lunes, 14 de marzo de 2011

El recurso más buscado

En su último libro, Sergio Sinay cuestiona los criterios que rigen en la actualidad para dar sentido y posibilidad de disfrute a la existencia humana. En estas páginas, un adelanto de la obra que, editada por Paidós, estará en las librerías el mes próximo

El recurso más buscado

Hay una conspiración contra la felicidad y en este libro me propongo denunciarla. Es una maquinación peligrosa, porque usa el nombre de la felicidad para vaciarla y desvirtuarla y lo hace con fines de lucro, de poder y de manipulación de conciencias. Las siguientes páginas nacen de la indignación que, en lo personal, me provoca esa perversa conjura. Una indignación que surge de advertir cómo los conspiradores ganan terreno y cómo, mientras lo hacen, crean condiciones para la verdadera infelicidad, la de una vida sin sentido. Esta conspiración no es inocente, y por eso ponerla en evidencia resulta, para mí, una cuestión de principios.

No es cierto que se puedan proponer, anunciar y hasta vender fórmulas y recetas para ser feliz. No existen esas fórmulas y recetas. No es cierto que la felicidad te espere bajo la forma de un hombre o una mujer providencial. Si te lo crees, con ese hombre o esa mujer podrías ir al infierno. Felicidad y pareja no son sinónimos. No es verdad que si te compras este auto, este celular, aquella computadora, aquella casa en un country, ese departamento en una torre con SUM, piscina, salón de fiestas, seguridad las 24 horas y demás accesorios serás feliz. Podés llegar a vivir en ese lugar tus horas más oscuras. Es mentira que una pastilla bien prescrita (para adelgazar, engordar, dormir, despertar, tener erecciones seriales u orgasmos de ensueño) o una terapia recién inventada te depositarán en el cielo sin que tengas que subir. La mayoría de esas pastillas y terapias son iatrogénicas, enferman mientras prometen curar. No hay práctica esotérica, de origen oriental u occidental, ni gimnasia aparatosa que te pueda hacer feliz aunque lo prometa. Quizá posterguen tu insatisfacción vital por un par de horas. No se inventó (ni se inventará) el bisturí o la aparatología milagrosa, ni las sustancias sagradas que te saquen arrugas, vellos, kilos, años o cualquier otro atributo al que culpes de tu infelicidad. Serás feliz con tu cuerpo y con tu edad o morirás infeliz dentro de tu piel y a tu tiempo. No importa cuántos ceros tenga tu cuenta bancaria o con qué exitosas inversiones o negocios te hagas cada día más rico. La felicidad no tiene forma de billetes, ni de tarjetas de crédito, ni de acciones bursátiles. Abundan en los cementerios los suicidas millonarios.

La conspiración contra la felicidad se propone hacer creer que todo lo anterior es posible, que la dicha te espera a la vuelta de la esquina, que no tienes más que estirar la mano y tomarla. Antes, por supuesto, tendrás que pagar, comprar, debitar, ir a cursos, ponerte en alguna lista de espera para el auto, pedir un turno con el gurú, pero ¿qué importa? ¿No se trata, acaso, de ser feliz? La conspiración contra la felicidad divulga (y dispone para ello de astutos mensajeros, voceros, escribas, propagandistas y marketineros) la idea de que no es feliz quien no quiere y que quien no quiere ser feliz no merece pertenecer. Y allí está gran parte de la trampa. En nombre de la felicidad se crean legiones de nuevos infelices. Y mientras lo sean se les podrá seguir prometiendo falsa felicidad. Los gobiernos necesitan pobres para seguir cambiando planes sociales por votos. Los que lucran con la infelicidad necesitan de los infelices para seguir prometiéndoles lo que no les darán.

Esta conspiración es peligrosa porque habitamos en una cultura que no sabe tratar con la postergación, que se ha desacostumbrado a los procesos y pretende obviarlos para ir directamente a los resultados (como si un resultado no fuera fruto de un proceso), una cultura que vive bajo la ilusión de que se puede eliminar el tiempo y también el espacio, una cultura que se asienta en lo fugaz, en lo precario, en lo inmediato y en lo utilitario. Una cultura en donde los inconvenientes, el riesgo, la incertidumbre, la espera, la pausa se viven como afrentas o como injusticias. Una cultura en la que prevalecen la pereza mental e intelectual, el analfabetismo emocional, la indigencia espiritual. Una cultura en la que se pretende remplazar la realidad por simulacros indoloros, inodoros e insípidos. En una cultura de estas características se reclama felicidad inmediata, de fácil acceso, a prueba de cos-tos. El psicoterapeuta Sheldon Kopp (autor de El colgado) escribió alguna vez que todo el mundo quiere ir al cielo, pero que nadie quiere morir. Del mismo modo, no es posible ser feliz sin confrontar la realidad, sin hacerse cargo de la propia vida, sin tomar responsabilidad sobre los propios actos y elecciones y sobre sus consecuencias.

Prometer fórmulas para la felicidad, ofrecerse como gestor para conducirte a ella es una estafa. Y los estafadores están sueltos y activos. Y se multiplican. Como se multiplican los embaucados. Ser estafado una vez puede ser cosa de incautos. Volver a caer sucesivamente y luego lamentarse de la mala suerte es de irresponsables. La mayor irresponsabilidad consiste en dejar la propia vida en manos de otros. En este caso, eso sería esperar que nos hagan felices, que nos vengan a anunciar la buena nueva de nuestra dicha, que nos la traigan a domicilio, recién hecha, sin que hayamos participado de su cocción. El problema con estas lucrativas estafas es que no sólo afectan a los estafados. Vivimos en el mundo, somos partes de un todo y no tenemos razón de ser fuera de esa totalidad. Cuando es afectada, nos afecta. El pez que nada en aguas contaminadas no puede no beberlas, no respirar su oxígeno, no enfermar y, acaso, no morir. De nada sirve proponerse ser feliz en un mundo en el que la felicidad es deshonrada cada día. Es inútil aislarse a recitar mantras, irse a meditar a la punta de una montaña, pretender que el humor de los otros no nos afecte o ser inmunes a la infelicidad reinante. Todo es energía y las vibraciones de la desdicha nos llegan sí o sí. Con los estafadores de la felici-dad tengo una cuestión personal, porque no sólo engañan a quienes pescan. Hacen que el mundo sea peor para todos.

A pesar de ellos, la felicidad es posible, su re-gistro es una experiencia humana suprema y trascendente, y ella es una realidad en la vida de muchas personas. Propongo en estas páginas un punto de vista diferente para abordar esta cuestión que nos preocupa y desvela a los seres humanos desde que existimos. Sería pretencioso decir que aquí se presenta un "nuevo" paradigma sobre la felicidad. Más bien se trata de hurgar en el inconsciente colectivo, allí donde se integran las experiencias y saberes arquetípicos construidos a lo largo de toda la historia de nuestra especie, para reencontrar una certeza que muchos de nuestros antepasados tuvieron y que otros tantos contemporáneos (habitualmente anónimos) confirman: que la felicidad es la sombra provocada por el sentido de nuestra vida al iluminarnos. Uso la palabra "sombra" en sentido descriptivo, no valorativo Así como no puede haber sombra en donde no existe luz, una vida que no se explora y no descubre su sentido no podrá ser una vida feliz.

De modo que a lo largo de esta obra procuraré, una y otra vez, quitar del campo de reflexión las malezas tóxicas (es decir, las creencias disfuncionales, los mitos, las falacias) para poder sembrar algunas ideas acerca de la felicidad posible. Las creencias disfuncionales, como los sofismas, se asientan en verdades aparentes, nos atraen como el canto de las sirenas y, con la promesa de llevarnos hacia la felicidad por el camino breve, fácil y descomprometido, nos hunden reiteradamente en la insatisfacción, el desencanto, el desasosiego y la infelicidad. La felicidad posible no es nada que vayamos a encontrar porque la buscamos. Lo que sí se impone buscar y entender es el sentido de nuestra vida única, inédita, irremplazable.

1 comentario:

Dulce Osorio dijo...

En este breve escrito Sergio Sinay pone en palabras el largo malestar que me aqueja cuando veo a muchos a mi alrededor en esta búsqueda frenética y enajenante, de un curso a otro, de un chamán a otro. Una cultura del bienestar inmediato: fast food, fast sex, fast healing, en pocas palabras fast hapiness.
Y cuando uno trata de apartarse de esta corriente, como dice el autor, lo miran a uno como un ente de poca monta que no le interesa la búsqueda de la felicidad y de la espiritualidad espontánea.