jueves, 25 de septiembre de 2008
Halperin Donghi, una vida que llegó al libro
Con flores en las manos y la sonrisa a medio crecer, Tulio Halperin Donghi llegó anoche a la presentación de su libro de memorias, justamente titulado Son Memorias, que comenzó a gestarse en una serie de conversaciones entre Halperin, su amigo de años Jorge Lafforgue, Mariano Plotkin y Carlos Díaz, de la editorial Siglo XXI. Ayer fueron esos mismos interlocutores los que compartieron la mesa con el autor y Ezequiel Gallo en el auditorio de la Biblioteca Nacional.El libro SON-MEMORIAS es una evocación. El destacado historiador evoca sus años de infancia, la casa de la calle Yatay, el frío de los años 30, el barrio. Esa Buenos Aires que puertas adentro de la casa de los Halperin Donghi no era, reconoce el historiador, la del imaginario tanguero. Es durante esos años de infancia, donde el pequeño Tulio se asoma a aquello que luego será tema de sus exploraciones y motivo de sus libros: "El abigarrado acervo de nociones acertadas o extravagantes que fui acumulando en esos primeros años se refería ya a los temas y problemas que luego iban a ocuparme como investigador", afirma en las primeras páginas de Son Memorias. "Lo que ocurre siempre con la memoria es que a cierta edad es un tanto pavorosa. Toda la memoria es problemática por eso yo no sé bien, en este libro, cuánto agrego a lo que recuerdo", comentó el autor a Clarín poco antes de sumarse a la mesa. "Como vamos a presentar un libro de memorias me voy a permitir ser memorioso", arrancó diciendo Jorge Lafforgue y se explayó sobre su amistad con con Halperin. Para Lafforgue, el libro de su amigo es incitante, "porque empuja y abre horizontes y es una rúbrica perfecta de su entera obra", explicó.Plotkin dijo que estamos ante un libro de historia, pero una historia particular porque tiene a la propia memoria como materia prima. "Lo que emprende Halperin es la dificultosa tarea de historiar su memoria". Y agregó: "Tulio, el historiador, escribe en realidad una historia en la cual sus memorias constituyen fuentes privilegiadas, pero las somete al mismo rigor crítico al que sometería cualquier otro tipo de fuente escrita". Como Lafforgue había dicho antes, una de las grandes cualidades de Halperin es su capacidad de meterse en la piel de los hombres y los hechos que componen la historia: "Ahora se mete más que nunca en su propia piel y nos devuelve el retrato fascinante de un personaje por cuyas venas circula nuestra historia". Coincidió con esto el historiador Ezequiel Gallo, quien a su tiempo destacó la "descollante" capacidad de su colega "de extraer de los archivos y las fuente documentales respuestas que ninguno de nosotros había advertido". Halperin Donghi dijo sentirse halagado por la lecturas que esos "tres amigos" habían hecho de su libro. "No sé cómo continuar. Esto es excesivo", se emocionó. Y entonces abrió el juego al público.
miércoles, 10 de septiembre de 2008
Sale Harry Potter, ingresa Crepúsculo
El cambio de fecha del estreno de Harry Potter y el príncipe mestizo , que pasó de noviembre de este año a julio del próximo, no pasó inadvertido para los fanáticos de la saga creada por J.K. Rowling y mucho menos para los ejecutivos de Hollywood.
Por un lado, apenas Warner dio a conocer la noticia de la mudanza de Harry y sus amigos (en la Argentina, la película tiene ahora fecha para el 16 de julio de 2009), los responsables del estudio que produjo Crepúsculo , la esperada versión cinematográfica del libro de Stephenie Meyer, decidieron aprovechar el espacio vacante.
Así, el 21 de noviembre se conocerá en los Estados Unidos el romance adolescente entre un vampiro y una humana; se adelanta su estreno un mes para ocupar el lugar de los magos británicos. Más allá de los buenos reflejos de los productores de Crepúsculo , lo cierto es que los fanáticos del universo Potter no encuentran consuelo. Tanto los desespera el atraso de casi ocho meses que ya están organizando campañas en Internet para boicotear al estudio cuando finalmente se estrene la película.
La queja que más se repite en páginas como www.mugglenet.com y www.the-leaky-cauldron.org es que la única razón de Warner para intentar semejante cambio es ganar más dinero. Es que la recaudación de las películas que se estrenan en julio, en medio del verano norteamericano y tal vez durante el receso invernal local, siempre es mucho más alta que la taquilla de noviembre.
De hecho, Harry Potter y la Orden del Fénix , que se estrenó en el verano boreal de 2007, recaudó 938 millones de dólares en el nivel mundial. Aparentemente, a los fanáticos no los convenció la explicación del estudio, que alegó que los retrasos en sus producciones, provocados por la huelga de guionistas del año pasado, los obligaban a posponer su estreno más esperado.
Tanta sospecha generó la estrategia de Warner que hubo quienes se atrevieron a decir que el verdadero problema era una cuestión de imagen. Es que en los próximos días Daniel Radcliffe -el actor que encarna a Harry Potter desde 2001- llegará a Broadway para protagonizar Equus , la obra que ya encabezó en Londres y en la que aparece completamente desnudo. Dicen algunos que la superposición del personaje teatral y el cinematográfico habría preocupado a los encargados de promocionar el film infantil.
Claro que ésas no son más que especulaciones y lo cierto es que en su momento Warner tenía planeado para julio próximo el estreno de La liga de la justicia , un gran proyecto que ni siquiera llegó a filmarse por la mencionada huelga de guionistas, que paró a todo Hollywood a principios de año.
Por un lado, apenas Warner dio a conocer la noticia de la mudanza de Harry y sus amigos (en la Argentina, la película tiene ahora fecha para el 16 de julio de 2009), los responsables del estudio que produjo Crepúsculo , la esperada versión cinematográfica del libro de Stephenie Meyer, decidieron aprovechar el espacio vacante.
Así, el 21 de noviembre se conocerá en los Estados Unidos el romance adolescente entre un vampiro y una humana; se adelanta su estreno un mes para ocupar el lugar de los magos británicos. Más allá de los buenos reflejos de los productores de Crepúsculo , lo cierto es que los fanáticos del universo Potter no encuentran consuelo. Tanto los desespera el atraso de casi ocho meses que ya están organizando campañas en Internet para boicotear al estudio cuando finalmente se estrene la película.
La queja que más se repite en páginas como www.mugglenet.com y www.the-leaky-cauldron.org es que la única razón de Warner para intentar semejante cambio es ganar más dinero. Es que la recaudación de las películas que se estrenan en julio, en medio del verano norteamericano y tal vez durante el receso invernal local, siempre es mucho más alta que la taquilla de noviembre.
De hecho, Harry Potter y la Orden del Fénix , que se estrenó en el verano boreal de 2007, recaudó 938 millones de dólares en el nivel mundial. Aparentemente, a los fanáticos no los convenció la explicación del estudio, que alegó que los retrasos en sus producciones, provocados por la huelga de guionistas del año pasado, los obligaban a posponer su estreno más esperado.
Tanta sospecha generó la estrategia de Warner que hubo quienes se atrevieron a decir que el verdadero problema era una cuestión de imagen. Es que en los próximos días Daniel Radcliffe -el actor que encarna a Harry Potter desde 2001- llegará a Broadway para protagonizar Equus , la obra que ya encabezó en Londres y en la que aparece completamente desnudo. Dicen algunos que la superposición del personaje teatral y el cinematográfico habría preocupado a los encargados de promocionar el film infantil.
Claro que ésas no son más que especulaciones y lo cierto es que en su momento Warner tenía planeado para julio próximo el estreno de La liga de la justicia , un gran proyecto que ni siquiera llegó a filmarse por la mencionada huelga de guionistas, que paró a todo Hollywood a principios de año.
lunes, 4 de agosto de 2008
El profesor que conmovió con su última lección por Hugo Alconada Mon para LA NACION
Randy Pausch, el profesor universitario que conmovió a millones en el mundo con su historia y sus enseñanzas, decía que los obstáculos son positivos. "Nos dan una chance para demostrar cuánto queremos algo?", explicó en su última y magistral clase. "Si en verdad ése es tu objetivo, si en verdad soñás con aquello que parece imposible, superarás los pantanos como sea", dijo.
Pausch falleció el viernes y su historia conmovió a todos. Ni él imaginó la repercusión que obtendría: más de seis millones de personas gozaron ya de su mensaje por Internet y el libro que siguió a su última clase trepó al número uno de su tipo, según la lista de best sellers de The New York Times. Superó con creces su último objetivo: dejarles un mensaje de amor y esperanza a sus tres hijos, su esposa, sus alumnos y sus colegas de la universidad.
¿Quién era Pausch? Un prestigioso profesor de la Universidad Carnegie Mellon, de 47 años, al que le diagnosticaron cáncer terminal en el páncreas. Tenía tres chiquitos de 1, 3 y 6 años. Hasta allí, una historia trágica y común. Pero la vuelta mágica se dio cuando, como a tantos otros docentes en tantas otras universidades, le ofrecieron dar una clase magistral basada en una pregunta: ¿qué enseñarías a tus alumnos, si fuera tu última clase? En su caso, una vivencia tangible.
La conferencia se concretó el 18 de septiembre de 2007. A lo largo de 76 minutos llenos de humor y candidez, repasó su vida, reafirmó su amor por su mujer -a la que incluso sorprendió en el escenario con una torta-, sus padres e hijos y se despidió de mentores y alumnos con gracia y consejos. Hoy puede disfrutarse en Internet ( www.cmu.edu/uls/journeys/randy-pausch/index.html ) y 10 millones de personas ya lo hicieron en YouTube.
Pausch habló en su última clase sobre la importancia de mantener los sueños infantiles, respetar a quienes nos rodean ("Espera lo suficiente y la gente te sorprenderá e impresionará") y a plantearnos preguntas incómodas.
La primera, cuánto deseamos algo ("Las paredes de ladrillos están allí por una razón. Nos permiten demostrarnos cuánto queremos algo"). La segunda, si fallecieras mañana, ¿cómo te despedirías? ¿Qué les dirías? ¿Qué harías? ¿Qué dejarías de hacer? ¿Por qué no lo has hecho hasta ahora?
Pausch planteó todo eso y más, sin caer en el melodrama ni permitiéndole a nadie que sintiera pena por él. Por el contrario, sazonó todo con ironía: "Si alguien tiene algún suplemento herbario o remedio alternativo, por favor, manténgase alejado de mí", mientras demostraba la vitalidad que por entonces conservaba arrojándose al piso y a puras flexiones de brazos.
La charla tomó vuelo de manera viral -testigos que lo recomendaron a otros, y estos a terceros-, y mediática, ya que un amigo del columnista de The Wall Street Journal , Jeffrey Zaslow, lo alertó de la conferencia y el periodista manejó 480 kilómetros para verla por el pálpito de que podía tratarse de "algo grande". Lo fue y lo sigue siendo. Todo para sus hijos
La revista Time nombró a Pausch una de las 100 personas del año, y le llovieron mails de personas que le contaban que gracias a él habían superado deseos de suicidio, habían dejado atrás divorcios complicados o historias de maltratos, habían modificado sus prioridades o habían enfrentado sus enfermedades terminales con serenidad.
Con el paso de las semanas, su conferencia mutó en libro gracias a la ayuda del propio Zaslow -que grabó 53 horas de entrevista mientras Pausch pedaleaba por su barrio para mantenerse en forma y, por lo tanto, no podía dedicarles ese tiempo a sus chicos-, y eso le permitió, a su vez, cobrar US$ 6,8 millones para ellos.
Despedido ahora con alabanzas por The New York Times , el Journal , The Washington Post ("Pausch, el profesor que dio la clase de una vida") y cientos de diarios y revistas en este país, Europa y Asia, Pausch dejó en claro en la misma conferencia que su "última charla" tenía sólo tres destinatarios: Dylan, Logan y Chloe, sus chiquitos.
"Intento ponerme a mí mismo en una botella que algún día aparecerá en la playa para mis hijos", explicó. Por ese mismo objetivo de dejarles recuerdos imborrables, llevó al mayor, Dylan, a nadar con delfines. Sabía que, con apenas 6 años, muy poco es lo que recordaría de él. Pero "nadar con delfines no es algo que olvidará fácilmente".
Por eso llevó al segundo, Logan, a Dysney y se encargó de "presentarle" a su héroe, Mickey. También se dio algunos gustos. Se fue a bucear con sus tres mejores amigos, se compró un convertible, se sometió a una vasectomía y pasó todo el tiempo disponible con Jai, su esposa.
Pero lo más difícil fue con Chloe, la pequeña. Le grabó videos con mensajes tan claros como contundentes y llenos de pasión paternal: "Quiero que crezcas sabiendo que yo fui el primer hombre que se enamoró de vos".
Para Pausch, la conferencia, el libro y los videos fueron también medios distintos de dejarles constancias de ese amor y del gozo de la vida cotidiana en su formato más sencillo: ellos jugando juntos, leyendo un libro o de él aconsejándole a Chloe cómo reconocer las intenciones de sus futuros pretendientes: "Prestá atención a lo que hagan, no a lo que te digan".
Profesor hasta el final, Pausch también consultó a adultos que habían perdido a uno o a ambos padres durante su niñez. Le contaron que encontraban algo de paz al saber cuánto los amó su padre o madre y que cuanto más aprendían de ese amor, más podían sentirlo ahora.
"Los chicos, más que cualesquiera otros, necesitan saber que sus padres los aman", se explicó luego Pausch, mientras se aprestaba para su último gran obstáculo, o "pared", como él los llamaba. "Los padres no tienen que estar vivos para que eso ocurra." Un mal terminal
En septiembre de 2007, ante 400 estudiantes, el profesor Randy Pausch dio su última clase en la universidad y reveló su enfermedad terminal.
Legado
Su clase "Cumple de verdad tus sueños de la infancia" es un legado a los jóvenes. Fue subida a Internet y tuvo 10 millones de visitas en YouTube.
Best seller
La revista Time lo consideró entre las 100 personalidades más influyentes del mundo. Su libro La última lección vendió 4,5 millones de ejemplares.
Ver y comprar libro
Pausch falleció el viernes y su historia conmovió a todos. Ni él imaginó la repercusión que obtendría: más de seis millones de personas gozaron ya de su mensaje por Internet y el libro que siguió a su última clase trepó al número uno de su tipo, según la lista de best sellers de The New York Times. Superó con creces su último objetivo: dejarles un mensaje de amor y esperanza a sus tres hijos, su esposa, sus alumnos y sus colegas de la universidad.
¿Quién era Pausch? Un prestigioso profesor de la Universidad Carnegie Mellon, de 47 años, al que le diagnosticaron cáncer terminal en el páncreas. Tenía tres chiquitos de 1, 3 y 6 años. Hasta allí, una historia trágica y común. Pero la vuelta mágica se dio cuando, como a tantos otros docentes en tantas otras universidades, le ofrecieron dar una clase magistral basada en una pregunta: ¿qué enseñarías a tus alumnos, si fuera tu última clase? En su caso, una vivencia tangible.
La conferencia se concretó el 18 de septiembre de 2007. A lo largo de 76 minutos llenos de humor y candidez, repasó su vida, reafirmó su amor por su mujer -a la que incluso sorprendió en el escenario con una torta-, sus padres e hijos y se despidió de mentores y alumnos con gracia y consejos. Hoy puede disfrutarse en Internet ( www.cmu.edu/uls/journeys/randy-pausch/index.html ) y 10 millones de personas ya lo hicieron en YouTube.
Pausch habló en su última clase sobre la importancia de mantener los sueños infantiles, respetar a quienes nos rodean ("Espera lo suficiente y la gente te sorprenderá e impresionará") y a plantearnos preguntas incómodas.
La primera, cuánto deseamos algo ("Las paredes de ladrillos están allí por una razón. Nos permiten demostrarnos cuánto queremos algo"). La segunda, si fallecieras mañana, ¿cómo te despedirías? ¿Qué les dirías? ¿Qué harías? ¿Qué dejarías de hacer? ¿Por qué no lo has hecho hasta ahora?
Pausch planteó todo eso y más, sin caer en el melodrama ni permitiéndole a nadie que sintiera pena por él. Por el contrario, sazonó todo con ironía: "Si alguien tiene algún suplemento herbario o remedio alternativo, por favor, manténgase alejado de mí", mientras demostraba la vitalidad que por entonces conservaba arrojándose al piso y a puras flexiones de brazos.
La charla tomó vuelo de manera viral -testigos que lo recomendaron a otros, y estos a terceros-, y mediática, ya que un amigo del columnista de The Wall Street Journal , Jeffrey Zaslow, lo alertó de la conferencia y el periodista manejó 480 kilómetros para verla por el pálpito de que podía tratarse de "algo grande". Lo fue y lo sigue siendo. Todo para sus hijos
La revista Time nombró a Pausch una de las 100 personas del año, y le llovieron mails de personas que le contaban que gracias a él habían superado deseos de suicidio, habían dejado atrás divorcios complicados o historias de maltratos, habían modificado sus prioridades o habían enfrentado sus enfermedades terminales con serenidad.
Con el paso de las semanas, su conferencia mutó en libro gracias a la ayuda del propio Zaslow -que grabó 53 horas de entrevista mientras Pausch pedaleaba por su barrio para mantenerse en forma y, por lo tanto, no podía dedicarles ese tiempo a sus chicos-, y eso le permitió, a su vez, cobrar US$ 6,8 millones para ellos.
Despedido ahora con alabanzas por The New York Times , el Journal , The Washington Post ("Pausch, el profesor que dio la clase de una vida") y cientos de diarios y revistas en este país, Europa y Asia, Pausch dejó en claro en la misma conferencia que su "última charla" tenía sólo tres destinatarios: Dylan, Logan y Chloe, sus chiquitos.
"Intento ponerme a mí mismo en una botella que algún día aparecerá en la playa para mis hijos", explicó. Por ese mismo objetivo de dejarles recuerdos imborrables, llevó al mayor, Dylan, a nadar con delfines. Sabía que, con apenas 6 años, muy poco es lo que recordaría de él. Pero "nadar con delfines no es algo que olvidará fácilmente".
Por eso llevó al segundo, Logan, a Dysney y se encargó de "presentarle" a su héroe, Mickey. También se dio algunos gustos. Se fue a bucear con sus tres mejores amigos, se compró un convertible, se sometió a una vasectomía y pasó todo el tiempo disponible con Jai, su esposa.
Pero lo más difícil fue con Chloe, la pequeña. Le grabó videos con mensajes tan claros como contundentes y llenos de pasión paternal: "Quiero que crezcas sabiendo que yo fui el primer hombre que se enamoró de vos".
Para Pausch, la conferencia, el libro y los videos fueron también medios distintos de dejarles constancias de ese amor y del gozo de la vida cotidiana en su formato más sencillo: ellos jugando juntos, leyendo un libro o de él aconsejándole a Chloe cómo reconocer las intenciones de sus futuros pretendientes: "Prestá atención a lo que hagan, no a lo que te digan".
Profesor hasta el final, Pausch también consultó a adultos que habían perdido a uno o a ambos padres durante su niñez. Le contaron que encontraban algo de paz al saber cuánto los amó su padre o madre y que cuanto más aprendían de ese amor, más podían sentirlo ahora.
"Los chicos, más que cualesquiera otros, necesitan saber que sus padres los aman", se explicó luego Pausch, mientras se aprestaba para su último gran obstáculo, o "pared", como él los llamaba. "Los padres no tienen que estar vivos para que eso ocurra." Un mal terminal
En septiembre de 2007, ante 400 estudiantes, el profesor Randy Pausch dio su última clase en la universidad y reveló su enfermedad terminal.
Legado
Su clase "Cumple de verdad tus sueños de la infancia" es un legado a los jóvenes. Fue subida a Internet y tuvo 10 millones de visitas en YouTube.
Best seller
La revista Time lo consideró entre las 100 personalidades más influyentes del mundo. Su libro La última lección vendió 4,5 millones de ejemplares.
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lunes, 10 de marzo de 2008
REPORTAJE A KEN FOLLETT
LONDRES. En el dedo anular, Ken Follett lleva un anillo de oro con la silueta de un lobo. "Me lo dio mi mujer confiesa a LNR porque dice que le recuerdo a estos animales, con mis ojos demasiado juntos y las orejas paradas." Posiblemente, Barbara Follett (que además de estar casada con el novelista es una importante política del laborismo, miembro del Parlamento británico), esté siendo demasiado dura con este hombre canoso, en evidente estado físico y a todas luces atractivo. Pero es verdad que, detrás de la pluma que escribe los famosos best sellers sobre asesinatos y terroristas, catedrales y médicos brujos de la Edad Media, expertos en informática y agentes del FBI, monjes y verdugos, sin duda existe algo de salvaje.
Esta característica puede adivinarse cada tanto en algún comentario, o en el brillo en los ojos cuando se habla de sus pasiones, la política y la música ("el abate de mi nueva novela para los ingleses es Tony Blair, los americanos lo identificaron con George Bush; creo que simplemente representa al político que uno más odie en su país; ¿a cuál pondrán en la Argentina?", se pregunta, y el brillo feroz, por ejemplo, aparece). Pero, por lo demás, Follett ?aunque galés de nacimiento, hijo de una familia de religiosos no particularmente acomodada, y vinculado con la política de centroizquierda? parece el estereotipo del lord inglés. Lleva un impecable traje azul a rayas con los pantalones con tiradores, zapatos negros lustrados con ganas (posiblemente no por él), gemelos de seda. El encuentro es en la suite presidencial del Brown's Hotel, fundado en 1837 por el ex mayordomo de Lord Byron, donde Agatha Christie y Rudyard Kipling escribieron novelas, y donde infinidad de señoras, agotadas por la tarde de compras en la lujosa Bond Street, toman ceremoniosamente su té.
La razón del encuentro con LNR es el lanzamiento en la Argentina (país del cual Follett asegura ser fanático no sólo de la carne sino también del vino, a tal punto que El Gaucho es uno de sus restaurantes preferidos de Londres) de Un mundo sin fin. Su nuevo libro es la continuación de Los pilares de la tierra, y se trata de una de las secuelas más esperadas de los últimos tiempos, que solamente en España vendió 700 mil ejemplares en 15 días. Follett que se estima tiene 90 millones de lectores en todo el mundo? sacudió en 1989 al ambiente literario al abandonar por un tiempo los thrillers que lo habían hecho famoso para escribir una novela épica sobre la construcción de una catedral en la Inglaterra del siglo XII y los cientos de vidas que afectó. "Es un libro que atrapa, fascina y envuelve", escribiría el Chicago Tribune.
Los pilares de la tierra se convirtió así en su máximo best seller. Casi dos décadas después, Follett, nacido en 1949, retoma donde dejó. O cerca: "El problema era que al finalizar la primera novela casi todos los personajes eran muy viejos o estaban muertos, así que no podían volver a ser los protagonistas. Y si volvía a escribir una historia sobre la construcción de una catedral, aun con otros personajes, finalmente iba a ser la misma novela. Así que lo que hice fue regresar al mismo pueblo ficticio, Kingsbridge, pero contar su historia ante un nuevo hecho histórico que lo conmociona: la Muerte Negra".
Por supuesto que la catedral gótica sigue siendo el eje de las intrigas, los odios, el orgullo y los romances de la historia, pero esta vez los hombres y mujeres de la historia deben lidiar con las nuevas ideas sobre medicina, justicia y comercio ante uno de los mayores desastres naturales que jamás azotó a la humanidad. Y que, por supuesto, resulta un punto de inflexión donde los seguidores del viejo orden luchan sin tregua contra quienes tienen ideas más progresistas.
"En las películas está esta especie de maldición de las segundas partes: la primera es buenísima y luego, por apurarse, la segunda es una decepción. No quería que eso pasara con mi libro, y por eso me tomé todos estos años para dar vueltas sobre el asunto; no quise escribir una palabra hasta no tener la idea precisamente correcta, que finalmente fue la de la Muerte Negra como detonador de la historia", explica.
Y aclara que ésta le vino "de la única manera en la que aparecen las buenas ideas: tras mucho, mucho tiempo de pensar y chamuscar el cerebro".
¿No tiene raptos de inspiración?
No conozco a nadie que escriba cuando le viene la inspiración. Todos los escritores se levantan (en mi caso, temprano, a las siete) y se sientan frente a la computadora durante todo el tiempo que sea necesario para que salga algo. Igual, por supuesto que siempre voy alerta a lo que dice la gente, o a los lugares que conozco, y me voy preguntando si servirían para una novela o no. Pero no es que lleve lápiz y papel para anotarlo. Si es una buena idea, sé que me quedará grabada en la cabeza.
Usted tiene fama de ser un escritor de thrillers y novelas épicas que entiende a las mujeres. ¿Lo siente así?
(Risas) ¡Quién pudiera! Pero lo que sí es cierto es que esa fama comenzó con El ojo de la aguja, cuando decidí tener una heroína y no un héroe en la historia. Creo que hizo la novela mucho más interesante, porque todo el mundo ya había leído cientos de thrillers en los que la lucha final era entre un hombre bueno y uno malo, pero no entre el malo y una chica. En los policiales, aun en los de James Bond, que me gustan mucho, las mujeres suelen tener papeles bastante decorativos. Al hacerlas protagonistas, también pude llegar a ellas como público, a pesar de no ser las tradicionales consumidoras de policiales. La novela la escribí en los 70, y ya desde fines de la década del 60, con el feminismo incipiente, las ideas de mi generación respecto de las mujeres estaban cambiando. Yo era un joven muy involucrado en la política y la contracultura, y recuerdo a alguien de nuestro ambiente decir: "Si todos creemos en la igualdad, ¿por qué en nuestras reuniones siempre son las mujeres las que preparan el té?". Hoy, thrillers protagonizados por mujeres son perfectamente normales, pero entonces no, aunque no es que yo fuese un adelantado, sino que simplemente estaba trasladando a la página los cambios que veía en la sociedad que me rodeaba. Mi generación creció con un modelo de mujer, que era el de nuestras madres, y de pronto se encontró con las mujeres que decían: "Esos días se acabaron". Y nosotros nos caímos de espaldas y tuvimos que decir: "¡Oh!, oh, ¿realmente? Oh, ¡OK!"
¿Le cuesta más ponerse en el papel de una mujer que en el de un hombre para sus personajes?
Para mí es igual. Nunca pienso ¿qué haría esta mujer en un momento así? Pienso ¿qué haría este personaje, enojado y astuto, en un momento así? Lo mismo que con los personajes masculinos. Cada tanto, igual, Barbara, mi mujer, lee los borradores y me dice: "Esto está mal, una mujer nunca reaccionaría de esa manera", y entones yo voy y lo cambio.
Usted regularmente toca el bajo en una banda de blues. ¿Cuál es la conexión con la escritura?
La música es algo muy importante en mi vida, que me da un enorme placer porque la vida de un escritor es muy solitaria; entonces, la camaradería que implica estar en una banda es particularmente bienvenida. Cada lunes ensayamos en un estudio de grabación y cuatro o cinco veces al año tocamos en público. Por ejemplo, en julio nos toca el baile de los estudiantes de la Universidad de Exeter, ¡pero eso es porque el decano es el cantante del grupo! A veces tocamos en los centros municipales de distintos pueblos (para unas 50 personas; no es que exactamente estemos llenando el estadio de Wembley) y otras veces en pubs de Londres donde nadie nos conoce. Disfruto mucho de la comunicación directa que es la música: llega al interior de la gente mucho más rápido que la palabra, sea ésta hablada o escrita.
Su infancia fue en el seno de una familia muy religiosa, en la que el cine y la televisión estaban prohibidos. ¿Eso lo afectó a la hora de escribir?
Sí, en el sentido de que como no teníamos televisión yo leía mucho, y todo escritor es, ante todo, un lector. Leer es la única manera de aprender sobre las oraciones, los párrafos, la música de las palabras. Y, por supuesto, estudié mucho la Biblia. Se trata del libro más importante de la historia occidental. Hay infinidad de frases y de ideas de uso cotidiano que tienen su origen allí y que así uno las entiende. Mi infancia en una familia tan religiosa también significó que si tengo que escribir sobre gente muy creyente, como en el nuevo libro, puedo poner en su boca argumentos sobre la base de lo que dijo Jesús o con referencia a ciertos pasajes de la Biblia con confianza, y puedo entender su forma de pensar aunque hoy yo no sea creyente en absoluto.
Usted es parte de un matrimonio muy vinculado a la política laborista. ¿De alguna manera ésta entra en sus novelas?
Por supuesto que al escribir sobre elecciones en el monasterio aplico mi conocimiento sobre las intrigas en las elecciones en el mundo contemporáneo, pero evidentemente 25 monjes votando no es lo mismo que millones de británicos en las urnas. También es cierto que en el nuevo libro se tocan temas, como la manera en que los trabajadores quieren negociar sus sueldos después de la Muerte Negra, que tiene resonancias de lo que hacen los sindicatos hoy. Pero, en general, los dos aspectos de mi vida se mantienen bastante separados. Mi sueño es escribir un libro con un mensaje político fuerte, que ponga a la gente furiosa respecto de las injusticias sociales, pero ese libro no parecería estar en mí. No obstante, es el gran proyecto que alguna vez espero completar.
Por Juana Libedinsky Enviada especial
Los frutos de una prohibición
Sus padres el inspector de hacienda Martin y su esposa, Veenie eran cristianos muy devotos y fueron muy firmes: le prohibieron ir al cine y ver televisión. ¿Quién iba a decir en ese momento que semejante decisión explicaría en buena medida, años más tarde, el éxito de su pequeño hijo Ken? En efecto, la negativa del matrimonio a que el niño se entretuviera como la mayoría de los chicos de su edad lo confinó puertas adentro y lo volvió un apasionado lector (y el puntapié del escritor que corría por sus venas), así como el profundo clericalismo familiar lo tornó un ateo militante, condición que despliega en sus dos libros más famosos, Pilares de la tierra (1989) y su secuela, Un mundo sin fin, publicada en octubre del año pasado en inglés y recientemente en español.
Follett, además, se mudó con su familia de Cardiff, Gales, donde nació, a Londres, cuando tenía solamente 10 años. A los 18 ingresó en la University College de esa ciudad. Allí se vinculó con el laborismo inglés (partido al que sigue perteneciendo), conoció y se casó con su primera esposa (Mary, en 1968, a los 21 años) y estudió filosofía. Después de una brevísima etapa como periodista, se relacionó con la industria editorial en forma casi simultánea con el inicio de su carrera como escritor: por las mañanas era subdirector de Libros Everest, y por las tardes, las noches y los fines de semana tecleaba sin descanso en su máquina de escribir.
Durante cuatro años publicó con distintos seudónimos: Simon Myles, Bernard L. Ross, Zachary Stone, Martin Martinsen, Bernard L. Ross. Recién en 1978 alumbró su primer fruto con nombre propio, La isla de las tormentas, que fue un éxito de ventas y se filmó como El ojo de la tormenta para el cine, protagonizada por Donald Sutherland.
El fenómeno Follett había comenzado. Y desde entonces nunca dejó de crecer.
Los números del fenómeno
- Un mundo sin fin salió a la venta en España el 28 de diciembre último con una puesta inicial de 525.000 ejemplares, la mayor de la historia de ese país, incluso por encima de Harry Potter y el príncipe mestizo, que no llegó a los 500.000. Y, según datos de la editorial Random House Mondadori, se agotó en una semana.
- Para fines de marzo habrá 1.574.000 copias de la edición en español de Un mundo sin fin.
- Los pilares de la tierra (1989), la primera parte de la saga, vendió 90 millones de copias (5,5 sólo en España)
- En los Estados Unidos está primero en las listas de ventas desde que Oprah Winfrey lo puso entre los elegidos de su famoso Book Club en noviembre último.
- La tirada inicial en la Argentina, donde será publicada por Plaza & Janés, será de 40.000 ejemplares. Los pilares de la tierra vendió alrededor de 10.000 ejemplares.
Su mundo, Dan Brown y la Iglesia
Follett, que se autodeclara ateo y anticlerical, presentó su última novela como "un acto de acusación contra la curia". En Un mundo sin fin, una de las protagonistas desafía el poder de la Iglesia medieval, encarnado en un inescrupuloso prior, en medio de la gran epidemia de peste bubónica que diezmó a la población europea. Comparado con Dan Brown por los temas y el volumen de ventas de sus novelas, algunos lo critican ?como al autor de El código Da Vinci? por su falta de rigor histórico.
Bibliografía esencial
La gran aguja (1974) (firmado con el seudónimo Simon Myles)
La conmoción (1975)
El escándalo de Modigliani (1976) (firmado con el seudónimo Zachary Stone)
La guarida misteriosa (1976) (firmado con el seudónimo Martin Martinsen)
Papel moneda (1977) (firmado con el seudónimo Zachary Stone)
Capricornio uno (1978) (firmado con el seudónimo Bernard L. Ross y basado en el guión de Peter Hyams)
La isla de las tormentas (1978)
Triple (1979)
La clave está en Rebeca (1980)
El hombre de San Petersburgo (1982)
Las alas del águila (1983)
El valle de los leones (1986)
Los pilares de la tierra (1989)
Noche sobre las aguas (1991)
Los gemelos poderosos (1991)
Una fortuna peligrosa (1993)
Un lugar llamado libertad (1995)
El tercer gemelo (1997)
En la boca del dragón (1998)
Doble juego (2000)
Alto riesgo (2001)
Vuelo final (2002)
En el blanco (2004)
Un mundo sin fin (2007)
Librería Santa Fe- http://www.lsf.com.ar/
sábado, 3 de noviembre de 2007
LA NOVELA QUE CONMUEVE A EUROPA
Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió. No somos hermanos tuyos, replicaréis, y nos importa un bledo. Y es muy cierto que se trata de una tenebrosa historia, aunque también edificante, un auténtico cuento moral, os lo aseguro. Existe el riesgo de que resulte un tanto largo, porque, bien pensado, sucedieron muchas cosas, pero a lo mejor no tenéis mucha prisa; con un poco de suerte, no andáis mal de tiempo. Y además no es algo ajeno a vosotros. No creáis que estoy intentando convenceros de nada; bien pensado, allá vosotros con lustras opiniones. Si he resuelto escribir, después de tantos años, es para poner las cosas en su sitio, y no para vosotros. Nos pasamos tiempo y tiempo en este mundo arrastrándonos como orugas, a la espera de la mariposa espléndida y diáfana que llevamos dentro. Y, luego, el tiempo pasa, la ninfosis no llega, seguimos siendo larvas: comprobación desalentadora; ¿cómo manejarla? Por supuesto que siempre queda la opción del suicidio.
[ ] Con frecuencia han comentado los filósofos políticos que, en tiempos de guerra, el ciudadano, el ciudadano varón al menos, pierde uno de sus derechos más elementales, el de vivir, y eso desde los tiempos de la Revolución Francesa y la invención del reclutamiento, que es ahora un principio universalmente admitido o casi. Pero pocas veces han dejado constancia de que ese ciudadano pierde al mismo tiempo otro derecho, no menos elemental y más vital quizá incluso para él en lo tocante a la idea que se hace de sí mismo en tanto y en cuanto hombre civilizado: el derecho a no matar. Nadie nos pide opinión. El hombre que está a pie firme junto a la fosa común no ha pedido, en la mayor parte de los casos, estar en ese sitio, de la misma forma que tampoco lo ha pedido el que se halla tendido, muerto o moribundo, dentro de esa misma fosa. Me diréis que matar a otro militar en combate no es lo mismo que matar a un civil desarmado; las leyes de la guerra permiten aquello, pero no esto; y otro tanto sucede con la ética al uso. Un buen argumento en términos abstractos, desde luego, pero que no tiene en cuenta en absoluto las condiciones del conflicto en cuestión. La distinción totalmente arbitraria que se crea, acabada la guerra entre, por una parte "las operaciones militares", equiparables a las de cualquier otro conflicto, y, por otra, "las atrocidades" al frente de las cuales se halla una minoría de sádicos y de trastornados, es, como espero demostrar, una ilusión que consuela a los vencedores, si los vencedores son occidentales, debería especificar, pues los soviéticos, pese a la retórica que se gastan, siempre entendieron de qué iba la cosa: a Stalin, después de mayo de 1945 y tras los primeros aspavientos para la galería, le importaba un bledo una ilusoria "justicia"; quería cosas firmes y concretas, esclavos y materiales para volver a levantar y a construir, nada de remordimientos ni de lamentaciones, pues sabía tan bien como nosotros que los muertos no se enteran de los llantos y que los remordimientos nunca le han puesto alubias al potaje. No defiendo la Befehlnotstand , el sometimiento a las órdenes que tanto gusta a nuestros buenos abogados alemanes. Lo que hice, lo hice con pleno conocimiento de causa, convencido de que era mi deber y de que era necesario hacerlo, por desagradable y triste que fuera. También consiste en eso la guerra total: lo civil ya no existe, y entre el niño judío que muere en la cámara de gas o fusilado y el niño alemán a quien matan las bombas incendiarias no hay sino una diferencia de medios: esas dos muertes eran inútiles por igual, ninguna de las dos abrevió la guerra ni un segundo, pero en ambos casos el hombre o los hombres que los mataron creían que era justo y necesario; si se equivocaron ¿a quién hay que condenar? Esto que digo sigue siendo cierto incluso si se hace una distinción artificial entre la guerra y lo que el abogado judío Lempkin bautizó con el nombre de genocidio, e indico que, al menos en nuestro siglo, nunca ha habido aún un genocidio sin guerra y que, al igual que la guerra, se trata de un fenómeno colectivo: el genocidio moderno es un proceso que las masas hacen padecer a las masas y por las masas. Es también, en el caso que nos ocupa, un proceso segmentado por las exigencias de los procedimientos industriales. De la misma forma que, según Marx, el obrero está alienado en lo referido al producto de su trabajo, en el genocidio o en la guerra total en su forma moderna, el ejecutante está alienado respecto al producto de su acción. Esto es válido incluso para el caso de un hombre que apoye el fusil en la cabeza de otro hombre y apriete el gatillo. Pues a la víctima la trajeron otros hombres y su muerte la decidieron otros diferentes y también el que dispara sabe que no es sino el último eslabón de una cadena larguísima y que no tiene que hacerse más preguntas que las que se hace el miembro de un pelotón que, en la vida civil, ejecuta a un hombre que las leyes han condenado como es debido. Quien dispara sabe que es el azar el que determina que dispare él, que un compañero acordone y otro más conduzca el camión.
[ ] Si habéis nacido en un país y en una época en que no sólo nadie viene a matarnos a la mujer y a los hijos sino que, además, nadie viene a pediros que matéis a la mujer y a los hijos de otro, dadle gracias a Dios e id en paz. Pero no descartéis nunca el pensamiento de que a lo mejor tuvisteis más suerte que yo, pero que no sois mejores. Pues si tenéis la arrogancia de creer que lo sois, ahí empieza el peligro. Nos gusta eso de oponer el Estado, totalitario o no, al hombre vulgar, chinche o junco. Pero nos olvidamos entonces de que el Estado se compone de hombres, más o menos vulgares todos ellos, cada cual con su vida, su historia, la serie de casualidades que hicieron que un día se encontrara del lado bueno del fusil o de la hoja de papel, mientras que otros se encontraban del lado malo. Muy pocas veces ha escogido uno ese itinerario, ni siquiera hay una predisposición a seguirlo. A las víctimas, en la inmensa mayoría de los casos, nunca las torturaron porque fuesen malos. Pensar eso sería un tanto ingenuo, y basta con tratarse con cualquier burocracia, incluso la de la Cruz Roja, para convencerse de ello. Por lo demás, Stalin hizo una demostración elocuente de esto que estoy diciendo, al convertir a cada generación de verdugos en víctimas de la generación siguiente, sin que por ello careciera nunca de verdugos. Ahora bien, la maquinaria del Estado está hecha de la misma aglomeración de arena deleznable que aquello que muele, grano a grano. Existe porque todo el mundo está de acuerdo en que exista, y lo están incluso, con gran frecuencia, y hasta el último minuto, sus víctimas. Sin los Höss, los Eichmann, los Goglidze, los Vychinski, pero también sin los guardagujas, los fabricantes de hormigón y los contables de los ministerios, un Stalin o un Hitler no son sino un odre henchido de odio y de terrores estériles. Ahora es ya un tópico decir que la inmensa mayoría de las personas que organizaron los procesos de exterminio no eran sádicos o seres anormales. Sádicos y trasnochados los hubo, por supuesto, como en todas las guerras, y cometieron atrocidades indecibles, es la verdad. Es también verdad que las SS habrían podido intensificar los esfuerzos para controlar a esa gente, aunque hizo más de lo que suele creerse; y no está claro que pudiera, que se lo pregunten a los generales franceses, que estaban bien fastidiados en Argelia con aquellos oficiales suyos, alcohólicos, violadores y asesinos. Pero no es ése el problema. Trastornados los hay en todas partes y en todas las épocas. Nuestros tranquilos barrios periféricos rebosan de pedófilos y de psicópatas; nuestros albergues nocturnos, de megalómanos rabiosos; algunos se convierten en un problema, efectivamente; matan a dos, a tres, a diez, incluso a cincuenta personas, y, a continuación, ese mismo Estado que los utilizaría, sin un parpadeo, en una guerra, los aplasta como a mosquitos atiborrados de sangre. Esos hombres enfermos no tienen importancia. Pero los hombres corrientes que forman el Estado -sobre todo en tiempos de inestabilidad-, ésos son el auténtico peligro. El auténtico peligro para el hombre soy yo, y sois vosotros. Y si no estáis convencidos, para qué seguir leyendo. No entenderéis nada y os irritaréis sin provecho ni para vosotros ni para mí.
Como la mayor parte de la gente, no pedí convertirme en asesino. Si hubiera estado en mi mano, ya lo he dicho, me habría dedicado a la literatura. A escribir, si hubiera tenido talento para ello, y, si no, a la enseñanza quizá; en cualquier caso, a vivir entre cosas hermosas y serenas, las mejores creaciones de la voluntad humana. ¿Quién elige el asesinato por voluntad propia, a menos que esté loco?
[Traducción María T. Gallego Urrutia]
[ ] Con frecuencia han comentado los filósofos políticos que, en tiempos de guerra, el ciudadano, el ciudadano varón al menos, pierde uno de sus derechos más elementales, el de vivir, y eso desde los tiempos de la Revolución Francesa y la invención del reclutamiento, que es ahora un principio universalmente admitido o casi. Pero pocas veces han dejado constancia de que ese ciudadano pierde al mismo tiempo otro derecho, no menos elemental y más vital quizá incluso para él en lo tocante a la idea que se hace de sí mismo en tanto y en cuanto hombre civilizado: el derecho a no matar. Nadie nos pide opinión. El hombre que está a pie firme junto a la fosa común no ha pedido, en la mayor parte de los casos, estar en ese sitio, de la misma forma que tampoco lo ha pedido el que se halla tendido, muerto o moribundo, dentro de esa misma fosa. Me diréis que matar a otro militar en combate no es lo mismo que matar a un civil desarmado; las leyes de la guerra permiten aquello, pero no esto; y otro tanto sucede con la ética al uso. Un buen argumento en términos abstractos, desde luego, pero que no tiene en cuenta en absoluto las condiciones del conflicto en cuestión. La distinción totalmente arbitraria que se crea, acabada la guerra entre, por una parte "las operaciones militares", equiparables a las de cualquier otro conflicto, y, por otra, "las atrocidades" al frente de las cuales se halla una minoría de sádicos y de trastornados, es, como espero demostrar, una ilusión que consuela a los vencedores, si los vencedores son occidentales, debería especificar, pues los soviéticos, pese a la retórica que se gastan, siempre entendieron de qué iba la cosa: a Stalin, después de mayo de 1945 y tras los primeros aspavientos para la galería, le importaba un bledo una ilusoria "justicia"; quería cosas firmes y concretas, esclavos y materiales para volver a levantar y a construir, nada de remordimientos ni de lamentaciones, pues sabía tan bien como nosotros que los muertos no se enteran de los llantos y que los remordimientos nunca le han puesto alubias al potaje. No defiendo la Befehlnotstand , el sometimiento a las órdenes que tanto gusta a nuestros buenos abogados alemanes. Lo que hice, lo hice con pleno conocimiento de causa, convencido de que era mi deber y de que era necesario hacerlo, por desagradable y triste que fuera. También consiste en eso la guerra total: lo civil ya no existe, y entre el niño judío que muere en la cámara de gas o fusilado y el niño alemán a quien matan las bombas incendiarias no hay sino una diferencia de medios: esas dos muertes eran inútiles por igual, ninguna de las dos abrevió la guerra ni un segundo, pero en ambos casos el hombre o los hombres que los mataron creían que era justo y necesario; si se equivocaron ¿a quién hay que condenar? Esto que digo sigue siendo cierto incluso si se hace una distinción artificial entre la guerra y lo que el abogado judío Lempkin bautizó con el nombre de genocidio, e indico que, al menos en nuestro siglo, nunca ha habido aún un genocidio sin guerra y que, al igual que la guerra, se trata de un fenómeno colectivo: el genocidio moderno es un proceso que las masas hacen padecer a las masas y por las masas. Es también, en el caso que nos ocupa, un proceso segmentado por las exigencias de los procedimientos industriales. De la misma forma que, según Marx, el obrero está alienado en lo referido al producto de su trabajo, en el genocidio o en la guerra total en su forma moderna, el ejecutante está alienado respecto al producto de su acción. Esto es válido incluso para el caso de un hombre que apoye el fusil en la cabeza de otro hombre y apriete el gatillo. Pues a la víctima la trajeron otros hombres y su muerte la decidieron otros diferentes y también el que dispara sabe que no es sino el último eslabón de una cadena larguísima y que no tiene que hacerse más preguntas que las que se hace el miembro de un pelotón que, en la vida civil, ejecuta a un hombre que las leyes han condenado como es debido. Quien dispara sabe que es el azar el que determina que dispare él, que un compañero acordone y otro más conduzca el camión.
[ ] Si habéis nacido en un país y en una época en que no sólo nadie viene a matarnos a la mujer y a los hijos sino que, además, nadie viene a pediros que matéis a la mujer y a los hijos de otro, dadle gracias a Dios e id en paz. Pero no descartéis nunca el pensamiento de que a lo mejor tuvisteis más suerte que yo, pero que no sois mejores. Pues si tenéis la arrogancia de creer que lo sois, ahí empieza el peligro. Nos gusta eso de oponer el Estado, totalitario o no, al hombre vulgar, chinche o junco. Pero nos olvidamos entonces de que el Estado se compone de hombres, más o menos vulgares todos ellos, cada cual con su vida, su historia, la serie de casualidades que hicieron que un día se encontrara del lado bueno del fusil o de la hoja de papel, mientras que otros se encontraban del lado malo. Muy pocas veces ha escogido uno ese itinerario, ni siquiera hay una predisposición a seguirlo. A las víctimas, en la inmensa mayoría de los casos, nunca las torturaron porque fuesen malos. Pensar eso sería un tanto ingenuo, y basta con tratarse con cualquier burocracia, incluso la de la Cruz Roja, para convencerse de ello. Por lo demás, Stalin hizo una demostración elocuente de esto que estoy diciendo, al convertir a cada generación de verdugos en víctimas de la generación siguiente, sin que por ello careciera nunca de verdugos. Ahora bien, la maquinaria del Estado está hecha de la misma aglomeración de arena deleznable que aquello que muele, grano a grano. Existe porque todo el mundo está de acuerdo en que exista, y lo están incluso, con gran frecuencia, y hasta el último minuto, sus víctimas. Sin los Höss, los Eichmann, los Goglidze, los Vychinski, pero también sin los guardagujas, los fabricantes de hormigón y los contables de los ministerios, un Stalin o un Hitler no son sino un odre henchido de odio y de terrores estériles. Ahora es ya un tópico decir que la inmensa mayoría de las personas que organizaron los procesos de exterminio no eran sádicos o seres anormales. Sádicos y trasnochados los hubo, por supuesto, como en todas las guerras, y cometieron atrocidades indecibles, es la verdad. Es también verdad que las SS habrían podido intensificar los esfuerzos para controlar a esa gente, aunque hizo más de lo que suele creerse; y no está claro que pudiera, que se lo pregunten a los generales franceses, que estaban bien fastidiados en Argelia con aquellos oficiales suyos, alcohólicos, violadores y asesinos. Pero no es ése el problema. Trastornados los hay en todas partes y en todas las épocas. Nuestros tranquilos barrios periféricos rebosan de pedófilos y de psicópatas; nuestros albergues nocturnos, de megalómanos rabiosos; algunos se convierten en un problema, efectivamente; matan a dos, a tres, a diez, incluso a cincuenta personas, y, a continuación, ese mismo Estado que los utilizaría, sin un parpadeo, en una guerra, los aplasta como a mosquitos atiborrados de sangre. Esos hombres enfermos no tienen importancia. Pero los hombres corrientes que forman el Estado -sobre todo en tiempos de inestabilidad-, ésos son el auténtico peligro. El auténtico peligro para el hombre soy yo, y sois vosotros. Y si no estáis convencidos, para qué seguir leyendo. No entenderéis nada y os irritaréis sin provecho ni para vosotros ni para mí.
Como la mayor parte de la gente, no pedí convertirme en asesino. Si hubiera estado en mi mano, ya lo he dicho, me habría dedicado a la literatura. A escribir, si hubiera tenido talento para ello, y, si no, a la enseñanza quizá; en cualquier caso, a vivir entre cosas hermosas y serenas, las mejores creaciones de la voluntad humana. ¿Quién elige el asesinato por voluntad propia, a menos que esté loco?
[Traducción María T. Gallego Urrutia]
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