historia de un doblez que da cuenta de los dobleces de la historia. En efecto, la pista detonadora de la espontánea investigación que lleva a cabo la protagonista es una carta que se encuentra en el ruedo de un vestido floreado. Un vestido de los años 50.

La carta fue escrita por Elena e implora ayuda, advirtiendo la secuencia de crímenes venideros. El vestido llega al presente con la carta intacta. Inés se los llevará puestos (carta y vestido) para asistir casi obligada a una fiesta de disfraces de su repelente prima Ayelén.

Ella quería disfrazarse de una mujer de los años 50 y ese mismo afán la trasladaría a la época del vestido. Veamos qué ocurre: como le quedaba largo, al descoser el ruedo descubre la carta. La carta de una suicida encuentra una destinataria inesperada, 50 años más tarde.

La idea de la novela es original. Y está escrita con afecto y vertiginosidad. Da cuenta de cómo hace falta pasar por la experiencia a la hora de investigar, sin saber del todo lo que se está buscando, ya sea en una hemeroteca o en el lugar de los hechos. La atención depende en parte de la manera en que se tiene en cuenta a los demás. En este caso, la atención que brinda la protagonista a una joven extraviada en el pasado y a una jubilada que reclama justicia en el presente.

Porque ¿a quién está dirigida una carta de auxilio que no fue leída en el momento en que se lo solicitaba? ¿Qué mejor escondite -tan recónditamente femenino- que el dobladillo de un vestido que se descose como la historia misma?

No cabe duda: Octubre, un crimen es una gran novela de género. Y tengo la lluvia como testigo.

© La Nacion.