viernes, 23 de julio de 2010

EL PROFESOR John Katzenbach CAPITULO 1

Capítulo 1

Adrian supo que estaba muerto en cuanto se abrió la puerta.
Podía verlo en los ojos —que rápidamente evitaban la mirada—,
en los hombros ligeramente encorvados, en el aspecto nervioso
y apresurado del médico, mientras atravesaba velozmente la habitación.
Las únicas preguntas verdaderas que de inmediato le venían a la
mente eran: ¿Cuánto tiempo tenía? ¿Cuán malo iba a ser?
Observaba mientras el neurólogo revisaba los resultados de
las pruebas antes de escurrirse detrás de su gran escritorio de roble.
El médico se echó hacia atrás en su silla y luego se balanceó hacia
adelante, antes de levantar la vista y decir:
—Señor Thomas. Los resultados de las pruebas eliminan la
mayoría de los diagnósticos de rutina…
Adrian había esperado esto. Resonancia magnética. Electrocardiograma.
Electroencefalograma. Sangre. Orina. Ultrasonido.
Escaneo cerebral. Una batería de estudios de las funciones cognitivas.
Habían pasado más de nueve meses desde que había notado
por primera vez que se estaba olvidando de cosas que eran normalmente
fáciles de recordar: una visita a la ferretería en la que se sorprendió
a sí mismo ante las estanterías de bombillas eléctricas sin
tener la menor idea de lo que iba a comprar; una vez, en la calle
principal del pueblo, cuando se encontró con un compañero de
trabajo y al instante olvidó el nombre de aquel hombre que había
ocupado la oficina junto a la suya durante más de veinte años.
También, un mes atrás, había pasado toda una tarde conversando
tranquilamente con su esposa, muerta hace mucho tiempo, en el living
de la casa que habían compartido desde que se trasladaron a
Massachusetts. Ella incluso se había sentado en la silla estilo Reina
Ana, su favorita, tapizada y estampada con diseño de cachemira,
ubicada cerca de la chimenea.
Cuando pudo reconocer con claridad lo que había pasado,
tuvo la sospecha de que nada relacionado con la estructura de su
cerebro iba a aparecer en los informes impresos de las computadoras
o en una fotografía a color. Sin embargo, había pedido un turno
de urgencia con su médico clínico, quien lo derivó de inmediato a
un especialista. Respondió pacientemente a todas las preguntas y
permitió que lo auscultaran, lo pincharan y le hicieran radiografías.
En aquellos primeros minutos, cuando se dio cuenta de que
su esposa muerta había desaparecido de su vista, supuso simplemente
que se estaba volviendo loco. Una manera desprolija y carente
de rigor científico de definir la psicosis o la esquizofrenia. Pero
resultaba que no se había sentido loco. Se había sentido realmente
muy bien, como si las horas pasadas conversando con alguien que
estaba muerto desde hacía tres años fueran algo rutinario. Habían
hablado sobre su cada vez más profunda soledad y de las razones
por las cuales debía dedicarse algún tiempo a enseñar gratuitamente
en la universidad, a pesar de haberse jubilado luego de que ella muriera.
Hablaron de películas de reciente estreno, de libros interesantes
y de si este año debían tratar de escaparse a Cape Cod, en junio,
para descansar por un par de semanas.
Sentado delante del neurólogo, pensó que había cometido un
gran error al considerar siquiera por un segundo que la alucinación
era parte de una enfermedad. Debió haber considerado que era una
ventaja. Estaba totalmente solo en ese momento y habría sido agradable
volver a llenar su vida con las personas a quienes había querido
alguna vez, sin considerar si todavía existían o no, sin importar el
tiempo que hiciera que hubieran abandonado esta tierra.
—Sus síntomas indican…
No quería escuchar al médico, que tenía una expresión incómoda
y penosa en el rostro y que era mucho más joven que él. Era
injusto, pensó, que alguien tan joven fuera quien iba a decirle que
iba a morir. Debió haber sido algún médico de pelo gris, con aspecto
de dios y una voz sonora cargada de años de experiencia, no
aquel hombre de voz aguda apenas salido de la escuela de Medicina,
que se balanceaba nerviosamente en su silla.

Odió el consultorio esterilizado e intensamente iluminado,
con sus diplomas enmarcados y bibliotecas de madera llenas de
textos médicos que estaba seguro que el neurólogo nunca había
abierto. Adrian sabía que el doctor era del tipo de hombre que prefería
un par de clics rápidos en un teclado de computadora o en un
Blackberry para encontrar información. Miró por la ventana, por
encima del hombro del médico, y vio un cuervo posado sobre las
ramas frondosas de un sauce cercano. Fue como si el médico estuviera
parloteando en algún mundo distante del que él, en ese preciso
momento, ya no era parte. Sólo una pequeña parte, quizás. Una
parte insignificante. Por un instante imaginó que, en cambio, debía
escuchar al cuervo, y luego sufrió un shock de confusión, por el
que creyó que era el cuervo quien le estaba hablando. Eso, insistió
interiormente, era improbable, así que bajó los ojos y se esforzó
por prestar atención al médico.
—…lo siento, profesor Thomas —dijo el neurólogo lentamente.
Elegía sus palabras con cuidado—. Pero creo que usted está
sufriendo las progresivas etapas de una enfermedad relativamente
rara llamada “Demencia por cuerpos de Lewy”. ¿Sabe usted qué es
esto?
Lo sabía, vagamente. Había escuchado el término una o dos
veces, aunque no podía recordar en ese momento dónde. Quizás
uno de los otros miembros del Departamento de Psicología en la
universidad lo había usado en una reunión del cuerpo docente tratando
de justificar alguna investigación o quejándose de los procedimientos
de solicitud de subvenciones. De todos modos, sacudió
la cabeza. Era mejor escucharlo todo sin rodeos, de boca de alguien
con más experiencia que él, aun cuando el médico fuera demasiado
joven .
Las palabras cayeron en el espacio entre ellos como escombros
de una explosión, ensuciando la superficie del escritorio:
Constante. Progresivo. Deterioro rápido. Alucinaciones. Pérdida de
funciones corporales. Pérdida del razonamiento crítico. Pérdida de
la memoria a corto plazo. Pérdida de la memoria a largo plazo.
Y luego, finalmente, la sentencia de muerte:
—…lamento tener que decirle esto, pero normalmente estamos
hablando de cinco a siete años. Tal vez. Y creo que usted ha
estado sufriendo el inicio de esta enfermedad… —el médico hizo
una pausa y miró sus notas antes de continuar— …por más de un
año así que ése sería el máximo. Y en muchos casos, las cosas avanzan
mucho más rápidamente…
Se produjo una pausa momentánea, seguida de un obsequioso:
—Si usted quiere una segunda opinión…
¿Por qué, se preguntó, alguien querría escuchar malas noticias
dos veces?
Y luego llegó un golpe adicional y un tanto esperado.
—No hay ninguna cura. Hay medicamentos que pueden aliviar
algunos de los síntomas, como los remedios para el Alzheimer,
los antipsicóticos atípicos para tratar las visiones y las alucinaciones…
pero nada de esto es garantía de mejora y a menudo no ayudan
realmente de manera significativa. Pero vale la pena probarlos
para ver si sirven para prolongar el funcionamiento…
Adrian esperó una pequeña pausa antes de decir:
—Pero yo no me siento enfermo.
El neurólogo asintió con la cabeza.
—Eso, también, desafortunadamente, es característico. Para
ser un hombre de sesenta y tantos años, usted está en excelente estado
físico. Tiene el corazón de un hombre mucho más joven…
—Corro mucho y hago ejercicio…
—Bien, eso es bueno.
—¿Así que estoy lo suficientemente sano como para poder
observar mi propia destrucción? ¿Como un asiento en primera fila
para ver mi propia decadencia?
El neurólogo no respondió de inmediato.
—Sí… —dijo finalmente—. Pero algunos estudios muestran
que haciendo muchos ejercicios mentales, además de seguir con
una vida cotidiana activa y con ejercicios, se puede retrasar un poco
el impacto sobre los lóbulos frontales, que es donde está localizada
esta enfermedad.
Adrian asintió con la cabeza. Eso lo sabía. También sabía que
los lóbulos frontales controlaban los procesos de toma de decisiones
y la capacidad de comprender el mundo a su alrededor. Los lóbulos
frontales eran las partes de su cerebro responsables de que él
fuera quien era, y en ese momento iban a convertirlo en alguien
muy diferente y probablemente irreconocible. De pronto no esperó
ser Adrian Thomas por mucho más tiempo.

Ése fue el pensamiento que lo dominó, y dejó de oír al neurólogo
hasta que escuchó:
—¿Tiene alguien que lo ayude? ¿Esposa? ¿Hijos? ¿Otros parientes?
No va a pasar mucho tiempo antes de que empiece a necesitar
un sistema de apoyo especial. A eso seguirá el control, las
veinticuatro horas, de un centro de atención médica. En realidad
debo hablar con esas personas muy pronto. Ayudarlos a entender
lo que van a tener que atravesar…
El médico pronunció estas palabras mientras tomaba el recetario
y rápidamente empezó a escribir la lista de medicamentos.
Adrian sonrió.
—Tengo toda la ayuda que voy a necesitar precisamente en
mi casa.
La señora Ruger 9mm semiautomática, pensó. El arma estaba
guardada en el primer cajón de la mesita de luz, junto a su cama.
El cargador de trece proyectiles estaba lleno, pero sabía que iba a
necesitar poner una sola bala en la recámara.
El doctor dijo algunas otras cosas sobre asistentes de salud de
atención domiciliaria y pagos de seguro, poderes legales y testamentos,
largas internaciones hospitalarias y la importancia de respetar
todas las visitas al médico, de atenerse estrictamente a los
medicamentos, que él no creía que pudieran disminuir la velocidad
del desarrollo de la enfermedad, pero que debía tomar de todos
modos. Adrian se dio cuenta de que ya no tenía ninguna necesidad
real de seguir prestando atención.
* * *
Encajado entre varias fracciones antiguas de tierras de cultivo, que
habían sido convertidas en modernas casas tipo mansión, en las
afueras del pequeño pueblo universitario de Adrian, había un área
de protección del medio ambiente, donde una reserva natural cubría
una modesta colina que la gente del lugar llamaba montaña,
pero que en realidad era una simple saliente topográfica. Había un
sendero para caminar que subía al monte Pólux y que serpenteaba
a través de los bosques antes de aparecer en un sitio que daba al valle.
Siempre le había molestado que no hubiera un monte Castor
cerca del monte Pólux, y se preguntaba quién habría bautizado a la
colina de manera tan pretenciosa. Sospechaba que habría sido algún
académico de un cuerpo docente de hacía doscientos años que
usaba trajes negros de lana y cuellos blancos almidonados para inculcar
una educación clásica en los estudiantes matriculados en la
universidad. De todas maneras, a pesar de sus cuestionamientos
acerca del nombre y de la exactitud en general del título honorífico
de “monte”, seguía disfrutándolo a pesar del paso de los años. Era
un sitio tranquilo, muy amado por los perros del pueblo ya que allí
eran liberados de sus correas. Y un lugar donde él podía estar solo
con sus pensamientos.
Estacionó su viejo Volvo en un espacio en la base del sendero
y empezó la excursión a pie. Normalmente se habría puesto botas
para protegerse del barro de principios de primavera, y pensó que
seguramente iba a arruinar sus zapatos. Se dijo que ya no importaba
demasiado.
La tarde se iba desvaneciendo a su alrededor y podía sentir
una caricia de frío por la espalda. No estaba vestido para una caminata
y las sigilosas sombras de Nueva Inglaterra llevaban cada una
consigo un soplo sobrante del invierno. Lo mismo que con sus zapatos
que se empapaban con rapidez, hizo caso omiso del frío.
No había nadie más en el sendero. Ningún Golden retriever
lanzándose por entre los arbustos bajos en busca de algún olor especial.
Sólo Adrian, sin compañía, caminando con paso regular. Estaba
feliz por esa soledad. Tenía la extraña idea de que si llegaba a encontrarse
con otra persona se habría sentido obligado a decirle: Tengo
una enfermedad de la que usted nunca ha oído hablar y que va a
matarme, pero antes me va a desgastar hasta convertirme en nada.
Por lo menos con el cáncer, pensó, o las enfermedades cardíacas,
uno podía seguir siendo quien era todo el tiempo, mientras el
mal lo iba matando. Estaba enojado y quería dar un golpe, patear algo,
pero en cambio sólo caminaba cuesta arriba. Escuchaba su respiración.
Era estable. Normal. De ninguna manera alterada. Habría
preferido mucho más un sonido tortuoso, áspero, algo que le dijera
que era un enfermo terminal.
Así y todo, le tomó unos treinta minutos llegar a la cima. La
luz del sol que quedaba se filtraba por encima de algunas colinas en
el oeste. Se sentó sobre una roca de esquisto de la Edad de Hielo
que se alzaba sobre el suelo, para quedarse mirando hacia el valle.
Las primeras señales de la primavera de Nueva Inglaterra estaban
ya bastante avanzadas. Podía ver flores tempranas, principalmente
azafranes amarillos y púrpuras que asomaban sobre la tierra húmeda,
y un toque de verde sobre los árboles que comenzaban a echar
brotes y oscurecían sus ramas como las mejillas de un hombre que
no se ha afeitado por uno o dos días. Una bandada de gansos canadienses
cruzó el aire por encima de él, volando en forma de V, rumbo
al norte. Su ronco graznido resonaba en el cielo azul pálido.
Todo era tan claramente normal que se sentía un poco estúpido,
porque lo que estaba ocurriendo dentro de él parecía estar mal sincronizado
con el resto del mundo.
A la distancia podía distinguir los chapiteles de la iglesia en el
centro del campus de la universidad. El equipo del béisbol estaría
fuera, trabajando en las jaulas de bateo porque el campo de juego
todavía estaba cubierto con una lona impermeable. Su oficina había
estado bastante cerca, de modo que cuando abría la ventana en
las tardes de primavera, podía escuchar los ruidos distantes del bate
contra la pelota. Al igual que algún petirrojo buscando gusanos
en los rincones, aquello había sido una señal de bienvenida después
del largo invierno.
Adrian respiró hondo.
“Vete a casa” —ordenó en voz alta—. “Dispárate una bala
ahora mientras todas estas cosas que te dieron placer siguen siendo
reales. Porque la enfermedad se las va a llevar.” Siempre se había
considerado a sí mismo como una persona decidida y recibió bien
esa fuerte insistencia acerca del suicidio. Trató de armar argumentos
para una postergación, pero nada le vino a la mente.
Tal vez, se dijo, simplemente quédate aquí mismo. Es un sitio
agradable. Uno de sus favoritos. Un lugar muy bueno para morir.
Se preguntó si por la noche la temperatura bajaría lo suficiente como
para hacerlo morir congelado. Lo dudaba. Imaginó que sólo
iba a pasar una noche desagradable temblando, tosiendo y con vida
para ver salir el sol, lo cual sería bastante vergonzoso, dado que era
la única persona en todo el mundo que iba a considerar el amanecer
como un fracaso.
Adrian sacudió la cabeza. Mira a tu alrededor, se dijo a sí
mismo. Recuerda lo que valga la pena recordar. Ignora el resto. Se
miró los zapatos. Estaban llenos de barro y totalmente empapados,
y se preguntaba por qué no podía sentir la humedad contra los dedos
del pie.
No más demoras, insistió. Adrian se puso de pie y se sacudió
un poco el polvo de esquisto de sus pantalones. Podía ver las sombras
que se filtraban a través de los arbustos y los árboles mientras
el sendero que bajaba de la montaña se iba oscureciendo a cada segundo
que pasaba.
Se dio vuelta para mirar el valle. Allí era donde yo enseñaba.
Allá es donde vivíamos. Deseó poder ver todo el camino hasta el
loft en Nueva York donde conoció a su esposa y se enamoró por
primera vez, pero no se podía. Deseó poder ver los sitios de su infancia
y los lugares que recordaba de su juventud. Deseó poder ver
la Rue Madeleine en París y el bistró de la esquina donde él y su esposa
habían tomado café todas las mañanas durante los años sabáticos,
o el Hotel Savoy en Berlín, donde se habían alojado en la
suite Marlene Dietrich cuando había sido invitado a dar un discurso
en el Institut für Psychologie y donde concibieron a su único
hijo. Se esforzó mucho mirando hacia el este, hacia la casa sobre el
Cabo, donde había pasado los veranos desde su juventud, y las playas
donde había aprendido a lanzar una mosca a las lubinas estriadas
o a cualquiera de las truchas en los arroyos del lugar, por donde
había caminado en medio de rocas antiguas y aguas que parecían
estar llenas de energía.
Mucho para extrañar, pensó. No puedo evitarlo. Se apartó de
lo que podía y de lo que no podía ver y empezó a descender por el
sendero. Lentamente iba entrando en la creciente oscuridad.
* * *
Estaba a sólo un par de calles de su casa, atravesando las hileras de
modestas casas de clase media, hogares de madera blanca ocupados
por una ecléctica colección de profesores de otra universidad y
gente del lugar, empleados de la compañía de seguros, dentistas, escritores
independientes, instructores de yoga y entrenadores de vida
que componían su vecindario, cuando descubrió a la niña que
caminaba por la vereda.
Normalmente no habría prestado mucha atención, pero había
algo en la manera resuelta con que la niña caminaba que lo
sorprendió. Parecía llena de determinación. Tenía el pelo rubio grisáceo
recogido debajo de una gorra de los Boston Red Sox, y él pudo
ver que su abrigo oscuro estaba roto en un par de lugares, al
igual que sus jeans. Lo que más llamó su atención fue la mochila,
que parecía llena al máximo con ropa. En un primer momento pensó
que simplemente caminaba hacia su casa después de bajar del último
autobús de la escuela secundaria, el autobús que repartía a los
alumnos que habían sido retenidos después de hora en la escuela
por razones disciplinarias. Pero vio que atado a la mochila había un
enorme oso de peluche, y no pudo imaginar por qué alguien llevaba
un juguete tan infantil a la escuela. Eso la habría convertido de
inmediato en objeto de burlas.
La miró a la cara cuando pasó junto a ella. Era joven, apenas
mayor que una niña, pero hermosa en la manera en que lo son todas
las niñas al borde del cambio, o al menos eso pensó Adrian. Le
pareció que la joven —tendría unos quince o dieciséis años, ya no
podía darse cuenta con precisión de la edad de los niños— daba
muestras de una resolución que manifestaba algo más. Esa mirada
lo fascinó, picó su curiosidad.
Ella miraba hacia adelante con fiereza. A él le pareció que ni
siquiera vio su coche. Adrian entró a su jardín, pero no se movió de
su lugar detrás del volante. La miró en su espejo retrovisor mientras
seguía caminando con paso vivaz hacia la esquina.
Entonces vio algo que parecía apenas un poco fuera de lugar
en su vecindario tranquilo y obstinadamente normal. Una furgoneta
blanca, como una camioneta de delivery pequeña, pero sin
ninguna inscripción publicitaria de algún electricista o servicio de
pintura, avanzaba lentamente por su calle. La conducía una mujer
y había un hombre en el asiento del acompañante. Esto lo sorprendió.
Pensó que debía ser al revés, pero de inmediato se dijo
que simplemente estaba siendo machista y estereotipado. Mientras
miraba, la furgoneta disminuía la velocidad y parecía estar siguiendo
a la joven que caminaba. De pronto se detuvo, ocultándose
de su vista.
Pasó un momento y luego la furgoneta aceleró repentina y
bruscamente para doblar en la esquina. El motor bramó, y las ruedas
traseras giraron enloquecidas. Le pareció extrañamente peligroso
en su tranquilo vecindario, de modo que trató de ver la matrícula
antes de que desapareciera en los últimos momentos de penumbra
que quedaban antes de la noche.
Miró otra vez. La niña había desaparecido.
Pero en la calle había dejado la gorra de béisbol rosada.

1 comentario:

valentil dijo...

me ha encantado este libro, creo que JOHN KATZENBACH se ha superado con el profesor, estoy deseando que Suma de letras publique otro libro suyo