lunes, 26 de setiembre de 2011

Anatomía de un crimen político

En 1978, al calor de los hechos, el italiano Leonardo Sciascia puso bajo la lupa el secuestro y asesinato de Aldo Moro. El resultado: un libro irrefutable



El secuestro y asesinato de Aldo Moro, varias veces primer ministro y en el momento de su muerte presidente de la Democracia Cristiana, es uno de los hechos más traumáticos de la historia italiana reciente. Los cincuenta y cinco días de cautiverio, desde el 16 de marzo hasta el 9 de mayo de 1978, día en que fue ejecutado por las Brigadas Rojas, tuvieron en vilo a toda la población y dejaron la sensación de que la hegemonía política de la Democracia Cristiana, que gobernaba en Italia desde 1948, se había resquebrajado para siempre. Ese mismo 16 de marzo Aldo Moro se dirigía al Parlamento para formar un nuevo gobierno, conocido como "compromiso histórico", que por primera vez debía sellar la alianza entre su partido y el Partido Comunista. El hecho de que el secuestro interrumpiera brutalmente esa tratativa y desechara para siempre aquella posibilidad demuestra que la muerte de Moro condicionó de manera tajante el complejo entramado de la política italiana.

En agosto de 1978, vale decir, cuando todavía la desaparición del político italiano conmocionaba a la opinión pública, Leonardo Sciascia (1921-1989) publicó El caso Moro . El libro había circulado en español hacía años en una versión traducida del francés, curiosidad que se suple con esta realizada directamente del original italiano. No se trataba de un libro de historia, sino de un lúcido ensayo de investigación que intentaba abrir un debate acerca de las responsabilidades del Estado en la búsqueda y recuperación con vida de Moro. El método de Sciascia es simplísimo: relee con extrema atención las cartas que el primer ministro escribió desde el cautiverio y los comunicados oficiales que el grupo terrorista daba clandestinamente a la prensa junto a esas mismas cartas, aduciendo que "nada debe ser ocultado al pueblo". Los puntos esenciales de la articulada especulación de Sciascia son al menos cuatro.

Uno: para Sciascia, ya la primera carta dirigida por Moro a Francesco Cossiga, entonces ministro del Interior, no deja sospechas de que aquél pedía al gobierno, de manera bastante clara, una estrategia resolutiva "policial". Además, según el escritor italiano, no era descabellado pensar que muchas de las sutiles frases de Moro escondieran verdaderas claves de solución al problema. El factor lingüístico, como se sabe, no fue tenido en cuenta por la policía.

Dos: cuando, transcurridas varias semanas de búsquedas inútiles y ante el despliegue de controles irracionales y el despilfarro de fuerzas y energías, las cartas de Moro a las autoridades del gobierno se vuelven más incisivas, hasta alcanzar el desprecio y la deslegitimación de los suyos, la Democracia Cristiana asume en bloque una acérrima posición reaccionaria, velada por una presunta cuestión moral, que consiste en no tratar con las Brigadas Rojas. Moro, en cambio, proponía lo contrario: un equilibrado intercambio de "presos políticos".

Tres: para los democristianos, el discurso de Moro era el de un hombre sometido a una reclusión coercitiva que le hacía decir cosas que un estadista de su talla hasta ese entonces jamás habría pensado. De alguna manera, el gobierno lo consideraba ya muerto. Sciascia, justamente, analiza esta descarada posición y conjetura que los hombres del Gobierno no toleraban el cambio fundamental en el discurso de Moro: su progresivo abandono de la retórica vacía de la política en favor de un uso cada vez más concreto de las palabras. "Moro comienza pirandelianamente a abandonar la forma, porque ha entrado trágicamente en la vida." Por otro lado, su lenguaje comienza a acercarse al de los brigadistas: "Moriré, si así lo ha decidido mi partido". Frase que evidencia cómo, incluso para Moro, su muerte ya no era responsabilidad de las Brigadas.

Cuatro: como en el último acto de las grandes tragedias, las cartas de Moro revelan la verdad, esto es, su abandono y su sacrificio por parte del mundo político y, especialmente, de su partido. La estrategia de movilización policial nacional por todo el territorio (Sciascia apunta que una simple lectura de las cartas hubiera puesto en evidencia que estaba cautivo en Roma) fue una pura apariencia, una colosal escenografía barroca. Las últimas misivas a la mujer y a la familia son una obra maestra de la piedad cristiana, que Moro había evocado inútilmente para sí. El país no conocerá nunca el arriesgado y osado proyecto político de Moro. La Democracia Cristiana se desmoronará en breve tiempo.

Por otra parte, a partir del hecho histórico, Sciascia construye un interesante mosaico de la identidad italiana y del modo en que los italianos concibieron el Estado. Más allá de las notables asonancias entre la política y la mafia, consustancial a la literatura de Sciascia (que en una famosa entrevista pergeñó la frase "progresiva sicilianización del mundo"), Italia heredó muchas de las "formas culturales" del Sur. Porque, no hay que olvidarlo, Moro era meridional. Su tono pesimista no sería más que una vieja actitud italiana, de raíz profundamente católica, que dispersa lo nuevo en lo viejo y que asfixia toda posibilidad de cambio: "cambiar para que nada cambie", como reza el famoso dicho de El Gatopardo de Lampedusa. Los meridionales, además, aportaron a la cultura italiana un verdadero culto de la muerte, como liberación del peso de lo existente. Moro esperaba morir, aunque explicitara lo contrario. Y, por último, dice Sciascia: "Tiene razón Moravia: en Italia la familia explica todo, justifica todo, es todo". El sepelio de Moro, fue, como exigió él mismo, reservado a su familia, con expresa exclusión del mundo político, que lo había traicionado.

Más allá del contenido, apasionante, de este libro, su belleza reside en el estilo del que se valió Sciascia: una prosa límpida, punzante y precisa de derivación iluminista (es notoria su admiración por Cándido , de Voltaire), engarzada en una ideología que se inclina ante el prestigio cognoscitivo de la historia (según la visión de Tolstoi, no la de los grandes estudiosos), sin perder de vista que el alma humana, como enseña la cultura siciliana, es un laberinto de pasiones inextricable.


"Nunca pensé que iba a ser escritora" Hebe Uhart

Elogiada por Fogwill y Piglia como una de las mejores cuentistas argentinas, la autora, que en 2010 recibió el premio de la Feria del Libro, reflexiona sobre su literatura y se reconoce heredera de Felisberto Hernández


Hebe Uhart lleva casi cincuenta años escribiendo y diecisiete libros publicados. Fogwill la ha reconocido como la mejor cuentista argentina contemporánea; Piglia la ubica en la mejor tradición de la literatura argentina.Relatos reunidos , editado por Alfaguara, mereció el premio a la creación literaria 2010 y puso al alcance de la mano muchos de sus relatos inconseguibles. Descreída de los reconocimientos, Uhart sigue escribiendo cuentos y crónicas, dando talleres y formando a escritores.

En el noveno piso de un luminoso departamento de Almagro transcurre la entrevista y buena parte de la vida de Hebe Uhart. El edificio se alza sobre las casas bajas de la zona. "Me gusta el barrio", dice Hebe. "Acá es tranquilo y estás cerca de todo. Y es mezclado." Nos acercamos al balcón. "Mirá la vista que tengo." Me llaman la atención las ventanas del edificio bajo de enfrente, nuevas, arregladas, parejas. "Son consultorios del Hospital Italiano", me aclara. "Es como un pulpo."

De la cocina trae café, ofrece agua, gaseosa. Le agradezco; insiste. Hebe es inquieta, está siempre alerta, fuma. Nos sentamos a la mesa donde varias veces por semana se sientan también sus alumnos de taller. Hay un viejo televisor y estantes con libros en desorden. Muchos escritores jóvenes se han sentado alrededor de esta mesa. "También tengo un taller en Moreno, de donde yo soy, que es gratuito. A la vuelta me pagan entre todos un remís. De ida voy en combi. Me gusta ir porque es mi pueblo. Lo doy en una parroquia", aclara, jocosa. También da cursos fuera de la casa. "Así salgo un poco." Acaba de terminar uno sobre escritores latinoamericanos, en Eterna Cadencia.

Como algunos personajes de sus relatos, Hebe es porfiada, obstinada. No se entrega fácilmente a las preguntas, no quiere complacer ni hacer concesiones. "Definirse uno es un poco difícil. No me pongas en aprietos. Te definen los demás", responde, cuando me intereso por saber si ella se reconoce en la caracterización que alguna vez hizo de su querido Felisberto Hernández: un escritor de entrecasa, de la intimidad, alguien para querer.

Parece haber aprendido mucho de Felisberto. Se percibe en sus relatos. Esa bonhomía con sus personajes, su resistencia a juzgarlos y a definirlos con adjetivos, la preferencia por la comparación o la metáfora, la fidelidad al recuerdo. Le pregunto por las lecturas que marcaron su escritura.

-De Felisberto sí reconozco una influencia directa, pero de las otras lecturas no, son muy indirectas. Yo leí a los rusos, a los norteamericanos, a algunos europeos, pero no puedo saber qué lecturas marcaron mi escritura. Si leés a Dostoiesvski va a incidir en tu escritura pero de manera muy indirecta, porque es un ruso, porque es un novelista, porque es otro tono, otra tónica.

-¿Qué lecturas te interesaron? ¿A cuáles volvés?

-¿Los que vuelvo a leer? ¡Son tantos! Yo doy talleres todas las semanas, así que tengo que buscar autores distintos. Te puedo hablar de los latinoamericanos que estuve dando. Me interesa el sentido del humor de Alicia Steimberg e Isidoro Blaisten. Y los cuentos camperos del uruguayo Juan José Morosoli, muy bien hechos. Y Alejandro Zambra, el chileno. Entre los peruanos, vimos a dos mayores, Alfredo Bryce Echenique y Julio Ramón Ribeyro, y a dos muy jóvenes que son muy buenos y me gustan mucho: Santiago Roncagliolo y Daniel Alarcón. Y también al colombiano Juan Gossaín, que es muy gracioso, con un humor muy de allá.

-Te interesan más los narradores latinoamericanos.

-En este momento, porque estoy dando el curso. Pero los norteamericanos tienen grandes cuentistas, una cantidad impresionante: Flannery O'Connor, CarsonMcCullers, Erskine Caldwell.

Hebe no fue una lectora ni una escritora precoz. "De chica leía, claro, pero empecé a descubrir autores cuando empecé Filosofía. En primer año tenés Introducción a la Literatura y ahí empecé a leer. Leía los suplementos de los diarios. Y un autor te lleva a otro. A escribir también empecé de chica, pero no es que me pusiera a escribir ni que fuera una pasión. Nunca pensé que iba a ser escritora. Tampoco lo pienso ahora, no lo pienso demasiado."

En su formación como escritora tuvo mucho que ver un compañero de facultad. "Él me guió." Hebe le llevaba sus textos y él los leía y le señalaba "lo que estaba vivo y lo que estaba muerto, lo que tenía interés y lo que no". Eso fue entre los 17 y los 19 o 20 años. "Entonces no había talleres pagos, pero él me miraba las cosas. A escribir se aprende escribiendo. Es un trabajo, se aprende haciéndolo, como cualquier otra disciplina. A los 23 o 24 años publiqué mi primer libro."

Y desde entonces no paró de escribir y publicar. Buena parte de sus narraciones, en editoriales pequeñas y desconocidas, muchas de las cuales ya no existen. Centro Editor de América Latina la dio a conocer en 1983. Adriana Hidalgo la selló con su prestigio en los últimos años. El año pasado Alfaguara reunió sus relatos, muchos de ellos inconseguibles, en una cuidada edición.

-Buena parte de tus relatos refieren experiencias de tu niñez o de tu primera juventud, y de pueblos suburbanos como Moreno o Paso del Rey, donde te criaste. ¿El suburbio o el pueblo y el pasado son materias más maleables que el presente y la gran ciudad?

-Yo tengo mucha referencia de la gente de Moreno, porque mis padres y mis abuelos eran oriundos de Moreno, prácticamente desde los comienzos del pueblo. Entonces sé mucho de la vida de las personas del pueblo. Y por la parte materna, tengo mucha referencia de migración. Y todo eso lo usé, lo uso en mis cuentos. En cuanto a escribir sobre la infancia? volver a la infancia es volver a una zona en que uno es otro. El personaje puedo ser yo, pero a estas alturas es otra persona.

-Tenés muchos relatos de escuela, de profesores, maestras, directoras.

-¡Y claro!, porque he trabajado toda la vida en la docencia. En general, yo tengo siempre un cable a tierra. Cada relato sale de situaciones reales, vividas. De algo que he visto, percibido, sentido. Los del colegio, de cosas del colegio, de experiencias de escuela, observadas o vividas. Lo mismo que los de mi infancia.

Hebe trabajó como maestra primaria mientras estudiaba en la facultad. En escuelas de barrios apartados de Moreno, su pueblo. "Iba a la facultad y era otro mundo, pero convivían normalmente. Cuando uno es chico entra y sale de las cosas con mucha facilidad." Fue también bibiotecaria, vicedirectora, directora, profesora universitaria. Toda una vida en la docencia.

-Muchos de tus relatos están escritos en primera persona. Algunos cuentan experiencias que uno puede reconocer como próximas a tu mundo. Otros no: la mujer pretenciosa de "Cosas que pegan, cosas que no pegan", que no puede vivir sin que las cosas combinen; la mujer que deja el Chaco y a su marido "por perimidos" y se va a Buenos Aires, en "Florinda". ¿Probar una voz ajena es probar otras vidas, meterse en la piel de otro?

-El alemán, la paraguaya, la que viene del Chaco son primeras personas que no soy yo. La persona sirve como un buen soporte para lo que querés contar. Y sí, la primera persona es un poco como captar un personaje por lo que dice, por lo que hace. Un poco, dentro de lo que se puede, porque lo que piensa la gente no lo sabe nadie.

-Estás muy atenta a cómo habla la gente. Tenés un oído muy afinado para captar expresiones, particularidades en el habla de los personajes.

-Sí, sí, cuando me interesa un personaje, sí. Leonor, la que viene del Chaco y deja al marido por perimido, era una señora que trabajaba en casa. Tenía un lenguaje extraordinario, yo la estaba escuchando siempre. Creo que me contaba las cosas para que yo las escribiera. Lo mismo en las crónicas, porque el lenguaje varía bastante de un lugar a otro. Un peruano no dice "come lo que quieras", sino "come lo que te provoca".

-Solés decir a tus alumnos que un relato es como un vestido o una ropa. Puede ser precioso pero no ser para uno. ¿Qué relatos son para vos y cuáles no?

-Yo puedo decir los que no son para mí. No es para mí el policial, porque no tengo la menor aptitud detectivesca. Salvo cuando veo a Columbo -que te va mostrando todo lo que hace-, nunca sé quién puede ser el criminal, no sé nada de los móviles, no tengo ninguna capacidad investigativa. Y tampoco me interesa mucho la ciencia ficción. Jamás escribí nada que pueda ser ciencia ficción o policial. Son géneros que parece que me estuviesen vedados.

-¿Hay también temáticas que te están vedadas?

-No, temáticas no. Pero algo que no puedo abordar es el manejo de muchos personajes a la vez, me da mucho trabajo. Prefiero manejarme con tres, cuatro o cinco. Pero en cuanto a temáticas, no, porque nunca sabés lo que te puede interesar. De repente te interesa algo que hasta el momento no te había interesado. Fijate, por ejemplo, el libro de viajes. No tiene nada que ver con la infancia ni con la juventud. Son crónicas de viajes, cosas que veo por ahí, miro, proceso, recojo.

Viajera crónica salió hace un par de meses, editado por Adriana Hidalgo. Son crónicas que Hebe escribió para el suplemento cultural del diario El País, de Uruguay. "Salvo la de Formosa, que apareció en la publicación del Parque España, de Rosario." Para eso recorrió numerosos pueblos de Uruguay, de la Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Paraguay, Brasil, Italia. Los parentescos con sus relatos son visibles: esa manera extrañada de mirar, la atención al detalle, el interés por la lengua de los personajes, una lengua que los define en su particularidad.

El vínculo de Hebe con el Uruguay se remonta a comienzos de los años noventa, cuando fue invitada a Alemania junto con otros nueve escritores argentinos y dos uruguayos. "Nos llevaron en tren por toda Alemania. Fuimos a tres ciudades. Cada cuento que leíamos, nos pagaban: todo cash, nada de CUIL o CUIT. Y más que de los argentinos, me hice amiga de los dos uruguayos, Mario Delgado Aparaín y Tomás de Mattos. Y entonces me agarró toda una cosa con el Uruguay, qué sé yo." En uno de sus viajes a Montevideo fue hasta el diario El País y habló con Homero Alsina Thevenet, que era el director del suplemento cultural. Le contó de sus dificultades para publicar ("te hablo de quince años atrás") y enseguida Alsina Thevenet le propuso hacer una nota. "Pero no pongas malas palabras", le advirtió. "Era muy gracioso, yo nunca ponía malas palabras."

-¿Vos proponías los lugares?

-Sí, y en general me decían que sí. ¡Si me pagaban poquísimo?! Aprovechaban que yo viajaba. Yo sabía qué lugares les podían interesar. Todos los pueblos de Uruguay, las ciudades argentinas grandes o los puntos turísticos donde ellos van, como Bariloche. Entre Ríos les interesa porque son vecinos, tienen mucha relación. ¡Y son casi iguales!, mucho más que un porteño. Y Europa y América latina obviamente les interesaba porque me costeaba el viaje yo, con el uno a uno. Pero pagaban muy poco.

-¿Sacabas fotos?

-Nunca saqué una foto en la perra vida. Las fotos las pedía en Cultura o en Turismo. O compraba un par de postales lindas del lugar.

Hebe se ha sentido muy cómoda con los uruguayos y le han dado mucha libertad para trabajar. Ella, que se define como suburbana, se siente a gusto con el ritmo y el temple de nuestros vecinos. "En Uruguay era muy sencillo publicar, hasta hace poco no tenían ni CUIL ni nada. Venía Elvio Gandolfo, íbamos a tomar un café, me daba la platita y lo anotaba en un papel. Además no me pautaban. Mientras que, por ejemplo, hacer notas en Clarín es muy complejo. Te pautan, hubiera tenido que sacar fotos."

El libro de crónicas la tiene contenta. "Me dicen que se está vendiendo bien. A lo mejor me largo a viajar de nuevo en el verano, voy a otros lados a los que no fui y hago otro libro de viajes. Aprovecho las ganas de ir a conocer un lado." El tema la entusiasma y abandona la parquedad con la que responde otras preguntas.

-Me pasó una cosa muy graciosa. Me habían invitado al programa de Osvaldo Quiroga, El refugio de la cultura . Ese día también había ido una gente de teatro que me resultó muy simpática y fui con una amiga a ver la obra. En el programa yo había hablado de un pueblo perdido de Entre Ríos, Irazusta. Es un pueblo de 800 habitantes que no tiene nada, no hay hotel, nada. Lo vi mirando la tele. La periodista les preguntó a unas mujeres que cocinaban qué atracción tenía el pueblo. "La zorra de la vía", dijeron. Fue un año que yo no tenía plata para viajar. "Eso no debe costar nada, voy a gastar menos allá que en mi casa", pensé. Así que me fui a Gualeguaychú y me tomé un remís hasta Irazusta. Había una hilera de casas, todas con las ventanas para atrás, para que no les diera el sol. Me dieron la pieza de un chico que se había ido a estudiar. Lo pasé bárbaro tres días ahí. Entrás en todas las casas, hablás con toda la gente. Todas las tardes hablaba con un paisano que me contaba de los animales, que a mí me interesan mucho: lo que hace el caballo, el lechón, qué sé yo. Comíamos en la casa de una profesora de geografía. Éramos 20 y todos habíamos ido por la televisión. Todos chochos, todos en casas de familia. Es un pueblo de campo campo, el diario llega cada quince días. Después en Gualeguay me dijeron: "En la perra vida habían pensado los de Irazusta que iban a tener 20 huéspedes". Yo escribí una crónica de ese viaje. Y eso lo conté en el programa de Quiroga. Y cuando salgo del teatro, me dice una señora: "¿Usted es la escritora que estaba en el programa de Quiroga?". "Sí." "Compré su libro y me convenció de ir a Irazusta. Yo ahora voy a ir con una amiga para allá." Estaba por decirle: "Mire señora que si le llegan a tocar tres días de lluvia?". Y hoy me llega un e-mail de la señora: que le encantó, que se metió en todas las casas, que recorrió hasta el último recodo del pueblo. Hizo miles de cosas tres días en Irazusta.

Hebe está por viajar a Chile a presentar Relatos reunidos , el libro que Alfaguara publicó el año pasado, en la colección en la que aparecieron los cuentos completos de Faulkner, Fogwill, Cortázar, Nabokov. Pavada de compañeros, pavada de reconocimiento. Como si fuera poco, en abril la Fundación El Libro lo otorgó el premio al Mejor Libro Argentino de Creación Literaria 2010.

El premio la sorprendió. "Sobre todo porque hacía muchos años que no me invitaban a la feria. Antes me llamaban para mesas de cuentistas, presenté libros; pensé que había hecho algo. Una vez coordinéremal una mesa, yo no sirvo para coordinar, y pienso que fue eso. Después hice una crónica, porque como toda cosa fallida te sirve para escribir. Y sí, cuando salió el premio me pareció extraño."

-En los últimos años fuiste dejando de a poco ese lugar más secreto que ocupabas. El premio te dio una mayor visibilidad.

-Lo de escritora de culto es una bola. Yo siempre tuve críticas. Del primer libro que escribí tuve críticas, y en ese entonces no sabía por dónde venía nada. Y también tuve distinciones, me premió la Fundación Konex. Y cuando enviaron a escritores argentinos a Alemania, me mandaron a mí.

Hebe se alza contra las definiciones cómodas que fomentan la tibieza. Porfía, resiste. Pero también se incomoda con el reconocimiento excesivo. Prefiere lo moderado, como suele decir. Y si tiene que viajar para dar una charla o una conferencia, se escapa un rato de sus obligaciones como escritora para ir al zoológico a observar a los monos o a los chimpancés, tomar notas y escribir una crónica..

"Hoy, muchos intelectuales son servidores del poder"

Sociólogo y constitucionalista, autor de una veintena de libros, señala la desigualdad como el mayor dramaargentino, defiende la protesta social como expresión democrática y cuestiona el papel "justificador" de laintelectualidad progresista
Por Ricardo Carpena | LA NACION

Cuando a cualquiera le dicen "abogado constitucionalista", no hay asociación libre que valga: la primera imagen que suele aparecer en la cabeza es la de un señor muy serio, conservador, de traje y corbata, que habla, en general, de manera pomposa.

Pero los prejuicios estallan en mil pedazos cuando, por ejemplo, aparece Roberto Gargarella. Que, además de abogado y profesor de Derecho Constitucional en la UBA, es sociólogo, un empedernido cinéfilo, simpatizante del Frente de Izquierda que lidera Jorge Altamira y alguien que no usa traje ni corbata ni teléfono celular y que confiesa que en su vida influyó más una canción de Bob Dylan cantada por Nina Simone que todos los libros de Derecho Penal que pudo haber estudiado.

Y que causa cimbronazos en el mundo político e intelectual cuando, como acostumbra a hacer en columnas periodísticas o en su blog, opina que la democracia "es un sistema plano, opaco y chato de votación", cuando advierte que "la idea del orden sigue siendo reaccionaria" o cuando, de alguna forma, justifica los piquetes al poner su foco en que "muchas veces las causas de la protesta social tienen que ver con el incumplimiento del Estado de sus propias obligaciones constitucionales".

En este tipo de posturas se le nota su condición de discípulo del filósofo y jurista Carlos Nino, para quien los derechos individuales también incluían la existencia de los derechos socioeconómicos, y lo mismo queda en evidencia en su crítica al híperpresidencialismo, una de las tantas facetas del modelo político argentino a partir de la cual este abogado aprovecha para convertirse en un severísimo cuestionador del kirchnerismo por considerar, como afirma a Enfoques, que "la visión dominante en el Gobierno es muy poco igualitaria, muy marcada por principios excluyentes antes que integradores, muy elitista en el modo en que se la concibe".

De 47 años, soltero, un origen humilde, un hermano de la misma profesión que él y una hermana guionista de cine, Gargarella es investigador del Conicet, dirige una revista jurídica en la Universidad Di Tella, fue profesor de las universidades de Columbia, Harvard, Nueva York, Berge y Pompeu Fabra y escribió una veintena de libros, incluido su último proyecto, La Constitución en 2020. 48 propuestas para una sociedad igualitaria , que acaba de editar Siglo Veintiuno.

Allí escribe un capítulo y coordina los trabajos de varios especialistas sobre qué debería incluir la Carta Magna si se modificara. Tiene mucho que ver con su idea de que las reformas constitucionales estuvieron "muy motivadas por el cortísimo plazo" y de que si hubiera que volver a pensar en el tema habría que hacerlo "a partir de qué drama nos angustia: el drama de la igualdad".

En estos últimos meses, Gargarella se hizo conocido por haber aparecido en debates televisivos con integrantes de Carta Abierta, a quienes se les complica refutar argumentos que no provienen de un exponente de la "derecha destituyente", sino de un independiente de izquierda que advierte: "La intelectualidad progresista tiene que ser crítica del poder. Muchos de mis colegas han pasado a ser justificadores del poder, en lugar de ayudar a pensar sobre los problemas que generan los modos en que se ejerce el poder. Han pasado a ser servidores del poder."

-¿Cuál fue el origen de su nuevo libro ?

La idea es pensar la Constitución al mediano plazo, lograr una reflexión que es crucial del típico acercamiento de cortísimo plazo que ha ido caracterizando a los distintos proyectos de reforma, también constitucionales, en la Argentina y en América latina. La condición necesaria de una buena Constitución es la de plantearse un drama colectivo a resolver. La Constitución originaria de los Estados Unidos se planteó el drama de las facciones. La Constitución alberdiana , el tema del desierto y la necesidad de poblar. Y las bolivarianas, la idea de fortalecer el poder para hacer posible la independencia. Eran todas Constituciones planteadas a partir de una tragedia, un drama, una necesidad imperiosa. Pero empezamos a acostumbrarnos a Constituciones muy motivadas por el cortísimo plazo. En los años 80 hubo un intento de hacer una reflexión interesante: reconocer que había una historia de cincuenta años de golpes de Estado y que la Constitución algo tenía que ver con eso. Muchos constitucionalistas, como Carlos Nino, identificaron que el hiperpresidencialismo era funcional a los golpes de Estado. Como esta figura concentra todo el poder, si hay un problema con ellas se piensa que había que tirarlas abajo. Entonces, se identificó una tragedia, un drama, el del hiperpresidencialismo, y las Constituciones al final terminaban sirviendo, otra vez, al corto plazo, a la reelección. Hoy, hay que hacerse la pregunta sobre una reforma, pero a partir de qué drama nos angustia. Hay uno, claramente: el drama de la igualdad. Y algo puede hacer la Constitución sobre eso.

-La última reforma constitucional confirma que el problema es que muchas veces no se cumple con su contenido. Los derechos sociales y de participación que se incorporaron en 1994 parecen, a veces, letra muerta.

-Acá hay dos puntos interesantes. Es cierto que hay enormes problemas de cumplimiento, pero también, que pasan un montón de cosas a partir de la Constitución. Uno podría decir que el Derecho no se cumple. Después entramos en la letra chica y vemos que pasan cosas, que se litigan casos por vivienda, por salud, por vacunas contra el sida. Entonces, la Constitución es relevante. En todo caso, hay partes que no se cumplen, pero siguen siendo aspiraciones importantes. Muchas veces uno instala en la Constitución cláusulas que van a quedar durmiendo: las llamo cláusulas dormidas. Pasó eso con los derechos sociales: se instalaron en toda América latina, durmieron durante 50 años y a lo mejor fue una apuesta sensata porque algún día las condiciones sociales y políticas van a cambiar y ya tenemos eso escrito. Los países que no lo tenían escrito, como Chile o Estados Unidos, tienen muchas más dificultades para llevar adelante políticas sociales, sobre todo cuando son impulsadas judicialmente, porque no tienen el apoyo textual. Y toda la parte de los derechos sociales y de participación se activó muchísimo en estas nuevas constituciones. Pero el error crucial de la izquierda en los debates constituyentes fue que se concentró en la antesala de la Constitución, que es la que tiene que ver con todos los derechos, y dejó al poder de turno el control de la sala de máquinas de la Constitución, que es cómo se organiza el poder.

-¿Y eso qué implicó?

-Que apenas se quisieron activar las cuestiones sociales empezaron a ser atacadas por el Poder Ejecutivo. En Ecuador, cada vez que existió una iniciativa destinada a activar esa parte social de la Constitución, como darles lugar a los indígenas o permitirles a las comunidades opinar sobre recursos naturales, hubo un veto presidencial.

-En la Argentina pasa lo mismo, sumado a los decretos de necesidad y urgencia.

-Claro. No es muy distinto porque seguimos parados sobre una matriz institucional liberal- conservadora como la del 53. Entonces, ¿se incorporaron cláusulas que valían la pena? Sí. ¿Tiene sentido tener los derechos humanos a nivel constitucional? Sí. Pero si no se toca la sala de máquinas de la Constitución, entonces se está jugando un juego que se sabe que se va a perder.

-¿La izquierda ahora lo tiene en claro?

-En el progresismo empezó a predominar una visión complaciente respecto de la concentración de poder. La ven como funcional a su proyecto, aunque siempre ha estado en contra de un proyecto de avanzada, de ampliación de la ciudadanía. Hay complacencia y convivencia con poderes concentrados porque se cree que pueden estar al servicio de las buenas causas. Pero el mal efectivo de hoy en América latina es no reconocer que si uno defiende la democracia, la igualdad política, lo primero que tiene que hacer es estar en contra de la concentración de la autoridad.

-Lo vi debatir por TV con María Pía López, de Carta Abierta. ¿Le resulta cómodo el papel de intelectual opositor?

-Hay cantidad de gente amiga, y que uno respeta, en Carta Abierta. También están muchos de quienes fueron mis profesores. Pero tengo un punto insistente: la intelectualidad, sobre todo la progresista, tiene que ser crítica del poder. De todo poder. No se puede ser crítico con el poder económico pero no con el político, o crítico con el poder político pero no con el económico. Muchos de mis colegas han pasado a ser justificadores del poder, en lugar de ayudar a pensar sobre los problemas que generan los modos en que se ejerce el poder. Han pasado a ser servidores del poder.

-Muchos intelectuales de prestigio terminan aplaudiendo una concepción muy verticalista y disciplinada de la política.

-Totalmente. Además, esto se vincula con la democracia política. Porque asumimos que alguien no va a tener autoridad sobre nosotros por su apellido ni por la familia de la que viene, y entonces tenemos que estar situados en un pie de igualdad discutiendo. Eso es contradictorio con la idea de que hay alguien arriba que nos manda. Una cosa es delegar la autoridad para ordenar la vida, pero, ¿cómo uno no va a asumir una opinión crítica frente a esta idea verticalista en donde el poder está arriba y uno tiene que justificar lo que hace? ¿Cómo no asumir una posición crítica cuando la visión dominante en el Gobierno es muy poco igualitaria, muy marcada por principios excluyentes antes que integradores, muy elitista en el modo que se la concibe?

-Usted también ha cuestionado uno de los mitos del modelo K, que es el que sostiene que este gobierno no reprime la protesta.

-Es empíricamente falso porque tenemos más muertos que en la mayoría de los gobiernos anteriores. Pero además, y esto es mucho más serio, se preservan intactas las estructuras que afirman la desigualdad, la injusticia. El Gobierno aparece permanentemente pactando con ciertos sectores del empresariado para transferir fondos a entes no públicos, sin los controles que podrían tener las instituciones estatales y, al mismo tiempo, sobreexplotando a los trabajadores. El caso de la Unión Ferroviaria es exactamente eso: es el Gobierno el que sobreexplota a los tercerizados. Hacer eso y, al mismo tiempo, hablar de justicia social o de no represión es mantener un doble discurso ofensivo.

-¿También cuestiona la política de seguridad del kirchnerismo, a la que los sectores duros critican por garantista?

-Néstor Kirchner tuvo una política consistente en materia penal: siempre criticó al garantismo y siempre criticó también a los criminales que entraban por una puerta y salían por la otra. Siempre guiñó con un ojo una postura progresista y con el otro a la postura de mano dura. El caso Blumberg ayudó a convertir al Código Penal en Frankenstein, y eso es obra del gobierno de Kirchner. Quien quiera asociar al kirchnerismo con el garantismo tiene un problema muy serio.

-Cuando usted habla de la protesta social parece que justificara todos los piquetes.

-Concibo la democracia, fundamentalmente, como una discusión entre iguales y existe un problema si hay voces que están ausentes sistemáticamente y también si no hay discusiones permanentes sobre los temas públicos que nos importan. Y en la Argentina tenemos déficit en todos estos sentidos. Eso explica que muchos jueces interpreten que cualquier protesta es, en principio, una ofensa a la democracia y un acto sedicioso. Es una visión tremendamente estrecha de la democracia. Cuando uno concibe la democracia como la discusión entre iguales, se celebra el hecho de que haya gente que se queja y de que podamos escucharla porque los canales institucionales no les sirven para hacerse escuchar. Esto no implica dar un cheque en blanco a protestas de cualquier tipo, pero sí que el primer impulso debe ser protectivo, sobre todo en una sociedad cada vez más desigual.

-El Gobierno tiene un impulso protectivo al permitir cualquier tipo de protestas.

-Frente a la brutalidad punitivista, reivindico lo que se llamaría el liberalismo de las garantías. Ahora, también hay una cierta torpeza en el liberalismo garantista porque muchos de los problemas en los que aquí estamos pensando requieren de un activismo y un compromiso público muy fuerte, no meramente el "no hacer". La versión torpe del liberalismo garantista es: no hacemos nada. Si alguien le rompió la cabeza al otro en una marcha, ¿no hacemos nada porque es una protesta social? No, el liberalismo garantista es preocupación por las garantías de todos. Estoy con una idea de un Estado activo, comprometido, lo que implica tomar medidas y también hacer reproches. Pero se puede reprochar sin castigar o castigar sin pensar que el castigo es cárcel.

-Usted fue muy duro en sus críticas a los jueces por considerar que actúan con "clasismo, prejuicios e ignorancia". ¿No es mucho?

-Eso es un enunciado. Hay muchos jueces honorables, interesantes, que trabajan bien, pero hay un perfil general que nos dice que cuando se trata de casos que involucran a gente más poderosa, la Justicia tiene muchos problemas para actuar con imparcialidad. El reciente caso de la sentencia absolutoria a Carlos Menem muestra un grave fracaso del Derecho. Para quienes pensamos el Derecho desde un punto de vista igualitario es un golpe muy duro: demuestra que años de trabajo, de argumentación, de búsqueda de pruebas, de investigación, se disuelven en un instante si aparece el llamado telefónico o la movida política apropiada. Que fue claramente lo que ocurrió acá. Y no es que el aparato coercitivo no funcione: las cárceles están llenas, se construyen más y el conflicto incluso es por la sobrepoblación. El problema es que el poder coercitivo actúa de un modo selectivo y las mejores cabezas del Derecho suelen estar al servicio de los poderosos.

-No es una crítica que se escuche habitualmente entre sus colegas. ¿Usted es un exagerado o existe una visión más complaciente del mundo del Derecho por parte de quienes integran ese ambiente?

-Soy alguien del Derecho que se dedica tiempo completo a la investigación, pero la ausencia de investigarlo full time ha ayudado a contribuir a una práctica muy complaciente con las decisiones judiciales y con las del poder. Como los que enseñan Derecho litigan, tienen que ser amigos del poder y de la Justicia. La falta de independencia académica genera una práctica de cierto servilismo y eso ha hecho que tengamos una doctrina mucho más pobre de lo que podría ser.

-¿Y qué pasa en las universidades?

-Se convierten en reproductoras de lo que existe. Lo que se escribe sobre Derecho es muy malo, muchos profesores lo consideran aburridísimo, dogmático. Y los jueces escriben de modo rarísimo, oscuro, con vocación de que no se entienda nada de lo que dice. Sin embargo, las facultades siguen llenas de gente con mucha vocación transformadora, de gente con real voracidad por escuchar algo distinto. Hay un mecanismo somnífero dentro del Derecho, y lo triste es cuando las facultades sirven para adormecer.

MANO A MANO

Fue una charla apasionante la que tuvimos con Roberto Gargarella, pero no sé si una sociedad como la nuestra está mayoritariamente preparada para escuchar y aceptar el pensamiento de alguien como él. No sé si yo mismo estoy preparado para aceptarlo, aunque lo escuché y todavía sigo pensando algunas de las cosas que más polémica interna me generan. En particular cuando habla de pensar la protesta social como algo para celebrar e incluso proteger porque el problema de origen es la injusticia que genera esa protesta. Nadie podría discutirlo en términos conceptuales, pero sí en el plano real de las verdaderas motivaciones de los Hugo Moyano o los Luis D'Elía. Aun así, Gargarella no parece un investigador de laboratorio, alejado de la vida cotidiana. Lo que dice va en sentido contrario a la simplificación cotidiana de algunos de los dilemas que nos afectan, que nos trastornan. Este tipo de intelectuales suele atrincherarse en el mundo de las ideas, pero a este abogado-sociólogo lo apasionan el debate y la argumentación, a veces con ciertos visos de provocación. No está nada mal para un momento del país en el que unos y otros se acusan de tener un discurso único y dominante..

El libro que revela cómo operaba Jaime

Habla el periodista que más investigó al multiprocesado funcionario K.

“‘¿Usted le crió un hijo extramatrimonial a Kirchner?’. Después de un breve silencio, me contestó y autorizó a citarlo textualmente: ‘Le juro por mis tres hijas y por mi nieta que eso que dicen es falso’”. Ese fragmento pertenece al reciente libro El Rekaudador, de Omar Lavieri, una investigación que analiza cómo operaba el ex secretario de Transporte, Ricardo Jaime.

Esa fue la única y llamativa declaración que el ex funcionario permitió que el periodista publicara después de varios llamados, encuentros y desencuentros.

Pero la historia entre Jaime y Lavieri se remonta a algún tiempo atrás. Y es que en abril de 2010 Jaime llegó a hacer una conferencia de prensa para señalar que desde Clarín el periodista había querido "comprar" a su yerno a cambio de información.

- ¿Desde tu trabajo de periodista, por qué te enfocaste en un personaje como Ricardo Jaime?

- Yo sigo casos judiciales desde hace 20 años. Esto empezó en 2008 como un caso judicial más, de las tantas denuncias por enriquecimiento ilícito que hay en Tribunales. Empecé a seguir el caso casi protocolarmente. Primero un fiscal lo imputa, se piden a todos los registros de propiedad del país datos, si tiene autos. Hasta ahí era una formalidad. En el 2009 yo soy el que cuenta que Jaime usaba un avión de 4 millones de dólares como si fuera propio. Como tuvo gran repercusión me di cuenta de que había tenido una gran primicia. Seguí laburando el caso jucicial y una vez leyendo papeles del expediente descubrí que la empresa de Néstor Otero que tiene la concesión de la Terminal de ómnibus de Retiro pagaba el alquiler del departamento donde vivía Jaime.

La investigación

La historia del famoso avión fue el comienzo de una investigación que luego derivó en otro caso resonante vinculado con el ex funcionario: la historia de los mails de su asesor Manuel Vázquez, a quien la Justicia ya señala como "testaferro" de Jaime.

"En noviembre de 2010 fui el que dio la primicia de los mails del testaferro. Ahí empezó a terminar de escribirse el libro. Me parece un lindo libro porque muestra un sistema de recaudación en un área oscura de la administración kirchnerista que es el transporte. El ferrocarril, por ejemplo, está en mano de tres empresas. Los subsidios, durante mucho tiempo, eran contra declaración jurada de las empresas. O sea, si una empresa decía 'yo transporté mil pasajeros', el funcionario decía 'sí, gracias'. Y todo el mundo sabía que no eran mil, sino que podían ser menos y la diferencia entre la realidad y lo que pagaba el estado se dividía entre la gente que controlaba y la gente que pagaba los subsidios", cuenta Lavieri..

- ¿Cómo operaba esa "maquinaria" de corrupción que denuncia en el libro?

- El principal asesor y testaferro, porque así lo llama la Justicia, Manuel Vázquez, tenía una consultora que le facturaba mensualmente a todas las empresas de transporte por asesoramiento. La consultora era practicamente un papelito, porque tenía solamente tres empleados. En el libro yo cuento toda la facturación de la empresa entre 2003 y 2009, que fueron casi 9 millones de pesos, todos facturados a empresas del transporte. Además en las computadoras se detectaron facturas que no pasaron siquiera por la AFIP, por millones de dólares y millones de euros que el hombre mandaba directamente a una cuenta afuera del país. ¿Cómo era esto? Las empresas sabían que tenían que poner una mensualidad en lo del socio de Jaime para seguir con los negocios y que no hubiera problemas. Eso lo cuento en el libro, que creo que tiene una virtud: dice que los empresarios ponían esa plata. Porque para que haya corrupción tiene que haber empresas dispuestas a corromper funcionarios.

Los comienzos y los sponsors

- ¿Cómo era la relación de Jaime con Néstor Kirchner?

- Me cuentan que era uno de los amigos privilegiados que tenía el ex presidente. Se hicieron muy amigos en largos viajes que hacían por el sur. De Río Gallegos iban a visitar Caleta Olivia. Lo hacían con mucha frecuencia, a comienzos de los 90. En ese momento Kirchner lo nombra Ministro Secretario General de la gobernación, así es el cargo allá, y después lo hace ministro de Educación, lo hace presidente del Consejo de Educación, que sería el equivalente. Digamos que era un hombre de mucha confianza. Tenían una relación estrecha, de compinches, de noche y de amistades varias. Después se distancian, cuando Jaime se va para Córdoba.

- ¿Cómo fue esa etapa de Córdoba y su paso a Buenos Aires?

- Ahí es un tipo que vive austeramente, como número 2 del Pato Maqueda, hoy juez de la Corte, que por entonces era ministro de (José Manuel) De la Sota. Él llega a Buenos Aires en el 2003, sin nada. No tenía ni dónde vivir. Entonces le pide a (Gerónimo) Momo Venegas una casa, un lugar para vivir. Termina en una habitación del hotel de la UATRE, que le cuesta 30 pesos por noche. Pero a los 37 días de haber llegado, 888 horas, empieza a vivir en un departamento que le paga un concesionario del área de Transportes al que él debía controlar: el de la terminal de ómnibus de Retiro.

- Si tuvieras que definir el estilo de Jaime, ¿cómo lo harías?

- Mis fuentes me dicen que era un tipo extremadamente prepotente, que un día dijo “comprenme un avión” y ahí salió Vázquez a buscar plata. El avión valía 4 milones de dólares, hubo que poner el 15 por ciento de adelanto y después empezar a pagar cuotas de 300 mil dólares. Entonces él salió a buscar las primeras. Y le pedía la plata a las empresas del transporte. Me lo dijeron desde las mismas empresas de transporte. Les pedía la plata, directamente. Quiso tener un avión, lo pidió, se lo pagaron. Quiso tener autos, se los pagaban. Quería tener un yate y está bajo investigación si se lo compraron. Quiso tener una casa en un barrio cerrado en San Isidro y se la compraron. Todo lo que quiso, los empresarios con los que negociaba lo aportaban a la causa Jaime. Eso es lo que me parece que lo termina por hacer tropezar. Porque hasta el avión, no había hecho nada que no hubiera hecho ningún funcionario conocido de este gobierno y de los anteriores. Esto es, negociar con los empresarios del sector. Pero el avión fue mucho.

- ¿Fue torpeza? ¿Fue exceso de su parte?

- Yo creo que creían que no les iba a pasar nada. Jaime siempre decía “Néstor me banca, Néstor no va a dejar que me pase nada”. Una de las cartas que todo el mundo decía que tenía era lo del supuesto hijo extramatrimonial que a mí me dijo que es falso.

Ricardo Jaime, ahora

- ¿Cuál es la actualidad de Jaime? ¿Tenés idea a qué se dedica?

- No, me contaron que viaja en un auto nuevo, color negro, con vidrios polarizados, incluso adelante. Él sigue usando la gorra negra que usaba para pasear por las calles de Buenos Aires sin ser reconocido, no sé de qué trabaja. En algún momento el año pasado dijo en Tribunales que hacía tareas de consultoría.

- ¿Por qué creés que quedó marcado como una de las caras de la corrupción?

- Alguien que sabe mucho de corrupción, como Luis Barrionuevo, lo bautizó“la María Julia del kirchnerismo”. Y a partir de eso se puede hacer un parangón con “la cara”. No quiere decir que sea el único. Así como María Julia no fue la única del menemismo, éste tampoco lo es con el kirchnerismo. Ojo, hay otros que tienen la misma cantidad de causas pero que tienen mejor suerte y tal vez zafen de casi todo. Si querés, su caso es el más alevoso o el más probado. Y el tipo tiene dos procesamientos firmes por corrupción, un llamado a indagatoria por corrupción también y otras veinte causas dando vueltas.

- ¿Creés que avanzarán las causas en su contra?

- En las causas por enriquecimiento ilícito ya citaron a declarar a los supuestos testaferros, los que sirvieron de prestanombres y que aparecieron en las operaciones para que no saliera Jaime. Hay una por enriquecimiento ilícito que podría estar más acelerada pero no es nada despreciable. De 2008 a 2011 no es menor que ya tenga pedido de indagatoria. Pensemos que Menem estuvo 16 años en proceso y fue absuelto. Que un funcionario, ex funcionario y amigo de Kirchner, “pingüino” por adopción mientras el kirchnerismo está en el poder esté siendo investigado como se ha investigado a este hombre, para mí, no es nada despreciable.

La antinomia que hizo historia

En su libro Braden o Perón (El Ateneo), Fabián Bosoer reconstruye la historia oculta de uno de los grandes mitos de la política nacional. Aquí, un fragmento


"Braden o Perón" fue el eslogan electoral que terminó de catapultar a la presidencia, en elecciones legítimas, al hombre fuerte de una dictadura en retirada, transformado en poco tiempo en líder popular y conductor del fenómeno de masas y la fuerza política que llevarán su nombre. "Braden o Perón" fue también una síntesis insuperable de las contradicciones, dificultades y dilemas que embretaron a la Argentina -a sus sectores dirigentes, en primer lugar? en su manera de relacionarse con el mundo.

La consigna, repetida en cantidad de discursos, coreada en las calles, escrita en volantes, pancartas y paredes, grabada en letras de molde e impresa en la memoria colectiva con un significado inequívoco, resume en la simple disyuntiva de hierro entre estas dos figuras descollantes una definición del campo de la lucha de más vastos alcances. Retrata, además, un momento crucial de la política nacional y de la historia del siglo XX: el año 1945, con el fin de la Segunda Guerra Mundial, la ampliación e intensificación de los procesos políticos contemporáneos y las relaciones internacionales desde los centros a las periferias, desde el mundo europeo-céntrico al mundo bipolar y global, ordenado por el conflicto Este-Oeste y el predominio de dos superpotencias: los Estados Unidos y la Unión Soviética. [...]

La confrontación entre Perón y Braden será un factor decisivo para la llegada del nuevo movimiento político al poder, el "match de fondo" que fijaría las imágenes de los principales actores en esa serie de contiendas, una dentro de la otra. Pocos recordarán que Braden estuvo apenas cuatro meses como embajador en la Argentina, y ello le bastó para armar un gigantesco revuelo. Luego pretendió manejar los hilos desde Washington, no sin permanentes tropiezos. Pocos tienen presente que hasta fines de enero del 46, faltando pocas semanas para los comicios presidenciales convocados para el 24 de febrero, la competencia entre la fórmula del Partido Laborista, Perón-Quijano, y la de la Unión Democrática, Tamborini-Mosca, era muy pareja. Había dos coaliciones electorales en pugna, con dos visiones contrapuestas de dónde estaba parado el país y hacia dónde debía encaminarse, y ambas contaban con una fuerza equivalente. La interferencia final de Braden, al impulsar la publicación del Libro Azul , que denunciaba la influencia nazi en el régimen de cuyas entrañas surgía la candidatura del coronel Perón, contribuyó a terminar de volcar los votos a favor de este último. ¿Fue torpeza de uno y sagacidad del otro? ¿O acaso el choque de dos lógicas, intereses y percepciones encontradas; de equívocos y malentendidos eficazmente traducidos en una fórmula política sencilla y conveniente, aquella que construye un mito político? Para uno, la lucha de las democracias -lideradas por los Estados Unidos? contra los totalitarismos. Para el otro, la batalla por la dignidad nacional y la soberanía del pueblo frente a un imperialismo desembozado.

Tanto Braden como Perón escribieron y hablaron en varias oportunidades, a lo largo de sus dilatadas vidas públicas, sobre la tormentosa relación entre ambos como uno de los episodios que más marcaron sus trayectorias. Las versiones que ellos brindaron permitieron a los historiadores reconstruir los móviles de sus actos e inferir cuánto influyeron directamente en el curso de los acontecimientos. El propio Perón reconoció décadas más tarde que si Braden no hubiera existido "habría debido inventarlo". Braden admitirá en una entrevista que el eslogan "Braden o Perón" fue "una brillante maniobra del ex dictador".

Detrás de la escena, dos observadores extranjeros fueron testigos, cronistas y, en alguna medida, también artífices de este cambio de percepciones que se produjo durante aquel corto período que va de octubre de 1945 a febrero de 1946. Período demarcado por esos dos hechos políticos fundamentales de la historia argentina que fueron la movilización popular del 17 de octubre de 1945, que catapultó el liderazgo de Perón al centro de la escena política nacional, y las elecciones nacionales realizadas unos meses después que lo consagraron presidente.

Astucias de la memoria histórica, estos dos personajes lograron mantenerse en un segundo plano de la galería de protagonistas que poblaron la escena de aquellos turbulentos días. Se trata de John Moors Cabot, a cargo de la Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires, y de Arnaldo Cortesi, corresponsal del New York Times en el país. El testimonio que dejaron puede rastrearse a través de los papeles diplomáticos del Departamento de Estado norteamericano, la correspondencia mantenida entre los más altos funcionarios de la Embajada estadounidense en Buenos Aires y Washington, las memorias de algunos de aquellos protagonistas, los artículos sobre la Argentina publicados en la prensa norteamericana y sus repercusiones locales.

Los escritos de Cortesi y Cabot permiten distinguir cómo se percibían en un centro de la política mundial hechos y fenómenos políticos nuevos ocurridos en un país periférico pero estratégicamente significativo. Permiten, también, colocar el foco de análisis en un momento en que estaban cambiando en dicho centro de poder mundial los propios prismas de observación, a partir de los cuales se definen amistades y enemistades, países aliados y adversarios, temas y hechos relevantes o irrelevantes.

Pero además, las vidas de estos dos personajes secundarios de la "gran historia" resultan fascinantes rutas biográficas que nos permiten recorrer el modo en que los Estados Unidos escribieron las narrativas del "siglo americano" durante el siglo XX. La trayectoria diplomática de Cabot cubre cuarenta años de la política exterior norteamericana, que abarcan la crisis del año 30, el New Dealde Franklin Roosevelt, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la reconstrucción europea de posguerra y las intervenciones abiertas o encubiertas en las políticas domésticas de los países latinoamericanos. El recorrido vital de Cortesi abarca también cuarenta años centrales de la historia contemporánea, contados desde la óptica de un cronista que transita los pasillos del poder y las calles de las capitales del mundo en medio de convulsiones, guerras, revoluciones, puebladas y golpes de Estado.

Las notas que Cortesi escribió como corresponsal del New York Times en Italia durante los años del fascismo (le tocó cubrir nada menos que el período que va desde la marcha de los fascistas sobre Roma en 1922 hasta el ingreso de Mussolini en la guerra en 1939) merecen un estudio aparte -y acaso otro libro-. El papel desempeñado por Cabot en las distintas capitales latinoamericanas, asiáticas y europeas como representante diplomático de los Estados Unidos también ofrece un tesoro documental extraordinario para un estudio dedicado específicamente a esa actuación. Ambos se encontraron en Buenos Aires en el 45 y transmitieron desde allí a sus interlocutores y lectores los impactos locales del fin de la guerra y el ascenso del peronismo. Fueron, podría decirse, las personas justas en el lugar y el momento indicados. [...].