jueves, 25 de mayo de 2006

Código Da Vinci: la fórmula del éxito

El Código Da Vinci: Las razones ocultas de un éxito contagioso

Esta semana se estrenó en todo el mundo la versión para el cine de "El Código da Vinci". Un catedrático de Oxford, Peter Conrad, aceptó el desafío de leer la novela de Dan Brown para intentar explicar por qué esta historia que combina intrigas, esoterismo y religión, ya obsesionó a más de 40 millones de lectores.
PETER CONRAD.
Nueva York estaba llena de carteles negros desplegados a los lados de los edificios de muchos pisos, como rollos funerarios caídos directamente del cielo. "Sea parte del fenómeno", ordenaban. Al pie, en letras más pequeñas, se identificaba el fenómeno en cuestión: la película basada en El Código da Vinci de Dan Brown, dirigida por Ron Howard y protagonizada por Tom Hanks, que se estrenó esta semana en todo el mundo. Nos avisan que estemos preparados, como para la Segunda Venida. El Código da Vinci comenzó como culto secreto y sedicioso. Después de vender más de 40 millones de ejemplares en 44 idiomas durante los últimos tres años, ha pasado a ser el fundamento de un movimiento de masas. Cuando la ficción es tan popular, nos dice mentiras que queremos creer desesperadamente.
El éxito contagioso del libro resulta tanto más curioso cuanto que El Código da Vinci aborda ideas. Su héroe es un intelectual acreditado, un académico (aunque muy distinto de los monstruos obsesivos con los que alterno en Oxford). Robert Langdon, el detective iconográfico de Brown, es "muy buen mozo" y pronuncia sus discursos aprendidos en una voz que es "una caricia para los oídos" (la mayoría de los catedráticos que conozco son grotescos como gnomos y cuando dan conferencias emiten un torrente de aceite de castor auditivo). Tal vez contribuya el hecho de que Langdon, un historiador de arte, estudia una materia inexistente: es "Profesor de Simbología" en Harvard. La trama para descifrar el código avanza a los tumbos a través de una serie de persecuciones, realizadas en autos, taxis, camiones blindados y aviones ejecutivos; en el camino, Langdon recapitula su investigación. A toda velocidad por los Bosques de Boulogne, "hizo rápidamente la síntesis académica convencional de la historia aceptada de los Caballeros Templarios". Lo cual da muestras de un aburrimiento verdaderamente académico, ya que lo reclaman desde los arbustos toda una serie de llamativas prostitutas transexuales. Por suerte, mis colegas no sufren esas distracciones en sus circuitos por Oxford.
El sexo del Grial
La mayoría de las novelas de suspenso detonan explosivos; la bomba, en El Código da Vinci, es una teoría especulativa sobre la historia religiosa que hace volar a Dios en pedazos. El libro sostiene que el cristianismo se basa en una mentira misógina. Destituyendo al beligerante Dios de los Ejércitos, nos induce a adorar a la Diosa, a caer en el seno del "femenino sagrado perdido". Esta deidad matriarcal aparece en las pinturas de Leonardo da Vinci. A ella pertenece la mueca cautivante de la Mona Lisa, así como las lágrimas que derrama María Magdalena, la prostituta que (tal como Brown descifra en el código) es la esposa de Cristo, la madre de su hijo, el heredero legítimo de su iglesia y también ?disfrazado de mujer personificando a San Juan? su compañero de mesa en La última cena de Leonardo.
Brown espera que se nos corte la respiración cuando identifica el Santo Grial ?el cáliz que contiene la sangre sacramental de Cristo? como el seno fértil de Magdalena. Pero Wagner aventuró la misma tesis en los años 1870, y la escenificó en la Misa sacrílega de su ópera Parsifal: el medio de la impregnación es una lanza fálica blandida por el héroe parecido a Cristo y el fértil Grial uterino brilla con un destello suave. D. H. Lawrence contó la misma historia en El Hombre que murió, y en los años 40, Robert Graves escribió una novela, Rey Jesús, sobre el sexo de Cristo. El juez rechazó la acusación de plagio contra Brown presentada por los autores de El enigma sagrado porque estas herejías han sido moneda corriente de mitómanos durante décadas.
El Código da Vinci adapta la Biblia a los buscadores espirituales de la New Age. El malo de la novela de Brown, Sir Leigh Teabing ?un hombre de clase alta con aire cortesano que habla como un hippie dopado? anuncia que "estamos entrando en la Era de Acuario", el tiempo en que se revelarán las verdades últimas. Acto seguido viene una proclamación: "Jesús fue el primer feminista". Quería que Magdalena se hiciera cargo de su iglesia, pero el pontificado institucionalizó el patriarcado, y el catolicismo rebajó y quitó derechos a las mujeres. Es reconfortante pensar que Cristo puede haber patrocinado la cofradía de mujeres, pero es poco probable. Igualmente ilusorio es pensar en reemplazar el misterio religioso por iniciación sexual. La heroína de Brown, Sophie, se topa con un rito pagano, donde los acólitos rinden culto copulando. ¿Quién no preferiría ir a una orgía a mordisquear una hostia y beber vino agrio? Al final de El Código da Vinci, Langdon deja de sermonear a Sophie y le da un beso. "Sus cuerpos ?suspira Brown?, se unieron, completamente". La consumación es la comunión: una fusión con la Madre Tierra, y una posibilidad para el macho anhelante de volver a llenar el Grial fisiológico de la mujer.
Ideología y poder
Más allá de que El Código da Vinci coquetee con la herejía, su verdadero tema no es la fe sino el poder. El arzobispo de Canterbury, al denunciar el libro en su sermón del domingo de Pascua, lo comparó con la campaña de los periodistas Woodward y Bernstein, que desmenuzaban las evasiones y los engaños de la administración Nixon en Todos los hombres del Presidente. Brown señaló en una oportunidad que "la Biblia no llegó por fax del cielo"; es un documento manipulado y depurado. El Arzobispo de Canterbury respondió criticando la tendencia a tratar los textos bíblicos como "gacetillas de prensa de alguna fuente oficial". Pero, ¿realmente está dispuesto a afirmar que Moisés escribió el Génesis tomando dictado de Dios en el Monte Sinaí?
En la novela de Brown, la omnisciencia de la divinidad está garantizada por la vigilancia electrónica. Las cámaras de seguridad en el Louvre envían el mensaje "Lo estamos viendo". Pero esta pretensión de visión divina es falsa: nadie se ha molestado en encenderlas. Allá en Washington, la tecnología del control es menos defectuosa, y la policía de Dios lleva a cabo una vigilancia más estrecha sobre la humanidad indócil. La primera novela de Brown, La fortaleza digital, trataba de un hacker que invade la computadora de la Agencia de Seguridad Nacional. A mi entender, El Código da Vinci funciona mejor como un comentario astutamente alegorizado sobre las batallas ideológicas del presente.
El asesinato en el Louvre es ordenado por el obispo Aringarosa, que lucha contra un Papa liberador desde las oficinas del Opus Dei en Madison Avenue. Cuando Aringarosa se arma contra "las manos que amenazaron destruir su imperio", se parece a los gerentes letales de otro imperio que está tan resuelto como la Iglesia Católica a universalizarse, y que ?en Afganistán, Irak e indudablemente bastante pronto en Irán? también libra guerras en nombre de Dios. El argumento de Brown alude al concilio convocado por Constantino en Nicea en el año 325 d.C, donde los padres de la Iglesia dieron a Cristo igual rango que a Dios Padre. Deificar a Cristo lo liberó de la política terrenal, anulando su papel de defensor de los pobres y los oprimidos. El ascenso fue útil para los objetivos políticos de Constantino: vio el cristianismo como una manera de consolidar su imperio e imponer un credo a todos sus súbditos.
¿Suena conocido? Poco después del 11/9, George W. Bush llamó "cruzada" a su guerra contra el terrorismo. Tal como indica tamaña jactancia mesiánica, Estados Unidos es el Sacro Imperio Romano renacido, con el agregado de un arsenal nuclear. Se legitima apropiándose de símbolos. Langdon señala que el pentáculo (símbolo de cinco puntas) ?un antiguo ideograma que alude a los valores femeninos del amor y la fertilidad? está pintado actualmente en los aviones de combate estadounidenses y cosido en las hombreras de los generales del Pentágono. Este robo simbólico coincide con la denigración de la otra mitad, que es la mejor, de la humanidad. La izquierda, según Langdon, es el lado femenino del cuerpo; palabras acuñadas como "gauche" y "sinistra" implican que todo lo que se inclina hacia la izquierda debe ser inepto o no digno de confianza, mientras que la derecha, por ser masculina, siempre es justa. Brown, un progresista de New England, ansía un tiempo en que las mujeres tomen el poder, restablezcan el culto a la Madre Tierra y pongan fin a las "guerras cargadas de testosterona" que nos acosan. Algo improbable, diría yo.
Obsesiones compartidas
Brown racionaliza el atractivo de su novela en una de las reflexiones de Langdon, tan significativa que es exaltada por la cursiva: "La conspiración nos gusta a todos". Bueno, no es que las conspiraciones nos gusten exactamente: igual que al taxista enloquecido que interpreta Mel Gibson en El complot, nos atormentan, nos llevan a una paranoia ininteligible por nuestra sospecha de que el mundo es gobernado por un conjunto de aprovechadores que eliminan como si nada a individuos que se les cruzan en el camino. Las teorías conspirativas simplifican la historia y concentran la culpa. Descartan lo aleatorio y atribuyen a los hechos ?el asesinato del presidente Kennedy, el accidente de tránsito que mató a la princesa Diana? un propósito desviado y a menudo malévolo. En ese sentido, El Código da Vinci puede usarse para identificar a los verdugos de Diana y para explicar los motivos que tenían para deshacerse de ella. Un rumor fantástico explicado en Internet rastrea sus ancestros hasta la dinastía merovingia, el linaje real francés que supuestamente descendía de la progenie de Cristo y Magdalena; el túnel del Pont de L''Alma, donde murió Diana, está ubicado en el lugar de las primeras tumbas merovingias.
En una narración interpolada sobre simbolismo masónico y el arco de piedra angular, Langdon dice que "todo está interrelacionado". La conspiración es el equivalente en la tierra de la Teoría Unificada que los científicos ?que conectan la física y la astronomía para, como dice Stephen Hawking, "ver dentro de la mente de Dios"? proyectaron al cielo. Dicen que Langdon "ve el mundo como una telaraña de historias y hechos entrelazados". Lo que Brown quiere decir, por supuesto, es que su héroe considera el mundo como la World Wide Web. La novela ve Internet como una nueva clase de comunidad virtual, donde los que piensan igual pueden unirse para explorar obsesiones compartidas. "Los aficionados del Grial", como dice Langdon, chatean en forma maníaca sobre la iconografía de una pintura de Leonardo en foros y espacios de chateo. Sophie explica el criptex de Leonardo como un anticipo de las contraseñas y los nombres de usuario que todos utilizamos para codificar nuestras identidades: él lo inventó como un medio para enviar mensajes protegidos "en una época sin teléfonos ni correo electrónico". Confiamos nuestros secretos ?números de tarjetas de crédito, mensajes eróticos? al éter, y esperamos que la encriptación los proteja. Los lectores del libro de Brown pueden perderse fácilmente en este laberinto: El Banco de Depósito de Zurich, donde está guardado el criptex de Leonardo, es una institución ficticia, aunque Brown y sus publicistas le hayan inventado un sitio web especial.
Dan Burstein, el editor de un libro de ensayos sobre el fenómeno, señala que El Código da Vinci tiene que ver con las otras "búsquedas del Santo Grial" que nos entusiasman ?el esfuerzo por descubrir los secretos del genoma humano, por ir a Marte, por entender el Big Bang". El desenlace, no obstante, es menos cósmico. Al final, Langdon, sigue un meridiano místico por las calles de París. El camino lo lleva hasta la pirámide invertida que apunta su vértice vidrioso hacia el piso justo frente a la mega-tienda Virgin en el Carrousel del Louvre. Aquí, en definitiva, está ubicado el Grial moderno, en una catedral mercantil cuyos anexos sagrados están ocupados por Body Shop y Sephora; la búsqueda se degrada a expedición de compras. El Código da Vinci ya ha generado juegos de mesa, DVD explicativos con tours a los sitios donde transcurre, y una sucesión de ediciones ampliadas ilustradas: los editores descubrieron la manera de convencer a los lectores de comprar más ejemplares del libro que ya tienen. La película naturalmente extiende la operación de franquicia.
Cuando Teabing vocifera: "La historia más grande jamás contada es la historia más vendida", se refiere a la versión inexacta de la vida de Cristo comercializada por la jerarquía católica, pero podría perfectamente estar describiendo la novela de Brown. Langdon le recuerda a Sophie que toda fe es una invención, y dice que los problemas surgen solamente "cuando empezamos a creer literalmente en nuestras propias metáforas". Los lectores cegados de Brown hicieron caso omiso a esta advertencia solapada. En el libro, nunca se sigue el rastro del Grial porque el libro mismo es el Grial: no un recipiente lleno de gracia o de sangre sagrada, sino una bolsa de papel o de plástico con un elixir falso que promete resolver todas las aflicciones espirituales y aclarar el sentido del universo.
Fuente: (c) The Observer y Clarín, 2006Traducción: Cristina Sardoy

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